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Mi cuerpo y yo

Permalink 02.11.08 @ 21:25:05. Archivado en Cuerpo

1. A los cuarenta años

El 25 de julio de 2008 se han cumplido los cuarenta años de la profética encíclica del Papa Pablo VI Humanae Vitae. Curiosamente esta encíclica que trata sobre la vida humana trata sobre el amor humano de un hombre y una mujer, sobre el amor de los esposos. El Papa quería explicar el amor al hombre moderno del siglo XX porque a todas luces era evidente que el hombre moderno no sabía amar.

¿Por qué el mundo moderno no entiende el mensaje de la Iglesia —que es el mensaje de Dios— sobre el amor humano? Es la gran pregunta que sigue queriendo responder una y otra generación. En el aprendizaje del amor nos va la vida porque en eso mismo nos va la verdadera felicidad de cada hombre. Para el hombre moderno, acelerado por el ritmo de la informática, ser feliz es disfrutar, estar satisfecho. El hombre se relaciona con cosas y busca la felicidad en las cosas de tal manera que acaba por convertir a cuantos le rodean en cosas también a las que puede desear, que le pueden satisfacer. Sin embargo, el hombre moderno no es feliz porque aunque tenga muchas cosas no tiene amor verdadero.

2. Platón

Durante mucho tiempo, la teología cristiana tuvo una fuerte influencia de la filosofía de Platón que ponderaba la bondad del alma y tenía cierta tendencia a menospreciar el valor del cuerpo[1]. Los discípulos de Platón llegaron a exagerar esta dualidad de alma y cuerpo —espíritu y materia— y con el correr del tiempo ciertos movimientos pseudo-religiosos, como el maniqueísmo y el gnosticismo, llegaron al extremo de condenar la materia por considerarla corruptible y mala y a despreciar el cuerpo y rechazar el mismo matrimonio como una realidad sucia y fea, debido a la dimensión sexual que el cuerpo comporta.

La Iglesia condenó estas corrientes erróneas, pero entre muchos cristianos ha quedado una visión un tanto negativa del cuerpo humano y de su sexualidad que les hace pensar que el cuerpo es un obstáculo para su vida espiritual. Sin embargo, esta visión dualista del cuerpo y del alma es falsa y errónea. Es cierto que lo espiritual tiene prioridad sobre los material, el alma sobre el cuerpo, pero también es cierto que «El hombre, siendo a la vez corporal y espiritual, expresa y percibe las realidades espirituales a través de signos y símbolos materiales» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1146).

La hipersexualización de nuestra sociedad moderna también tiene su causa en este mismo error, al infravalorar la sexualidad humana. La obsesión por el sexo de la sociedad actual tiene su origen en el vacío de amor que sufre el hombre moderno por haber abandonado a Dios. Se ha sustituido la búsqueda del verdadero amor por el placer intenso e instantáneo que proporcionan las relaciones sexuales. Pero luego el hombre queda más vacío que antes porque el placer sólo no satisface el corazón humano.

Esto demuestra que el error de la cultura moderna consiste en una defectuosa apreciación del cuerpo y de su sexualidad. Si el cuerpo fuera solamente un objeto de posesión —por muy valiosa que fuera esa posesión—, el cuerpo no participaría de la dignidad de la persona[2].

Los hombres no tenemos un cuerpo como quien tiene un reloj o una camisa. Más bien somos corporales y no somos nuestro reloj. Porque el cuerpo no se tiene sino que forma parte de mí y al «usar» mi cuerpo estoy «usándome».

3. El giro antropológico

Karol Wojtyla, a la entrada del Cónclave que elegiría al sucesor de Pablo VI, llevaba bajo el brazo unos papeles para trabajarlos si le sobraba tiempo con el tema que por entonces le rondaba: la Teología del cuerpo[3]. Pocos meses después, siendo ya Juan Pablo II la expuso a lo largo de 129 Audiencias de los miércoles durante cinco años desde septiembre de 1979 hasta noviembre de 1984.

La visión del hombre de Juan Pablo II es completamente moderna porque continúa con la idea central de Kant y de Feuerbach en la que el hombre es el centro pero no la pone en contradicción con el teocentrismo desde el momento en que se comprende que Jesucristo es Dios y Hombre a la vez. La teología del cuerpo nos dice que la dignidad del hombre debe leerse desde la encarnación del hombre en un cuerpo de varón y en un cuerpo de mujer sexuados y creados por ese Dios que se ha hecho Hombre. Las conclusiones de esta nueva visión del hombre son las siguientes:

a) El sexo es constitutivo de la persona. Hasta ahora el pensamiento que hemos heredado consideraba el sexo como un accidente inseparable de la persona: Juan es inteligente, alto, ágil y es varón., pero Juan es persona. Sin embargo, la realidad no es así. Juan tiene muchos atributos: alto, inteligente, ágil. Pero Juan «es» varón. El sexo es constitutivo de la persona y no solamente un atributo de la misma. De tal manera que podría decirse que no existen personas, lo que existen son varones y mujeres.

Esta afirmación no es fácil de explicar a primera vista. Cuando nos preguntamos ¿qué es ser persona? santo Tomás describe la persona como «ser subsistente», es decir, ser persona consiste en que cada hombre o mujer tiene su propio acto de ser en propiedad, que tiene una libertad interior para decidir quien quiere ser. La persona es dueña de sí misma y nadie la puede poseer a menos que ella misma se entregue. Pero la persona no es solamente subsistencia y autopropiedad.

