
Este mes de mayo tiene para mí dos buenas noticias. He publicado dos nuevos libros.
MEMORIAS DE LA PIZARRA es un análisis de la esencia y el sentido auténtico del ser "maestros".
Los recuerdos de nueve docentes que se formaron y dieron clase durante los años centrales del siglo XX, desde la Guerra Civil hasta la década de los setenta, me han ayudado a hacer un análisis de la educación y la enseñanza, de la profesión docente como vocación y de la responsabilidad y el papel del educador en la sociedad. El libro da voz a profesores que estuvieron implicados hasta lo más hondo con sus alumnos, que siguen enamorados de educar, comparten un sustrato de valores y reconocen que su vida tiene sentido. Más que un homenaje o un reconocimiento a su labor, es un testimonio, la cesión de un testigo a los docentes de hoy, con circunstancias laborales y sociales muy diferentes pero cuyos alumnos siguen esperando que el profe haga sonar las cuerdas del arpa escondida que todos poseen.
Estoy segura de que gustará a quienes estén interesados por la educación.

Los seres humanos necesitamos situarnos constantemente en el espacio y el tiempo, pero estos parámetros tienen una flexibilidad casi mágica. Cuando un sitio cualquiera ha presenciado el encuentro con personas que nos han dejado huella, nunca vuelve a ser el mismo.
En nuestra memoria, se ha convertido ya para siempre en un lugar especial. Y precisamente por eso, se adueña también del tiempo y lo transforma en significativo, en parte de nuestra biografía.
Me parece que muchos de los tiempos y los espacios más inolvidables de nuestra vida están en la infancia. La mía estuvo llena de imaginación a cuenta de los fabulosos relatos que me contaban mis abuelos y de un tesoro que guardaban mis tías abuelas: una colección de tebeos que nos guardaban año tras año, siempre los mismos y siempre nuevos.
Muchas veces he echado de menos la relación que se tenía hace años con esa familia más extensa, portadora de las historias de nuestros antepasados. Convivir con todos aquellos ancianos nos permitía establecer un buen vínculo entre generaciones antes de comenzar a escribir las primeras líneas de nuestra propia historia.
Desde esa ventanita del Cielo por la que seguramente se asoman Todos los Santos, aún hoy ellos nos protegen y nos cuidan. No dejemos de honrar su memoria.
Ante este milagro de la primavera que nos circunda, pienso en un valor profundamente cristiano que merecería la pena rescatar para todos. Podría definirse como el silencio ante la naturaleza. Vamos tan aturdidos que estamos perdiendo poco a poco esta reverencia de contemplar algo sin hablar de ello ni gritarlo, sin fotografiarlo ni retransmitirlo en directo a través de las redes sociales. Esa capacidad de estar un buen rato sobrecogido y solo, a la vez boquiabierto y a corazón abierto, ante la naturaleza.

Alguien a quien he comentado que en este blog queremos encender la luz sobre algunas virtudes aparentemente olvidadas, me ha pedido que le dediquemos unas líneas a la abnegación.
El Diccionario de la Real Academia Española, siempre tan bienintencionado, define la abnegación como sacrificio que alguien hace de su voluntad, de sus afectos o de sus intereses.

De alguna manera estamos avasallando a la gente joven, les estamos dibujando el mapa de su vida. Les decimos que sus coordenadas son fijas y que no llevan a ninguna parte: son la generación perdida, los ni-nis. Por supuesto, no asumimos ninguna responsabilidad sobre el mundo que les hemos preparado ni sobre la educación que les hemos dado.

El domingo de Resurrección mi hijo pequeño, que es ya un joven de veinte años, puso el despertador temprano para ir a Misa.
Optar por la enseñanza de la Religión es optar por ser docente.
La vinculación con una generación siguiente a la nuestra a través de la educación es una de las experiencias más transformadoras y bellas de la vida, y a la vez constituye una intervención profundamente humana.

Los pasados 15, 16 y 17 de marzo se ha celebrado en Murcia un importante Congreso sobre el futuro de la enseñanza de la Religión organizado por la Delegación de Educación de la diócesis de Murcia, personificada en don Juan Carlos García Domene, un verdadero dinamizador.

Creo que es importante distinguir entre la libertad de las sociedades democráticas, en las que se respetan los derechos humanos, y la libertad esencial de los individuos.

Me gusta la seriedad. Pero, ojo con esta palabra: no estoy hablando de la falta de empatía, ni del ceño fruncido, no.

¿Eres feliz?
Hace unos días le hice esta pregunta a un poeta. Él me contestó: “Todos los seres humanos son felices”. Yo me sorprendí: ¿Todos? Entonces me habló de esta manera:

Vivimos rodeados de las pequeñas cosas cotidianas, de las herramientas corrientes, esos objetos que todos usamos a diario y en los que no nos fijamos porque cumplen tan perfectamente la función para la que fueron diseñados que se han hecho invisibles.
Domingo, 27 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
JC Rodríguez, A Eisman
Josemari Lorenzo Amelibia
Movimiento Rural Cristiano
Julián Moreno Mestre
Angel Moreno
Francisco Margallo
Antonio Aradillas
Jose Gallardo Alberni
Martín Gelabert Ballester