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Aida López y Alfredo PuentesAida López y Alfredo Puentes

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Elogio de John McCain

Permalink 20.11.08 @ 00:39:35. Archivado en Politica

Saludos Aida
Hace mucho tiempo que no paso por aquí pero esto me lo pide el cuerpo

¿Te suena esta frase?

“Felicito a Barack Obama, el que hasta el día de hoy fue mi oponente y a partir de hoy es… mi presidente”

Confieso que durante mucho tiempo percibí el lema de campaña de McCain (“Country First”, la patria primero) como un eslogan paleto y arcaico. Sólo después de escuchar esa frase y de ver su actitud en la reunión que ha mantenido con el ya presidente electo Obama, entiendo la nobleza y el valor de ese patriotismo de McCain.

No ha tenido buena suerte ésta vez, desde luego. Ha tenido que luchar enterrado en las arenas movedizas en las que se ha convertido el legado del actual gobierno republicano de Bush, un escenario que hacía prácticamente tener ganadas las elecciones a los demócratas. Y por si fuera poco, el rival no era un demócrata cualquiera sino Barack Obama, el mayor fenómeno político desde Kennedy y toda una fuerza de la naturaleza y de la historia. Por todo ello, el senador McCain ha pasado por los medios españoles sin pena ni gloria, como último escollo para la historia mesiánica de Obama I “El Deseado”. Y por ello quiero reivindicarle, porque es injusto pasar por alto a una figura de su talla política y humana sólo porque es quizá la primera vez desde Eisenhower contra Stevenson en que los dos candidatos a las presidenciales estadounidenses son merecedores del puesto (lo habitual es que uno, si no los dos, sea un auténtico indeseable).

John McCain no sólo es su admirable por su cacareada historia de héroe de guerra, por negarse a ser liberado mientras no lo fueran el resto de sus compañeros, por sufrir terribles torturas en acto de servicio hacia su país. Es admirable por ser uno de los últimos políticos honestos y honrados. Por ser el representante de una vieja casta de senadores (Mansfield, Dirksen, Humphrey, Baker, Byrd, Warner…) ya en extinción, caracterizada por su naturaleza de auténticos estadistas y de hombres de honor, sensatez y tejedores de acuerdos.

Durante su larga estancia en el Senado, John McCain ha mantenido una postura independiente pero coherente. El llamado “maverick” (rebelde) no ha tenido mayor problema en enfrentarse a sus compañeros de partido en aquellos temas en los que su conciencia así le dictaba. Llamarle republicano moderado es un trazo grueso para quien debería ser considerado un “mccainista radical”. Disintió con sus compañeros de partido en asuntos como el cambio climático. Coincidió con los demócratas en su condena de la tortura (por motivos bien evidentes), su reclamación del cierre de la prisión paralegal de Guantánamo y su descripción de Donald Rumsfeld como “uno de los peores secretarios de defensa de la historia”. Denunció a partidarios republicanos como el telepredicador Pat Robertson y demás derecha evangélica como “agentes de la intolerancia”. Fue capaz de cruzar el puente y pactar con el senador demócrata más izquierdista, Russ Feingold, una reforma de la financiación de las campañas electorales que reducía la influencia de los grupos de presión, ofendiendo a muchos de sus camaradas republicanos, financiados hasta las cejas por tales “lobbies”. Pactó también con otro célebre izquierdista, Ted Kennedy, una reforma de la política de inmigración que no llegó a ser aprobada.

En 2005, en plena crisis de la sistemática obstrucción demócrata de todas las nominaciones judiciales de Bush y ante el plan gubernamental para desarrollar una llamada “opción nuclear” que arrollaría el poder del Senado para bloquear jueces, McCain fue capaz de unirse a otros trece senadores moderados de ambos partidos en lo que se denominó “la banda de los 14”, desencallando la situación al permitir la aprobación de ciertos jueces a cambio de la retirada de otros, desactivando tanto la obstinada hostilidad demócrata como el terrorífico intento del gobierno republicano de maniatar al poder legislativo.

