El horror de la publicidad radiofónica
20.06.06 @ 12:30:51. Archivado en Con un poco de humor, Periodismo y tal
Uno, que se gana modestamente las habichuelas con esto del periodismo y afines, no puede estar más que a favor de la publicidad, que es lo que a todos nos acaba dando de comer. Si además se tienen ideas de esas locas como que el estado no debe pagar o subvencionar medios periodísticos, televisiones y similares no nos queda más remedio que vivir lo más honradamente que podamos de los anuncios.
Esto vale para todo aquello que sea un medio de comunicación, ya sea en Internet, en papel, en la televisión o en la radio así que, nos guste más o menos, si queremos cierta libertad de prensa y similares lujos de ese estilo no nos queda otra que soportar los anuncios o cambiar de cadena o emisora.
Claro que hay casos y casos: a mi me gustan los anuncios en la televisión, muchas veces más que los programas lo cual, dicho sea de paso, no es excesivo mérito; en periódicos, revistas y similares a mí las páginas de publicidad no me molestan, igual que los banners y demás puñetitas de Internet, supongo que por costumbre o por deformación profesional.
Pero luego está, ay, el caso aparte que es la radio. Yo no sabría explicarles la razón, pero la publicidad de los programas radiofónicos está a años luz de sus congéneres en otros medios: mientras las marcas deportivas, por poner un ejemplo, hacen auténticas películas de a minuto e incluso parece que no quieran vendernos nada, en la radio no hemos conseguido pasar de algunos artificios que no podemos denominar sino como verdaderas cutradas.
Hay dos tipos de anuncio de radio que me sacan de mis casillas (especialmente después de oírlos una y otra vez, un día tras otro, semana tras semana durante toda la temporada): al primero lo vamos a llamar “el encuentro casual” y consiste en una narración de lo más natural de la conversación de dos amigos, lo malo es que las conversaciones son poco creíbles: normalmente uno no se da de boca con su antiguo compañero de clase, le cuenta un problema y este le da la solución con teléfono y todo, por ejemplo:
- Hombre Luís, cuanto tiempo sin vernos, ¿qué tal te va?
- Pues qué quieres que te diga, agobiado.
- ¿Problemas de familia?
- Que va, es que necesito alquilar un elefante africano un par de días y no sé que hacer.
- Hombre, eso es muy fácil, llamas a elefantesacasa y te lo traen en 24 horas.
- ¿Elefantesacasa?
- Si hombre, toma nota es el nueveunotrescerodossiete…
Así, cómo si lo más normal del mundo fuese que el payo se sepa de memoria justo el teléfono que le soluciona el problema al otro, claro, tan normal como que uno se encuentre con un amigo que hace tiempo que no ve y le cuente su problema laboral, el estado de sus hemorroides o el momento por el que pasan sus relaciones con el señor Roca.
El otro tipo de anuncio que me fascina es la entrevista al experto, una especie de docudramas en los que un amable simulacro de periodista interroga al director de una compañía de productos para mejorar el tránsito intestinal (por ejemplo) que, con voz firme y verbo florido, nos informa de lo natural y práctico que es su “regulador” (término con matices mucho menos negativos que “laxante”, claro) y hasta de lo fantástico que es su sabor:
- Señor Carrasporta, que puede decirnos de su producto.
- Pues que es natural, regula sus visitas al inodoro y además tiene un sabor que ni el Cardhu de doce años oiga.
Obviamente la cosa es más larga y quiere ser más seria, pero alguien tendría que decirles a los avispados “creativos” que se lo trabajen un poco más, a ver si se esfuerzan que estoy más que harto de crecepelos y sobrecitos que al mismo tiempo que te adelgazan te hacen defecar como un reloj de cuco. Y si no saben ser modernos por lo menos que sean antiguos y hagan anuncios de aquellos cantados, tan elegantes.
Yo soy aquel negritoooo...
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Carmelo Jordá
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