El blog de Carlos Corral

Mensaje “Familia humana, comunidad de paz” de Benedicto XVI para el 1-1-8: comentario. [BLOG 82]

15.01.08 | 07:20. Archivado en Derecho internacional eclesiástico
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[en colaboración con ANTONIO ALONSO MARCOS, Prof. Universidad San Pablo-CEU e investigador de UNISCI, Universidad Complutense de Madrid]
Al cumplirse el 40 aniversario del Primer Mensaje de Paulo VI para la celebración del día mundial de la Paz el 1 de enero de 1968, Benedicto XVI nos envía ahora su Tercer Mensaje para el presente año. Si el año pasado nos hablaba de la persona humana como corazón de la paz, este año nos habla de la familia, que es la primera célula social. Y centra su atención en la familia natural, que es “comunión íntima de vida y amor”. Porque aquel que quiera construir un mundo nuevo, un mundo donde reine la paz, deberá sanar primero al hombre y procurar, después, “una vida familiar sana” pues allí es donde se experimentan “algunos elementos esenciales de la paz: la justicia […], la autoridad […], el servicio afectuoso […], la ayuda mutua […], la disponibilidad para acoger al otro y, si fuera necesario, para perdonarlo”.

El Mensaje —según la presentación del Cardenal Renato Raffaele Martino— consta de dos partes: una centrada en una perspectiva micro, donde se evidencia el sentido y el valor de la conexión entre núcleo familiar y paz, y otra que atiende a una perspectiva macro, donde considera a la humanidad como una gran familia y toca una serie de problemas que nos afectan a todos.

Parte I del mensaje pontificio: la familia como un auténtico lugar de formación de la persona.

De su valor se hace una exposición y una defensa. En efecto: “El ser humano en formación, ¿dónde podría prender a gustar mejor el “sabor” genuino de la paz sino en el “nido” que le prepara la naturaleza?”. Y el Papa Benedicto XVI deja ver su leit motiv, que impregna su obra: la defensa de la racionalidad de la fe (que no implica caer en un racionalismo absoluto sino que pretende demostrar que la fe es compatible con la razón, pues el Logos se hizo carne y se hizo fuente de nuestra esperanza, al decir que: “[…] la ley natural, inscrita en el corazón del ser humano y que la razón manifiesta”. Y, como consecuencia de lo anterior, pugna contra el relativismo, auténtica lacra de la sociedad occidental actual: “En la inflación de lenguajes, la sociedad no puede perder la referencia a esa “gramática” que todo niño aprende de los gestos de mamá y papá, antes incluso que de sus palabras”.

Al hablar de la “inflación de lenguajes” está refiriéndose a esa corriente cultural instalada en la vida de los occidentales donde todo es válido, no hay escala de valores, nada tiene sentido auténtico, pues todo es relativo, y donde se ha perdido la orientación correcta pues “todo es válido y correcto, dependiendo de las circunstancias”. La desaparición de lo absoluto ha dejado al hombre sin certezas y ha vaciado de sentido incluso aquello que parece desear con más fuerza, algo que también afecta al don de la paz.

Es de notar cómo el Papa recoge la idea de que la familia como tal, no sólo el individuo, “es titular de unos derechos específicos”, precisamente por tener el deber natural (y por tanto descubierto gracias a la luz de la razón, por lo que puede ser compartido por personas de credos diferentes o incluso ateos o agnósticos) de educar a sus miembros. Parece lógico pensar que si la propia naturaleza le empuja al hombre a construir una familia y a educar apropiadamente a su prole, hay una serie de derechos naturales que el Estado debe reconocer y proteger. Es más, si no cumple su papel de promotor de dichos derechos, el Estado “amenaza los fundamentos mismos de la paz”, al “oscurecer la verdad sobre el hombre”.

