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Belleza

Permalink 08.02.09 @ 11:59:45. Archivado en Belleza

1. Donde no se ve

Todos tenemos la tentación de tener por belleza aquello que es agradable a la vista, a los ojos de la cara. Juzgamos por una impresión sensible —por el aspecto exterior— y por una impresión subjetiva —por lo que a cada uno nos agrada—. Con frecuencia olvidamos que la vista y el aspecto exterior son sólo una parte de la realidad de las cosas, a decir verdad, son sólo la parte menos importante de la realidad de las cosas porque se quedan en la mera superficialidad, en el ropaje exterior y no ahondan en la verdadera realidad, en la esencia de la propia realidad.
Vivimos en esta sociedad occidental y posmoderna tan angustiada por el cuidado estético y el diseño y nos olvidamos que la verdadera belleza de las cosas y de las personas es su belleza moral, su categoría personal[1]. Para encontrar la belleza que no se ve con los ojos hay que buscar la belleza que se puede ver con los ojos del alma y esto solamente se consigue en silencio y en la quietud que permite ver lo invisible, pero que es lo realmente valioso, porque sólo la belleza interior es la que agrada para siempre y no cansa.

La preocupación por lo material y lo sensible, aquello que se puede tocar, ha reemplazado el interés por lo espiritual y lo divino. Pero el corazón del hombre no está hecho para aparcarse en cosas materiales. Su verdadera capacidad desea elevarse por encima de la materia y si no se le contenta ese corazón queda triste y surge el tedio de la existencia material.

Con frecuencia se tiende a juzgar la armonía y la estética de las cosas solamente por su aspecto exterior de tal manera que el arte es separado de la realidad del mundo y el buen gusto es reducido a la excesiva sensibilidad, sin percatarse que el hombre tiene facultades superiores a los sentidos —inteligencia y voluntad— que aspiran no sólo a la simple satisfacción de los sentidos, sino a la verdad y el bien. Al hombre no le basta con la simple armonía o estética, sino que desea la verdad: ¡de qué serviría una belleza que no fuera verdadera!

Pero la belleza es la clave del misterio y la llamada a lo trascendente[2]. La belleza de las cosas creadas suscita el anhelo de Dios, Creador de todo lo visible y lo invisible y fuente de toda belleza. «Tarde de amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé» (San Agustín, Confesiones, 10, 27).

Y cada hombre tiene una intuición: por medio de la belleza encontraré la verdad. A cada hombre se le ha confiado la tarea de ser el artífice de su propia vida y de hacer de ella una vida bella y no se complace con componer una vida solamente armoniosa y ordenada. Debe ser más, debe ser bella y para esto debe ser verdadera, descubriendo que la belleza no se encuentra lejana de la verdad porque trasciende de las simples formas y sensaciones para asomarse a lo indecible.

2. La verdad de la belleza

¿Dónde estaba Dios mientras funcionaban los hornos crematorios? En todas las atrocidades de la historia del hombre queda demostrado que un concepto puramente armonioso de la belleza no es suficiente[3]. Al escuchar una obra maestra de música, magistralmente interpretada, se puede llegar a percibir que aquello que nos impacta en el corazón y en la inteligencia sólo puede ser posible gracias a una fuerza superior que se actualiza en la inspiración de cada compositor.

La belleza es ciertamente conocimiento, una forma superior de conocimiento que toca al hombre con toda la profundidad de la verdad[4]. De tal manera que una búsqueda de la belleza que fuera ajena a la búsqueda humana de la verdad y la bondad se transformaría en puro esteticismo y, sobre todo, para los más jóvenes en un itinerario que lleva a lo efímero, a la apariencia o incluso a una fuga hacia paraísos artificiales que esconden el vacío de la inconsistencia interior[5]. La belleza es en cierto sentido la expresión visible del bien, así como el bien es la condición metafísica de la belleza[6]. Santo Tomás habla de la belleza como del «esplendor en la forma» y siempre ha habido una asociación natural entre bondad y belleza.

Sin embargo, en la edad moderna se ha ido afirmando una forma de humanismo caracterizado por la ausencia de Dios y, con frecuencia, por la oposición a Él. Este clima ha llevado, a veces, a una cierta separación entre el mundo del arte y el mundo de la fe, como si fuera necesario no creer en Dios para poder ser un auténtico artista. La necesidad y la urgencia del diálogo renovado entre estética y ética, entre belleza y verdad y bondad nos lo replantea no sólo el debate cultural, sino también la realidad cotidiana que busca la verdad de las acciones efectuadas con un fin determinado y no solamente por puro esteticismo[7].

Es patente que al modelar una obra el artista se expresa a sí mismo, hasta el punto de que su producción es un reflejo singular de su misma vida. También la vida del artista nos puede mostrar que no siempre consigue expresar aquello que ha intuido como expresión de la suma perfección y belleza, aquello que entrevió y apenas llega a balbucear en su indigna obra maestra, como manifiestan muchos artistas. También sabemos que no es extraño tener que apartar al artista de su obra para darla ya por fin por acabada, pues nunca se satisface en componerla una y otra vez buscando la belleza que no alcanza.

«El que cree en Dios sabe que la belleza es verdad y que la verdad es belleza, pero en el Cristo sufriente comprende también que la belleza de la verdad incluye la ofensa, el dolor e incluso el oscuro misterio de la muerte y que sólo se puede encontrar belleza aceptando el dolor y no ignorándolo»[8].

