Sin educación, no hay globalización
10.08.07 @ 17:14:53. Archivado en Sistemas educativos
A pesar de sus bondades económicas, la globalización también genera serias desigualdades y aumenta la brecha entre ricos y pobres. Ésta fue una de las severas críticas que hizo hace poco un artículo de Foreign Affairs respecto a sus beneficios, proponiendo una redistribución de los ingresos, un nuevo reparto donde todos ganen. (“A New Deal for Globalization”. Julio/Agosto 2007). Esta realidad obliga a hacer la siguiente pregunta: ¿Ayuda la globalización a construir un mundo más humanitario? La respuesta tiene distintos matices culturales, económicos, geopolíticos y sociales.
No se trata de rechazar la globalización pues quiérase o no permite que muchos países salgan del subdesarrollo a pasos agigantados. Un caso emblemático lo representa China e India que están sacando de la pobreza a millones de ciudadanos. Una forma de lograrlo es subcontratando servicios a millones de kilómetros de distancia, tal como lo precisa Thomas Friedman (“La Tierra es Plana”). Pero advierte que la tecnología puede usarse para fines funestos como el terrorismo internacional, razón por la cuál se ha justificado muchas veces el rechazo migratorio.
¿El riesgo de usar la globalización para fines terroristas justifica su rechazo? ¿Cuál es el perfil de las personas que se oponen a ella? No es una coincidencia que la mayoría de las personas que la apoyan son aquellas que se encuentran mejor educadas. Existe una relación inversamente proporcional entre la educación de los ciudadanos y su apoyo al proteccionismo. La única forma de enfrentar los desafíos de la economía global de tal modo que todos puedan gozar de sus frutos es mediante una “solidaridad educativa”.
Ese compartir debe trascender lo económico y priorizar la transferencia de conocimiento. Hace falta educar a la sociedad para que entienda que la globalización no es una amenaza sino una oportunidad que se encuentra al alcance de todos, siempre y cuando se use la educación como la mejor herramienta para salir de la pobreza. La economía por sí sola no tiene sentido y no lo es todo, hace falta educar mejor a los ciudadanos de países en desarrollo para que sepan adaptarse al cambio y no resistirse al mismo, como suele ocurrir en algunos países latinoamericanos.
La revista Prospect denunció la forma descarada en la que los países ricos aumentaron su riqueza elevando el proteccionismo y poniendo límites a la inversión extranjera. De la misma forma como existen padres sobreprotectores, también hay gobiernos proteccionistas respecto a ciertas industrias. Sin embargo, así como hay niños que manipulan a sus padres también hay industrias que buscan pretextos para alargar el proteccionismo al que están sujetas. (“Protecting the global poor”. N°136. Julio 2007).
Según esta publicación, existe una incoherencia de parte de los países desarrollados pues no practican lo que tanto exigen a los países: eliminar el proteccionismo. El mismo que ellos usaron hace décadas para conseguir lo que ahora tienen, no están dispuestos a cortarlo.
Los países desarrollados desde ese punto de vista quedan desacreditados para competir en el ámbito económico puesto que no permiten que los países pobres entren al libro comercio en igualdad de condiciones. Los países pobres por tanto, tienen el legítimo derecho de regular la protección de sus industrias, pero a la vez abrirse al comercio mundial, tratando de alcanzar un equilibrio.
El problema es que ciertos políticos demagogos usan astutamente este argumento para desacreditar de pleno todo aquello que se relacione con el libre comercio y la globalización. De este modo intentan disfrazar su populismo o incluso su autoritarismo para “lavar” el cerebro de los ciudadanos y ponerlos en contra de una globalización que –bien manejada- será una solución eficaz para erradicar la pobreza.
Una cosa es demandar una igualdad de condiciones y un trato más justo respecto a los beneficios económicos y comerciales de la globalización para que los países pobres también se desarrollen, y otra muy distinta es usar esa demanda como un arma funesta que puede ser capaz de hundir a las personas en la esclavitud, la ignorancia y la miseria.
Friedman, en su libro “The Lexus and the Olive Tree” habla sobre la necesidad de que los países se atengan a un juego de política económica que él denomina como la “camisa de fuerza de oro” y que consiste en privatizar las empresas públicas, mantener una baja inflación, reducir el tamaño del gobierno, equilibrar el presupuesto, liberalizar el comercio, reducir la corrupción, entre otros. Bien sabemos que necesitamos estabilidad jurídica, respeto a la propiedad privada, fomento de la inversión extranjera, suscripción de tratados comerciales, pero nos olvidamos que una educación de calidad será la que valide el proceso de globalización en términos sociales y culturales.
Hace poco se publicó el Ranking Anholt, que mide la percepción de los productos, la gente, la cultura, los gobiernos, la economía y el turismo de otros países. Dicho ranking está basado en una encuesta hecha a 25 000 personas de 35 países. Quiérase o no los países que mejor “vendan” sus bondades serán los que mejor aprovechen las ventajas de la globalización. Tal como ocurre con los países latinoamericanos, de nada sirve tener una buena atracción turística y cultural, sí ésta no va acompañada con servicios y productos de calidad.
Eso obliga a que todos los sectores de la sociedad de dichos países se tomen en serio un plan a largo plazo para que mejoren la calidad de lo que ofrecen a los demás.
Lamentablemente, algunas sociedades de países latinoamericanos –salvo algunas excepciones- no están preparadas educativa ni culturalmente para abrirse a la globalización y suscribir, por ejemplo, tratados de libre comercio con países desarrollados. Existe una crisis en términos de recursos humanos, pero también en la promoción de una cultura de la calidad que integre a todos en una misma visión humana.
De nosotros depende eliminar las asimetrías e imperfecciones propias de todo proceso transformador, pero también será la educación la que permita innovar, generar conocimiento y creatividad, para hacer frente a los desafíos que este proceso exige. La educación nos ayudará a comprender mejor este reto y aprovechar las inmensas oportunidades que la globalización nos presenta.
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Carlos Alberto Rosales
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