El blog de Carlos Corral

Cuarenta años de Populorum Progressio y veinte de Sollicitudo rei socialis.[Post.43]

20.03.07 | 07:08. Archivado en Derecho internacional eclesiástico
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[por Rafael Sanz de Diego, Prof. Universidad Pontificia “Comillas” de Madrid, a invitación nuestra con motivo de ambos aniversarios]
El 26 de marzo de 1967, domingo de Pascua, firmó Pablo VI su encíclica Populorum Progressio (=PP) sobre el desarrollo de los pueblos. Veinte años más tarde, el 30 de diciembre de 1987, Juan Pablo II la conmemoró con otra encíclica: Sollicitudo rei socialis (=SRS). Hoy podemos recordar ambas encíclicas en sus aniversarios.
El mundo de hace cuarenta años
PP aparece a los dieciséis meses de la clausura del Vaticano II. Es sin duda desarrollo y aplicación de los párrafos que Gaudium et Spes, la Constitución Pastoral sobre la Iglesia y el mundo actual, dedicó al desarrollo. Juan XXIII en Mater et Magistra entendió ya la cuestión social como mundial. El Concilio, en el que participaban obispos de todos los rincones del mundo, se movió también en perspectiva universal. Pablo VI continuó en esta línea de abrir los ojos al mundo, al que la Iglesia se sabía llamada.
El mundo presentaba un contraste llamativo, descrito valientemente por el Concilio:
“Mientras muchedumbres inmensas carecen de lo estrictamente necesario, algunos, aun en los países menos desarrollados, viven en la opulencia y malgastan sin consideración. El lujo pulula junto a la miseria. Y mientras unos pocos disponen de un poder amplísimo de decisión, muchos carecen de toda iniciativa y de toda responsabilidad, viviendo con frecuencia en condiciones de vida y de trabajo indignas de la persona humana”. (Gaudium et Spes 63)
Esta desigualdad hiriente se conocía más que antes, debido a la facilidad de comunicaciones y se podía paliar mejor. La agravaba la explosión demográfica del Tercer Mundo, frente a la natalidad más restringida en el Primero y Segundo. Un año tras la publicación de PP, la juventud universitaria de París protestaba, airada e imaginativamente, pero sin grandes compromisos eficaces, contra este mundo injusto: mayo de 1968.

I.- Un camino nuevo
La encíclica marchó lógicamente por otros derroteros. Analizó lo que es el desarrollo y profundizó en las causas y remedios del subdesarrollo. El desarrollo no es un fenómeno sólo económico. Con finura de lenguaje —el estilo es uno de los valores más atractivos de PP— lo describía así: “el paso, para todos y cada uno, de unas condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas”. Este paso llevaba hasta la fe, “don de Dios, acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad en la caridad de Cristo, que a todos nos llama a participar, como hijos, en la vida del Dios viviente, Padre de todos los hombres”. Y añadía que el desarrollo debe ser integral —abarca a todo el ser humano— y solidario: debe llegar a todos los seres humanos.
Para alcanzar este ideal analizó el comercio internacional, causa estructural de este desequilibrio. Los países pobres venden materias primas y productos agrícolas —baratos— y deben comprar tecnología —cara— mientras los países ricos venden tecnología y compran materias primas y productos agrícolas. Deducía que el abismo entre unos y otros sería siempre mayor. No bastaba aportar ayudas a los pobres, necesarias. Era preciso, también, atreverse a reformas más profundas y a cambios de mentalidad.

