
Entre los signos de los tiempos reconocibles hoy se pueden incluir ciertamente las migraciones —escribía Benedicto XVI en el mensaje de la Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado de 2006— un fenómeno que a lo largo del siglo recién concluido asumió una configuración, por decirlo así, estructural (…)como consecuencia, entre otras cosas, del fuerte impulso ejercido por la globalización”. Pero las migraciones implican dos realidades y dos conceptos anejos: la ciudadanía y la religión. De ahí la necesidad de pensar y posibilitar la acción integradora de los tres conceptos: “ciudadanía, migraciones y religión”, como acertadamente lo intenta el Prof. Julio Martínez S.J. [1].
1.- Las migraciones
Las migraciones son, sin duda, una de las realidades más patentes y acuciantes con las que nos encontramos: hasta 200 millones de personas viven en países que no son los suyos de origen y las sociedades se van haciendo más multiculturales. 4 millones y medio de ellos han elegido España como destino.
Las migraciones contemporáneas con los millones de mujeres y hombres buscando mejores condiciones de vida son uno de los más potentes síntomas de que el mundo está en crisis; crisis que puede ser de crecimiento en humanidad o puede llevar a un escenario aún más escandalo¬samente reduccionista y excluyente.
2.- El concepto de ciudadanía vigente y sus problemas
Hasta ahora, el concepto de ciudadanía ha venido siendo la fórmula creada para definir el modo de inserción de los individuos en la sociedad política. Como creación histórica ha sido deudora de los diferentes contextos que la habían visto nacer. Por ello se busca en las polis griegas y en el Imperio romano los referentes clásicos, pero resulta insoslayable tener que contemplar la par a la tríada de Estado-nación-ciudadano que configura la ciudadanía moderna. Hablar de ciudadanía es tocar una herencia que, desde su origen, ha estado marcada por la ambigüedad de sus interpretaciones y por la ambi¬valencia de su alcance sociopolítico.
Ahora bien, las estructuras jurídico-políticas que han servido, hasta finales del siglo XX, para organizar la convivencia humana, como el Estado-nación, las democracias liberales y la ciudadanía vinculada a la nacionalidad, se ven desbordadas por las nuevas dimensiones espacio-temporales de la globalización y de los cambios culturales, tanto los inclusivos como los excluyentes (funda¬mentalismos o nacionalismos etnoculturales) [Parte I del libro referido].
Ante ello se hace ineludible crear nuevas formas de organizar las relaciones entre los seres humanos. Para ello se ofrece un recorrido por los modelos principales de ciudadanía que existen en la filosofía política actual. Y son los modelos liberal (tanto libertario como liberal social), comunitarista, republicano y discursivo de ciudadanía. Para poder conocer las características fundamentales de lo que significa ser ciudadano en cada uno de estos modelos, se hace incisión en sus respectivas concepciones de la persona, la sociedad y la política. (Parte II)
La realidad del pluralismo en sus vertientes diversas así como las disposiciones éticas —que se necesitan para convivir dignamente en el seno de contextos irremediablemente caracterizados por “el hecho del pluralismo como rasgo permanente de la cultura pública” (Rawls)— requieren encontrar procedimientos operativos para canalizar el debate interdisciplinar y plural. Vía para ello es aceptar el pluralismo como concepto y praxis moral; pasar del pluralismo moral al pluralismo cultural; abrir nuevos horizonte hacia una ética global y hacia una ciudadanía intercultural y asumir la importancia ética de la educación intercultural (Parte III).
En efecto, si la escuela no quiere ponerse o quedarse de espaldas a la realidad social, tendrá que abrirse con coraje y decisión al hecho intercultural; lo que ya no es tan claro es que esa mirada de frente se haga a través de una asignatura como la que en los últimos tiempos se ha convertido en causa de discordia nacional.
3.- Religión
Pero cómo se puede combinar el ser creyentes y ciudadanos en los parámetros actuales constituye la verdadera cuestión sobre las religiones en la vida pública y sobre sus vicisitudes en la sociedad interdependiente de la aldea global, así como en el interior de las distintas sociedades pluralistas que se van convirtiendo en más multiculturales. La importancia de la religión para muchos de los millones de migrantes actuales pone en jaque al laicismo y, en general, a las pretensiones de desalojar a la religión de la vida pública y plantea inquietantes preguntas a la ciudadanía. La creciente controversia en torno al uso del hijab por parte de las mujeres musulmanas, sobre todo en Francia, constituye un caso práctico, que se va extendiendo a otros Países como España e Italia (Parte IV).
4.- Participación de la Iglesia: deberes y posibilidades
En los debates morales de una sociedad de la era de la globalización marcada por el pluralismo (moral, cultural y religioso), el informacionalismo y los procesos migratorios, la Iglesia sigue siendo un actor de cierta importancia, pero que ya no marca la pauta moral ni puede razonablemente aspirar a marcarla.
Ante tal panorama, he aquí algunos acentos de la propuesta moral de la Iglesia católica (Parte V)
1. La doctrina social católica constata que en el mundo en que vivimos se nos ha hecho más intensamente presente la experiencia de la diversidad. El paso de sociedades monoculturales a sociedades multiculturales puede revelarse como un signo de la viva presencia de Dios en la historia y en la comunidad humana, porque presenta una oportunidad providencial para realizar el plan de Dios de una comunión universal.
2. Para que esta convivencia se desarrolle de modo pacífico, es indispensable que, entre los miembros de las diferentes religiones, se derrumben las barreras de la desconfianza, de los prejuicios y de los miedos que, por desgracia, todavía siguen existiendo. El diálogo es el camino real que hay que recorrer, y, por este camino, la Iglesia invita a andar para pasar de la desconfianza al respeto, del rechazo a la acogida. Para alcanzar tal objetivo, no bastan las iniciativas que atraen el interés de los grandes medios de comunicación social; sirven, más bien, los gestos diarios realizados con sencillez y constancia, capaces de producir un auténtico cambio en la relación interpersonal.
