¿Qué queda para los padres?
17.07.06 @ 11:12:40. Archivado en Política, Educación
Cuando era un crío recuerdo que iba con mi madre al colegio y tanto en el trayecto de ida como en el de vuelta íbamos jugando. Nuestros juegos eran, obviamente, de lo más sencillo, pero tenían su intríngulis: adivinar el color del próximo coche que pasaría, contar cuantos coches de color blanco pasaban seguidos, leer los rótulos de las tiendas… hasta cruzar un semáforo tenía su parte de juego…
Con todo aquello, además de hacer el camino mucho más entretenido (entre casa y el colegio habría como un cuarto de hora que recorríamos dos o cuatro veces al día, según me quedara o no al comedor…), el pequeño niño que yo era entonces iba aprendiendo espontáneamente un montón de cosas: los colores, las normas de tráfico, que en una relojería se vendían relojes, en una frutería fruta y en una zapatería zapatos…
Todas estas materias han resultado ser años después lo que se aprende en la más estúpida de las asignaturas que la LOGSE y la inteligencia humana han creado, una sarta de naderías llamada “Conocimiento del medio” en la que los niños aprenden… todo aquello que antes se aprendía de forma natural, lo que cualquier chico normal puede saber simplemente con mirar, escuchar y preguntar.
Las “modernas” teorías educativas parece que conciben la escuela como el único espacio en el que un conocimiento puede ser transmitido, así que están llenando los colegios de obviedades. Como el saber sí ocupa lugar, o al menos tiempo, este proceso se está desarrollando a costa de las asignaturas clásicas: lengua, matemáticas, geografía o por supuesto historia…El resultado final es que los niños no saben que el sujeto va antes que el verbo y éste a su vez precede al predicado, pero sí que las ambulancias llevan a los enfermos a unos sitios llamados hospitales, por ejemplo.
Ahora a esta gama de saberes modernos se van a incorporar dos “profundísimas” y “científicas” nociones nuevas: que hay que comer fruta y verdura porque estar gordo es superdemodé y malísimo para la salud; y que los padres de Juanito, que son tres señores con bigote, son una familia igual que los de Luisito, que son un señor y una señora. Mientras, tanto Juanito como Luisito acabarán la enseñanza obligatoria sin saberse la tabla del nueve y desconociendo que antes de b y p se escribe m y no n (claro, que es probable que las normas de ortografía, tan estrictas y poco dialogantes ellas, sean unas fascistas).
El movimiento no es excesivamente rápido pero parece inexorable: poco a poco la educación va a quedar reducida a unas asignaturas vacías de verdaderos conocimientos, otras rellenas de doctrina y algún que otro plan para explicar (o imponer) lo obvio; y del esfuerzo y las calificaciones ni hablamos, por supuesto.
Visto el enfoque que esta caterva de “pedagogos” tiene de la educación uno se pregunta qué quedará para los padres. La respuesta es sencilla, pero no puede ser más aterradora: pagar las facturas, comprar “la pley” y, con un poco de suerte, elegir en qué centro queremos que adoctrinen a nuestro hijo mientras aprende unas cuantas tonterías.
¿Saben lo peor de todo? Que a la mayoría les parecerá la mar de cómodo.
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Carmelo Jordá
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