El blog de Carlos Corral

Dos encíclicas y una Pastoral colectiva hace 70 años. [BLOG 69]

16.10.07 | 07:06. Archivado en Derecho internacional eclesiástico
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[Por RAFAEL Mª SANZ DE DIEGO, SJ, Universidad Pontificia Comillas de Madrid a invitación nuestra]

Entre la primavera y el verano de 1937, hace ahora 70 años, se publicaron, con escasa distancia cronológica, tres documentos eclesiásticos, que tuvieron en su momento gran trascendencia. Dos llevaban la firma del Papa Pío XI: Mit brennender Sorge (14 de marzo) y Divini Redemptoris (19 de marzo). El tercero estaba firmado por casi todos los obispos españoles (1 de julio). Los aniversarios justifican que les recordemos, porque tienen además un cierto denominador común.

I. Mit brennender Sorge (Con ardiente preocupación, 14-3-1937)
La Santa Sede había firmado un Concordato con el III Reich en 1933. Pretendía moderarlo y crear un marco jurídico que salvaguardase la existencia de la Iglesia en Alemania e hiciese posible su labor allí. La realidad fue, sin embargo, otra. Hitler incumplió repetidamente el Concordato y prosiguió además su marcha ascendente hacia un totalitarismo máximo, que incluía, lógicamente, la eliminación de todos aquellos grupos que pudiesen disminuir su poder. Declaró así ilegal al Partido Comunista y al Partido Nacionalista Alemán. Al Zentrum (partido católico) lo respetó inicialmente ya que había necesitado sus votos para recibir poderes especiales y, sobre todo, en un primer momento quería presentar al nacionalsocialismo como basado en el cristianismo. En 1934 dio un paso más al autoproclamarse Jefe del Estado tras el fallecimiento de Hindenburg. El control de la juventud a través de la organización de la juventud nazi y la supresión de la escuela católica fueron gestos que aumentaron la preocupación del Vaticano. A comienzos de 1937, el Secretario de Estado, Cardenal Pacelli, futuro Pío XII, llamó a consulta a tres cardenales y dos obispos alemanes. Se llegó pronto a un acuerdo: era precisa una encíclica sobre el nacionalsocialismo, habida cuenta de la inutilidad de las protestas diplomáticas que la Santa Sede había hecho llegar al Führer. El cardenal Faulhaber, de Munich, preparó un borrador, que Pacelli trabajó. La encíclica logró burlar los controles policiales, y el domingo de Ramos, 21 de marzo de 1937, los políticos nazis descubrieron con sorpresa irritada que se había leído en todos los púlpitos católicos de Alemania.

Mit brennender Sorge (MBS) está escrita en alemán y tiene un carácter hondamente doctrinal. A lo largo de sus páginas se hace una disección aguda de la ideología —en el fondo pagana— del nacionalsocialismo y se hace ver su incompatibilidad con la fe cristiana. Tras un apartado para explicar por qué se firmó el Concordato de 1933 y por qué ahora se denuncia su incumplimiento por parte del Estado, se deslindan conceptos y palabras —de raíz cristiana— que el nacionalsocialismo tergiversaba dándoles otro sentido: Dios, Jesucristo, Iglesia, Primado y otros conceptos sagrados. Se denuncia también la tergiversación de conceptos morales. MBS finaliza dirigiéndose a los jóvenes, a los sacerdotes y religiosos y a los seglares.

Se trata de un documento valiente, claro y fundamentalmente doctrinal. Puesto que el nacionalsocialismo se vestía con ropaje cristiano y utilizaba terminología teológica, MBS desmonta paciente y contundentemente el paganismo nazi y denuncia sus principios anticristianos y antihumanos. Los errores nacionalsocialistas desmontados en MBS, son de varios tipos: dogmáticos, sociales y jurídicos. Entre los primeros aparecen una concepción panteísta y un teísmo impersonal, el rechazo de la redención realizada por Cristo y la negación del origen divino de la Iglesia, de su misión universal y del Primado de Pedro. Junto a esto se alerta sobre desviaciones semánticas nacionalsocialistas, que utilizando nombres cristianos —fe, redención, revelación, etc.—, los vaciaban de sentido religioso. La encíclica se opone además al intento de desvincular la Moral de la Religión y de fundamentarla en la subjetividad utilitaria. En cuanto al Derecho se defiende la existencia de un Derecho Natural por encima de las leyes positivas y de la voluntad del legislador. Desenmascara el intento de crear una iglesia nacional, haciendo ver el carácter universal del catolicismo, por encima del sentido de raza que defendía el nacionalsocialismo. Obviamente la encíclica no podía aludir a la persecución a los judíos ni al Holocausto, que aún no había tenido lugar.