3. El camino de la auténtica integración requiere ir más allá del asimilacionismo, de la segregación y de la marginación de los inmigrantes, en la dirección de una perspectiva intercultural, desde la cual se evite considerar sólo las diferencias entre inmigrantes y autóctonos y apreciar la integración como un movimiento unilateral de los que se incorporan. Cuando se favorece una integración de doble vía—cuyo sujeto es el conjunto de la sociedad— se ponen las bases para la participación gradual de todos los inmigrantes, respetando su identidad y el patrimonio cultural de las poblaciones que los acogen. Así se corre menos el riesgo de que se concentren formando un gueto, en el que quedarían aislados del contexto social.
4. Ética del encuentro de Pentecostés frente a la incomunicación de Babel.
5. La defensa del derecho a emigrar –junto al de no tener que emigrar— no ha de ignorar que “una aplicación indiscriminada de él ocasionaría daño y perjuicio al bien común de las comunidades que acogen al inmigrante”. Ahora bien, esta regulación necesaria ha de llevarse a cabo con espíritu de generosidad, porque el criterio para determinar el límite de soportabilidad no puede ser la simple defensa del propio bienestar de las sociedades receptoras, descuidando las necesidades reales de quienes tristemente se ven obligados a
6. Solicitar hospitalidad. Entre éstos se hace particularmente dramática la situación de los inmigrantes indocumentados, los “sin papeles”. La condición de irregularidad legal no se compadece con la dignidad del migrante: mantener a las personas en situación de irregularidad legal ofende a la dignidad humana y a las exigencias mínimas de la justicia social.
7. La Iglesia defiende con ahínco el valor fundamental de la familia, más allá del modelo cultural en que ésta se halle estructurada. Por eso, hay que trabajar siempre para que las familias se puedan reunir y que se les reconozcan aquellos derechos de que tienen necesidad y que le corresponden con igual dignidad y justicia que a las familias locales.
8. La doctrina social católica coincide con otras propuestas morales en la necesidad de crear nuevas formas de organizar las relaciones entre los seres humanos, tanto indi¬vidual como colectivamente, en clave más universalista, abriendo con pasos eficaces el camino hacia un principio de ciudadanía mundial, haciéndoles titulares de derechos y deberes, dado que las personas están unidas por un origen y supremo destino comunes, más allá de sus diferencias.
9. En la comunidad cristiana vivida en una Iglesia donde hay voces plurales y también sentido de universalidad encontramos valiosos recursos para responder a los desafíos del tiempo crítico que nos ha tocado vivir en claves de solidaridad en la lucha por alcanzar un tiempo más justo en un mundo policéntrico:
a) contribuyendo a desarrollar una verdadera cultura de la solidaridad y la acogida;
b) trabajando con otros creyentes y no creyentes para que el inmigrante pase de ser forastero a vecino (luchar contra los prejuicios, los clichés…);
c) incidiendo, además de concienciar y sensibilizar, en la legislación y el desarrollo humano de los países de origen de la emigración;
d) favoreciendo foros de encuentro y diálogo intercultural con valor ético en sí; así como centros de riguroso análisis social;
e) buscando la presencia pública de los cristianos en la sociedad: servicio de la caridad y la justicia.
10. La propuesta moral católica está comprometida con la búsqueda de nuevas prácticas formativas a la altura del tiempo crítico que vivimos que eduquen en una correcta relación con dos principios complementarios: respeto al valor y dignidad de toda persona y respeto a las diferencias culturales; respeto a las identidades culturales y respeto a los principios democráticos que garantizan las libertades y derechos de las personas en una sociedad pluralista. La Iglesia quiere formar sujetos con visión del fin y sentido de propósito, convencidos de que, cuando viven en contacto con un telos que unifica la vida, habrá menos posibilidades de que en ellos arraiguen y crezcan el relativismo (“está bien lo que cada uno haga”), el emotivismo (“esto es bueno porque es lo que prefiero”), la pasividad (“nada nuevo por lo que valga la pena luchar”) y la huida de uno mismo (“para vivir vidas ajenas”). Al revés, habrá mayores posibilidades de éxito para las prácticas formativas que fomenten y atiendan a una participación articulada sobre el dinamismo de una identidad compleja que ordene la pertenencia a múltiples ámbitos: local, nacional, internacional, político, religioso, artístico, económico, familiar. Por ahí habría que enfocar una educación transversal para la ciudadanía.
Referencia bibliográfica: Ciudadanía, migraciones y religión. Un diálogo ético desde la fe cristiana. En memoria del P. Arrupe, S.J., ciudadano del mundo y amigo de Jesucristo en el año centenario de su nacimiento (Madrid, San Pablo y Uni.Comillas 2007) 617pp., en cinco partes y 18 capítulos.
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Mi única aportación ante este problema es la tolerancia desde la convicción e, incluso desde la fe, comprometida con la solidaridad a todos como ciudadanos del mundo, alejada de fanatismo.me ha parecido muy rica la aportación que hace la Iglesia en todo este problema y que en vuestro trabajo desarrollais en 10 apartados. Es el 2º correo, en el anterior comentaba dos articulos de estas tierras con el mismo tema pero no ha salido.
Domingo, 19 de febrero
Vicente Haya
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Antonio Aradillas
Jose Gallardo Alberni
Francisco Baena Calvo
Alejandro Córdoba
Juan Fernandez Krohn