Y, ¿cuáles son esos derechos naturales de la familia? La Iglesia hizo un esfuerzo de positivización al publicar una Carta de los derechos de la familia (1983) bajo el pontificado de Juan Pablo II. En ella —lo recuerda ahora el Pontífice— habla de la familia como la “principal “agencia” de paz”, y añade:

“[…] todo lo que contribuye a debilitar la familia fundada en el matrimonio de un hombre y una mujer, lo que directa o indirectamente dificulta su disponibilidad para la acogida responsable de una nueva vida, lo que se opone a su derecho de ser la primera responsable de la educación de los hijos, es un impedimento objetivo para el camino de la paz”.

Se dan aquí, por tanto, una serie de elementos irrenunciables y que deberían ser exigibles a cualquier Estado: la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer (primer elemento), por lo tanto respetando la plurimilenaria diversidad de sexo en el matrimonio, que es donde naturalmente vienen los hijos (segundo elemento) a la vida, siempre de manera responsable, que serán los futuros ciudadanos cuya educación no es responsabilidad en primer lugar del Estado (tercer elemento). De ahí que el Papa haga referencia aquí a toda legislación que mina ese auténtico fundamento de la familia, el matrimonio entre hombre y mujer, a las leyes de educación que afirman la preeminencia del Estado frente a la familia en la formación de la conciencia moral de los nuevos ciudadanos, y todas aquellas políticas socioeconómicas que dificultan el acceso a un trabajo o a una vivienda dignos, fundamentos materiales para la creación de un hogar digno, así como otro tipo de ayudas a las familias en cuestiones de sanidad o formación académica.

Parte II del Mensaje: “la humanidad es una gran familia”.
Por eso, si la comunidad social quiere vivir en paz, “está llamada a inspirarse también en los valores sobre los que se rige la comunidad familiar”. Y uno de esos valores lo constituye precisamente el principio de solidaridad —uno de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia— al llamarnos la atención sobre el hecho de que todos formamos una unidad indisoluble, que no somos átomos sueltos por el espacio, no somos individuos ajenos unos a otros, “no vivimos unos al lado de otros por casualidad; todos estamos recorriendo un mismo camino como hombres y, por tanto, como hermanos y hermanas”. Y esto se vive en primer lugar en el seno de la familia:

“[…] no se ha de olvidar que la familia nace del “sí” responsable y definitivo de un hombre y de una mujer, y vive del “sí” consciente de los hijos que poco a poco van formando parte de ella. Para prosperar, la comunidad familiar necesita el consenso generoso de todos sus miembros. Es preciso que esta toma de conciencia llegue a ser también una convicción compartida por cuantos están llamados a formar la común familia humana. Hay que saber decir el propio “sí” a esta vocación que Dios ha inscrito en nuestra misma naturaleza”.

- Una primera consecuencia del principio de solidaridad anteriormente referido, y en consonancia con lo expresado por el mismo Pontífice en multitud de ocasiones , habla en el punto nº 7 sobre el medio ambiente, sobre la ecología, sobre la necesidad de tratar de manera adecuada el escenario que Dios nos ha regalo para desarrollar nuestra vida en común, siendo conscientes de que todo atentado contra la naturaleza dificulta la convivencia pacífica, así como la depredación de recursos naturales, que pueden provocar deterioros graves en las Relaciones Internacionales.

- Una segunda consecuencia es la necesidad del ajustamiento de una norma común. En una de sus últimas extrapolaciones de la familia a la comunidad humana, el Papa habla sobre la ley moral, retomando el leit motiv indicado anteriormente: “Una familia vive en paz cuando todos sus miembros se ajustan a una norma común: esto es lo que impide el individualismo egoísta y lo que mantiene unidos a todos, favoreciendo su coexistencia armoniosa y la laboriosidad orgánica”. Según el autor, “para alcanzar la paz se necesita una ley común, que ayude a la libertad a ser realmente ella misma, en lugar de ciega arbitrariedad, y que proteja al débil del abuso del más fuerte”. Sólo la existencia de esa norma común es la que puede garantizar la auténtica libertad del hombre y una existencia en paz, que huya del panorama presentado por Hobbes en su Leviatán, donde no existe progreso ni vida segura. Sin respeto a la norma común, esto es, a la Ley Natural, no es posible la convivencia pacífica.

