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Nominalismo

Permalink 11.04.10 @ 14:11:46. Archivado en Relativismo, Cultura

1. Guillermo de Ockham

Guillermo de Ockham (1280/1349) fue un fraile franciscano y filósofo escolástico inglés, oriundo de Ockham, un pequeño pueblo de Surrey, cerca de East Horsley. Ockham se unió a la Orden Franciscana siendo aún muy joven y fue educado primero en la casa franciscana de Londres y luego en Oxford. Como franciscano estuvo dedicado a una vida de pobreza extrema. Murió a causa de la peste negra.

Ockham ha sido llamado «el mayor nominalista que jamás vivió». En sus razonamientos hizo frecuente uso del principio de parsimonia que establece que siempre debe optarse por una explicación en términos del menor número posible de causas, factores o variables. Algunos lo consideran el padre de la moderna epistemología y de la filosofía moderna en general, debido a su estricta argumentación de que sólo los individuos singulares existen y que los universales (hombre, árbol, perro, bondad, bien) son producto de la abstracción de la mente humana y no tienen existencia real fuera de ella.

Es decir, para Ockham no existe el concepto universal «hombre», sólo existe la palabra que utilizamos para nombrar al conjunto de los hombres. Sin embargo, el interés fundamental de Ockham no está en negar que existan conceptos universales, sino en negar que éstos tengan una realidad fuera de la mente humana. O sea, que para Ockham no existe una esencia humana universal compartida por todos los hombres —absolutamente todos, los altos y los bajos, los blancos y los negros— sino que solamente existen semejanzas entre unos hombres y otros.

Hasta aquí el personaje que fue un buen franciscano que quiso entender la realidad que le rodeaba y dar una explicación del mundo, cosa que todos los filósofos pretenden. La cuestión es que cuando se equivocan las consecuencias pueden ser terribles y alcanzar límites insospechados.

2. Nominalismo

Para el nominalismo los conceptos universales son sólo eso, nombres (nomen), no entes con existencia real, sino una simple denominación que existe en la mente de los hombres para podernos comunicar y referirnos a algo. Cuando yo digo, por ejemplo, que los hombres tienen dignidad, para un nominalista no me estoy refiriendo a que todos los hombres por el solo hecho de serlo tienen la misma dignidad, porque los hombres no existen. Existe Juan, Pedro, Tomás y éstos tienen dignidad, pero en general los hombres no tienen dignidad porque los hombres no existen.

Todos los hombres compartimos una misma imagen de las cosas particulares que se funda en su semejanza y en su apariencia, no en su esencia que no existe, y a esta imagen mental cada idioma le asocia de manera convencional una palabra —un signo lingüístico— que tiene la capacidad de ocupar el lugar de la cosa. Así, en español la palabra hombre significa un ser humano de sexo masculino.

Pero lo que compartimos todos los hombres es la palabra «hombre», en español, pero no la sustancia de hombre. Napoleón Bonaparte no comparte conmigo nada más que la palabra «hombre», porque para el nominalismo Napoleón y yo no somos iguales siendo distintas personas concretas, sino que somos dos hombres distintos que no tenemos la misma esencia humana común.

Fuera de mi pensamiento solamente existen los seres singulares y concretos a partir de los cuales y estableciendo relaciones de semejanza podemos obtener imágenes naturales y universales, pero imágenes, no realidades universales.

3. La consecuencia

La consecuencia es que si las entidades universales no existen en la realidad tampoco pueden existir las leyes generales que afecten a todos los seres que comparten el ente universal. Si no existe una esencia humana común a todos los hombres no existe una ley universal humana que es la que todos conocemos como ley natural o ley moral natural. Si no existe el bien, si sólo existe la palabra «bien» está claro que el bien para Stalin puede ser algo muy distinto de lo que es el bien para la Madre Teresa, según los nominalistas.

El nominalismo supone una vuelta empírica a la realidad. No existe más realidad que la que se ve y se toca, la experimental. Pero aún más, la realidad como tal es una palabra. Lo que existe es mi realidad, la tuya, la de aquél y la del otro, pero la realidad, así, como tal y objetiva: no existe.