Pero MBS, que tiene muy presentes los errores, no es un catálogo negativo de éstos. Más bien es una exposición positiva de la fe cristiana, que tiene ante los ojos las opiniones que la deforman. Tras estas deformaciones hay errores prácticos: totalitarismo en la enseñanza y racismo, etc., que también se condenan.

La enseñanza de MBS causó impacto en todos los países en los que se publicó. En la España de Franco, que se hizo eco de la condena al comunismo de la que hablaremos ahora, se ignoró MBS, que sólo se publicó por algún obispo (D. Fidel García Martínez, obispo de Calahorra) en 1942. Las enseñanzas de esta encíclica, en cuya redacción influyó, como ya se ha dicho, Eugenio Pacelli, las continuará, siendo ya PíoXII, una vez acabada la II Guerra Mundial: La Iglesia y el Nacionasocialismo (2-6-1945). Ambos documentos hacen ver la inconsistencia de la opinión que defiende el filonazismo de Pacelli y su preferencia por el nacionalsocialismo como barrera frente al comunismo.

II. Divini Redemptoris (19-3-1937)
Tanto a Pío XII como a Pío XI le preocupaban ambas formas de totalitarismo: éste había reaccionado con rapidez y dureza ante el fascismo, al poco tiempo de haber firmado los Tratados de Letrán con Mussolini: Non abbiamo bisogno (NAB, 29-6-1931), aunque esta encíclica cae fuera de los aniversarios que ahora conmemoramos. Lo prueba claramente que cinco días más tarde de la datación de MBS —dos antes de su lectura en público— otra encíclica política, Divini Redemptoris (DR), se enfrentaba al tercer totalitarismo: el comunista. Si Non abbiamo bisogno es un escrito de polémica concreta y MBS es una carga de profundidad ideológica, DR se asemeja más a su hermana en el tiempo, aunque su perspectiva es bastante más universal. Porque el comunismo no se considera sólo como el sistema imperante en la Unión Soviética, sino como una civilización mundial en pugna con la cristiana, que ha demostrado ya su capacidad de subversión en Europa y América (España y México).

El comunismo se aborda en DR desde una perspectiva más amplia que en Quadragesimo Anno (QA, 15-5-1931). Entonces Pío XI dedicó más atención al socialismo de la II Internacional, que le preocupaba más porque, despojado de sus pretensiones extremistas iniciales de abolir la propiedad privada y de imponerse por la violencia, podía dar la sensación de que sus postulados se acercaban a los de la Iglesia. En QA se limitó a mostrar, sin entrar en detalles, que el comunismo de la III Internacional, mantenía los extremos que había abandonado el socialismo. Era, por eso, evidente su lejanía respecto a la enseñanza de la Iglesia. En DR Pío XI añade ahora a lo ya dicho en 1931 que el comunismo es un error superado, que sigue extendiéndose gracias a una propaganda hábil y a silencios cómplices, sin negar el influjo de sus aspectos sociales positivos. Pero la base en que se apoya —el materialismo científico y dialéctico— y sus ideas fundamentales —la negación de Dios, de la libertad y del Estado— llevan a la destrucción de la sociedad, como se ha visto en Rusia, México y España.

A nadie se le pasó por alto la coincidencia de fechas entre MBS y DR. La Santa Sede expresaba gráficamente su distancia ante todo totalitarismo y ataque al hombre y a su libertad, lo mismo cuando se hacía desde una ideología «de derechas» o «de izquierdas». Por encima de las etiquetas, el hombre y su libertad.

