Cartas y relatos

Abre la puerta

12.12.17 | 17:27. Archivado en Adviento

Abre la puerta que tienes cerrada con llave,
y derriba los muros que protegen tu yo.

Abre la puerta y sal de ti mismo.
Hay demasiadas heridas que anhelan
ser curadas por el bálsamo de tu mirada,
demasiado nublada por las propias inquietudes.
No te excuses con tus debilidades e impotencias
y abre las dependencias de tus seguridades y posesiones.
No tengas miedo de perder, ni de los escollos ni los fríos,
que están, en las calles apáticas y asténicas de la vida.
Crea vida en los terrenos áridos y aparentemente infértiles,
pese a que te digan que estás loco.
Construye vínculos de concordia y de diálogo donde
hay oposición o incomunicación.

(Mar Galcerán)

Abre la puerta, es una concreta invitación del poema. Invitaciones no nos faltan en nuestro tiempo a abrir la puerta. Empezando por la Palabra sagrada:

Mira que estoy a la puerta llamando: si uno me oye y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos (Apoc 3,20)

El Libro del Amigo y del Amado también tiene sugerencias importantes:

Las llaves de la puerta del Amor están doradas de meditaciones y de deseos, de suspiros y de lágrimas; la cuerda que las retiene a la cintura del Amado está tejida de conciencia y de arrepentimiento, de devoción y de penitencia; los porteros son la justicia y la misericordia. (nº 41)

Pero esta llamada del Amor, del Amado, me viene hoy desde la sociedad en que vivo, de la cual no termino de escuchar con nitidez su angustiosa llamada. Porque mi puerta está reforzada por dentro, diría más: blindada. Mi espacio interior está cercado de altos muros que lo impermeabilizan para la escucha de la llamada a la puerta. Y mi “yo” se me hace cada día más agobiante.

Mar, tus versos me recuerdan de manera muy viva la Palabra, traen a mi memoria las promesas del Amado, pero se hace difícil derribar muros. Necesito un tiempo para considerar cuáles son mis instrumentos para derribar mis muros. Tus versos me sugieren algunos: la mirada, debilidades, seguridades, posesiones…

Me hablas de mis muros, pero a la vez me llamas a crear vida, a construir vínculos de concordia y diálogo…

Pero siento que todo esto me sumerge en una tensión muy viva que me paraliza. ¿Me quieres llevar con tu poema a la contradicción, a una parálisis de vida? O ¿quizás al silencio?

Al silencio para que llegue a escucharme a mí mismo, para que llegue a saberme “una obra de amor”. Al silencio para llegar a escuchar el Amado, para ir deletreando el Amor.

Al silencio para silenciar mis palabras y dejar espacio vacío para que solamente se oiga una Palabra viva: el mundo es amor. Todo es amor. Y cuando no hay silencio la Única palabra que Dios pronuncia no se oye como amor, sino que entonces solamente oímos “palabras”. Nos lo recuerda también san Juan de la Cruz: “una palabra habló el Padre que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída” (Puntos de amor, 21).

Quizás tus versos que me recuerdan mis tensiones y contradicciones es una llamada a ser consciente de este tiempo de Adviento, en que somos invitados a un ejercicio de silencio interior, para llegar a percibir que tengo una capacidad de Amor y para amar; invitado a un ejercicio de silencio para llegar a percibir con claridad la llamada a la puerta del Amado.

Quizás tus versos son los hilos que me llegan de la cintura del Amado, para ir haciéndome con la llave de la puerta.

Pero agradezco tu llamada: abre la puerta. Porque no puedo vivir con las puertas blindadas, sino con la permanente novedad de una vida nueva que goza de la permanente novedad de la vida en la naturaleza y en la de mis hermanos. Quizás el silencio en el Adviento puede ser un principio de mi camino de vida nueva. O el medio de escuchar de nuevo y como nueva aquella Palabra de donde todo ha nacido y sigue naciendo.


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