Hay fechas importantes en la vida que por vivirlas uno mismo nunca se relegarán al olvido. Una de ellas es la del 25 de marzo de 1957, siendo estudiante en la Universidad Gregoriana de Roma con 27 años. Era para mí, además, la primera experiencia de un curso académico fuera de España. Ese día se reunían por la tarde en el Capitolio Romano (Campidoglio) los seis grandes estadistas de Europa para firmar los “Tratados de Roma”, a saber, el Tratado Constitutivo de la Comunidad Económica Europea (CEE, que entraría en vigor el 1 de enero de 1958), y el Tratado Constitutivo de la Comunidad Europea de la Energía Atómica (Euratom). Y fueron firmados por el canciller de Alemania, Konrad Adenauer; por el ministro de Asuntos Exteriores de Francia, Christian Pineau; y por el presidente del Consejo de Ministros de Italia, Antonio Segni; y por ministro de Asuntos Exteriores de Bélgica, Paul-Henri Spaak; por ministro de Asuntos Exteriores de Holanda, Joseph Luns; y por el presidente del gobierno de Luxemburgo, Joseph Bech, [1]. Nacía así la por los italianos denominada simpáticamente “piccola Europa” o la “Europa de los seis”: Alemania, Francia e Italia (los tres grandes) ; Bélgica, Holanda y Luxemburgo (los tres pequeños Estados del Benelux).
Desde el Colegio Mayor “Bellarmino” seguíamos por televisión en circuito cerrado para los seis Estados afectados por el desarrollo de los actos. Sentados en alargada mesa de la sala del Ayuntamiento, me quedó grabado de manera especial el rostro, tal como yo lo contemplaba, de KONRAD ADENAUER, (mirando constantemente de frente con su pelo cortado a cepillo).
* Yo mental y artificiamente lo asociaba con los rostros de ROBERT SCHUMAN y ALCIDE DE GASPERi por ser los padres fundadores, si bien no lo únicos, de la Comunidad Económica Europea. Los tres políticos eran curiosamente hombres de frontera (frontaliers), nacidos respectivamente uno, en una Renania que estuvo ocupada por los vencedores de la Guerra mundial; el otro, en Luxemburgo y después ministro de Asuntos Exteriores francés; y el tercero, en el Véneto, otrora parte del imperio austro-húngaro. Los tres eran conscientes de la realidad europea. Escribiendo a SCHUMAN, decía ADENAUER (23 agosto 1951): “Pienso que es un signo propicio providencial que todo el peso de las tareas que hay que realizar descanse sobre los hombros de personas que, como Usted, como nuestro común amigo el presidente DE GASPERI y yo, viven del deseo de llevar a cabo y desarrollar la nueva construcción de Europa sobre cimientos cristianos”.
A su vez, SCHUMANN escribía a DE GASPERI (febrero de 1953): “Nos hemos conocido tarde, pero nuestra amistad ha sido profunda y sin reserva. Indudablemente, estábamos predestinados para ello en los momentos en que se definía una nueva política en nuestros países”. Ellos, con JEAN MONNET, fueron los padres fundadores, sin ser los únicos, de la Europa troncal, la Comunidad Económica Europea. Su mérito ha consistido en no resignarse a una fragmentación de Europa que le hubiera impedido construirse, desarrollar un patrimonio cultural y material sorprendentemente rico y volver a encontrar su dinamismo siguiendo las inspiraciones positivas de la Historia.
Por todo ello, en un momento dado y acuciados por tan trascendental evento, decidimos salir afuera dos colegiales, un suizo y yo, camino de la plaza diseñada por Miguel Ángel ante el Palacio Capitolino. Lloviznaba constantemente. Ninguna gente, ni por la calle, ni en la gran plaza contigua, Piazza Venezia. Quizás fuera símbolo de que las grandes ideas a veces se aguan; o quizás de que estas sólo surgen de hombres geniales y nunca de las grandes masas. La verdad es que, una vez conocidas, sí necesitan del entusiasmo de muchos y del respaldo de todos. Y ese es el ideal de la unificación europea. No en vano se acude a Roma, que fue cabeza política de una Europa con África rodeando el Mediterráneo y lo sigue siendo espiritual de la Cristiandad bajo el Pontificado Romano.
Nada extraño, pues, que fuera aquí, precisamente en Roma, donde el ideal europeo de unión encontrara el entusiasmo y el respaldo de los Papas del siglo XX. En efecto, ellos han estado presentes en las etapas decisivas da la integración de Europa; ellos no han dejado de manifestar los principios que les han guiado en sus intervenciones; ellos han ofrecido, desde su perspectiva cristiana, el contenido de un programa para Europa.
** Pío XII fue, sin duda alguna, el más clarividente y decidido animador de las grandes concepciones de los padres fundadores de la Europa Comunitaria. Con la tragedia de la segunda guerra mundial es Pío XII quien de forma decisiva y constante lanza el impulso hacia la unificación europea. En un primer mensaje navideño (In questo giorno) de 1939 manifestaba su viva ansiedad por el futuro económico, social y espiritual de Europa, y no sólo de Europa. “¿Cómo podrá, cuando la guerra acabe –dice— una economía exhausta y extenuada encontrar los medio necesarios para la reconstrucción económica y social, entre las dificultades que de todas partes se verán aumentadas extraordinariamente y de las cuales las fuerzas y las artes del desorden, que se mantienen ocultas, procurarán aprovecharse, con la esperanza de poder asestar el golpe decisivo a la Europa cristiana?”.