DR tiene dos vertientes: la social y la política. La primera es continuación de los números que dedicó al comunismo en QA. La otra vertiente es política, que busca sus raíces en el magisterio de León XIII, especialmente en sus encíclicas básicas, Diuturnum illud (29-6-1881) e Inmortale Dei (1-11-1885), que basan su enseñanza en el ser humano y la sociedad y en Libertas (20-6-1888), aceptación plena de la libertad, don espléndido de Dios, por parte de la enseñanza política de la Iglesia.

Contemporánea de MBS, DR hace ver que la Iglesia se opone a todo totalitarismo desde su aprecio por el ser humano. Siendo esta doctrina común en las dos encíclicas (y en NAB) el carácter de cada una es distinto porque se adapta a las características de cada totalitarismo. El fascismo no negaba dogmas, pero invadía el terreno de la Iglesia y la impedía actuar. Por eso NAB no entra en precisiones dogmáticas: simplemente defiende a la Acción Católica de acusaciones y reivindica la libertad eclesial. MBS se tiene que enfrentar con una ideología pagana que utiliza, tergiversándolos, términos cristianos. Por eso su tono es más teológico. El comunismo al que se enfrenta DR es un sistema extendido por varias naciones y con pretensiones universales. Esta encíclica, suponiendo lo ya dicho por Pío XI en otros documentos que menciona al principio, condena el sistema y a quienes lo defienden, pero recalca que la condena no se dirige a quienes tienen que sufrir esta dictadura.

III. La Carta Colectiva del episcopado español (1-7-1937)
Posterior en algo más de tres meses a las dos encíclicas antitotalitarias es la Carta Colectiva del Episcopado Español sobre la Guerra de España, sin duda el documento episcopal más discutido —pero no más conocido—de esta época. Se sabe que fue una toma de postura de la mayoría de los obispos españoles ante la guerra civil muy poco antes de que se cumpliese un año desde el estallido de la contienda. Se sabe igualmente que no la firmaron todos los obispos españoles, aunque no se insiste mucho en las causas variadas de estas ausencias. Porque Vidal y Barraquer por un lado y Múgica por otro no eran partidarios de la república, lamentaban y condenaban la persecución contra la Iglesia y estaban más cerca de los ideales de Franco, aunque a ninguno de los dos les permitió éste volver a sus sedes una vez acabada la guerra. Más que sobre el contenido discrepaban de la oportunidad. Pero otros no firmaron por causas mayores: muerte o prisión. Se sabe que fue un documento para la exportación: pretendían ilustrar a los católicos de fuera de España que con frecuencia creían simplistamente que la Iglesia bendecía a un régimen totalitario, que se había sublevado contra un régimen democrático. Por ser sus destinatarios extranjeros, ni una sola vez califica a la guerra de “cruzada”, frente a lo que se repite hasta la saciedad. Es más: la única vez que aparece la palabra en la Carta es para negar este carácter a la contienda (3). En España el término “Cruzada” no lo inventaron los obispos ni los sublevados. El profesor D. Vicente Palacio Atard ha demostrado documentalmente, estudiando los diarios de cinco capitales de provincia de la zona nacional, que en los días que van del 18 al 31 de julio, no sólo en editoriales, sino también en cartas al Director, se califica a la guerra como Cruzada. En España no hacía falta justificarlo. En el extranjero era, en cambio, mucho más difícil de explicar.

Se ignora con frecuencia el contexto en el que el cardenal Gomá escribe esta carta y la presenta a los obispos españoles. Prescindiendo de los años republicanos, en el primer año, incompleto, de guerra civil, habían sido asesinados más de 6.500 sacerdotes y religiosos. Desde entonces hasta el final de la guerra (quedaban 21 meses) se sacrificaron sólo 332 más, la mayoría en el mismo año 1937. Frente a estos datos, los obispos deben deshacer informaciones falsas: que la Iglesia había instigado la guerra, que su causa fue que se había colocado al lado de los ricos, mientras que el conflicto era una lucha social y que la Iglesia apoyaba una dictadura.

