Un político de pandereta y kufiya
20.07.06 @ 18:04:25. Archivado en Islamismo, Política, Internacional

El pañuelo palestino lleva siendo, más menos desde mi años de instituto (y de eso ya hace), el más inequívoco símbolo de progresía paletoide de los españoles progres y paletos; son estas, por cierto, condiciones y “estados vitales” que pueden darse en los seres humanos por separado pero que, curiosamente, coinciden en los mismos seres con una abundancia que ni las setas en otoño, oiga.
Como decía, aunque últimamente yo diría que proliferaba algo menos la kufiya esa era algo así como el pelillo largo por detrás de los “borrokillas” euskaldunes o el bolso a juego con los zapatos en las pijas de Serrano: un complemento imprescindible y, como no, una forma sencilla y cómoda de autoafirmarse como miembro de la “tribu”, ya fuese la tribu etarra, la de loewe o la izquierdoso-anticapitalista.
Ahora, con el recrudecimiento del conflicto en oriente medio y los ataques de Israel a Hizbolá se ve que se están desempolvando las kufiyas y, pese a lo poco apropiado de nuestro clima estival para ese a modo de bufanda, parece llegado el momento de lucirlas con el orgullo de progres que merece la nueva ocasión de vilipendiar a una democracia y ponerse del lado, otra vez, de diversos modos de dictadura: la teocracia asesina iraní, el partido único de corte nazi y poder hereditario de los sirios…
La reciente explosión del conflicto entre Israel y el “partido de Dios” es un tema extremadamente complejo y un problema político de primera magnitud que no puede solucionarse con acercamientos simplistas. Hasta un “as” como Moratinos es capaz de ver algo así y, en su comparecencia en el Congreso, posicionó al gobierno de una forma más o menos razonable (discutible si se quiere, pero yo creo que racional).
Esfuerzo baldío cuando esa misma noche su presidente (nuestro presidente por desgracia) no sólo hace un discurso simplón de buenos y malos en el que los buenos son todos unos y los malos son todos otros (casualmente los amigos de Bú y Ansar) y la guerra es una cosa mala malísima y los presupuestos militares deberían destinarse a birras en los bares.
Y por si esto no es suficiente va el hombre y se nos pone el pañuelito. No puedo creerme que Zapatero desconozca el valor simbólico de la dichosa kufiya, como no puedo creerme que el sistema de seguridad que rodea a todo un presidente del gobierno permita que unos imberbes lleguen a él y le cuelguen del cuello la bufanda del doctor Who, una guirnalda de flores en plan hawiano, una ristra de ajos rollo transilvania o unas granadas de mano (visto en presunto nivel de seguridad podría haber sido cualquiera de estas posibilidades).
Descartadas por tanto estas posibilidades, ¿qué lleva a Zapatero a montar este tipo de show? ¿Qué motivos le hacen comprometer la posición diplomática de España ante las principales democracias del mundo (Unión Europea, EEUU…)? Pues la respuesta es sencilla (y triste): un electoralismo tan simple como patético, un cálculo partidista que busca la captación de un voto radical y con muy poco talante pero que hoy por hoy es necesario para que el PSOE gane las elecciones.
Prácticamente toda la política exterior de Zapatero se basa en ese único objetivo, una serie de gestos aparentemente gratuitos para ser vendidos en el más radical de los mercados internos, de cara a la galería borroko – antisistema que no es precisamente un vivero de moderación. Pero ningún gesto es gratuito en política y, aún menos en política exterior, aunque no se pague tan a corto plazo.
La diferencia entre un político de tres al cuarto y un presidente es que el segundo no compromete su acción de gobierno o a su país por ganar cuatro votos, y todavía menos cuatro votos de radicales antisistema.
La diferencia entre un político de tres al cuarto y un presidente es lo que tenemos y lo que teníamos.
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Carmelo Jordá
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