El fracaso de la sociedad adolescente
27.08.07 @ 01:29:29. Archivado en Sistemas educativos
Hace poco tuve la ocasión de leer una excelente publicación que, dada su relevancia moral y educativa, los padres debieran considerar. Se trata del libro “El adolescente y sus retos”, de Gerardo Castillo (Ed. Pirámide, Madrid. 2005). Además quiero ampliar el debate y diálogo iniciado por el analista Mark Steyn, en su artículo “Una sociedad adolescente” (Libertad Digital. 24.08.07), aunque el enfoque que le daré –como educador- sea hacia sus implicancias éticas.
Con frecuencia la sociedad se queja de la incapacidad de los jóvenes para emanciparse o ser maduros, pero es ella misma la que se olvida que a través de los ejemplos y el ambiente que promueve, permite que la adolescencia se prolongue.
La sociedad ha contribuido a entronizar las actitudes adolescentes en las que lo transitorio, lo inmaduro y lo conformista prima sobre lo permanente. Se comete el error de poner a los adolescentes -para los cuáles solo hay rebeldía e inexistencia de normas- como referente para los demás, pero bien sabemos que si la sociedad permite que la adolescencia se tome como modelo de vida, habrá fracasado en su intento por educar a las futuras generaciones.
Hay quienes se aprovechan de la adolescencia y hacen negocio con ella, tratando de llenar los vacíos, dudas, miedos e inseguridades que tiene una persona a esta edad. Coincido con Gerardo Castillo cuando precisa que en épocas anteriores todos soñábamos con ser algún día adultos y madurar para enfrentar la vida, pero hoy los adolescentes solo quieren enclaustrarse en esa edad para siempre, lo cuál a su vez les impide la posibilidad de mejorar como personas y dar lo mejor de sí como seres humanos.
Aquel modelo social que rinde culto a la adolescencia como estado permanente es funesto para la educación porque por más formación moral que se le brinde al alumno en la escuela o la familia, éste tendrá que enfrentarse con un poderoso “ambiente social” que le impone lo que está bien y mal. El irrespeto al padre o al profesor, las inasistencias voluntarias a clases, el consumo de drogas o el embriagarse hasta la intoxicación hoy no está tan mal visto por los jóvenes. Lo cuál demuestra un relativismo ético profundo.
Nuestra sociedad es adolescente porque la mayoría de sus miembros no son capaces de madurar brindando referentes éticos que nos ayuden a mejorar nuestra condición humana. La sociedad se ha olvidado que también educa. No nos sorprende ver hoy en día personas mayores de 30 años con actitudes y conductas de un adolescente de 15. En eso coincido plenamente con Mark Steyn, cuando señala que: “Hemos creado un mundo en el que un varón europeo de 36 años puede entrar en una discoteca, decirle a las tías que vive con sus padres en el dormitorio encima del garaje y aún así parecer un buen partido. Ese tío habría sido motivo de burla en cualquier otro momento de la historia de la humanidad”.
No tengo nada en contra de los adolescentes, porque esa etapa es difícil y requiere de mucho apoyo educativo de parte de padres y profesores. La adolescencia es necesaria porque en ella descubrimos y afirmamos nuestra personalidad y lo que queremos de la vida, nos enfrentamos con nosotros mismos para delinear nuestro futuro. Pero como acabo de señalar una cosa es vivir una etapa y otra muy distinta es querer que perdure para siempre.
El adulto de hoy se desentiende de sus responsabilidades tratando de adoptar la actitud indiferente y egoísta del adolescente. Se ha perdido el sentido del deber porque ya no hay moral que soporte tanta incoherencia. Por ejemplo, una de las razones por la que el continente europeo tiene bajos índices de natalidad es porque la venida de un hijo se ve como un obstáculo que choca con el egoísmo del padre, porque el adulto ya no quiere “complicarse la vida” y solo acepta asumirla cuando un gobierno le paga algún dinero a cambio.
El problema es que la mayoría de las personas que aún teniendo más de 20 años forman parte de la adolescencia prolongada, no le han encontrado el verdadero sentido a su vida e intentan evadir las raíces humanas de su ser, quedando así entrampados en la más penosa superficialidad vital.
Este modelo se lo transmitimos a los actuales adolescentes, quienes al ver esta etapa como un modelo de vida, se quedan con la percepción de que esas actitudes y comportamientos –propios de su edad- tienen que continuar hasta el último día de su existencia. Hemos perdido así los referentes de progreso moral.
En esta sociedad adolescente se predican tres valores: la espontaneidad, que impide un comportamiento reflexivo, el narcisismo que limita la generosidad, y la cultura del exceso en la que hay que disfrutarlo todo sin normas. Hoy, quien se embriaga más tiene mayor “autoridad” respecto a los demás porque su nivel de exceso ha sido mayor.
Pero otro valor enquistado socialmente es el cortoplacismo, los adultos se han contagiado de esa actitud adolescente en la que los resultados deben ser rápidos. Luego comprobamos ese mismo afán en ciertos políticos que no son capaces de mirar hacia adelante y planificar a largo plazo, porque solo les interesa lo inmediato. Los padres, profesores y sobretodo la SOCIEDAD, debemos recuperar nuestra función orientadora luchando frontalmente contra el permisivismo educativo, para que los adolescentes de hoy se conviertan en los adultos responsables del mañana.
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Carlos Alberto Rosales
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