Zidane Romero
02.07.06 @ 11:54:01. Archivado en Deporte o similar
Probablemente es la última vez que le hemos visto, seguramente la indolente y desastrosa selección brasileña ha tenido algo que ver, quizá se descuidaron pensando que ya no es el que era (que no lo es, obviamente) e incluso puede que algo haya tenido que ver la estúpida demostración de soberbia hispánica que le daba por muerto y enterrado hace unos días, pero justo ayer (escribo esta columna en la madrugada del domingo atacado por el insomnio) Zinedine Zidane, Zizou, ha dado una clase de fútbol que ya sé que retendré en mi retina, que ya sé que, si me viene futbolera, contaré como algo memorable a la hija que me llegará a final de año:
- Zidane jugó como los ángeles aquel día y tú “lo viste” desde el vientre de tu madre, Laura.
Bueno, quizá no haya sido el mejor partido de la historia de los mundiales o incluso de éste mundial, pero hay algo bello en los que están en los últimos compases, hay algo muy hermoso en ese hombre que sabe que sólo jugará uno o dos encuentros para el definitivo adiós, ese jugador que desde la atalaya de sus 34 años y tras haber ganado todo lo que un futbolista profesional puede ganar se despide impartiendo una lección maestra de técnica y, sobre todo, de criterio, esa virtud tan escasa en el fútbol actual.
Recuerdo haber vivido hace años una sensación similar, si bien no tuvo nada que ver con el deporte rey: en mi juventud universitaria me aficioné bastante a los toros, no tanto como para ser “de los cabales” pero sí para ir a unas cuantas corridas al año a ese templo que son Las Ventas. Una tarde de otoño, mitad por curiosidad mitad por presenciar el espectáculo paralelo, decidí con mis amigos ir a ver a Curro Romero, ya cerca de los 60 años, en la que iba a ser una de sus últimas apariciones en las ventas.
Curro, que ha sido un grandísimo torero, tuvo una madurez demasiado madura, demasiado larga, y ya prácticamente entrado en la tercera edad las fuerzas no acompañaban y el escaso valor huía con insistente frecuencia (más insistente, se entiende), así que no esperábamos mucho más que la típica “medioespantá” culminada por uno de sus no por más mortales menos vergonzosos bajonazos y, eso sí, disfrutar de las peculiaridades de esa llamativa religión denominada “currismo”.
Cuál no fue nuestra sorpresa cuando en el segundo toro (puede que fuese el primero, a estas horas ni lo recuerdo ni soy capaz de confirmar el dato) el maestro sevillano sale a los medios y torea finísimo con el capote. Durante el tercio de varas y las banderillas se veía a Romero muy metido en la lidia, aquello era inaudito, allí iba a pasar algo… y vaya si pasó: en una faena corta, eléctrica, llena de torería y con la plaza literalmente enloquecida Curro logró cortar su última oreja en Madrid no sin antes, para darle más emoción a la cosa, haber volado por encima del toro al entrar a matar, por una vez, por donde se debe.
Vista luego en la fría televisión la faena no fue para tanto, pero en aquel momento al ver a ese hombre mayor, casi un anciano, derramando torería ante una plaza abarrotada y enardecida uno no podía menos que dejarse llevar por el embrujo, ser parte del encantamiento, volverse “currista” para siempre, en definitiva.
Los 34 años de Zidane son al fútbol moderno algo parecido a los casi 60 de aquel Curro, y quizá el partido de ayer sea, dentro de un tiempo y analizado con más frialdad, simplemente un buen partido. Pero ahora, con la sorpresa todavía en los ojos sólo puedo pensar que ha sido una gran faena y una gran despedida, y esos toques, esos pases y esas elegantes zancadas me recuerdan a un trincherazo monumental cerca del tendido seis que nos sacudió como una auténtica descarga.
Así se despiden los genios, gracias Zizou por darme la ocasión de recordarte así. Y gracias Curro por aquella tarde de locura.
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Carmelo Jordá
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