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Libertad religiosa

Permalink 24.06.11 @ 19:21:03. Archivado en Religión

1. Libertad amenazada

En la sociedad actual la libertad religiosa se encuentra amenazada por los distintos sistemas políticos que desconfían de las creencias de los ciudadanos. En su intervención en la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, Mary Ann Glendon[1] identificó hasta cuatro tipos distintos de amenazas a la libertad religiosa: 1) la coerción del Estado y persecución de los creyentes, 2) las restricciones estatales a la libertad religiosa de las minorías, 3) las presiones sociales sobre las minorías religiosas y 4) el crecimiento del fundamentalismo secular en los países de Occidente que consideran a los creyentes como una amenaza para las democracias.

En todas estas actuaciones no respetuosas con la religión se descubre un común denominador que consiste en considerar a la religión como una fuente de problemas que impiden o dificultan la pacífica convivencia de los ciudadanos. La postura más respetuosa accede a considerar la libertad religiosa como un derecho de la persona pero de segundo grado que debe ser sometido o subordinado a los demás derechos fundamentales. Por esta razón, se reconoce un derecho a la libertad religiosa sí, pero perteneciente a la esfera de la intimidad de la persona y, por tanto, postergado a la esfera privada sin ninguna trascendencia en la vida pública de las sociedades y de los pueblos.

Sin embargo, los recientes estudios de las ciencias sociales no avalan tales postulados. La influencia de la religión unas veces es causa de conflictos, pero en otras ocasiones promueve la democracia, la conciliación y la convivencia. Estos estudios también sugieren que existe una correlación positiva entre respeto a la libertad religiosa y libertad política, progreso de la mujer, libertad de prensa, alfabetización y libertad de prensa.

Para muchos pensadores actuales la democracia es la fuente de las virtudes cívicas de convivencia. Sin embargo, la reciente historia del siglo XX contradice esta afirmación. La democracia no es la causa de una convivencia pacífica y respetuosa sino más bien la democracia es la consecuencia de una cultura ética y respetuosa con el hombre que depende de las instituciones de la sociedad civil —en primer lugar, la familia— donde realmente se forma en la convivencia y en el respeto recíproco.

Uno de los principales modos como se viola la libertad religiosa es confinándola en la esfera privada y apartándola de la vida pública y social. Pero abolir la religión de la vida pública no resuelve los problemas, porque la religión no es el problema. Tal solución solamente oculta el verdadero problema: el respeto debido al hombre.

2. El derecho a la libertad religiosa

La declaración Dignitatis Humanae sobre la libertad religiosa del Concilio Vaticano II, aunque breve, tiene una especial importancia[2]. Supuso un desarrollo tan notable que el obispo Marcel Lefebvre lo reputó una inaceptable «ruptura» con la Tradición.

La libertad religiosa es el derecho que tienen todos los hombres para estar inmunes de coacción, tanto por parte de personas particulares como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, de manera que nadie pueda ser obligado a actuar contra su conciencia, ni se le impida actuar conforme a su conciencia tanto en privado como en público, sólo o asociado a otros.

Es el derecho a seguir libremente la conciencia de cada uno que nos hace conocer la ley natural que todo hombre tiene en su naturaleza racional y le hace ver que existe una manera correcta de actuar.

Al mismo tiempo, como el hombre es un ser racional capaz de preguntarse y dar respuestas a los interrogantes de su vida esto nos hace reconocer que todos los hombres son capaces de preguntarse por la verdad de lo que les rodea y también por la misma existencia de Dios. Así pues, al derecho de cada hombre a seguir su propia conciencia se sigue el deber de conocer la verdad y no darle la espalda para justificar una vida sin preguntas.

Sin embargo, la conciencia no es algo absoluto, situado por encima de la verdad y del error; es más, su naturaleza íntima implica una relación con la verdad objetiva, universal e igual para todos. Es por esta relación especial de la conciencia con la verdad que toda persona tiene el grave deber de formar la propia conciencia a la luz de la verdad objetiva[3]. Ni la conciencia ni la libertad son absolutas (Veritatis Splendor, 32). La libertad de conciencia no es nunca libertad respecto a la verdad, sino siempre y sólo libertad en la verdad (Gaudium et spes, 64).

La verdad, también la verdad religiosa, no puede imponerse por la fuerza. El deseo natural de conocer la verdad está tan arraigado en el hombre que se puede afirmar que es natural a él. El hombre es aquél que busca la verdad.

El fundamento de la libertad religiosa se encuentra en la misma naturaleza humana, en la dignidad humana que le hace capaz de conocer la verdad. No se trata, por tanto, de una capacidad individual o personal de algunos hombres y mujeres, sino que la libertad religiosa es propia de la naturaleza humana y común a todos los hombres y a todas las mujeres.