3. La belleza del arte

«Dios vio cuanto había hecho y todo estaba muy bien» (Génesis, 1, 31). Un eco de aquel sentimiento se ha reflejado en la mirada del artista al admirar la obra de su inspiración descubriendo en ella como una resonancia de aquel misterio de la creación a la que Dios, único creador de todas las cosas, ha querido, en cierto modo, asociar a los artistas.

El arte, cuando es auténtico, tiene una íntima afinidad con el mundo de la fe y continúa siendo una especie de puente tendido hacia la experiencia religiosa. En cuanto que búsqueda de la belleza, fruto de la imaginación que va más allá de lo cotidiano, es por su naturaleza una especie de llamada al Misterio[9]. En un sentido muy real puede decirse que la belleza es la vocación a la que el Creador llama al artista con el don del talento artístico. Quien percibe en sí mismo este destello divino que es la vocación artística —de poeta, escritor, pintor, escultor, arquitecto, músico, etc.— advierte, al mismo tiempo, la obligación de no malgastarlo, sino desarrollarlo para ponerlo al servicio de la humanidad.

La misión de los artistas es así la de suscitar la maravilla y deseo de lo bello, formar la sensibilidad y alimentar la pasión por todo lo que es expresión auténtica del genio humano y reflejo de la belleza divina. Un artista consciente de todo esto sabe que ha de trabajar sin dejarse llevar por la búsqueda de la gloria banal o por la avidez de una fácil popularidad o la ambición de ganancias personales.

Porque así como existe una belleza verdadera también existe una belleza falsa que no despierta la nostalgia por lo indecible, sino que provoca el ansia, la voluntad de poder, de posesión y de mero placer. El arte cristiano debe oponerse al culto de lo feo que nos lleva a pensar que la belleza no existe y que solamente la representación de lo cruel y vulgar sería la verdad auténtica. El arte cristiano debe manifestar la verdad de la belleza que enaltece al hombre y lo asemeja a su Creador y así poder contestar la pregunta de Dostoievski: «¿Nos salvará la Belleza?». Sí la Belleza salvará el mundo[10].

Por medio de la belleza del arte se puede hacer perceptible y fascinante el mundo del espíritu. El arte posee esa capacidad peculiar de reflejar el mensaje, traduciéndolo en colores, formas o sonidos que ayudan a la intuición de quien contempla o escucha sin privar al mensaje de su valor propio y original, sin alterarlo.

4. La belleza de la verdad

«Aquel que es la Belleza misma se ha dejado desfigurar el rostro, escupir encima y coronar de espinas... Precisamente en ese Rostro desfigurado aparece la auténtica y suprema belleza: la belleza del amor que llega hasta el extremo y que por ello se revela más fuerte que la mentira y la violencia»[11]. La verdadera belleza es la belleza redentora de Cristo, la belleza de la fidelidad que acepta el dolor y el misterio de la muerte como don de la vida. Necesitamos la humildad para someternos a la verdad y para no manipular la verdad sometiéndola a nuestros gustos o deseos.

La auténtica obra de arte interpela la interioridad del contemplador y abre a la trascendencia. ¿Quién no ha experimentado algo así ante un buen cuadro, una buena película o una buena pieza musical?[12]. Los cristianos deben ser imágenes de la belleza que invitan a descubrir la conexión entre la verdad y el amor, es decir, la belleza del bien.

«Que la belleza que transmitáis a las generaciones del mañana provoque asombro en ellas. Ante la sacralidad de la vida y del ser humano, ante las maravillas del universo, la única actitud apropiada es el asombro. Desde el asombro podrá surgir el entusiasmo de que tienen necesidad los hombres de hoy y mañana para afrontar y superar los desafíos cruciales que se avistan en el horizonte. Gracias a él, la humanidad, después de cada momento de extravío, podrá ponerse en pie y reanudar su camino»[13].

Felipe Pou Ampuero

[1] Nieves García, Una moda que no pasa: la belleza interior, 19 de junio de 2003, www.mujernueva.org
[2] Juan Pablo II, Carta a los artistas, Vaticano, 4 de abril de 1999, n.16.
[3] Card. Joseph Ratzinger, La contemplación de la belleza, Roma, 24 de agosto de 2002.
[4] Card. Joseph Ratzinger, La contemplación de la belleza, Roma, 24 de agosto de 2002.
[5] Benedicto XVI, La belleza es inseparable de la búsqueda de la verdad y la bondad. Roma, 25 de noviembre de 2008.
[6] Juan Pablo II, Carta a los artistas, n.3.
[7] Benedicto XVI, La belleza es inseparable de la búsqueda de la verdad y la bondad. Roma, 25 de noviembre de 2008.
[8] Card. Joseph Ratzinger, La contemplación de la belleza, Roma, 24 de agosto de 2002.
[9] Juan Pablo II, Carta a los artistas, n. 10.
[10] F. Dostoievski, El idiota, p. III, cap. V.
[11] Card. Joseph Ratzinger, La contemplación de la belleza, Roma, 24 de agosto de 2002.
[12] Ramiro Pellitero, El esplendor de la belleza, www.fluvium.org.
[13] Juan Pablo II, Carta a los artistas, n. 16.


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