Es por eso que es especialmente lamentable que su figura se haya visto oscurecida por la sombra de un personaje, George W. Bush, que representa todo lo contrario que McCain: el fanatismo, el revanchismo, el partidismo, la ignorancia, la intolerancia y la ruindad. Ruindad como la que ejerció contra McCain cuando le arrebató al senador la que habría sido su verdadera oportunidad de alcanzar la presidencia. Con muy malas artes, expandiendo rumores sobre supuestas infidelidades y enfermedades mentales de McCain, George Bush le ganó las primarias republicanas del año 2000. Cuando, en la trastienda de un debate televisivo, Bush quiso eludir las responsabilidad sobre esos rumores, McCain le espetó públicamente “No me toques y no me vengas ahora con esa mierda”. Incapaz de aguantar el juego sucio y rehusando contestar con las mismas armas, McCain se retiró de la campaña y tuvo que ver como el hombre al que despreciaba se convertía en “su presidente”. Y una vez que fue presidente, dejó atrás sus rencillas personales y colaboró con él en lo que consideró importante para el país.

Recuperó su sueño de ser presidente ocho años más tarde, en 2008. Ésta vez el partido le escogió a él como candidato, como único candidato posible ante la temida ola demócrata tras el fracaso de la presidencia de Bush. McCain superó unas duras primarias y se consagró como el único candidato suficientemente separado de Bush como para salvar los muebles. McCain ajustó las encuestas en unas elecciones que estaban perdidas de antemano. Sin embargo, temiendo el boom de Obama, hubo de ponerse en manos del aparato del partido. Tras el subidón que la elección de Sarah Palin dio a su campaña, McCain, viéndose aún con alguna posibilidad real de ganar se encomendó a los expertos en juego sucio que habían logrado la victoria de Bush. Así salieron rebuznos como el intento de relacionar a Obama con un ex terrorista. Pero McCain no se sentía cómodo con esta estrategia, como demostró cuando sufrió los abucheos de su propio público al defender a Obama como “un hombre honorable al que no deben temer como presidente”.

Tras la caída en desgracia de Palin y, una vez, realizado el último debate, McCain tomó conciencia de lo imposible de la victoria y volvió a ser el de siempre. Arremetió contra la política económica de Obama, defendió el recorte del gasto, defendió a los emprendedores, defendió una política exterior más agresiva… pero todo con el tono de quien, al final de la campaña, decidió que no quería pasar a la historia como el gran senador que dilapidó su crédito político en una carrera kamikaze por la presidencia. Cuentan crónicas del New York Times que McCain pasó los últimos días riendo y contando chistes con su mujer y su amigo Lindsey Graham en el autobús de campaña, tranquilo, relajado y consciente de su inminente derrota.

Por ello, cuando McCain, en la noche electoral apoya a su nuevo presidente nos da una lección de elegancia y señorío a todos. Y coherente como es no ha tardado en reunirse con Obama en una amigable reunión entre dos hombres que se respetan y que se dan cuenta de que el destino ha jugado una mala pasada a un país que ha tenido tantos presidentes fallidos en el último siglo (Hoover, Truman, Nixon, Carter, ambos Bush…) obligándole, votase a quien votase este año, a descartar a un excelente candidato. McCain acabó su discurso de concesión de la derrota diciendo que los americanos no observan la historia sino que la hacen. Él ha hecho historia como uno de los últimos ejemplos de estadista inteligente, capaz y honesto. Como un hombre que representa lo mejor de EEUU dentro de un partido que tantas veces suele representar lo peor de ese país. John McCain es ya historia y dentro de cuatro años, cuando los republicanos tengan que elegir entre el cinismo y la hipocresía de un Romney o un Giuliani, el conservadurismo cateto de un Huckabee o una Palin o fiarse de una ambiciosa nueva estrella que aspire a ser el Obama republicano (John Thune, Bobby Jindal, Tim Pawlenty), entonces será cuando recuerden la sensatez, la integridad y la elegancia de su antiguo candidato. Y se arrepentirán de haber, por dos veces, desaprovechado a John McCain.