La modernidad ha puesto de relieve otra característica de la persona que es su comunicabilidad, su capacidad de apertura a los demás. Todo «yo» requiere un «tú»: éste es el principio de relación descubierto por Feuerbach de manera que Heidegger define a la persona como «ser-con».

La intuición de Juan Pablo II descubre que la sexualidad humana añade una característica más a la persona, no solamente es un ser libre que vive con otras personas, sino que por su masculinidad y feminidad la persona vive «para» otras personas en comunión de amor. La sexualidad define a la persona humana como alguien con capacidad de entregarse a otro por amor y de una manera total y plena —cosa que no son capaces de hacer los animales—. Y esto, precisamente, define en plenitud a la persona. Y en todo esto el cuerpo humano y su sexualidad juegan un papel imprescindible.

La consecuencia fundamental de todo lo dicho es que si el sexo es constitutivo de la persona no se puede separar el sexo de la persona porque entonces la persona queda incompleta e indefinida y el cuerpo convertido en cosa, no en persona.

b) El significado esponsal del cuerpo. La visión del hombre de Juan Pablo II es que si la persona es capaz de amar entonces la persona debe ser tratada con amor. Amar es a su vez tratar al ser humano como persona, no como un objeto. Para tratar a una persona como tal hay que tratarla con amor.

El cuerpo humano, con su sexualidad, manifiesta la capacidad de amar de la persona. El cuerpo es lo que se ve de la persona y lo que se ve es un cuerpo que puede amar y que ha sido creado para el amor. Y esto es así porque la sexualidad humana no se acaba en su genitalidad, sino que alcanza a toda la persona de manera que se puede amar con el cuerpo.
Pero se trata de un amor humano, inteligente y espiritual también, de un amor que ama de una manera definitiva y total por medio de una entrega de toda la vida. El amor que expresa la sexualidad del cuerpo humano es un amor de promesa, que dice un «te amaré toda la vida» y eso es el significado esponsal del cuerpo.

c) La complementariedad varón-mujer es ontológica. Que el varón y la mujer se complementan es algo que ya demostraban la biología y la psicología. Pero existe otro tercer nivel donde también se complementan y del que nadie hablaba. Es el plano del ser, la manera de ser persona como varón y como mujer. Podemos y debemos hablar de dos tipos de personas: la masculina y la femenina.

Si lo que caracteriza a la persona es su capacidad de amar y amar es darse a los demás, entonces podemos concluir que existen dos maneras de darse a los demás. La manera masculina de darse a los demás consiste en salir de uno mismo y buscar y cuidar del otro. Pero la manera femenina de amar consiste en acoger y aceptar al otro y tenerlo dentro de sí e integrarlo en su propia vida.

Así se puede afirmar que no existe una sola manera de ser persona, sino que existen dos maneras de ser persona y que a cada uno nos corresponde la manera de ser persona que determina nuestra sexualidad. Así Juan vivirá la vida y todo lo que ello lleva consigo como la viven los varones y María la vivirá como la viven las mujeres.

d) Varón y mujer son una unidualidad relacional. Si la sexualidad define a la persona y hace al varón y a la mujer distintos como personas porque tienen distintas maneras de ser personas, estamos afirmando que son distintos pero que los dos son personas. Varón y mujer son igual de personas pero distintos en la manera de ser personas. Y esta igualdad y esta diferencia es lo que Juan Pablo II ha denominado «uni-dualidad» para querer expresar que es una unidad de los dos: unidad en la persona y dualidad en la manera de ser.

Es la unidad de los dos la que permite que cada uno —varón y mujer— pueda sentir la relación con el otro sexo como enriquecedora y creativa. De esta unidad de los dos es de donde nace la familia y es el lugar digno para la llamada a la vida de cada uno de los hijos.
Pero esta unidad de dos no se limita solamente a la procreación y a la vida de familia, sino que Dios, por medio de la unidad de los dos, ha confiado a los hombres y mujeres la misma construcción de la historia[4] y el desarrollo del mundo de manera que sea por medio de la colaboración entre el varón y la mujer como se realice el verdadero progreso en el mundo para hacerlo más humano.

Es claro, que todas estas intuiciones de Karol Wojtyla, luego Juan Pablo II, suponen una revolución pacífica en el pensamiento y en la visión del hombre que tendrá unas consecuencias enormes en la cultura y en el ordenamiento social del presente siglo XXI.

Felipe Pou Ampuero
[1] Adolfo J. Castañeda, ¿Qué es la Teología del cuerpo?, www.catholic.net
[2] Eduardo Terrasa, Posibles desencuentros entre yo y mi cuerpo, Nuestro Tiempo, noviembre 2005, nº. 617, p.70.
[3] Blanca Castilla de Cortázar Larrea, Varón y mujer en la “teología del cuerpo” de Karon Wojtyla, www.arvo.net, 2 de marzo de 2006.
[4] Juan Pablo II, Carta a las mujeres, 29 de junio de 1995, n. 8.

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Sarkozy parece haberse tomado en serio su rango de canónigo honorario de la basílica de san Juan de Letrán de Roma. (Por cierto, es el primer canónigo divorciado, y nada menos que triplica los himeneos.) 300.000 francesas ejercen su derecho al aborto cada año.
Pero no es el aborto. Es el divorcio. Los obispos abandonan la sacristía para denunciar que el divorcio daña la familia y la sociedad. El PP no es una religión, tiene que abandonar la sacristía. Y divorciarse de la religión.
Enlace permanente Comentario por jalon 03.11.08 @ 17:26

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