- por FERNANDO VIDAL FERNÁNDEZ, Universidad Pontificia “Comillas” de Madrid, a invitación nuestra por razón de la problemática de la inmigración recién -
Cualquier proceso informacional está en el hallazgo de un paradigma superior que permita conocer mejor las cosasel informacionalismo está volcado a la búsqueda de revoluciones en los paradigmas vigentesSe busca revolucionar los paradigmas educativos, comerciales, biológicos, físicos, psicológicos, organizativos, políticos, etc. La religión encuentra nuevas potencialidades en una lógica tan abierta a revoluciones del saber. De hecho, es común un cierto diálogo entre las nuevas tecnologías organizativas de las empresas y las tradiciones religiosas o de determinadas espiritualidades o sabidurías. No hay una incompatibilidad esencial entre informacionalismo y religión sino lo contrario. Lo que sí existe es un problema político para asumir una nueva presencia delo religioso en lo político y quizás es el laicismo el icono principal del conflicto.
I.- El encaje de lo religioso en la remodernización provoca confusión, ya que junto al viejo pronóstico moderno de inmanentización del imaginario hay una persistencia de lo religioso, que desborda el obsoleto esquema trascendencia-inmanencia y que interpela a la modernidad desde las instancias más profundas de la cultura, la identidad y el sentido. No es una mera supervivencia costumbrista sino que lo religioso aparece como una dimensión recurrente que muta en diversas formas y se crece desde las estructuras más íntimas de la realidad humana. La secularización entendida como desclericalización de la vida pública afortunadamente ha avanzado hasta sus máximas expresiones en muchos países; la constitución de Estados aconfesionales y sociedades civiles laicas regidas por el principio de convivencia y deliberación pública bajo principios demócratas ha ido suficientemente lejos como para que el riesgo de conflicto haya desaparecido en amplias regiones occidentales.
No obstante, hay otra parte del mundo que ha avivado el riesgo de confesionalización de los Estados y que impone el autoritarismo e incluso el terror haciendo uso de retóricas religiosas. A algunas personas les produce una tensa contradicción compatibilizar la convicción de la participación de las religiones en la vida pública la pujante y la existencia de dictaduras islámicas que pervierten esa laicidad demócrata. No es la única contradicción que encontrará quien profundice un poco en la segunda modernidad ya que la ambigüedad de todos los factores de progreso es una nota estructural de nuestra época. Sentirá que existe una contradicción entre cosmopolitismo y globalización, entre innovación y riesgo, entre reflexividad y anomía, entre individualismo y aislamiento, entre liberalismo y exclusión social, etc. Toda estructura de remodernización supone la apertura de un abanico de potencialidades y riesgos y la dinámica de cambio social pone fuertes impedimentos a posiciones de retroceso en las cuales se suscitan todavía mayores riesgos: no hay más remedio que avanzar con deliberaciones más complejas y asentando una nueva época en la que se seleccionen las mejores tendencias.
Los procesos de autoritarismo fundamentalista en las distintas religiones –bien tengan manifestaciones violentas o bien meramente generen intolerancia- son una reacción que no viene del pasado impidiendo la remodernización sino que son un fenómeno típico de la segunda modernidad.
La presencia de las religiones en la vida pública provocan esas dos tendencias contradictorias –fundamentalización y liberación- y el factor crítico está en el modo de religiosidad, lo cual lleva a la necesidad de los diálogos urgentes y al establecimiento de una esfera pública que no sea neutralista sino una alianza de tradiciones –de civilizaciones, diría José Luis Rodríguez Zapatero- en pro del sentido y la solidaridad.
Pero el fundamentalismo confesional tiene el defecto de suscitar una reacción que mira al pasado, la neutralización del Estado y de las instituciones públicas, la radicalización del laicismo en el sentido de expulsar, conflictuar o reprimir la presencia de las religiones de la vida pública. Uno y otro son parte del riesgo y la única salida está en una democratización radical de la participación de la dimensión religiosa en la vida pública. No sólo hablamos de la participación de las agencias de carácter religioso en la esfera pública sino de la participación de los sujetos también desde sus experiencias e identidades religiosas. No sólo hablamos de la sociedad política sino de que la dimensión religiosa de cada uno pueda ser libremente un lugar desde el que aportar propuestas de sentido y acción, desde donde aportar sabiduría. Sin embargo, parece existir la tendencia a reprimir la dimensión religiosa del individuo, quien se ve obligado a tener que “traducir” sus lenguajes primarios –inspirados religiosamente- a una semántica que no tenga reminiscencias religiosas para que así pueda ser asumido neutralmente por todos. En ese camino, las instituciones ganan cierta pacificación pero pierden participación y gran parte del patrimonio sapiencial que el individuo podría comunicar. Es una medida claramente informacional.
