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Felipe Pou AmpueroFelipe Pou Ampuero

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Trabajo

Permalink 08.06.09 @ 23:16:33. Archivado en Política, Trabajo

1. Trabajo humano

El hombre con sus manos y con su inteligencia es capaz de modificar la naturaleza creada para ponerla a su servicio. No crea nada nuevo, sino que transforma lo ya existente. Pero no es poco. Es capaz de progresar y de hacer el mundo más habitable con sus solas fuerzas.

El resto de los animales también realizan tareas. Construyen nidos en lo alto de la espadaña del campanario desafiando a la ley de la gravedad; realizan presas en los ríos estancando el caudal de agua de tal manera que el hombre intenta copiar su arte y su oficio; organizan colonias que son verdaderos imperios de estamentos distribuidos por sus categorías, labores y funciones, donde desde la reina hasta la última obrera tienen su sitio y su cometido.

Pero los animales han sido creados así y desde que comienza su existencia hacen lo que su instinto dice: siempre lo mismo y hasta el mismo límite. Los animales no inventan nada, ni transforman, ni mejoran ni empeoran la naturaleza. Forman parte de la naturaleza y su cometido es hacer lo que cada uno de ellos tiene que hacer.

Los animales, propiamente, no trabajan. Hacen nidos, presas y hormigueros, pero eso no es trabajar. El hombre no hace nidos, pero es capaz de transformar el mundo y además es capaz de hacerlo libremente. Esa libertad para hacer una tarea u otra, para mejorar o estropear la naturaleza, para progresar o deteriorar la vida humana diferencia radicalmente la laboriosidad humana de la laboriosidad del castor.

El hombre no es un castor, es evidente. Por tanto, el trabajo del hombre no es un trabajo animal, instintivo, sin sentido, sino que es un trabajo humano que participa en su propia esencia de la naturaleza del hombre que es como el perfume que impregna todo lo que el hombre hace. Así el trabajo del hombre es un trabajo realizado humanamente.

¿Puede el hombre no trabajar? No debemos adelantarnos a contestar esta pregunta. No se trata de poder, como si la cuestión se pudiera reducir a si el hombre puede no querer trabajar. Claro que puede no querer trabajar. Sin embargo, la cuestión nuclear es si el hombre puede ser mejor hombre si no trabaja: es decir, si necesita trabajar para mejorarse a sí mismo en primer lugar y luego al mundo que le rodea. En este sentido me parece que se debe contestar que el hombre no puede permitirse el lujo de no trabajar, de no mejorarse.

El trabajo es una actividad propia del hombre que todo hombre siente en su interior y ansía realizar. Todos los hombres trabajamos y la recta razón aprecia que la naturaleza humana incluye la necesidad del trabajo como ineludible para el desarrollo integral de la persona. La persona que no trabaja no se mejora. El trabajo es fuente de muchas virtudes y escuela de humanidad. El trabajo forma parte de la naturaleza originaria del hombre y la Iglesia halla en las primeras páginas del libro del Génesis la fuente de su convicción según la cual el trabajo constituye una dimensión fundamental de la existencia humana[1].

En cierto sentido se puede decir que el trabajo hace al hombre más hombre, porque le ayuda a desarrollar su propia naturaleza humana que es trabajadora. Por eso, cualquier trabajo noble hecho a conciencia nos hace partícipes en la obra creadora de Dios sobre el hombre, no tanto porque mejoramos o creamos el mundo, sino porque por medio del trabajo podemos mejorarnos nosotros mismos y en ese sentido nos terminamos de «crear» cada vez un poco más.

Claro, ya sabemos que el hombre tiene razón y libertad para hacer y elegir el bien y desechar y omitir el mal. Qué otra cosa mejor se puede hacer con la libertad y con la razón que el bien. El trabajo humano es, ante todo, un trabajo racional, sometido a la razón. Y por ser racional es un trabajo con una finalidad, dirigido hacia el bien, lo que ahora llamamos excelencia...