Curioseos y falacias económicas

Permalink 19.05.08 @ 19:14:25. Archivado en Politica

Hola Alfredo,

Hace poco, hablando con un conocido, le comentaba el motivo de esta nueva carta: las falacias económicas tan ampliamente difundidas en los medios de comunicación por gente experta y no tan experta. “Pero qué sabrás tú de economía”, me espetó. Y me hizo pensar. Es cierto: qué sé yo de economía. Bastante poco, me dije. “Seguramente, la milésima parte que estos especialistas en el tema”, le contesté. Eso me preocupa todavía más.

Basta hojear la prensa, da igual si la generalista o la estrictamente económica (aunque la primera es más propensa a incurrir en errores de ortodoxia), para dar con conceptos desfasados, teorías hace tiempo refutadas o, simplemente, absurdos económicos. Que alguien como yo, mera curiosilla de la literatura económica, observe este estado general de cosas, por fuerza ha de preocupar al mundo académico.

Algunos ejemplos de las falacias económicas más repetidas los encontramos en tres aspectos básicos como son el empleo, los precios y los salarios.

Empleo: se habla de “destruir” puestos de trabajo, de “crearlos”, o incluso de “repartirlos”. Este error se deriva de la concepción del empleo como una cantidad dada, fija y estática. Así, podríamos repartir un número de puestos X entre la población deseosa de trabajar. Pero la realidad es diferente. No existe tal “tarta” de empleo a repartir: existen individuos dispuestos a vender su trabajo (su habilidad para hacer algo) y existen individuos dispuestos o no a comprar ese algo. Decir que el mercado destruye cada día las habilidades de miles de obreros y que el gobierno pretende crear habilidad a destajo me parece, cuando menos, pretencioso.

Precios: está de actualidad el tema de la factura eléctrica. “¿En cuánto debería fijar el Estado la subida de los precios?” Cuando hasta Zapatero considera impensable que el gobierno pueda intervenir en el libre flujo de los precios (así lo afirmó en la última entrevista concedida a Gloria Lomano), en esta materia persiste una especie de misticismo incomprensible que justifica la injerencia, sobre todo si tenemos en cuenta su implicación en el resto de la actividad económica.

Salarios: siendo los precios que se asignan al bien trabajo, me cuesta entender que se pueda incurrir en algún tipo de “discriminación salarial”, como denuncian los sindicatos, y contra lo que sugiere luchar el Ministerio de Igualdad. Si nadie en su sano juicio paga más a un hombre (por ejemplo) por los muebles que vende, ¿por qué lo haría a la hora de comprarle otra mercancía más como es el trabajo?

Pero sin duda, Alfredo, la teoría macroeconómica a gran escala es la que ha dado lugar a más sinsentidos. Se habla de estructuras y "macroestructuras". Se habla de sectores, variables y estadísticas. Se habla de “reajuste”, “reactivación” y todo lo que te puedas imaginar. ¿Cuál es la pega? No darse cuenta de que la economía es un todo íntimamente interrelacionado (millones de interacciones entre individuos libres que intercambian cosas y servicios), que la división en sectores es artificial y poco operativa y que cuando intervienes en lo que crees haber definido como un sector determinado necesariamente influyes en el curso del resto de la esfera económica.

Mejor ni hablamos de inflación, ni de tasas de interés, ni de desaceleración, ni de flexiseguridad... Al fin y al cabo, yo solo curioseo.