II.- Estamos proponiendo que la convivencia sea tan respetuosa con las libertades que sea capaz de incluir a los demás con sus singularidades. Claramente eso obliga también a que las instituciones hagan visibles sus agendas morales ocultas y a que rompan el formalismo neutralista con que se presentan en la sociedad civil.
* La constitución de la laicidad es una conquista sólida tanto cuanto su consecución ha sido asumida por todos los sectores implicados, confesionales y no. Los requisitos de legitimidad, implicación, responsabilidad y consenso forman el factor crucial para el logro, sostenimiento y progreso de la laicidad. Los coyunturales estatus de vigilancia sobre la tensión en el periodo de instauración y asentamiento de dicha laicidad han dejado paso a otro periodo en el que se ha podido profundizar más en la laicidad dando paso paulatinamente a la participación libre y empoderada de las comunidades primarias en dicho espacio público. Es decir, el periodo de implantación estuvo dominado por una voluntad de atenuar los conflictos, de poner sordina a las diferencias con el fin de permitir el asentamiento de una esfera pública laica; en dicho periodo de laicidad restringida las singularidades se autocontuvieron a favor de un programa de mínimos que permitiera el aprendizaje de esa nueva forma de deliberación pública.
Ese periodo de laicidad restringida exigió un proceso de depuración de las agencias y procedimientos, así como de empoderamiento de los sujetos más perjudicados en el Estado confesional. Dicho proceso de empoderamiento de las confesiones y opciones que no fueron privilegiadas e incluso excluidas ha supuesto un tenso ajuste en torno a la legitimidad y forma de la presencia pública que particularmente sufrimos todavía en España y nos lastra muy perjudicialmente para abordar las necesidades reales del futuro. Como dice el profesor Luis Gómez Llorente, las grandes agencias proyectan una sombra sobre el asunto que no le dejan evolucionar libremente, mantienen cautivo el problema de la laicidad. En ese contexto se suceden los capítulos de rencor, revanchismo y agravios. Para algunos agentes la cuestión del acallamiento de las religiones, especialmente de la Iglesia católica, en la vida pública se ha convertido en un núcleo central de su identidad. Hay mucho dolor en esta situación y un conflicto real en el que la reconciliación no ha sido suficiente y ello ha enquistado las posiciones. La laicidad degenera en laicismo y ello destruye la posibilidad de la laicidad.
Los laicistas pretenden que lo religioso se privatice abandonando una vida pública presuntamente regulada por una cosmovisión mínima en la que haya consenso social de ser buena y verdadera.
** El periodo de transición estableció un régimen especial de convivencia bajo la imagen del neutralismo. El neutralismo es una ficción según la cual en el contexto de un conflicto se llega a una serie de mínimos acuerdos que se hacen comunes y en torno a los cuales se busca reconstituir un tejido de convivencia más amplio. No es un régimen de plena democracia participativa sino un régimen de excepcionalidad para hacer posible la apropiación pacífica de un nuevo modo de convivencia pública.
Dicho periodo de transición, de factura filosófica pragmatista, busca reducir la tensión procedente de las diferencias para reforzar la comunidad de convivencia. Lo fundamental que debería suceder en dicho periodo es un proceso de reconocimiento y de emancipación pero también de reconciliación. Una laicidad que no se asiente sobre una sociedad reconciliada es una laicidad lastrada. Una laicidad que no haya supuesto una profunda reconciliación se ve obligada a funcionar siempre desde la mecánica de la restricción, no de la participación; se perpetúa como una laicidad excluyente, no una laicidad inclusiva.
*** A ese respecto, laicidad no significa aconfesionalismo; laico no es el antónimo de confesional. Lo laico es una característica de la sociedad civil; va más allá del aconfesionalismo, que es una característica privativa. Lo laico, pese a sus orígenes etimológicos, se ha convertido en una noción positiva que implica inclusión, pluralismo, participación, convivencia. Lo confesional es laico si su presencia sostiene la libertad pública; no es necesariamente un antónimo porque puede haber regímenes aconfesionales o ateos que puedan contradecir la laicidad. Tan contrario a la laicidad puede ser un modo de confesionalismo como un modo de aconfesionalismo o un modo de ateísmo. Por tanto, tampoco ateísmo o agnosticismo significa laicidad. Hemos sido testigos de Estados ateos que son precisamente la negación de la esencia de la laicidad, que significa pluralismo y convivencia. Lo laico no atañe a si se es religioso o no, confesional o no, sino a un modo de convivencia pública que precisamente tiene que hacer posible que todas las creencias y singularidades legítimas actúen y participen con una libertad que hagan crecer a todos en mayores grados de libertad.
