El blog de Carlos Corral

Cartas a Galileo de su hija, María Celeste, religiosa del convento de S. Mateo (Florencia) [BLOG.179]

09.02.10 | 08:40. Archivado en Derecho internacional eclesiástico
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Son 124 las Cartas de la hija mayor [de tres: otra hija y un hijo] de Galileo dirigidas a su padre, quien las conservó entre sus papeles donde, al morir, fueron encontradas [y publicadas ahora por Dava Sobel*]. ¡Lástima que, a la inversa, no se conservaran la cartas de Galileo a su hija, religiosa, quien ingresó a los 13 años en el convento de “Hermanas de S. Mateo” (en las afueras de Florencia, pertenecientes a la Orden de las Clarisas), eligiendo el nombre de María por devoción a la Virgen y Celeste por el amor de su padre a la astronomía. Ella y su hermana Livia visten el hábito religioso en el mismo convento en 1614. Celeste, había nacido el 16-8-1600, hija de Galileo Galilei y de Marina Gamba (11 años de convivencia, sin llegar a contraer matrimonio).

De las Cartas seleccionamos tres que escribió con ocasión de la condena de su padre. Respecto a esta, no está demás recordar que, 376 años después de su condena y de la prohibición de sus libros y aprovechando los eventos del Año de la Astronomía, el Vaticano celebró el 15 de febrero de 2009 una misa en su honor y, dentro de ese mismo año —Año Internacional de la Astronomía— organizó un congreso internacional sobre Galileo Galilei.

* Una primera carta escrita al enterarse de la condena infligida por la Inquisición, que Galileo aceptó en estos términos: “Yo, Galileo Galilei, he abjurado con lo antedicho de mi propio puño”. La sentencia comenzaba así: “Decimos, proclamamos, sentenciamos y declaramos que vos, Galileo, en razón de las cuestiones que ha sido expuestas en el juicio y vos habéis confesado, según el veredicto de este Santo Oficio, sois declarado altamente sospechoso de herejía principalmente por haber sostenido y creído en la doctrina, que es falsa y contraria a las Sagradas Escrituras, de que el Sol es el centro del mundo …”.

1ª. [2-7-1633; p.263/264] “Ilustre y queridísimo padre. Tan súbita e inesperadamente como las noticias de vuestro nuevo tormento llegaron hasta mí, señor, así desgarró mi alma dolorosamen¬te el hecho de conocer la sentencia que finalmente se ha dictado y por la que se os censura a vos tan severamente como a vuestro libro. […]
Mi queridísimo señor padre, ahora es el momento de valeros más que nunca de la prudencia que Dios os ha dado para soportar este gol¬pe con esa fortaleza de espíritu que vuestra religión, vuestra profesión y vuestra edad precisan. Y como vos, en virtud de vuestra vasta expe¬riencia, podéis acallar estas afirmaciones gracias al conocimiento ple¬no de la falsedad y mudanza de todas las cosas de este desdichado mundo, no debéis dejaros llevar demasiado por la tempestad, sino más bien alimentar la esperanza de que pasé pronto y transforme las preo¬cupaciones en serenidad.

Os digo todo esto al dictado de mis propios deseos y también de lo que parece ser un augurio de indulgencia hacia vos por parte de su santidad, señor, que os ha enviado a prisión a un lugar tan en¬cantador, con lo cual podemos esperar otra conmutación de vuestra pena que esté aún más de acuerdo tanto con vuestros deseo con los nuestros; quiera Dios que acaben así las cosas, si fuera para mejor fin. Mientras tanto, os ruego que no me dejéis sin el consue¬lo de vuestras cartas ni sin darme noticias de vuestro estado, tanto físico como sobre todo espiritual. Aunque termino aquí mi carta, nunca dejo de acompañaros con mis pensamientos y mis oraciones con los que pido a Su Majestad divina que os proporcione paz y con¬suelo verdaderos.
En San Matteo, a 2 de julio de 1633. Vuestra hija afectísima, S. M. Celeste.

** Con ocasión de ser acogido Galileo por el Arzobispo de Siena Ascanio Piccolomini—antiguo alumno suyo— en el mismo palacio arzobispal, Celeste se congratula con su padre.

2ª. [13-7-1633; p.271/273] Ilustre y queridísimo señor padre. No es necesario que me canse tratando de convenceros, señor, de que la carta que me escribisteis desde Siena (en la que me decís que go¬záis de buena salud) me produjo una alegría enorme al igual que a sor Arcángela, ya que sabéis muy bien cómo desentrañar lo que no acierto a expresar; pero me encantaría describiros las muestras de júbilo y al¬borozo que las madres y hermanas dieron cuando se enteraron de vues¬tro feliz regreso, ya que fueron verdaderamente extraordinarias.