Es más, las relaciones humanas pasan de estar basadas en la igualdad natural a estar regidas por la Ley del más fuerte: “faltan tantas situaciones en las que el débil tiene que doblegarse, no a las exigencias de la justicia, sino a la fuerza bruta de quien tiene más recursos que él”. Y aquí denuncia esta realidad que se da en las Relaciones Internacionales: “la fuerza ha de estar moderada por la ley, y esto tiene que ocurrir también en las relaciones entre Estados soberanos”.

- En cuanto a la función y naturaleza de la Ley, “la norma jurídica que regula las relaciones de las personas entre sí —recuerda Benedicto XVI— encauzando los comportamientos externos y previendo también sanciones para los transgresores, tiene como criterio la norma moral basada en la naturaleza de las cosas […] Esta norma moral debe regular las opciones de la conciencia y guiar todo el comportamiento del ser humano” (nn. 12 y 13 del Mensaje).

- En cuanto a la naturaleza, el Papa afirma que la “razón humana es capaz de discernirla al menos en sus exigencias fundamentales, llegando así hasta la Razón creadora de Dios que es el origen de todas las cosas”, retomando de nuevo el tema de la racionalidad de la fe y abriendo un camino de esperanza, pues aunque afirmásemos la existencia de unas normas universales y fundada sobre la naturaleza humana, de poco nos serviría en nuestra vida ordinaria, si no pudiésemos descubrir cuál es el contenido de dichas normas, si no pudiésemos descifrar cuál es el objeto concreto de tales leyes. De poco nos serviría llevarlas inscritas en nuestros corazones si no fueran accesibles gracias a la luz natural de la razón. Ahora bien, el descubrimiento de tales leyes tiene un requisito previo, un prius, y es la llamada “limpieza de corazón”, es decir, tener una actitud sincera y honesta de quien busca la Verdad y no acomodar la realidad a sus propios intereses:

“El conocimiento de la norma moral natural no es imposible para el hombre que entra en sí mismo y, situándose frente a su propio destino, se interroga sobre la lógica interna de las inclinaciones más profundas que hay en su ser. Aunque sea con perplejidades e incertidumbres, puede llegar a descubrir, al menos en sus líneas esenciales, esta ley moral común que, por encima de las diferencias culturales, permite que los seres humanos se entiendan entre ellos sobre los aspectos más importantes del bien y del mal, de lo que es justo o injusto”.

***

Al final del mensaje, el Papa no puede menos de aludir a los actuales conflictos y grandes divisiones “que arrojan densas nubes” sobre el futuro de la humanidad, así como a las tensiones crecientes en regiones como el continente africano y el Medio Oriente. Pero también señala el peligro de reabrir una carrera de armamentos, especialmente de armamento nuclear, por lo que denuncia el “aumento del número de Estados implicados en la carrera de armamentos” y llama a un “desmantelamiento progresivo y concordado de las armas nucleares existentes”.

Por ello invita a “a los creyentes a implorar a Dios sin cesar el gran don de la paz” y a recordar el papel de la Iglesia en el esclarecimiento de este bien tan deseado y tan complejo que es la paz.

1 comentario


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Comentarios
  • Comentario por Lectora interesada 16.01.08 | 12:31

    Nada más ver el título de este artículo, unido a un hueco de tiempo, he procedido a su lectura. Creo que es muy acertado por oportunidad tanto temporal (dia mundial de la paz, 1 de enero), como política (actual debate público, últimas decisiones,...) la presencia de este texto en esta web.
    Independientemente de ideologías o creencias, el mensaje de Benedicto XVI nos habla de valores fundamentales, y, efectivamente, como dice el autor de este artículo llega en un momento en que la sociedad occidental está desorientada respecto a los contenidos esenciales de su propia cultura. Relativismo e individualismo son los dos elementos que presiden nuestros tiempos y que, conllevan más inconvenientes que ventajas a la persona y a la sociedad en su conjunto.

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