Pero el hombre se cansa al trabajar. El cansancio y la fatiga sorprenden al hombre. El hombre sospecha que lo natural es lo espontáneo y, a su vez, lo espontáneo es equivalente a lo no sufrido. En sentido inverso, el hombre ancestral concluye que lo que comporta esfuerzo, cansancio, sacrificio, no es natural, sino artificial, impuesto y, a la postre, se podría prescindir del trabajo porque el trabajo cansa.

Es verdad que el esfuerzo cansa, pero también es verdad que la consecuencia del esfuerzo que comporta todo trabajo es la mejora personal y del mundo en que vivimos. Y sin ese trabajo no se pueden conseguir esos resultados. Forma parte de la naturaleza humana que el trabajo lleve consigo cansancio. No existe el esfuerzo que no canse y si alguien se da cuenta de esto ahora: ¡bienvenido a la Tierra!

2. Trabajo de amor

Por medio del trabajo cada hombre se convierte en más humano y ayuda o puede ayudar a los demás hombres a ser más hombres y al mundo a ser mejor. Por tanto, el trabajo no vale solamente por la «buena intención» que cada uno podamos poner en lo que hacemos, o por el ofrecimiento personal y espiritual que hagamos de nuestro trabajo diario.

El trabajo debe estar bien hecho, con sentido profesional y con responsabilidad social. Trabajo completo, acabado y lo más perfecto posible. Pero no debemos olvidar que el trabajo es ante todo humano, es cosa de los hombres y para los hombres. No importa tanto qué clase de trabajo hace cada uno, sino cómo lo hace[2]. Porque el verdadero valor del trabajo es el humano y no el social o el científico o el económico.

Una persona que ha desempeñado tareas humildísimas en la vida puede «valer» mucho más que quien ha ocupado puestos de gran prestigio social. Y la diferencia entre un trabajo que «vale» y otro que «no vale» no está en la cantidad sino en la calidad, y esa calidad es el amor que se pone en el trabajo que cada cual realiza. Conviene no olvidar que esta dignidad del trabajo está fundada en el amor. «Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos»[3].

Todos los hombres buscamos la justicia, la paz y el bien común. Nos mueve el afán de solidaridad y el ansia de compartir lo que tenemos de bueno con los demás. Nos apiadamos de las condiciones inhumanas en que se desarrolla la vida de otras personas cuya dignidad es la más elocuente llamada de ayuda.

No se ama la justicia si no se ama verla cumplida en los demás. La justicia solo para mí y no para los demás es ya una injusticia llamativa. El que desea ser justo debe querer también que la justicia se realice en los demás hombres. Así pues, el trabajo humano reclama por justicia un salario justo, incluso cuando se trata de trabajo contratado libremente. Pues lo que se paga con el salario no es solamente el resultado final de ese trabajo, sino la humanidad que en él se oculta, en definitiva, el amor humano que trasciende del trabajo. Aunque el salario estipulado fuera conforme a la ley, eso no legitima cualquier retribución que se acuerde si no es digna del hombre que la percibe[4].

3. Colaboración laboral

La finalidad principal del desarrollo económico no es el mero crecimiento de la producción, ni el lucro o el poder, sino el servicio del hombre integral[5]. El criterio para juzgar el verdadero progreso de los pueblos y de las civilizaciones no es la acumulación de riquezas, ni el grado de poder o imposición sobre otros pueblos. La historia reciente nos ha enseñado de manera muy evidente que sólo la dignidad del hombre es el verdadero criterio para juzgar el progreso de los pueblos y de la ciencia. Aquello que se oponga o menoscabe la dignidad de cualquier hombre, por sencillo o humilde que sea, no es avance sino atraso en la historia de la humanidad.