Al en¬terarse de la noticia, la madre abadesa corrió hacia mí con los brazos abiertos junto con las demás, llorando de emoción y de alegría; en ver¬dad, señor, estoy obligada a servirlas a todas porque he visto en esta manifestación suya cuánto afecto sienten por vos y por nosotras.
Además, saber que estáis alojado en la casa de un anfitrión tan amable y distinguido como es el monseñor arzobispo multiplica nues¬tra alegría y satisfacción, a pesar del efecto potencialmente perjudicial que pueda tener sobre nuestros deseos, porque podría darse perfectamente el caso de que la conversación en exceso agradable pudiera en¬treteneros y reteneros allí mucho más tiempo del que nos gustaría.

De todos modos, como aquí por ahora continúan los indicios del contagio, os recomiendo que permanezcáis allí y esperéis (como decís que de¬seáis hacer) hasta que recibáis garantías de seguridad por parte de vuestros mejores amigos que, si no con más amor que nosotras, al me¬nos sí con más exactitud podrán informaros de todo lo que acontece.

Entretanto, yo diría que sería adecuado sacar provecho del vino de vuestra bodega, al menos del de una barrica porque, aunque ahora está bien, me da miedo que este calor pueda producir sobre él algún efecto extraño: la barrica que habíais abierto antes de marcharos, señor, de la que beben el ama de llaves y el criado, ha empezado a echarse a per¬der. Tendréis que decir lo que queréis que hagamos porque yo sé muy poco de esta cuestión, pero se me está ocurriendo que como hicisteis vino suficiente para todo el año y habéis estado fuera seis meses, to¬davía tendríais de sobra incluso aunque volvierais dentro de unos po¬cos días.
De todos modos, dejando esto a un lado y volviendo a lo que más me interesa, estoy deseando saber cómo es que vuestro caso concluyó con la conformidad de ambas partes, vos y vuestros adversarios, tal como me indicabais que haríais en la siguiente carta a la última que me escribisteis desde Roma; contadme los detalles cuando queráis, pero siempre después de que hayáis descansado, porque soy muy paciente y puedo esperar mucho más tiempo a que me aclaréis esta contradicción.

El signore Geri estuvo aquí una mañana en la época en que sospe¬chábamos que estabais en peligro más grave, señor, y junto con el sig¬nor Aggiunti fue a vuestra casa e hizo lo que había que hacer antes de que vos me lo dijerais, pero en aquel momento me pareció tan conve¬niente y tan importante para evitar que pudieran caer peores desgracias sobre vos que no supe cómo negarle las llaves y la libertad de hacer lo que pretendía cuando vi el enorme entusiasmo que ponía en servir a vuestros intereses, señor.

El sábado pasado escribí a la señora embajadora con todo el cariño que siento por ella, y si recibo respuesta, la compartiré en seguida con vos. Termino aquí porque el sueño me invade ahora que es la tercera hora de la noche, así que espero que me disculpéis, señor, en caso de que haya di¬cho algo inadecuado. Os devuelvo con la mayor efusión los saludos que enviasteis a todos los que nombrabais en vuestra carta y especialmente los de La Piera y Geppo, que están entusiasmados con la idea de vuestro regreso. Ruego a Dios santo que os conceda su gracia bendita.

En San Matteo, a 13 de julio de 1633. Vuestra hija afectísima, Sor Mª Celeste.

*** Con ocasión del abatimiento de Galieo como si su nombre hubiera sido borrado de la faz de la tierra, Celeste le escribe:

3ª [3-10-1633; p.292/294] Queridísimo señor padre. Os escribí el sábado, señor, y gracias al signor [Niccoló] Gherardini, el domingo me llegó vuestra carta mediante la cual supe de la esperanza que mantenéis respecto a vuestro regreso. Me siento alivia¬da, ya que cada hora que pasa mientras espero ese día prometido en que os pueda ver de nuevo me parece un millar de años. Saber que continuáis disfrutando del bienestar sólo consigue redoblar mis deseos de experi¬mentar todas las alegrías y satisfacciones que sienta cuando os vea vol¬ver a vuestra propia casa y, lo que es más importante, con buena salud.

En verdad no me gustaría que dudarais de mí ya que en ningún mo¬mento dejo de rogar por vos a Dios santo con toda mi alma porque vos ocupáis todo mi corazón, señor, y nada me importa más que vuestro bie¬nestar físico y espiritual. Y para daros una señal tangible de esta preocu¬pación os diré que conseguí obtener permiso para ver vuestra sentencia, cuya lectura, aunque por una parte me produjo una congoja enorme, por otra me emocionó mucho haberla conocido y haber encontrado en ella un medio de poder serviros, señor, aunque sea con muy poco. Se trata de to¬mar sobre mí la obligación que vos tenéis de recitar una vez a la semana los siete salmos penitenciales.

