Elogio de John McCain
20.11.08 @ 00:39:35. Archivado en Politica
Saludos Aida
Hace mucho tiempo que no paso por aquí pero esto me lo pide el cuerpo
¿Te suena esta frase?
“Felicito a Barack Obama, el que hasta el día de hoy fue mi oponente y a partir de hoy es… mi presidente”
Confieso que durante mucho tiempo percibí el lema de campaña de McCain (“Country First”, la patria primero) como un eslogan paleto y arcaico. Sólo después de escuchar esa frase y de ver su actitud en la reunión que ha mantenido con el ya presidente electo Obama, entiendo la nobleza y el valor de ese patriotismo de McCain.
No ha tenido buena suerte ésta vez, desde luego. Ha tenido que luchar enterrado en las arenas movedizas en las que se ha convertido el legado del actual gobierno republicano de Bush, un escenario que hacía prácticamente tener ganadas las elecciones a los demócratas. Y por si fuera poco, el rival no era un demócrata cualquiera sino Barack Obama, el mayor fenómeno político desde Kennedy y toda una fuerza de la naturaleza y de la historia. Por todo ello, el senador McCain ha pasado por los medios españoles sin pena ni gloria, como último escollo para la historia mesiánica de Obama I “El Deseado”. Y por ello quiero reivindicarle, porque es injusto pasar por alto a una figura de su talla política y humana sólo porque es quizá la primera vez desde Eisenhower contra Stevenson en que los dos candidatos a las presidenciales estadounidenses son merecedores del puesto (lo habitual es que uno, si no los dos, sea un auténtico indeseable).
John McCain no sólo es su admirable por su cacareada historia de héroe de guerra, por negarse a ser liberado mientras no lo fueran el resto de sus compañeros, por sufrir terribles torturas en acto de servicio hacia su país. Es admirable por ser uno de los últimos políticos honestos y honrados. Por ser el representante de una vieja casta de senadores (Mansfield, Dirksen, Humphrey, Baker, Byrd, Warner…) ya en extinción, caracterizada por su naturaleza de auténticos estadistas y de hombres de honor, sensatez y tejedores de acuerdos.
Durante su larga estancia en el Senado, John McCain ha mantenido una postura independiente pero coherente. El llamado “maverick” (rebelde) no ha tenido mayor problema en enfrentarse a sus compañeros de partido en aquellos temas en los que su conciencia así le dictaba. Llamarle republicano moderado es un trazo grueso para quien debería ser considerado un “mccainista radical”. Disintió con sus compañeros de partido en asuntos como el cambio climático. Coincidió con los demócratas en su condena de la tortura (por motivos bien evidentes), su reclamación del cierre de la prisión paralegal de Guantánamo y su descripción de Donald Rumsfeld como “uno de los peores secretarios de defensa de la historia”. Denunció a partidarios republicanos como el telepredicador Pat Robertson y demás derecha evangélica como “agentes de la intolerancia”. Fue capaz de cruzar el puente y pactar con el senador demócrata más izquierdista, Russ Feingold, una reforma de la financiación de las campañas electorales que reducía la influencia de los grupos de presión, ofendiendo a muchos de sus camaradas republicanos, financiados hasta las cejas por tales “lobbies”. Pactó también con otro célebre izquierdista, Ted Kennedy, una reforma de la política de inmigración que no llegó a ser aprobada.
En 2005, en plena crisis de la sistemática obstrucción demócrata de todas las nominaciones judiciales de Bush y ante el plan gubernamental para desarrollar una llamada “opción nuclear” que arrollaría el poder del Senado para bloquear jueces, McCain fue capaz de unirse a otros trece senadores moderados de ambos partidos en lo que se denominó “la banda de los 14”, desencallando la situación al permitir la aprobación de ciertos jueces a cambio de la retirada de otros, desactivando tanto la obstinada hostilidad demócrata como el terrorífico intento del gobierno republicano de maniatar al poder legislativo.
