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Humanismo

Permalink 14.11.10 @ 17:10:34. Archivado en Cultura

1. Los errores

La Edad Media se caracteriza, sobre todo, por la creencia en la Revelación bíblica. Los hombres medievales creían en un Dios real y verdadero que no pertenece al mundo, porque es el creador del mundo y, por tanto, anterior al mundo. Cuando el gran big bang tuvo lugar Dios ya estaba allí. Por tanto, la explicación del universo, del hombre y el sentido de la vida tenía su origen y su fin en la existencia de Dios, sin el cual nada tenía sentido[1].

El hombre de la modernidad deja de creer en la revelación cristiana porque le parece algo irracional. El conjunto de los acontecimientos de la vida ya no serán entendidos como una manifestación de la mano providente y cariñosa de un Dios que quiere al hombre, sino que tendrán su explicación en unas causas científicas y racionales y tendrán unos efectos que el hombre científico podrá controlar y dirigir. ¡Se acabó la oscuridad! ¡Viva el siglo de las luces!

El «pienso, luego existo» de Descartes separa al hombre modernista de la realidad objetiva de las cosas porque le hace creer que las cosas existen porque es consciente de su existencia, cuando en realidad todas las cosas existen porque ellas mismas existen aunque el hombre no sea conciente de su existencia.

Porque si Dios es apartado de la vida pública y de la realidad de la sociedad humana, entonces Dios deja de ser la explicación y la referencia para la vida de los hombres para ser sustituido por la Razón y el Progreso, es decir, por el «pienso, luego existo». Así la Modernidad termina en una implacable racionalización del mundo por medio de la tecnología y la ciencia; todo se explica por el progreso histórico indefinido, el criterio de la mayoría se convierte en la solución a todos los problemas de convivencia y la revolución se convierte en el método fundamental para la liberación de los pueblos y los individuos[2].

¿Y dónde queda Dios en todo este planteamiento? Pues para un modernista Dios tiene una explicación racional: es la proyección personal de la infinitud de la conciencia y la religión es un sentimiento que encarna el ansia de eternidad de los hombres y su sentido de la trascendencia. Pero Dios, como tal, no existe y como sentenció Feuerbach «el giro fundamental de la historia estará constituido por aquel momento en el cual el hombre tome conciencia de que el único Dios del hombre es el hombre mismo: homo homini Deus»[3].

Hemos tardado mucho tiempo en darnos cuenta de lo evidente: la razón no puede limitar el conocimiento del hombre. Lo sabíamos, pero no éramos capaces de aceptarlo: cuando un médico tiene «ojo clínico», cuando una madre tiene «instinto materno», cuando hemos dicho «esto me huele mal...», cuando hemos conjeturado una explicación basada en indicios racionales no demostrados científicamente por definición hemos puesto de manifiesto que el conocimiento del hombre excede el simple conocimiento racional del mundo que nos rodea.

El mundo que conocemos no es lo que el estado de nuestro cerebro nos hace ver, sino el mundo mismo que tiene una existencia ¡y una explicación! propia, objetiva y que no depende de la razón del hombre. El conocimiento no puede limitarse a lo intelectual y racional. En la actualidad estamos cayendo en la cuenta que debemos aprender a mirar el mundo y saber asombrarnos de la realidad que nos rodea cuya verdad íntima solamente se puede descubrir uniendo comprensión y amor[4].

Así pues, tenemos que aprender a volver a mirar al hombre sabiendo asombrarnos del mismo hombre y descubriendo la verdadera realidad de cada hombre asumiendo su racionalidad pero logrando superarla. Esta nueva verdad de la vida humana y del hombre mismo es lo que llamamos nuevamente humanismo.

2. Humanismo

La palabra «humanismo» nació en Alemania a principios del siglo XIX para definir la enseñanza y promoción de los saberes que se consideraban más apropiados del hombre: lenguas y literatura antigua, filosofía, historia, etc.[5]. Humanismo significa lo propio del hombre, el desarrollo de las cualidades del hombre que lo hacen un ser verdaderamente humano, que lo enriquecen y lo diferencian del bárbaro.

