Y así nos va
17.02.06 @ 08:50:26. Archivado en Política
Vuelvo a casa tras la jornada laboral en el transporte público y me da por prestar atención durante unos segundos a la conversación que mantienen a mi lado dos mujeres, aparentemente compañeras de trabajo. La verdad es que no tiene mayor interés: es la típica polémica en la que se pone verde a alguien de la oficina o al propio jefe, desconecto por tanto pero me paro a pensar que ese es un perfecto ejemplo de las conversaciones que oímos en el Metro, en los bares o en la caja del híper: en España sólo se habla de tonterías del trabajo, de fútbol y de la telebasura consumida la noche anterior.
¿No echan algo en falta? Es obvio que no espero encontrar a una amable pareja de funcionarias o a dos estudiantes de bachillerato hablando de las implicaciones teológicas de las teorías de Einstein pero, teniendo en cuenta cómo están las cosas y la sucesión de despropósitos que cada día nos ofrece la actualidad… ¿no sería lógico que la gente hablase más de política?
Desde luego este silencio, esta falta de discusión y, aparentemente, de interés, puede deberse a varios factores, pero en cualquier caso es un síntoma que revela una patología me parece que muy negativa.
Analicemos esas posibles razones: en primer lugar podría pensarse que la actual situación política se debe a la famosa “crispación” a la que se entregan desaforadamente medios de comunicación y políticos. Puede que unos y otros traten de subir intencionadamente el termómetro, pero no es menos cierto que, objetivamente, estamos llegando no a un punto de no retorno sino a varios de ellos y, además, en temas fundamentales. En otras palabras: es posible que algunos directores de periódico o locutores radiofónicos usen tipos de letra demasiado grandes o tengan el volumen a tope, pero lo que quieren hacer con este país y los asesinos de ETA, por poner un ejemplo, es una canallada se mire por donde se mire.
Otra posibilidad es que la gente tenga miedo a hablar, que expresarse políticamente nos siga intranquilizando como si viviésemos en una dictadura o el cachorro de Jarrai estuviese en la esquina con la oreja tiesa y dispuesto a meternos un cóctel molotov por la ventana o cualquier cosa peor por la nuca. Pero esto no es verdad o al menos sólo lo es en el País Vasco y, en cierta forma mucho menos peligrosa pero más eficaz, en Cataluña.
Por último, nos queda el hastío, la pereza, la despreocupación que parece parte fundamental del carácter español a principios de siglo, el “mire, usted a mí no me líe que yo lo que quiero es estar tranquilo”. Y yo creo que esta es la razón: España se ha convertido en un país de pasotas que no quieren otra cosa que estar más o menos tranquilos en su celda, medrar, salir el sábado a cenar y, eso sí, quejarse de que las cosas están caras.
Mejor no pensar, mejor no preocuparse, mejor no meterse en líos, abracemos las soluciones fáciles y, si es preciso, que nos mientan como a Johnny Guitar en la inolvidable escena: “Miéntenos Zetapé, dinos que esto tiene arreglo”.
No es que España no merezca a un gobierno que le mienta, es que lo necesita. Y así nos va.
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Carmelo Jordá
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