Ya he empezado a cumplir con esta obli¬gación y lo hago con mucho gozo, en primer lugar porque creo que la ora¬ción acompañada de la petición de obediencia a la santa madre Iglesia es efectiva, y, luego, porque también espero aliviaros de esta preocupación.

Así que si pudiera sustituiros yo misma en el resto de vuestras penas, ele¬giría de buena gana una prisión aún más estrecha que ésta en la que ha¬bito si así os pusiera a vos en libertad. Pero ya hemos llegado hasta aquí, que los favores recibidos alimenten nuestra esperanza de recibir todavía otros que nos puedan ser concedidos, dado que nuestra fe está acompa¬ñada por buenas obras y que, como vos sabéis mejor que yo, señor, “fides sine operibus mortua est” [la fe sin obras está muerta].
[…] Os envío re¬cuerdos de nuestras amigas de siempre y ruego a Dios que os bendiga. En San Matteo in Arcetri, a 3 de octubre de 1633. Vuestra hija afectísima, S.M. Celeste.

A finales de marzo de 1634, sor Mª Celeste enfermó gravemente y Galileo iba andando todos los días desde Villa il Gioiello (Florencia, 1631-1642) hasta San Mateo en Arcetri para tratar de ayudarla con el cariño y la oración. A pesar de todos los esfuerzos, muere a los 34 años por disentería el 2 de abril de 1634, en el convento de San Mateo, (ocho años antes que su padre —8-1-1642, también en Arcetri, en las afueras de Florencia— a la edad de 78 años). De ella dejó escrito Galileo: "una mujer de exquisita mente, singular bondad y muy apegada a mí".

Referencia bibliográfica: * DAVA SOBEL, La Hija de Galileo, Una nueva visión de la vida y obra de Galileo (versión de Ricardo García) Barcelona 1999; I documenti vaticani del processo di Galileo Galilei (nueva ed. Sergio Pagano),Vaticano 2009, pp.CCLXVIII, 332.

5 comentarios


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Comentarios
  • Comentario por Concha Yañez 10.03.11 | 09:46

    Querido Padre Corral, me transmite mi compañero Jesús que al clasificar el libro de La hija de Galileo, le ha sido de una enorme utilidad la reseña que incluye en este blog. Muchas gracias en nombre de la Biblioteca de la Universidad Pontificia Comillas

  • Comentario por Llanos de Alba 01.04.10 | 22:42

    Preciosísimo artículo Sr. Corral (como siempre) entendí que nos ofreció con esta información una faceta de Galileo personal , familiar y religiosa. Con respecto a la susodicha propaganda anti-religiosa, "no hiere" al que lo es y tiene fuertes convicciones, lo grave es que no dan la oportunidad a otros de ver una realidad maravillosa.

  • Comentario por ccorral [Blogger] 19.02.10 | 19:40

    RESPUESTA AL COLEGA FERNANDO MARIÑO.
    Querido Fernando: la intención última del Blog 179 sobre Galileo es ofrecer la visión auténtica del hombre-astrónomo en una faceta de su vida concreta que hace ver, contra tanta propaganda antirreligosa, especialmente anticatólica, cómo este científico no sólo fue un creyente confeso, sino que además tuvo 2 hijas religiosas, recibiendo nada menos que 124 cartas de la mayor, sor María Celest, conservadas por él.Te recomiendo el libro. Es una delicis

  • Comentario por i. n. 11.02.10 | 22:57

    Galileo,Pisa1564-Arcetri1642 padre de la ciencia moderna, coincide con C.
    "El sol centro del universo",que la I. considera contrario a la fe y a la S.E El S.O.le cita a Roma y el año 1633 y abjura. G.convive con Mª Gamba 11años, y no contrae matrimonio,las hijas de 12 y 13 años las lleva a las clarisa 1614.Sus hijas no son lejítimas porque su matrimonio no estaba lagalizado aspecto importante en el renacimiento y como los permisos o la dote para contraer matrimonio sería elevada por eso las lleva alconvento Son 3 cartas MªCeleste:Recojo los sentimientos: conoce la sentencia del S.O.y habla desde el corazon a su padre;su vuelta a Siena;ella recitará los siete salmo peniten.Me impresiona que un cientific dela categoria de G. obrase asi,veo muchas luces y muchas sombras.

  • Comentario por Fernando Mariño 09.02.10 | 09:15

    Querido Carlos :
    Antes de hacer comentarios me gustaría conocer los tuyos para conocer en qué contexto dialogar ¿El de historiografía de la piedad? ¿El de amor filial?.
    Un abrazo
    Fernando

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