* Dos de sus puntos centrales
Entre los planteamientos nuevos me fijo en dos: la propiedad, como dijo el Concilio pero con más claridad y sacando consecuencias, no es un derecho absoluto ni incondicional, al estar sometida al Destino Universal de los Bienes. Por eso no es lícito cualquier uso del propio dinero, si se daña así a otros.
Planteó además de forma sugerente los objetivos y estilo de la DSI. No se trata sólo de paliar el hambre, algo imprescindible, sino de
“construir un mundo en el que cada hombre, sin exclusión alguna por raza, religión o nacionalidad, pueda vivir una vida plenamente humana, liberada de las servidumbres debidas a los hombres o a una naturaleza insuficientemente dominada; un mundo, en el que la libertad no sea palabra vana y en donde el pobre Lázaro pueda sentarse a la mesa misma del rico”.
Con realismo advertía que esto exigía generosidad, renuncias espontáneamente asumidas, un esfuerzo continuado y atención a la voz de la conciencia, nueva voz en cada época. Lo concretaba en preguntas que subrayaban el carácter de propuesta de la DSI y su horizonte, mucho más amplio que la lógica económica y las leyes del mercado:
“¿Está cada uno dispuesto a ayudar, con su propio dinero, a sostener las obras y empresas en favor de los más pobres? ¿A soportar mayores impuestos, para que los poderes públicos puedan intensificar su esfuerzo en pro del desarrollo? ¿A pagar más caros los productos importados, para así otorgar una remuneración más justa al productor?”.

** Un tema candente y discutido: el uso de la violencia
De todos los contenidos de PP, el que sin duda suscitó más interés es el que se refería a un tema entonces candente: la licitud del empleo de la violencia como arma política. Eran numerosas las voces que defendían una “Teología de la revolución” o “de la violencia”. La encíclica exponía en su número 30 una situación real:
“Cierto es que hay situaciones cuya injusticia clama al cielo. Cuando poblaciones enteras, faltas de lo necesario, viven en tal dependencia que les impide toda iniciativa y responsabilidad, y también toda posibilidad de promoción cultural y de participación en la vida social y política, es grande la tentación de rechazar con la violencia tan graves injurias contra la dignidad humana”.
Parece claro que esta descripción se ajustaba fielmente a lo que estaba ocurriendo tanto en muchos países de América del Sur como en los pueblos sometidos al comunismo ruso, tras lo que entonces se llamaba el “telón de acero”. Con todo, el mundo occidental pensó sobre todo en América del Sur y olvidó al bloque comunista, convencidos quizá de que en esos países era ilusorio pensar en la violencia: Budapest y, más tarde, Praga, lo confirmaban.
Tras la descripción, Pablo VI continuaba:
“Sin embargo, como es sabido, las insurrecciones y las revoluciones —salvo en el caso de tiranía evidente y prolongada que atentase gravemente a los derechos fundamentales de la persona y dañase peligrosamente el bien común del país— engendran nuevas injusticias, introducen nuevos desequilibrios y excitan a los hombres a nuevas ruinas. En modo alguno se puede combatir un mal real si ha de ser a costa de males aún mayores”.
Éste es uno de los párrafos más discutidos de la DSI. Una lectura que atienda sólo a la literalidad de las palabras haría pensar que se rechaza la violencia revolucionaria como norma general, pero admitiendo una excepción: la tiranía evidente y prolongada. Sin embargo, a esta interpretación literal se oponen varios argumentos: la tradición anterior (no unánime en este punto), la misma construcción de la frase, cuyo peso parece estar en la frase final: “En modo alguno se puede combatir un mal real si ha de ser a costa de males aún mayores”, equivalente a la tercera condición para la legitimación de la violencia —la proporcionalidad—, el calificar al empleo de la violencia como “tentación”, con claro sentido negativo, y, finalmente, el nº 32, que se inclina por el camino de las reformas, más que por el de la revolución.
A mayor abundamiento, el discurso del mismo Pablo VI al Cuerpo Diplomático, semanas antes de la publicación de PP, y sus discursos al cumplirse el primer aniversario de ésta y, sobre todo, en Colombia en el verano siguiente, no dejaron dudas: el Papa no legitimaba la violencia como medio habitual de lucha por la justicia, aunque no se apartaba de la tradición al aceptar la legítima defensa en casos extremos. Así lo aclaró en Evangelii Nuntiandi y en Octogesima Adveniens. En el pontificado siguiente, la Segunda Instrucción sobre la Teología de la Liberación propugnaba la vía de la “resistencia pasiva”, —equivalente, si no me equivoco, a la “no-violencia activa”— cuya eficacia quedó probada, como recordó Juan Pablo II en Centesimus Annus 23. Con la emoción de quien ha sido casi protagonista de estos sucesos en su Polonia natal, escribió:
“Parecía como si el orden europeo, surgido de la segunda guerra mundial y consagrado por los "Acuerdos de Yalta", ya no pudiese ser alterado más que por otra guerra. Y sin embargo ha sido superado por el compromiso no violento de hombres que, resistiéndose siempre a ceder al poder de la fuerza, han sabido encontrar, una y otra vez, formas eficaces para dar testimonio de la verdad. Esta actitud ha desarmado al adversario, ya que la violencia tiene siempre necesidad de justificarse con la mentira y de asumir, aunque sea falsamente, el aspecto de la defensa de un derecho de respuesta a una amenaza ajena. Doy también gracias a Dios por haber mantenido firme el corazón de los hombres durante aquella difícil prueba, pidiéndole que este ejemplo pueda servir en otros lugares y en otras circunstancias. ¡Ojalá los hombres aprendan a luchar por la justicia sin violencia, renunciando a la lucha de clases en las controversias internas, así como a la guerra en las internacionales!”