La cultura actual parece que se olvida del hombre mismo cegada por el progreso técnico y el bienestar material. Nuestra cultura habla mucho del hombre y sabe muchas cosas de él, pero a menudo da la impresión de ignorar lo que realmente es el hombre. Como dice Chesterton «no es natural ser materialista ... tampoco es natural contentarse únicamente con la naturaleza. El hombre, por el contrario, es místico»[6].

El hombre es, ciertamente, un ser político y un animal racional, pero más radicalmente es un ser teológico, un ser que busca a Dios. La relación trascendental del hombre hacia Dios no es algo postizo o añadido a su humanidad, sino constitutivo del propio ser humano[7].

El hombre modernista eliminó a Dios porque pensaba que limitaba su dignidad y su existencia, que era un obstáculo para su libertad y para su perfección. Pero en realidad, es al contrario, el hombre no se realiza a partir de sí mismo y por el simple desarrollo de las cualidades inmanentes a su naturaleza, sino en la medida en que se une a un bien superior que le trasciende y supera toda medida humana. No hay mayor amor que dar la vida por quien se ama.

La razón nos habla de utilidad y de resultados, de beneficios y de satisfacción. La explicación racional de la dignidad humana se resume en el éxito personal y profesional. Será más digno y mejor hombre el que más triunfa. Pero esto es un error.

Más allá de lo que pueda aportar por sus posesiones o por sus capacidades físicas, técnicas, intelectuales, o las propias de su personalidad, la persona no es un medio al servicio del interés de otros; es un fin absoluto, amada por sí misma[8]. Los hombres hemos descubierto que formamos parte de una historia de amor que nos precede, no solamente por parte de nuestros padres y de nuestros abuelos, sino, de un modo más fundamental, por parte de Dios. Es por esto que el hombre se comprende a sí mismo sólo a la luz de de Dios, creado por amor y destinado a vivir para siempre en comunión con Él[9].

3. Humanismo cristiano

Y en esta verdad del hombre la fe cristiana no niega al hombre, no le limita ni le obstaculiza en su desarrollo, sino que le hace reconocer su grandeza y le potencia al infinito al darle a conocer que está llamado a participar en la vida de ese Dios que le quiere. La historia de amor de Dios con Israel consiste, en el fondo, en que Él le da la Torah, es decir, abre los ojos a Israel sobre la verdadera naturaleza del hombre y le indica el camino del verdadero humanismo[10].

El hombre tiene la tarea de vivir conforme a la verdad, a la verdad del mundo y a la verdad del hombre. Para esto es necesario que el hombre se abra al don de Dios, reconociéndose criatura, y aprenda a conocer la realidad desde la perspectiva que el amor divino le descubre.

Esto equivale a afirmar no ya que existe un humanismo cristiano al lado de otros posibles humanismos –el agnóstico, el social, el individual, etc. – sino que el único humanismo posible y verdadero es el cristiano y que el verdadero hombre es el que realiza es su vida la verdad de Dios para con él[11].

Esta es la tarea: devolver al hombre su verdad, una verdad que supera su razón y le hace comprender que solamente por el Amor tiene sentido su existencia.■

Felipe Pou Ampuero
[1] Romano Guardini, El fin de la modernidad, Madrid, 1996.
[2] Alejandro Llano, Humanismo y posmodernidad, Nuestro Tiempo, n. 627, septiembre 2006, p. 18.
[3] J.L. Illanes, G.E.R. voz Humanismo.
[4] Benedicto XVI, Discurso a los profesores universitarios, Ciudad del Vaticano, 27 julio 2007.
[5] Antonio Fontán, Humanismo cristiano y liberal, ABC, 1 octubre 2004.
[6] G.K. Chesterton, Porqué me convertí al catolicismo.
[7] J.L. Illanes, ob. cit.
[8] Conferencia Episcopal Española, La familia, escuela de humanidad y transmisora de la fe, Madrid, 23 diciembre 2008.
[9] Juan Pablo II, Mensaje a la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino, Ciudad del Vaticano, 21 junio 2002.
[10] Benedicto XVI, Enc. Deus Caritas est, Ciudad del Vaticano, 25 diciembre 2005, n. 9.
[11] J.L. Illanes, ob. cit.


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