Ante los avatares que vive Europa, surge poderoso un movimiento que impulsaba y alentaba la unión europea si bien restringida a la Occidental. Cuaja este en el Congreso de La Haya “Por la Europa unida”, en mayo de 1948, con la participación de representantes de 19 Estados, pidiendo la convocatoria de una asamblea parlamentaria de los distintos Estados europeos y la creación de un “Consejo de Europa”. Pío XII no vaciló en enviar un representante personal especial al Congreso, como lo hizo saber paladinamente en su mensaje de 2 de junio de 1948: “para mostrar la solicitud y llevar el aliento de la Santa Sede en pro de la unión de los pueblos”. Como fruto de variados esfuerzos se pudo llegar a la firma del “Estatuto del Consejo de Europa”, el 5 de junio de 1949.
Pero entre los ideales y las realidades se interponían barreras y frenos que amortiguaban si no derribaban los entusiasmos aquellos. “Nadie duda que el establecimiento de una unión europea ofrece dificultades serias —les reconocía Pío XII a los delegados asistentes bajo la presidencia de R. SCHUMANN al “II Congreso Internacional para el establecimiento de la Unión Federal Europea” (Discurso, La festivitá, 11-11-1948)—. Para hacerla psicológicamente llevadera a todos los pueblos de Europa, en primer lugar, se podría hacer valer la necesidad de una especie de olvido que aleje de ellos el recuerdo de los sucesos de la última guerra. Sin embargo, no hay tiempo que perder”.
Por juzgar insuficiente la Constitución del Consejo de Europa, Pío XII no desperdició ocasión para animar a estadistas, personalidades y movimientos a estrechar y fortalecer la todavía débil unión europea. Y esta se la brindaron de forma regular los radiomensajes navideños de 1952 a 1956. Y de forma extraordinaria, la constitución de la Comunidad Económica Europea el 25 de marzo de 1957. En efecto, “aun estando limitada al campo económico —dirá Pío XII al Congreso de Europa en Roma (13 de junio de 1957)— esta nueva comunidad puede conducir, por la extensión misma de tal campo de acción, a afirmar entre los Estados la conciencia de intereses comunes, en primer lugar, y sin duda sobre el plano material solamente; pero si el éxito corresponde a las esperanzas, esa comunidad podrá, en una segundo tiempo, extenderse también a sectores que afectan mayormente a los valores espirituales y morales” (DP 79*).
La realidad es que “hay un círculo de razones que invitan hoy a las naciones de Europa a federarse realmente —decía el 4 noviembre 1957 en su Discurso a la Asamblea de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero—…la Europa maltrecha y aminorada siente la necesidad de unirse y poner fin a las seculares rivalidades” [3].
Por cierto, no se olvide la afirmación de un gran profesor europeísta, como Antonio Truyol, recordado en el “Acto inaugural del Centro de excelencia de la cátedra Jean Monnet ‘Antonio Truyol’” (el 20-2-7) en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, quien escribía. “Las comunidades europeas existentes han sido en gran parte obra de estadistas católicos (entre ellos Robert Schumann, Konrad Adenauer, Alcide de Gasperi) y de fuerzas políticas predominantemente católicas (Movimientos Republicano francés, cristiano-demócratas belgas y neerlandeses, Unión cristiano-democrática alemana, Democracia cristiana italiana” [4] Con todo, tamaña empresa jamás podrá ser obra de sólo partidos, de sólo estadistas, de sólo economistas. Es de todos y de todas las fuerzas sociales —grupos, movimientos— entre ellos, las del cristianismo.
[Referencias bibliográficas: (1) TRUYOL A., La integración europea (Madrid, Tecnos 1972) 36-40; BRUGMANS H., La idea europea 1920-1970 (Madrid, E.M.E. 1972); (2) Documentos Políticos (Madrid, B..A.C. 1957) 809; ibidem 948; (3) ibidem 81*; (4) La sociedad internacional (Madrid, Tecnos 1974) 143]
Los comentarios para este post están cerrados.
La verdad es que es un lujo haber vivido este tipo de cosas. Me ha encantado el artículo
Cuando se creó la unión europea, la dialéctica era con el comunismo y por tanto su creación ya contaba con ello.
Hoy sin embargo la dialéctica es con la globalización-fenómenos migratorios-coexistencia no integradora del mundo occidental de raiz cristiana con otras religiones excluyentes dentro del mismo país (Francia, inglaterraa..)
No veo que la Unión Europea esté dispuesta a afrontar esos retos.
Domingo, 19 de febrero
Juan Fernandez Krohn
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Salvador García Bardón
Alejandro Córdoba
Movimiento Rural Cristiano
Vicente Haya
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Jose Gallardo Alberni