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Permalink 10.12.09 @ 23:18:13. Archivado en Relativismo, Cultura

1. ¿Europa?

El día 4 de noviembre de 2009, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo dicta sentencia en la que prohíbe la exhibición del crucifijo en las aulas escolares italianas porque entiende que la imagen de un crucificado vulnera el derecho de libertad religiosa y resulta opresiva para los escolares que no sean cristianos y discriminatoria respecto de las demás religiones. Los jueces de Estrasburgo —que es tanto como decir los jueces de Europa— han dicho que la cruz es una agresión para todo el que no sea cristiano[1].

Se trata de una iniciativa demasiado tributaria de una concepción que no entiende el laicismo como la neutralidad del Estado ante el hecho de la religión, sino como una ausencia de signos religiosos. Como si el laicismo fuera equivalente a sociedad libre de religión aunque no libre de otras ideas no religiosas pero de igual impacto ético que la religión. Es decir, este tribunal entiende que laicidad es equiparable a ética no religiosa, pero ética al fin y al cabo.

Sin embargo, la nada sospechosa Natalia Ginzburg escribe «El crucifijo no genera ninguna discriminación. Calla. Es la imagen de la revolución cristiana que diseminó por el mundo la idea de la igualdad entre los hombres, hasta entonces ausente»[2].

En España, por desgracia, vamos por delante. La sentencia 288/2008, de 14 de noviembre de 2008, del Juzgado de lo Contencioso Administrativo número dos de Valladolid ordenó retirar del colegio público «Macias Picavea» los símbolos religiosos en sus instalaciones fundándose en los artículos 14 y 16.1 de la Constitución española.

Pero no deja de llamar la atención el cúmulo de contradicciones en todas las argumentaciones. Por ejemplo, que se pretenda la retirada de símbolos religiosos porque atentan a la libertad de conciencia de los escolares y no se pretenda, por el mismo motivo, que se retire el nombre del centro escolar que alude a un escritor del siglo XIX español, Ricardo Macias Picavea, discípulo de Julián Sanz del Río y de Nicolás Salmerón, perteneciente a la «escuela filosófica» krausista, de ideas regeneracionistas y defensor del positivismo jurídico. Digo yo que algún niño en ese centro se podrá ver discriminado con el ideario de ese corte positivista ¿o no?, o solamente ofende la cruz y el nombre del centro escolar no...

Por ejemplo, que el tribunal europeo entienda que para luchar contra la intolerancia religiosa hay que atacar la religión católica, pero no las demás. Y que además entienda que el Estado neutral es el Estado sin religión pero no piense lo mismo de los valores éticos. Porque, vamos a ver, ¿acaso estamos en un Estado neutro de valores?, ¿neutro contra el fraude, la violencia de género, la xenofobia, los ataques al medio ambiente, el nazismo, la pornografía infantil y un largo etcétera?[3] No, el Estado no es neutro, ni nadie quiere que sea neutro frente a lo que hace daño a la sociedad.

Lo que se trasparenta es que para ese tribunal la religión católica es algo malo e indeseable y la cruz es la manifestación de ese algo malo e indeseable que es necesario erradicar.

Pero el crucifijo lo que representa es una manera de entender la vida y el hombre. Representa la igualdad de todos los hombres hijos de un mismo Padre común y por eso mismo hermanos. Representa el perdón a todos y la comprensión de la debilidad humana, la convivencia de los hombres y de los pueblos y un afán de solidaridad que va más allá de un buen sentimiento. Representa el cariño necesario para saltar las propias fronteras y hasta las propias convicciones y realizar el esfuerzo personal por acercarse al vecino y formar una comunidad de naciones, de pueblos y de culturas que tienen una misma raíz, raíz que tiene forma de cruz.

Los crucifijos situados en los caminos, en las cumbres, en las plazas de los pueblos, en las fachadas de los consistorios, y en las banderas y enseñas nacionales son un referente de comprensión, de hospitalidad, de convivencia pacífica, de superación de personalismos. Tienen un significado civil, histórico y cultural que trasciende en simple valor religioso. Realmente quien ofende a los europeos es sin lugar a dudas el tribunal (con minúsculas) de la Corte de Estrasburgo. ¿Se imaginan ustedes un tribunal internacional en un continente que no sea Europa?[4] La historia de los derechos humanos es europea porque Europa es cristiana, de eso no hay duda, y la sombra de Europa tiene forma de cruz.

Ante un crucifijo cobra sentido nuestra cultura. Porque las culturas las fundan las religiones y donde no hay religión no hay cultura[5]. Deberían saber los señores magistrados de Estrasburgo que lo importante no es atacar los símbolos religiosos, sino ayudar a respetarlos a todos los ciudadanos europeos, sean católicos o de cualquier otra confesión religiosa.

2. Un símbolo cultural

Como afirma el Presidente de la República italiana, Carlo Azaglio Ciampi, «el crucifijo en las escuelas ha sido considerado siempre no sólo un signo distintivo de una creencia religiosa particular, sino sobre todo un símbolo de los valores que conforman el fundamento de nuestra identidad».