Es por eso que es especialmente lamentable que su figura se haya visto oscurecida por la sombra de un personaje, George W. Bush, que representa todo lo contrario que McCain: el fanatismo, el revanchismo, el partidismo, la ignorancia, la intolerancia y la ruindad. Ruindad como la que ejerció contra McCain cuando le arrebató al senador la que habría sido su verdadera oportunidad de alcanzar la presidencia. Con muy malas artes, expandiendo rumores sobre supuestas infidelidades y enfermedades mentales de McCain, George Bush le ganó las primarias republicanas del año 2000. Cuando, en la trastienda de un debate televisivo, Bush quiso eludir las responsabilidad sobre esos rumores, McCain le espetó públicamente “No me toques y no me vengas ahora con esa mierda”. Incapaz de aguantar el juego sucio y rehusando contestar con las mismas armas, McCain se retiró de la campaña y tuvo que ver como el hombre al que despreciaba se convertía en “su presidente”. Y una vez que fue presidente, dejó atrás sus rencillas personales y colaboró con él en lo que consideró importante para el país.
Recuperó su sueño de ser presidente ocho años más tarde, en 2008. Ésta vez el partido le escogió a él como candidato, como único candidato posible ante la temida ola demócrata tras el fracaso de la presidencia de Bush. McCain superó unas duras primarias y se consagró como el único candidato suficientemente separado de Bush como para salvar los muebles. McCain ajustó las encuestas en unas elecciones que estaban perdidas de antemano. Sin embargo, temiendo el boom de Obama, hubo de ponerse en manos del aparato del partido. Tras el subidón que la elección de Sarah Palin dio a su campaña, McCain, viéndose aún con alguna posibilidad real de ganar se encomendó a los expertos en juego sucio que habían logrado la victoria de Bush. Así salieron rebuznos como el intento de relacionar a Obama con un ex terrorista. Pero McCain no se sentía cómodo con esta estrategia, como demostró cuando sufrió los abucheos de su propio público al defender a Obama como “un hombre honorable al que no deben temer como presidente”.
Tras la caída en desgracia de Palin y, una vez, realizado el último debate, McCain tomó conciencia de lo imposible de la victoria y volvió a ser el de siempre. Arremetió contra la política económica de Obama, defendió el recorte del gasto, defendió a los emprendedores, defendió una política exterior más agresiva… pero todo con el tono de quien, al final de la campaña, decidió que no quería pasar a la historia como el gran senador que dilapidó su crédito político en una carrera kamikaze por la presidencia. Cuentan crónicas del New York Times que McCain pasó los últimos días riendo y contando chistes con su mujer y su amigo Lindsey Graham en el autobús de campaña, tranquilo, relajado y consciente de su inminente derrota.

Por ello, cuando McCain, en la noche electoral apoya a su nuevo presidente nos da una lección de elegancia y señorío a todos. Y coherente como es no ha tardado en reunirse con Obama en una amigable reunión entre dos hombres que se respetan y que se dan cuenta de que el destino ha jugado una mala pasada a un país que ha tenido tantos presidentes fallidos en el último siglo (Hoover, Truman, Nixon, Carter, ambos Bush…) obligándole, votase a quien votase este año, a descartar a un excelente candidato. McCain acabó su discurso de concesión de la derrota diciendo que los americanos no observan la historia sino que la hacen. Él ha hecho historia como uno de los últimos ejemplos de estadista inteligente, capaz y honesto. Como un hombre que representa lo mejor de EEUU dentro de un partido que tantas veces suele representar lo peor de ese país. John McCain es ya historia y dentro de cuatro años, cuando los republicanos tengan que elegir entre el cinismo y la hipocresía de un Romney o un Giuliani, el conservadurismo cateto de un Huckabee o una Palin o fiarse de una ambiciosa nueva estrella que aspire a ser el Obama republicano (John Thune, Bobby Jindal, Tim Pawlenty), entonces será cuando recuerden la sensatez, la integridad y la elegancia de su antiguo candidato. Y se arrepentirán de haber, por dos veces, desaprovechado a John McCain.
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Aida López y Alfredo Puentes
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