La dignidad del hombre consiste en haber sido creado para ordenarse por sí mismo al fin último al que naturalmente tiende, en ser capaz de conocer y amar explícitamente a Dios, capaz de participar, por la gracia, de la naturaleza divina y de la vida eterna[4].

La libertad religiosa tiene una dimensión pública, porque los actos religiosos no son solamente internos, sino también son actos externos y sociales, compartidos con los demás y que precisan de una comunidad política organizada.

La autoridad civil no puede imponer a los ciudadanos la profesión o el abandono de cualquier religión, ni impedir que alguien ingrese en una comunidad religiosa o que la abandone.

No se debe confundir el derecho a la libertad religiosa con la libre expresión de las confesiones religiosas y con el derecho de reunión o expresión en general. Mientras estos derechos lo son de la sociedad y de los grupos sociales, la libertad religiosa es un derecho individual de cada hombre que se fundamenta y justifica en la propia y personal dignidad.

Precisamente el objeto que protege el derecho a la libertad religiosa no consiste en la libre expresión de las confesiones religiosas y su manifestación y reconocimiento social, sino el respeto y reconocimiento a la dignidad humana de cada hombre y de cada mujer en sí mismos considerados.

La religión y las confesiones religiosas no son un problema para el hombre porque no le impiden ser hombre, ni tampoco le limitan su desarrollo personal y social. Al contrario, la religión le hace consciente a cada hombre de su dimensión trascendente que va más allá de sí mismo y alcanza a los demás y al mundo en que vive de manera que no puede sentirse extraño en ninguna sociedad.

La dimensión trascendente y espiritual del hombre es la que hace posible que los hombres y las sociedades sean más humanas y estén abiertas al otro, a la cultura a lo diferente y a lo no conocido. Es por la religión que se ha fomentado la cultura, la promoción de la mujer, la paz social y familiar, el reconocimiento de la libertad del hombre como un precioso bien, la dignidad de todos los hombres, el desarrollo económico basado en el desarrollo social antes que económico.

3. Peligros para la libertad religiosa

Pero la libertad religiosa también está sujeta a peligros y amenazas. De una parte están presentes los peligros derivados de actos positivos en contra de la religión y de su manifestación pública. Las persecuciones abiertas y declaradas y las múltiples prohibiciones a la libre expresión de la religión de una persona, de una sociedad, de una raza, de una cultura.

También existen actos negativos de ocultamiento o negación del fenómeno religioso como la no consideración de la religión o de una confesión religiosa y la burla o el desprecio de la religión manifestada en críticas abiertas y declaradas contra las creencias religiosas y sus manifestaciones públicas recluyéndolas al arcaísmo, a expresiones de folklore popular o a manifestaciones de la cultura ya superadas por el avance de la ciencia moderna.

Por último, también se manifiesta la oposición a la religión en una actitud de la cultura y del poder consistente en recluir la religión a la esfera privada de las personas y negar al fenómeno religioso cualquier trascendencia pública y social dando a entender que la religión es un capricho de algunas personas pero en absoluto es necesario.

Especial importancia tiene actualmente el desprecio, la burla y el olvido de los símbolos, las fiestas y manifestaciones públicas de la religión. En concreto, de la religión cristiana que explica la cultura europea y, por extensión, explica también la cultura occidental. Sin el cristianismo nada sería igual y sin el cristianismo la cultura actual no sería la misma.

No se puede olvidar que el fundamentalismo religioso y el laicismo son formas extremas del rechazo del legítimo pluralismo y del principio de laicidad. La sociedad que quiere imponer o, al contrario, negar la religión con la violencia, es injusta con la persona y con Dios, pero también injusta consigo misma[5].

Olvidar la importancia de la religión en la dimensión trascendente del hombre y en la sociedad conduce a una sociedad sin sentido y sin valores donde el hombre es un auténtico opresor del hombre. «Una sociedad en la que Dios es absolutamente ausente se autodestruye»[6]. ■

Felipe Pou Ampuero
[1] Mary Ann Glendon, Intervención en la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, Ciudad del Vaticano, 3 de mayo de 2011.
[2] Jesús Villagrasa, El derecho a la libertad religiosa, Ecclesia, XXIV, n.4, 2010, pp. 3-13.
[3] Editorial de Ecclesia, Derecho a la libertad religiosa, XXIV, nº 4, 2010.
[4] Editorial de Ecclesia, Derecho a la libertad religiosa, XXIV, nº 4, 2010.
[5] Benedicto XVI, Mensaje para la XLIV Jornada Mundial de la Paz, Roma 1-I-2011.
[6] Card. Joseph Ratzinger, Discurso 19-XI-2004.


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