Y si la cruz puede estar en la bandera, que es el símbolo de todo lo que significa un Estado, una nación, una patria, la tierra de los padres; si puede estar en las monedas, expresión máxima del poder institucional, no se entiende si no es por prejuicio ideológico que no pueda estar en la modesta pared de una escuela[6].

La cruz es signo de paz y reconciliación. Su palo vertical recuerda la dimensión trascendente de la persona y su palo horizontal representa la dimensión terrena de la persona que se extiende desde el centro para abarcar a todos los pueblos, razas, culturas[7].

Toda la cultura occidental y europea hunde sus raíces en la concepción de Dios y del hombre que representa de manera suprema el crucifijo. Es precisamente esa concepción la que está en la raíz de la laicidad del Estado, que sólo ha podido desarrollarse en este sustrato[8].

El crucifijo es un símbolo de amor, compromiso, respeto, solidaridad, entrega por los demás. Representa valores positivos, compartidos y aceptados por nuestra sociedad. Es difícil imaginar a quién puede ofender la presencia del crucifijo. Quitar un crucifijo es como arrancar de la pared una declaración genuina de derechos humanos[9].

3. Cultura laicista

Pero qué significa que el Estado es laico. Desde luego no significa que es contrario a la religión. El Estado laico es defensor de la libertad religiosa y esto pasa necesariamente por ser un Estado neutral ante todas las confesiones religiosas. El Estado no debe optar por ninguna religión, ni mucho menos imponérsela a los ciudadanos, pero tampoco debe optar por la no-religión e imponer este postulado a sus ciudadanos porque, en tal caso, estaría siendo un Estado confesional laicista.

Que el Estado, tal como señala la Constitución española, sea aconfesional, no significa que sea confesionalmente laicista y militante contra cualquier signo religioso[10].

La laicidad del Estado significa que no puede imponer signos religiosos en los espacios públicos, pero tampoco puede eliminar los que ya existen y son fruto de una historia y de una cultura particular. Quitarlos sería un acto positivo confesional del Estado que socavaría la necesaria neutralidad del Estado laico. Aquí está en juego la libertad religiosa[11].

Porque la religión —cualquier religión, por su dimensión trascendente— lejos de ser algo negativo, resulta un factor positivo para la sociedad, en la medida que construye un espíritu común. Y, en este sentido, el crucifijo es la mejor expresión de libertad, la mayor historia de amor jamás contada. Es un ejemplo y una lección permanente para todos los escolares y para cualquier caminante que pasa delante de él.

La verdadera libertad religiosa no tiene nada que ver con la pretendida libertad de la religión de que hacen gala los magistrados de Estrasburgo, no tiene nada en común con una sociedad libre de cualquier religión. La verdadera libertad religiosa valora la religión, todas las religiones, y porque las valora las respeta como tales y no pretende suprimir ninguna, sino que defiende un espacio común donde puedan existir y desarrollarse en pacífica convivencia.

En lo que se refiere a los símbolos y signos religiosos, es cierto que al Estado le corresponde velar por el bien común y por la pacífica convivencia de sus ciudadanos y, por tanto, el Estado está legitimado para regular el uso y la presencia de los signos en la vida pública. Pero será en cuanto tales signos son signos sociales, no en cuanto signos religiosos y sólo en cuando afecten al bien común y a la paz social, no a la ideología predominante del partido en el poder.

Así, el poder legítimo podrá regular la prohibición de determinados símbolos por su peligro social, o por su potencia generadora de disturbios, pero en cualquier otro supuesto, el uso de los símbolos es libre en un Estado democrático. La presencia de una cruz no significa la obligatoriedad de una creencia y, si no, a los hechos me remito: véase Europa y su multiculturalidad; una Europa llena de crucifijos.

No deja de sorprender que una pared escolar blanca y sin ningún símbolo religioso también constituye una declaración ideológica que a muchos padres puede no convencer. Exigir la retirada de un crucifijo es una manera de negar el derecho de todo ser humano a tener unas creencias y a sustentarse sobre un pilar tan básico como el de la libertad religiosa que deriva de la libertad personal y de la propia dignidad humana. ¡Soy libre de creer!

Felipe Pou Ampuero

[1] Uría, Ignacio, Para hacerse cruces, www.nachouria.com
[2] Artículo publicado en L’Unità, diario fundado por Antonio Gramsci, el día 22 de marzo de 1988, citado por Giuseppe Florentino, El crucifijo, los jueces y Natalia Ginzburg, en L’Osservatore Romano, Ciudad del Vaticano, 7 de noviembre de 2009.
[3] Martin Kugler, 12 razones por las que el crucifijo no viola la libertad, www.zenit.org, 10 de noviembre de 2009.
[4] López Schlichting, Cristina, A los magistrados de Estrasburgo.
[5] De Prada, Juan Manuel, Una clase de religión para el siglo XXI.
[6] Manifiesto de e-cristians.net.
[7] Ramiro Pelletero, La cruz, www.ReligionConfidencial.com
[8] Ignacio Uría, ob. Cit.
[9] González Vila, Teófilo, Signos religiosos en el espacio público, La Verdad, n.3762, Pamplona, 25 de septiembre de 2009.
[10] Gómez Trinidad, Juan Antonio, Portavoz de Educación del Grupo Popular.
[11] Teófilo González Vila, ob. Cit.


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