*** Otras características de PP
El lenguaje de PP es ágil, sugerente, moderno. Cita a autores contemporáneos y a pensadores seglares, como Pascal. Muestra un concepto alto de lo que es ser cristiano y no teme proponerle —sin imponerle— metas ambiciosas. Es concreto: de la última pregunta del nº 47, citada más arriba, nacieron las “misiones para el desarrollo”, que continúan hoy: jóvenes que dedican los primeros años de su vida profesional a ayudar al desarrollo de pueblos que aún no han llegado a él. Propone la creación de un Fondo Mundial para el Desarrollo, alimentado con parte de los gastos militares. Son propuestas realistas, ni demagógicas ni etéreas.

II.- Su conmemoración por Juan Pablo II: SRS (1987)
Las encíclicas sociales suelen conmemorar los aniversarios de Rerum Novarum, la primera encíclica social (León XIII, 1891). Juan Pablo II, que celebró con encíclicas sociales los 90 y 100 años de la encíclica leonina (Laborem exercens, 1981, y Centesimus annus, 1991), quiso, además, conmemorar PP a los veinte años de su publicación. La encíclica Sollicitudo rei socialis fue la forma elegida para hacerlo. En realidad SRS apareció en febrero de 1988, pues la traducción a diversas lenguas retrasó su aparición. Pero la fecha estampada a su final (30-12-1987) y toda la primera parte convertían a la encíclica en un homenaje a PP. El Papa hacía ver así a la Iglesia y al mundo que, así como Rerum Novarum marcó la visión católica del problema social a finales del XIX, cuando éste se reducía a la pugna obrero-patrón, PP era la visión actual de la Iglesia ante la cuestión social en un mundo globalizado. Hizo también notar que PP fue prolongación del Vaticano II, destacó el carácter ético y no sólo técnico del desarrollo, señaló la trascendencia política de la cuestión social, ya universal: “el desarrollo es el nuevo nombre de la paz”. Sin duda Juan Pablo II pretendía también continuar sus esfuerzos para dinamizar la DSI —había aparecido ya la Segunda Instrucción sobre la Teología de la Liberación, en la que se dedica un apartado importante al Magisterio Social—, que coronaría en Centesimus Annus y en el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia.
Entonces y hoy
Pablo VI envió ejemplares de PP a la ONU, la FAO y la UNESCO, mostrando que el desarrollo no es sólo económico. Debe ser también educativo, político y religioso. La envió también a Caritas Internacional y a la recién creada Comisión “Justicia y Paz”. Subrayaba así el carácter de “Manifiesto para la acción solidaria mundial” que tiene la encíclica.
PP dio frutos inmediatos. Algunos permanecen hoy. Puede seguir dándolos si nos hace ver nuestra tarea humana y cristiana ante los problemas mundiales. Para ello hace falta una lectura pausada de sus páginas, atrayentes, que nos estimule a planteamientos generosos y nuevos.
[Sanz de Diego, R.M. Enseñanza social de la Iglesia I (1994) y Etica Social I (1986) ]


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