El nominalismo puede llegar a aceptar que la palabra con la que nos representamos mentalmente el bien signifique más o menos lo mismo en una determinada cultura y país. Pero que signifique lo mismo universalmente es más complicado porque para esto primero nos tendríamos que poner de acuerdo universalmente en qué significa el bien. Y esto debe ser así porque, para esta doctrina, el bien no existe porque es un ente universal y no tiene existencia real.

Si no existe una ley universal humana que sea común a todos los hombres y nos pueda ordenar «hacer el bien y evitar el mal» y que, a su vez, sea la fuente de las demás leyes de los hombres que ordenan la convivencia y gobiernan la sociedad, entonces ¿dónde se fundarán las leyes de los hombres?

Para los nominalistas la respuesta es clara: las leyes de los hombres se fundan en la voluntad de los hombres, en su mutuo acuerdo y en el consenso. De manera que basta con que estemos de acuerdo para que una ley sea legítima. Así, por ejemplo, si una ley dice que los judíos son chusma infecta que no merecen mezclarse con la sociedad por el solo hecho de pertenecer a la raza judía, y esta ley la aprueba todo un parlamento con mayoría pues es legítima. Porque no existe ninguna ley general que diga que todos los hombres —judíos o no— son personas con dignidad y merecen respeto.

Pero suerte de mí que vivo en un país donde existe una ley que dice que robar está prohibido, porque si la ley dijera que apropiarse de lo ajeno es lícito siempre que seas más poderoso no me podría oponer. Lástima, por el contrario, que en mi país sí existe una ley que dice que acabar con la vida del concebido y no nacido no es delito porque entonces los nominalistas entienden que es lícito acabar con esa vida.

Para el nominalismo lo importante es la voluntad del hombre porque con esta voluntad nos podemos poner de acuerdo los hombres en determinar, por medio del lenguaje, un significado a cada palabra que sirva para que nos representemos mentalmente un concepto universal. Hombre: animal dotado de razón que camina erguido sobre las extremidades posteriores.

Lo que define al hombre es que tiene voluntad porque es un ser libre que puede actuar libremente y elegir libremente el significado de cada palabra y el valor de cada idea. Libre para ponerse de acuerdo en lo que está bien y en lo que está mal.

4. Lo contrario

Lo contrario del nominalismo entiende que la realidad de las cosas y de las personas no viene definida solamente por su existencia material y empírica, sino que hay una esencia común que define a los seres y les gobierna no para limitarlos o reprimirlos, sino para hacerlos mejores, para perfeccionar el ser. Existe una ley natural común a todos los hombres de la cual se pueden deducir racionalmente los mandamientos morales del obrar de los hombres de los cuales el primero dice «haz el bien y evita el mal» y derivado de éste otro que dice «respeta la vida como un don que has recibido y no te pertenece» y, por último, otro mandamiento que dice «busca la verdad, para eso tienes raciocinio».

Por existir esta realidad humana común a todos los hombres podemos decir que matar está mal, que torturar está mal, que perseguir una raza está mal, que abusar de la mujer está mal… Y esto lo podemos decir aunque un parlamento dijera lo contrario porque la ley natural del hombre es anterior al consenso de unos hombres y anterior al mismo hombre.

Las leyes —justas— no derivan de la voluntad o el capricho del legislador, sino de la racionalidad de la naturaleza humana que es verdadera y alcanza a todos los hombres.

La cuestión central no es que comprendamos o no comprendamos las cosas y la misma realidad, sino que seamos verdaderos y no estemos en el error. La realidad no puede quedar limitada por la materia. La mentalidad científica moderna es constructivista y entiende que explicar una realidad es decir cómo está hecha, cuáles son sus componentes y cómo se combinan[1]. Pero esto sería tanto como decir que un hombre es un cubo de agua y un saquito de polvo. Me temo que no, que existe algo que hace vivir al hombre y no es material y desde luego que es muy real. Por tanto, la realidad no se limita a lo que se ve y se toca, sino que es la consecuencia de una idea anterior que es Razón y causa de todo lo creado.■

Felipe Pou Ampuero

[1] Lorda, Juan Luis, La palabra alma, Nuestro Tiempo, n. 603.


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