Por eso la Iglesia defiende la dignidad de la persona que trabaja y a la que se falta cuando se la estima sólo en lo que produce, cuando se considera el trabajo como mercancía, valorando más la obra que el obrero, el objeto más que el sujeto que la realiza. Los indicadores más fieles de la justicia en las relaciones sociales no son el volumen de riqueza creada, ni su distribución, sino la promoción y el respeto de la dignidad del trabajador[6].

El mundo del trabajo, la relaciones laborales, la consideración del trabajador y del empresario o empleador, no pueden quedar reducidas a lo económico como si se tratara de la administración de las riquezas naturales. Menos aún pueden quedar reducidas a un sistema de poder o de predominio de la clase patronal sobre la clase obrera. Esto sería un enfoque injusto del mundo del trabajo. El mundo laboral es, ante todo, un mundo humano, de hombres y para los hombres y, por lo tanto, debe ser un mundo con valores humanos donde la solución de los problemas no resida en la lucha de clases sino en la colaboración del patrón y del obrero para dignificar el trabajo y todas las circunstancias que le rodean.

4. Vida laboral

Según un estudio publicado hace años por el Instituto Nacional de Estadística de España más del 25% de las mujeres españolas querrían tener más hijos de los que actualmente tenían pero las condiciones laborales y el miedo a perder el puesto de trabajo les hacía desistir de la idea. También decía ese trabajo que las horas extras realizadas en el trabajo, incluyendo el trabajo realizado en domingo, parecen ser las causantes de los trastornos familiares más importantes[7].

Y es que nos podemos olvidar fácilmente que somos seres humanos ¡sí, hombres y mujeres y no máquinas! El trabajo es siempre una actividad instrumental, para algo, medio y no fin en sí mismo. Y, sin embargo, muchos se pasan la vida trabajando como si fuera ese el fin de su vida. ¡Han nacido para trabajar! Pues no es así. Hemos nacido para vivir. Dentro de nuestra vida el trabajo ocupa una parte importante y no podemos vivir sin trabajar, pero nuestra vida no se limita al trabajo ni se reduce al trabajo. Eso significaría empobrecer la vida y faltar a la dignidad humana de que venimos hablando.

La vida laboral se debe supeditar a la vida del hombre puesto que forma parte de la misma pero no integra toda su extensión. Además está la vida familiar, la de oración, la social, la de la cultura y la propia formación, etc. Y darle un tiempo a cada una de esas vidas y ordenar todos los tiempos y hacerlos compatibles, con su jerarquía y por su orden es el arte del buen vivir.

No es fácil tener una vida completa y bien ordenada donde exista un tiempo para cada tarea y cada tarea se realice a su tiempo, sin invadir el tiempo de las demás. No es fácil, pero nuestra propia felicidad y la felicidad de los que nos rodean nos demandan poner orden en nuestra vida laboral. No somos máquinas trabajadoras, somos hombres y mujeres que por medio del trabajo podemos amar a las otras criaturas, decir un tú y un yo llenos de sentido y manifestarles el amor[8].

Felipe Pou Ampuero

[1] Juan Pablo II, Enc. Laborem exercens, Ciudad del Vaticano, 14 de noviembre de 1981, n. 4.
[2] Rainiero Cantalemesa, El secreto para dar sentido al trabajo, www.fluvium.org, 12 de noviembre de 2004.
[3] San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n.48.
[4] Pablo VI, Enc. Populorum Progressio, Ciudad del Vaticano, 24 de marzo de 1967, n. 59.
[5] Vaticano II. Const. Gaudium et Spes, n. 64.
[6] Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra, Ciudad del Vaticano, 15 de mayo de 1961, n. 83.
[7] Matrimonio, trabajo e hijos: un equilibrio cada vez más difícil. www.zenit.org 2 de noviembre de 2002.
[8] Cfr. San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n.48.


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Comentarios:
“¿Qué necesidad tengo de buscar la verdad si cualquier acción en favor de los demás contiene todas las filosofías, todas las religiones y a Dios?”
Enlace permanente Comentario por jalon 23.06.09 @ 18:46

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