Cartas y relatos

Contemplación y manipulación

11.09.17 | 11:25. Archivado en Iglesia, Ética

Hace unos años un moralista impartió un curso en Roma que venía a resumirse: solo el contemplativo no manipula ni es manipulado.

Quizás puede ser interesante una reflexión sobre estas dos palabras, en un tiempo en que la manipulación es un vendaval publicitario que nos arrastra hacia un crecimiento de desconfianza en una sociedad que no reflexiona y que se inclina por la última moda, o el último predicador de turno. Y cuando contemplar no es un tema exclusivo de monjes, ni siquiera ha de tener siempre un matiz religioso.

Contemplar es mirar. Pero una mirada profunda que nos lleva a adentrarnos en el misterio de la vida misma. Una mirada al propio espacio interior, desde donde se siente proyectado hacia el exterior, pero con la conciencia de que soy parte integrante de un misterio más amplio que envuelve el misterio de los otros. Nos envuelve a todos. Es el despertar de una conciencia más profunda de nuestra persona, que no supone una afirmación del “yo”, sino más bien la pérdida del “yo”, en la línea de lo que afirma el evangelio: Quien salve su vida la perderá, quien la pierda por mí la recobrará. (Lc 9,24)

En esta línea, la dimensión contemplativa lleva a un “dar la vida”. Pero todo empieza con una escucha previa para resolverse, en consecuencia, en un servicio de la persona, de la vida misma. La vida se goza verdaderamente cuando se da, se entrega…

La dimensión contemplativa creo que está más expresada reuniendo aquellas dos imágenes contrapuestas del evangelio: Marta y María. La escucha y el servicio. Escuchar el misterio y servir la vida.
Escribe san Bernardo: Cristo alaba a María, pero se deja obsequiar por Marta. Las dos acogen al Verbo; una en su carne, otra en su palabra.

Yo creo que aquí ocurre una de estas dos cosas: se alaba lo que escogió María, porque es algo que todos deberíamos preferir en cuanto depende de nosotros. O bien se nos quiere decir que ella practicó la dos cosas y no se adelantó a escoger una, sino que estaba siempre dispuesta a lo que el Maestro le ordenara. (Sermón 3, En la Asunción de santa María)

Pero no puede existir una institución contemplativa. La contemplación no se puede institucionalizar.

De hecho, podemos crear una vida del claustro con ciertas leyes y reglas, y dentro de esa vida de claustro puede haber quienes realmente se sientan llamados a ser contemplativos. Puede haber otros, tal vez la mayoría, cuya vida esté concentrada en una especie de servicio y culto activo y simple dentro del claustro, sin pensar jamás en la oración mística, queriendo llevar simplemente una vida tranquila y bien ordenada en el claustro, en el culto litúrgico, en el trabajo manual, en el servicio simple, en la vida común, en la caridad fraterna. (Merton, Acción y Contemplación, Edit Kairos, Barna 82)

El centro de la vida contemplativa sería una mirada-escucha del propio corazón que nos abre a una profundización de nuestra fe, en una relación estrecha con la persona de Cristo, que nos lleva a la experiencia de nuestra unión con Dios; pero también, simultáneamente, despertamos a una conciencia de la inmensidad divina, de Él como Señor del universo, lo cual despierta, consecuentemente y de modo espontáneo, la dimensión del servicio que me lleva a cantar con el salmista:

Mi corazón está firme, oh Dios,
mi corazón está firme:
Cantaré y tañeré,
despierta, gloria mía,
despertad cítara y arpa,
despertaré a la aurora (Sal 56,8)

Como contrapuesta tenemos la otra palabra: manipulación. Muy actualizada en nuestro tiempo y en nuestra sociedad.

La manipulación, lo sugiere ya la palabra, es un operar, un obrar con las manos, es decir con y desde la superficie de la vida. Así como la contemplación en el fondo tiene una referencia al corazón, aquí, en la manipulación la referencia es a un obrar en la superficie de la vida, pero con unos horizontes ocultos, buscando unos intereses propios o ajenos beneficiosos. con métodos poco correctos y claros. Utilizando todos los recursos que sean necesarios en dichos intereses, sean en política, en la sociedad, en la religión… Nada escapa en el curso de la vida a la manipulación. Y tenemos ejemplos muy diversos y numerosos, en esos espacios diferentes de la vida humana.

Y lo curioso es que hoy día, la persona humana se resiste abrirse a la vida de la fe, al misterio de Dios que ya lleva arraigado en su corazón. Un abrirse, que antes de asomarse a una dimensión religiosa, viene a ser profundizar en el conocimiento de propio misterio personal. Se diría que es trabajar en la propia casa. Pero, en cambio, es sorprendentemente crédula a la invitación de cualquier manipulación.

Y es que los vientos de nuestro tiempo dejan poco margen a la reflexión y no digamos a la meditación y resulta relativamente fácil caer en las redes de quién con medios poco correctos, sin respeto a la dignidad del otro y por caminos poco dignos, se abusa, se aprovecha de la simplicidad de muchos. Con la manipulación nos meten el “regalo” por la ventana.

No obstante, creo que de alguna manera somos conscientes de esta manipulación. Pues, ¿de dónde proceden los recelos y la creciente falta de confianza en la sociedad?

En esta sociedad convulsa nos puede ir bien acoger la sabiduría de quienes hablaron palabras que están más allá del tiempo. Yo termino con esta de Séneca:

La serenidad significa ese estado plácido del alma al que le es ajena cualquier exaltación.


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