Cartas y relatos

Tricotar la Pascua

05.03.18 | 12:37. Archivado en Cuaresma

Recuerdo aquellos tiempos en que todavía no habían llegado a los pueblos los usos y costumbres de la ciudad, y conservaban una vida sencilla, y que no obstante la vida más moderna de hoy, todavía mantienen mucho de su atractivo.

En el verano, en sus calles se encontraban grupos de vecinos, generalmente grupos de mujeres que formaban con sus pequeñas sillas unos corros y se dedicaban a tricotar, es decir a tejer prendas para el tiempo del invierno, o remendar vestidos deteriorados… Mientras, se comentaban incidencias del pueblo… disfrutando las primeras brisas de la tarde. Se creaban así o se mantenían las relaciones entre los vecinos. Este y otros modos de vida sencillos tenían como resultado conservar un cierto nivel de humanismo, que yo creo que aún se guarda algo en nuestro tiempo. Siempre que el pueblo no haya sido abandonado.

Y este espectáculo tan entrañable que se contemplaba en las calles de los pequeños pueblos de nuestra geografía, me ha llevado a reflexionar sobre la Pascua, hacia la que nos dirigimos en este tiempo de Cuaresma.

Quizás la Cuaresma debería ser un tiempo para tricotar la Pascua. Es decir, dar lugar a un encuentro de grupos donde se propiciase una buena tertulia donde comentaran las incidencias de nuestra vida a la luz de la Palabra. Que se fuera tejiendo el vestido nuevo de la Pascua. De alguna manera, y en parte viene a ser lo que llamamos lectio divina. Ir tejiendo a través de los hilos de la palabra humana, iluminada por la sabiduría de la Palabra divina, esas prendas que necesitamos cuando nos llega el “frio” de nuestra sociedad, que cada día, progresivamente, nos va cogiendo más desprotegidos.

La Cuaresma, como un tiempo para ir tejiendo el vestido para el hombre nuevo que quiere nacer a través del Misterio de la Pascua. Que, de hecho, ya nació, pero debe seguir siendo engendrado en la humanidad de hoy, en la vida y persona de cada uno de nosotros.

La Cuaresma, un tiempo para ir adquiriendo habilidad y crecimiento espiritual, como aquella habilidad de las mujeres que movían sabia y velozmente sus manos con la agujas para ir tejiendo con sus hilos de lana la prenda sus maridos o de sus hijos. ¡Qué prendas tan preciosas, pero sobre todo qué eficaces, salían de aquellas agujas manejadas con singular destreza: calcetines, jerseys, bufandas…! Necesitamos esa destreza en una versión espiritual.

A nosotros, los monjes, nos recuerda san Benito en la Regla, que todo debe estar dentro del monasterio: molino, huerto… ser autosuficientes, para no tener que ir divagando por el exterior. Ser autosuficientes. Algo así pasaba en los pueblos: muchos recursos o habilidades se encontraban en el saber hacer de cada persona, lo que luego hacía posible que la familia en otros aspectos fuera autosuficiente, y donde no llegaba la familia lo completaba el pueblo, y mínimamente se recurría a ayudas fuera del pueblo.

La Cuaresma es un tiempo para que cada uno despierte una sabiduría de la vida, unas capacidades, esos dones que a cada uno nos da el Señor… para luego compartirlo con los demás del “corro” … Y así ir ampliando en círculo de un mayor humanismo, del aliciente de nueva vida. Y llegar a ser autosuficientes en la vida espiritual, teniendo en cuenta que primero debemos contar con el don de Dios, que nos llega si lo pedimos y esperamos con confianza, vendría a ser el vivir en “corro”, en comunidad esos dones divinos.

Pablo nos sugiere:

Donde hay un cristiano, hay humanidad nueva; lo viejo ha pasado; mirad, existe algo nuevo (2Cor 5,17)
Pero está novedad auténtica solamente nos llega a través de Aquel que nos ha regalado su vida en un gesto de amor extremo. Clava nuestro hombre viejo en una cruz, donde desciende su sangre como un hilo de vida que va a llegar al corazón de la humanidad por medio de su Espíritu

Solamente desde un amor hasta el extremo puede nacer un hombre nuevo. Por esto como enseña Pablo somos instruidos para despojarnos del hombre desintegrado, seducido por los deseos a fin de cambiar nuestra actitud mental y revestirnos del hombre nuevo, creado a imagen de Dios, con la rectitud y la santidad propia de la verdad. (Ef 4,17)

Somos una carta sellada por el Espíritu de Dios, las cartas no se quedan en el buzón, sino que se envían a llevar a cabo todo un recorrido hasta llegar al destino. Este destino es la humanidad que sigue con esperanza:

De hecho, la humanidad otea impaciente aguardando a que se revele lo que es ser hijos de Dios; porque aún sometida al fracaso esta misma humanidad abriga la esperanza que se verá liberada de la esclavitud de la decadencia para alcanzar la libertad y la gloria de los hijos de Dios. (Rom 8,19)

Amigo, amiga, deja que en esta Cuaresma Dios vaya escribiendo en tu persona Su carta. Pero tú no la abandones después en el buzón.


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