Un saludo, espero noticias tuyas.
Aida L. Rosell

La tragedia del PP

Permalink 15.04.08 @ 00:31:44. Archivado en Politica

Saludos Aida

Hacía tiempo ya que no me escribías y yo tenía un tema en mente sobre el que escribir que el hecho de ir demorando tanto ha ido colocando cada vez más en el punto de mira. Tú me hablas de los movimientos del gobierno socialista y yo quiero comentarte los movimientos internos dentro del Partido Popular. Concretamente, quería hacer una aportación a esta distinción entre moderados y radicales, a esa divergencia entre lo que parecen representar Alberto Ruiz Gallardón y Esperanza Aguirre.

La tragedia del PP, Aida, es que dentro del partido tienen esta discusión mal enfocada precisamente debido a tomar a esos dos políticos como referencia. Y la cosa es que hay, aunque resulte inverosímil, un posible punto de confluencia entre sus posturas. Habría que introducir una segunda variable en la ecuación. Son moderados y radicales ¿en qué? Ahí podríamos diferenciar entre fondo y forma, entre ideas y actitudes.

Alberto Ruiz-Gallardón es un hombre moderado en sus formas, dialogante, tolerante, respetuoso con la oposición y probablemente una persona con la que se pueda llegar a acuerdos. Logra caerle bien a sus rivales. Y si no cae tan bien a sus correligionarios es porque, dentro de ese acercamiento y buen trato con el PSOE, ha empezado a difuminar, y alguno diría a vender, los principios y valores propios de su partido hasta el punto en el que resulta difícil decir dónde acaba el “gallardonismo” y empieza ya el socialismo.

Esperanza Aguirre es una mujer de firmes convicciones e ideales. Cree en los valores tradicionales de la derecha liberal: libertades civiles, laissez-faire en el mercado (privatizaciones y desregulaciones), menor intervención estatal en la vida de los ciudadanos y en la economía… y defiende a ultranza la necesidad del PP de desmarcarse del discurso socialista y hacer valer sus propios valores y principios como positivos y superiores a los de la izquierda. No se resigna, dice. No cede, y hace bien. El problema es que a Esperanza la han confundido. Ha abrazado una libertad (digital) que viene de mano de Federico Jiménez Losantos y allegados y ha llevado su no ceder también a su actitud. Empeñada en despegarse del socialismo, ha creído (o algunos le han hecho creer) que el camino debía ir también por el atrincheramiento en la política del día a día. Así, Aguirre ha apoyado (al menos pasivamente) una deriva radical del partido en su actitud, en ir hacia el encabronamiento y la pataleta permanente, en el rechazo total al Partido Socialista y el discurso negativo, destructivo y enfadado.

La síntesis está a la vista. Se puede ser moderado en las formas y radical en las ideas. Y me atrevería a afirmar que eso sería lo deseable. Un partido tiene que mantener sus señas de identidad y defender sus principios ideológicos con fuerza. Las componendas en ese aspecto me repugnan. Es más, me atrevo a afirmar también que el resultado de ser moderado en las ideas sería, a medio plazo, ser enormemente radical en las formas. Cuando tengamos a los dos principales partidos demasiado próximos en lo ideológico será cuando empecemos a ver más y más ataques a personas y proyectos concretos y una crispación más dura. Sólo podremos evitar ese duro enfrentamiento cuerpo a cuerpo si la batalla se produce en el terreno de las ideas.

No creo que sea tan difícil: un PSOE que sea de izquierdas y un PP que sea de derechas, defendiendo ideales que hace tiempo que no vemos en ambos bandos. Pero que, al mismo tiempo, puedan dialogar, hablar y llegar a acuerdos en los temas de gestión cotidiana con una cordialidad que se echa de menos. Una de radical y otra de arena.

