La retórica en la política latinoamericana
21.10.06 @ 18:15:09. Archivado en Política
No está mal que se vincule la política con la retórica porque ésta última no es mala en sí misma. Sin embargo, como acierta Leonardo Polo (Ayudar a crecer. 2006), los políticos suelen usarla porque desconfían de la capacidad racional de los que escuchan sus discursos –ya sabemos que la retórica apela más a los sentimientos que a la razón. Lo que importa no son palabras que nos emocionen sino propuestas que nos convenzan.
Platón en su República afirma que hay políticos que hablan como si el público fuera un gran animal, de modo que el éxito de sus discursos consistía para ellos en lograr que reaccionara con alaridos. Los políticos de hoy lo único que pretenden es solamente convulsionar los sentimientos del público, y lamentablemente por la escasa formación cívica de la que padecen los electores, este método termina teniendo mayores efectos populares que el de un discurso más sensato y racionalmente coherente. De otro modo no se entendería cómo los candidatos “antisistemas” –que van en contra del “Statu quo”- todavía sigan teniendo miles de adeptos en algunos países de nuestra región.
Los políticos que apelan a la retórica como único medio para llegar al público objetivo en cierto modo actúan con astucia porque saben que los sentimientos son más manipulables que la razón. Pero olvidan que –parafraseando al filósofo Leonardo Polo- “gobernar hombres no es lo mismo que domesticar animales”.
El destacado filósofo Paul Ricoeur afirma que la retórica constituye un uso frágil del lenguaje porque es una construcción hábil que apunta a extorsionar a un auditorio a favor de una mezcla de falsas promesas y verdaderas amenazas. (“Lectures 1. Autour du politique”. 1991). Esto trae como consecuencia que los algunos políticos incurran en el doble discurso, es decir en un lenguaje ambiguo, que lo acomodan dependiendo del público al cuál se dirigen. Por ejemplo, si se trata de un auditorio conformado por personas de escasos recursos económicos y provenientes de sectores populares con necesidades básicas insatisfechas y por tanto con ciertos niveles de rechazo hacia el gobierno, el discurso usado es ir en contra de los gobernantes de turno, de los políticos tradicionales, atacando la economía de libre mercado y los tratados de libre comercio. Pero si el público se conforma por empresarios, el sentido del discurso cambia rotundamente, a veces llegando a contradicciones ominosas.
Las promesas planteadas en un discurso político con una alta dosis de retórica generan en la población una aceptación inigualable. Esto sucede porque la mayoría de los electores padecemos de un analfabetismo político. No somos capaces todavía de pensar con profundidad sobre las causas y soluciones que nos permitan salir de los problemas actuales. Los caudillos políticos que de forma imprevista arremeten en el escenario electoral de un país no son sino un reflejo de las dimensiones que puede tener el uso de la retórica orientada o dirigida al hartazgo que sienten millones de ciudadanos que a lo largo del tiempo perdimos la confianza en los políticos tradicionales.
Esto conlleva a una necesidad impostergable: repensar nuevas formas de irrumpir legal y sensatamente en la política. No me refiero al fondo, sino a las formas. En América Latina suele suceder algo muy curioso: los que ganan las elecciones no son necesariamente quienes mejores propuestas tienen, sino los que más retórica barata usan ante el público. Quienes por el contrario no poseen planes con alto peso específico son los que mayor aceptación popular acogen. Los políticos que presentan un plan de gobierno más sensato y racional por lo general no suelen apelar mucho a la retórica. Por tanto, es momento propicio para que la política actual se adapte a las nuevas actitudes de los electores, pero no con un afán de seguir engañando al pueblo, sino teniendo claro una premisa: alcanzar un equilibrio entre las propuestas sociales sensatas y el uso de una retórica elegante para trasmitirlas. De lo contrario, en los próximos meses corremos el riesgo de que lleguen al poder las palabras bonitas en vez de planes bien estructurados.
Los políticos latinoamericanos son expertos en fabricar mentiras de manera sistemática. Son muy pocos los que se toman en serio sus promesas. La palabra dada ya no tiene el valor que tenía. Ha perdido su esencia de modo que cualquiera puede usarlas a favor de sus intereses clientelistas. Sería conveniente que un sector de la sociedad civil de cada país genere mecanismos que permitan contrastar –en términos de cantidad y calidad- las promesas de un político a inicios y al término de su mandato. Si medimos esto, los resultados serían sorprendentes no tanto porque nos asombren –ya estamos acostumbrados a decepcionarnos cada vez más de quienes nos gobiernan- sino porque esta distancia es cada vez más abismal.
Nadie les niega el derecho que tienen los políticos a usar la retórica como medio para calar más hondo sus propuestas en sus electores. Pero tampoco se puede prostituir la retórica de modo que sólo tengamos astucia para pronunciar promesas, pero no valentía para cumplirlas.
Llegar a este nivel es una muestra de que la falta de ética no sólo corrompe a los altos funcionarios del sector público, sino que ha llegado a la palabra empeñada. Nuestra región adolece de líderes que ingresen al escenario público para debatir y plantear ideas.
Los ciudadanos latinoamericanos no somos “animales” que bajamos la cabeza para seguir un rumbo desconocido, somos personas capaces de pensar con conocimiento de causa las promesas que los políticos nos quieren vender para gobernarnos.
El lenguaje político se encuentra tan devaluado que incluso en los debates presidenciales lo único que prima no son las propuestas sino los insultos o ataques personales. ¿Qué tipo de sociedad queremos construir con un político cuyo lenguaje deja mucho que desear? ¿Acaso no somos capaces de apostar por políticos cuyo lenguaje y actos no se encuentren divorciados sino coherentemente unidos?
Nuestra región latinoamericana –a propósito de este año electoral en muchos países- necesita dar un paso en alto para reflexionar en torno a un norte no sólo político, sino también cultural y ético. Nos estamos olvidando que no solo somos “animales políticos” –como lo dijera en su momento Aristóteles- sino personas que podemos hacer de la política un medio y un arte para poder vivir mejor.
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Carlos Alberto Rosales
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