¿Y si dejamos en paz a Natasha?
28.08.06 @ 17:28:34. Archivado en Periodismo y tal, Internacional
Las televisiones, las radios y la prensa de todo el mundo llevan varios días (llevamos, vaya, este es un buen momento para unos cuantos golpes en el pecho) prestando una descomunal atención al caso de Natasha Kampusch, la joven que ha vuelto a su hogar tras permanecer ocho años secuestrada por un personaje para cuya inmundicia no encuentro los adjetivos.
Es normal que el caso provoque tal expectación mediática: sus terribles características son tan extraordinarias que, lógicamente, despierta la atención de los profesionales y el público, máxime cuando se trata de lo que se denomina “una historia de interés humano” (término que me infunde casi tanto pavor como el "basado en hechos reales" al principio de una película).
Pero una vez contada la parte del relato que a estas alturas ya conocemos: ¿es necesario profundizar mucho más? ¿Es de “interés humano” saber si Natasha fue violada o no, o si lloró al conocer la muerte de su secuestrador, o si hacía esto o lo otro? ¿Es justo que los pormenores de su desgracia estén en boca de todo el mundo? ¿No tiene derecho a que detalles tan íntimos los sepan sólo la policía, el psicólogo y el juez?
El caso de Natasha me ha recordado (salvando las enormes distancias) a la conmoción que se produjo en España cuando se liberó a Ortega Lara de sus torturadores. Entonces también pudimos ver detalladamente como había sido su cautiverio y se le prestó una importante atención mediática, pero en ese caso estaba más que justificada: es oportuno que la sociedad conozca la maldad y la miseria que puede llegar a adornar las mentes de individuos como los que forman una banda terrorista como ETA (de hecho sería buena idea que lo recordásemos ahora).
Por el contrario, en el caso de Natasha no hay una banda de asesinos con objetivos políticos implicada, sino un demente que además ya ha tenido parte del castigo que merecía. El interés del público (convenientemente espoleado por los medios, por cierto) nace sólo de las posibilidades morbosas que tiene el tema, no hay una “necesidad social”, si me permiten ustedes el término, que haga imprescindible conocer cómo llamaba Natasha a su torturador o qué grado de síndrome de Estocolmo padece.
Dicho de otra forma: los detalles de lo que le ha pasado a esta pobre niña ni nos interesan, ni nos importan, ni son de nuestra incumbencia, así que yo diría que va siendo hora de que la dejemos en paz, bastante ha sufrido como para que ahora la tratemos como "una historia de interés humano" en lugar de como a una persona.
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Carmelo Jordá
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