Educación, política y vida pública
21.10.06 @ 18:18:25. Archivado en Política
La política permite el diálogo, el debate público de ideas, pero no siempre es usada para dichas causas. Por el contrario, muchas veces somos testigos de cómo termina convirtiéndose en un arma no para debatir sino para silenciar. Es lo público lo que le da sentido a la política, de modo que si solo se remitiera al ámbito estrictamente privado no tendría razón de ser, por ello su mayor plenitud la adquiere en la interrelación con los demás.
Los gobernantes y los medios de comunicación deben facilitar espacios de diálogo con el otro donde se superen los intereses privados, donde exista esperanza para que los demás nos escuchen y nos respondan. Pero no siempre sabemos dialogar, siempre queremos tener la razón, olvidamos que buscar la verdad implica la posibilidad de que el otro tenga argumentos más sólidos y convincentes que los nuestros. El que nuestros conocimientos sean propios no nos da la prerrogativa de que por ello sean mejores. La humildad es condición imprescindible para el diálogo. Sin embargo el exceso de soberbia abruma nuestras conversaciones y las torna de un matiz poco proclive hacia el entendimiento mutuo.
Ya sabemos que la política es pública, no privada. Que lo privado tiene más relación con el individuo -que tiende al aislamiento- que con la persona -que intrínsecamente está más abierta en su relación con los demás y que por tanto se relaciona con lo público. Pero donde la persona empieza a relacionarse con el otro es en la familia, y contradictoriamente la familia es olvidada por la política, porque ya no se le toma en cuenta, ya no se la designa como una organización capaz de formar ciudadanos. Ya no educamos para el diálogo ni mucho menos para la vida pública.
La educación ciudadana incluye muchos elementos hoy ausentes en el escenario político. Por ejemplo, en innumerables ocasiones evidenciamos políticos que llegan al poder sin haber demostrado un mínimo de capacidad para el diálogo y la concertación. ¿Qué tipo de diálogo estaría dispuesto a ejercer un ciudadano cuyos gobernantes siquiera son capaces de escuchar a quienes los eligieron? Esto también sucede con los partidos políticos donde cada quien defiende su proyecto, pero nadie escucha a los otros, la oposición nunca escucha al partido de gobierno, y viceversa. Los partidos políticos tienen el desafío ético de recuperar su credibilidad social. No olvidemos que una de las razones por las que muchos países se encuentran política y socialmente polarizados, fragmentados o divididos es porque todavía no aprendemos a dialogar con el otro, porque tenemos miedo de que el otro se convierta en un enemigo o porque simplemente no nos atrevemos a cicatrizar nuestras heridas históricas, lo único que hacemos es acumular “cuentas políticas por saldar” y quienes pagan un alto costo por ellas son como siempre las futuras generaciones.
Por eso es importante que la educación para la ciudadanía se considere de modo sistémico, con una mirada integradora y completa que no limite su responsabilidad en manos de un Estado que a lo largo del tiempo ha demostrado solo ser capaz de “desnudar educativamente al ciudadano” porque le ha quitado esa capa que lo hacía impermeable ante tanta manipulación, ante tanta ideología deshumanizante y lo ha dejado indefenso en una orfandad cultural y cívica incomparable.
El actual espacio público que impera hoy en nuestras sociedades no termina siendo el más propicio e idóneo para que los ciudadanos puedan ejercer su derecho a la libertad de expresión, no tanto porque existan gobiernos tiránicos que lo impidan –aunque en algunos rincones del mundo esta situación todavía se encuentre latente- sino porque nadie es capaz de escuchar las ideas y propuestas que emiten los demás. Este espacio por tanto no está lo suficientemente preparado para el encuentro sino para el silencio y el desconcierto.
Tampoco todos los medios de comunicación permiten que conozcamos la realidad tal cual es, sino como les conviene a ciertos intereses de distinta índole. No solo nos tomamos el derecho de desnudar la educación del ciudadano, sino de volverlo ciego ante una realidad que exige una mirada más crítica y objetiva.
La ceguera educativa es un mal del que padecen muchos países occidentales. En España, por ejemplo, se propuso una asignatura denominada “Educación para la ciudadanía”, y muchos sectores en su momento felicitaron la idea. Pero hoy vemos que - lejos de ser un planteamiento sensato donde cada alumno descubra el espacio público y cívico por sí mismo- puede convertirse en una cápsula ciudadana donde le impedimos a los futuros ciudadanos poder dialogar, proponer, debatir, pensar, decidir. La educación ciudadanía no termina con el contenido de una asignatura, es mucho más que eso. A convivir democrática y cívicamente no se aprende con lecciones que la memoria olvida con el paso del tiempo, sino con los tropiezos que en el camino encontramos cuando tenemos que ceder la razón a quienes tenemos en frente. Nuevamente volvemos a la familia como la mejor institución que puede encarar con conocimiento de causa lo que es respetar, dialogar y escuchar al otro. Si desde la familia el hijo no aprende a dialogar con sus padres y sus hermanos, mucho menos pretendamos exigirle que haga lo mismo con personas a quienes no conoce en la vía pública.
El primer discurso de Václac Havel como presidente de Checoslovaquia nos dejó algunas lecciones hoy pendientes: “aprendamos y enseñemos a otros que la política debería ser una expresión del deseo de contribuir a la felicidad de la comunidad más que de una necesidad de engañarla o arruinarla”. Es evidente que la política ha perdido prestigio, pero eso no exime la posibilidad de hacerla más decente con nuevos líderes que se involucren en la transformación positiva de una sociedad que está asfixiada de tanto individualismo.
Los futuros ciudadanos deben tener claro que es un deber intervenir en la vida pública y que el bien común debe estar por encima de la defensa egoísta de los intereses privados. No basta con no “hacer mal a nadie” pues desentenderse de nuestros deberes como ciudadanos nos convierte en seres políticamente mediocres con pocas aspiraciones para mejorar el mundo.
La educación es un fuerte aliado para poder formar ciudadanos y políticos que le den un giro integrador a nuestra sociedad, pero la inexistencia de educación puede convertirse también en el peor enemigo para transformar la política y en vez de hacer de la vida pública un excelente medio para comunicarnos, nos puede sumir en espejismos que al cabo de unos meses nos devuelven a nuestra cruda realidad.
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Carlos Alberto Rosales
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