La Carta se coloca sin duda con el bando nacional y presenta una visión negativa del bando republicano. Añorar que no hubiese tomado partido es soñar lo imposible No fue la Iglesia la primera en tomar partido: en el bando republicano, con la excepción del País Vasco, no se le permitía vivir. No hubiese sido justo que no defendiese a las víctimas ni que quedase callada ante interpretaciones falsas. Sin duda los obispos no sabían ni cuándo ni cómo iba a finalizar la guerra y mucho menos conocían lo que iba a venir después. En cualquier caso alertaron para que no se instaurase en España un régimen totalitario. Leídos hoy, en sus párrafos encontramos un maniqueísmo simple a favor del bando nacional, sin que esto quiera suponer que las dos facciones enfrentadas fuesen igualmente culpables o violentas, porque no fue así, aunque sea más cómoda esta visión, igualmente simplista. Hoy, con más datos, podemos pensar que no se valoró suficientemente el ingrediente social de la contienda, aunque no fue lo substancial, la cosmovisión nacionalista del problema vasco o la tentación totalitaria del franquismo, que se podía intuir tras el decreto de Unificación de abril del mismo año.

La Carta colectiva cumplió en parte su objetivo: informar a los católicos de fuera de España y defender a la Iglesia española de acusaciones infundadas. Detuvo quizá o aminoró la persecución religiosa. Se ligó excesivamente a un bando, pero ésa era la realidad y no nació de esta Carta la relación con los futuros vencedores. No potenció la reconciliación, porque su objetivo era otro, pero Gomá la pretendió, finalizada la guerra, con su Pastoral Lecciones de la guerra y deberes de la paz. La Carta insistió en el perdón y la reconciliación. Pío XI la aprobó y subrayó sus argumentos religiosos y su invitación al perdón.

IV. Tres posturas con un fondo semejante
Si algo unifica estos documentos contemporáneos es su oposición a las dictaduras. Muchos entienden y valoran la oposición de Pío XI al nacionalsocialismo e incluso al comunismo. No era algo esporádico: en 1931, en QA, había ya explicitado el principio de subsidiariedad, que con el tiempo se considerará una de las bases de la Doctrina Social de la Iglesia. Es una expresión más de la libertad del individuo y de los cuerpos intermedios frente a un Estado absorbente. El apoyo innegable de la Carta Colectiva a un régimen que acabó derivando a otro totalitarismo —y estaba siendo ayudado por regímenes totalitarios— no debe hacernos olvidar que la España republicana no era democrática y recibía ayuda de Rusia y del Frente Popular francés. Había además diferencia de conducta e ideales entre ambos bandos. Y en 1937 no era posible adivinar lo que iba a ocurrir después. Pero la Carta avisaba del peligro de imponer un régimen así en España.

Bibliografía complementaria:
Entre los numerosos títulos que han abordado estos documentos, subrayamos dos:
1. DEPARTAMENTO DE PENSAMIENTO SOCIAL CRISTIANO, Una nueva luz para nuestra época (Populorum Progressio 47), Madrid, Universidad Pontificia Comillas, 3ª edición, 2006, 421-432.
2. V. CÁRCEL ORTÍ, La Carta Colectiva del 1º de Julio de1937 sobre la Guerra de España: Vida Nueva 3.368 (30-6-2007) 970-973.

2 comentarios


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Comentarios
  • Comentario por Juan Masiá Clavel [Blogger] 23.10.07 | 07:58

    Buenísimo, Carlos, te he leído tomado el sol en un banco junto al mar en el puerto de Kobe.¡Qué falta nos hacen esta clase de comentarios para que la histora nos salve de tantos desarraigos actuales! Sigue escribiéndolos.
    Juan Masia, blogger

  • Comentario por lorenzo olaverri capdevila 16.10.07 | 11:10

    Una vez más le doy mi más enhorabuena por su artículo.D.Carlos le doy mi nueva web,ya que la anterior la he cambiado. www.lorenzo-olaverri.com Un cordial saludo.

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