Y, por mucha gracia que te haga, Bermejo no es el ejemplo de ésto ;)

Saludos, Aida
Alfredo Puentes

Viva la incorreción de Bermejo

Permalink 14.04.08 @ 17:33:46. Archivado en Politica

Hola Alfredo

Ya tenemos nuevo ejecutivo y me alegro sobre todo, por mucho que te sorprenda, de la permanencia en su puesto del ministro de Justicia, Mariano Fernández Bermejo. El mismo ministro que, al más puro estilo de Margaret Thatcher en los dorados años 80, ha pasado soberanamente (aún diría más: con desdén y altivez) de las reivindicaciones de los sindicatos. El mismo ministro que, ante las protestas de los funcionarios, ante el levantamiento de la burocracia, no ha tenido que recurrir a medidas drásticas como hiciera su tocayo Rajoy en su época al cargo de la cartera de Administraciones Públicas, sino que le ha bastado con no hacer nada. ¡Esa sí es una buena gestión! El mismo que (y esto es sin duda menor, comparado con los anteriores méritos) no se doblega ante los tabúes impuestos en y por la clase política. Dice lo que piensa (lo contrario es una incógnita) y nunca calla sus opiniones. Sus declaraciones siempre tienen un tinte ideológico. Admiro su valentía. De verdad, Alfredo, quedan pocos políticos como él.

Como puedes haber anticipado, Alfredo, existen dos motivos de peso para que me decante por Bermejo como mi ministro preferido, por lo menos a comienzo del curso político que se nos presenta. Te los comento rápidamente.

En primer lugar: la legislatura que acaba de terminar ha estado marcada durante los dos últimos meses por una absurda huelga de los funcionarios de Justicia, quienes exclaman su indignación por la desigualdad de salarios según qué lugares del Estado español y claman por la igualación de los sueldos (eso sí: hacia arriba) en todas las comunidades. Carecen estos funcionarios de cualquier tipo de justificación y parece que tras su reivindicación se esconda un problema, aceptable, de ignorancia económica y otro, más grave, de deformación de la realidad. Porque, ¿acaso ha de cobrar igual, pongamos el obrero de una fábrica, por un trabajo realizado en Galicia que por ese mismo trabajo realizado en Madrid? Es seguro que no. Para empezar, los niveles de vida de ambas comunidades son bien diferentes, de lo que se deriva un diferente grado de capitalización y por lo tanto, diferentes resultados (más productivos en la Comunidad de Madrid) provenientes de un esfuerzo igual. Si los resultados son diferentes, esto es, si los beneficios de la actividad económica son diferentes, es por pura lógica que los salarios sean también diferentes. Nada de igualdad. Diferencia. Aplaudo a Bermejo por entender el razonamiento, aunque su valentía se convierta en una doble paradoja: por un lado, la de gestionar de manera eficaz una crisis en el sector público (la propia naturaleza del Estado tiende a resolver estas crisis burocráticas con más y peor burocracia: he aquí, existen los milagro) y, por otro lado, la de contradecir con buen sentido económico una de las piedras angulares de su gobierno, ahora coronada con ministerio propio. ¿Sus competencias? Igualarnos.

En segundo lugar está el tema de la transparencia ideológica, y ya termino, Alfredo. Me sorprende y me agrada que en tiempos de hipercorreción, tabúes y tópicos, un tipo como Bermejo se atreva a expresar sus opiniones y a no esconder ninguna de sus posturas. La derecha es el rival a batir, pues ahí queda dicho. Su radicalismo me encanta. Y sobre todo disfruto de su caso omiso a quienes, desde los púlpitos de lo políticamente correcto, le exigen “sensatez”. “¡Alguien que dirige la Justicia de un país no puede rebelar su adscripción partidista!”. Se tiran de los pelos. ¡Y yo que pensaba que cuando conseguías la toga de magistrado tendrías más sabiduría para establecer tu propio juicio, incluido el político!

Un saludo, Alfredo: retomando la correspondencia.
Aida L. Rosell

Los "outsiders"

Permalink 10.01.08 @ 00:35:45. Archivado en Politica

Saludos Aida

En EEUU, le llaman “outsider” a aquel candidato que se sale fuera de los derroteros que marca habitualmente la dirección del partido. Hay ejemplos concretos. Piensa en que eres Mitt Romney, ex gobernador de Massachussets y multimillonario en sus ratos libres, te financias a tope tu campaña, gastas lo ingastable en anuncios televisivos… y pierdes. O que eres Rudolph Giuliani, o John McCain, figura de reconocido prestigio dentro de su partido, con los apoyos de la mayor parte de los poderes fácticos (senadores, gobernadores) del mismo… y pierdes. Y en cualquiera de los tres casos pierdes ante un pastor baptista paleto, creacionista, populista, sin idea de política exterior y fácilmente (aunque nunca se sabe) vapuleable por los demócratas ex gobernador de Arkansas llamado Mike Huckabee, cuyo principal respaldo no es ningún senador, ni figura destacada del partido sino Chuck Norris.

Pues ahí lo tienes, has perdido contra él ¿y por qué? Pues porque los votantes de tu partido le han preferido a él. Porque creen que es la persona que mejor representa sus valores. Porque realmente les ilusiona la idea de verle como presidente. Es todavía muy temprano y faltan muchos estados por votar (la mayoría muy diferentes de Iowa), y lo más seguro es que Huckabee no acabe siendo el candidato republicano. Pero si lo fuese y (como sería previsible) acabase derrotado por los demócratas… será porque los republicanos así lo han querido.

Antes de Iowa había ocho candidatos a la nominación demócrata (Clinton, Obama, Edwards, Richardson, Biden, Dodd, Kucinich y Gravel) y siete candidatos a la nominación republicana (Giuliani, Romney, McCain, Thompson, Huckabee, Paul y Hunter). Todos ellos muy diferentes entre sí, representando divisiones que realmente existen dentro de sus electores. Ante tal abanico, lo más probable es que la mayoría de los demócratas y la mayoría de los republicanos lleguen al 4 de Noviembre con un candidato que les guste y que les ilusione.

Y éste es el principal requisito, porque los aparatos de los partidos pueden decir misa. El establishment republicano no tiene especial aprecio por Huckabee y los “barones” demócratas están mucho más alrededor de Hillary que de Barack Obama. Sin embargo ambos, a priori “outsiders”, que significa literalmente intrusos, que no contaban en las apuestas (aunque esto es mucho más cierto en el caso de Huckabee que en el de Obama), lograron dar la sorpresa gracias al apoyo que encontraron entre quienes van a ser sus votantes. El norteamericano, a diferencia del español, tiene la posibilidad de votar en positivo. Entre muchas opciones puede escoger la que más le convenza, la carrera está abierta y si sólo hay siete u ocho candidatos por bando es porque su electorado no ha reclamado otra opción distinta, pues si hubiese clamor por alguna opción en concreto, de seguro alguien aparecería representándola.

Ante el elector yanqui se abre un amplio abanico de posibilidades, un “menú a la carta”. Ante nosotros se cierran unas esposas que solo autorizan a nuestras manos a pulsar dos botones. Tú o tú. El rancho de todos los días en el cuartel. No hemos tenido ningún papel en la elección de ambos “tús” y si alguno de ellos nos resulta ilusionante es pura coincidencia. Nuestros partidos se dirigen desde arriba, y desde arriba el término “outsider” se toma mucho más literalmente. Al discrepante se le deja fuera y se le deja de lado.

Habrá quien diga lo contrario. Que la burocracia partidista debe controlar a los nominados para aplacar a los militantes, quienes elegirían a un candidato más acorde a sus ideas, e imponer a alguien más moderado o más ambiguo que tenga más posibilidades de ganar. Ya ves, ganar renunciando a tus ideas. Me temo que en eso soy todo un “outsider”.

Y este tema tiene muchas más implicaciones, pero para otro día.

Te dejo con esto, Aida
Alfredo Puentes

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