A ese efecto, es muy destructivo el uso del concepto laico para oponerlo a confesional o a religioso. Ser laico es algo que, en situación democrática, puede ser tan propio de cristianos, judíos o musulmanes como de agnósticos o ateos. Una sociedad civil, para poder ser laica tiene que ser convivencial e inclusiva; cuanto menos participen públicamente las comunidades primarias, menos laica es una sociedad. La laicidad no es un régimen de negaciones sino una comunidad de propuestas sobre el sentido que participan en la deliberación de los asuntos públicos en todos los ámbitos en que sientan que tienen un relato que aportar. Una sociedad que entienda la laicidad como negaciones es una sociedad enferma que irá multiplicando el malestar.
Una laicidad que no suponga un grado suficiente de reconciliación entre los sujetos de los marcos de sentido corre el peligro de perpetuar el estado de excepción convirtiéndose en una sociedad laicista o retornar a modelos autoritarios. El neutralismo es una de las formas que colaboran al establecimiento de dicho laicismo.
III.- El neutralismo ha pasado históricamente de ser un periodo de transición a querer convertirse en un régimen permanente. Muchas de nuestras sociedades viven la tentación neoliberal del neutralismo.
* El neutralismo es distinto de la ecuanimidad; el neutralismo no significa imparcialidad; el neutralismo no implica justicia sino que el neutralismo es la imposible intención de que los sentidos y acciones públicas permanezcan ajenos a los contenidos de los diferentes marcos de sentido, especialmente de algunos de ellos. Sin embargo la acción política es prudencial y, por ello, no puede pretender ser inmaculada sino que va madurando históricamente por las contribuciones de las diferentes comunidades y movimientos sociales. La Administración es el resultado del compromiso histórico de una alianza de comunidades y movimientos que empeñan sus propuestas en fundar dicho espacio público. Y de igual modo, el espacio público no puede avanzar desde el neutralismo porque el neutralismo es un sujeto figurado, una ficción sin sujeto real; el progreso requiere del concurso de los sujetos históricos y eso requiere que los poderes públicos se dejen interpelar por las comunidades primarias. El neutralismo responde más a una estrategia de inmunidad y conservadurismo que a un compromiso por el progreso. ¿Por qué el neutralismo ha acabado siendo una estrategia neoliberal? El liberalismo social no tiene miedo a la gente; no tiene miedo a la legítima participación; no teme a las comunidades de sentido sino que incentiva la participación libre porque sabe que, aunque aparentemente algunas de dichas participaciones puedan ser perjudiciales para la idea de progreso de algunos gobernantes, finalmente el aumento de las libertades es beneficioso; es más, dicha libertad no es un lujo de la democracia sino que es crucial para su sostenimiento.
** Otra tentación que perpetúa el estado de excepción sobre las comunidades de sentido en la vida pública es el imperativo de privatización, que ha sido ampliamente discutido por Rafael Díaz-Salazar en sus obras, especialmente de los años noventa. Se une esto a una tesis que circula en diversos ámbitos: se argumenta que las acciones públicas deberían ser neutrales reservándose las singularidades para la motivación puramente personal e íntima. Hace algún tiempo un articulista publicó un escrito bajo el siguiente título: “¿buenos o católicos?” Con ello quería significar que quizás los problemas de convivencia que genera las relaciones cívicas desde las diferentes singularidades confesionales o de sentido de cada cual podrían ser salvados si nos relacionásemos simplemente desde los objetivos de bien común. ¿Por qué no contentarnos con autocensurar las raíces de las propias motivaciones, inspiraciones y propuestas?
La necesidad de presencia e implicación de las raíces de sentido en la deliberación y expresión públicas no procede de la lógica de los derechos y las identidades sino que viene principalmente reclamada por las necesidades de nuestro tiempo. La complejidad y dificultad de los problemas que la remodernización está haciendo salir a la arena pública no va a requerir sólo procedimientos sabios y propuestas inteligentes sino que el desafío nos va a suponer una refundamentación del patrimonio humano. La discusión de nuestro tiempo no se satisface con una tecnología pública sino que requiere sabiduría de lo público; no sólo programas de medidas tácticas sino políticas de sentido como pone de manifiesto la urgencia de la democracia participativa, del papel de la familia, la centralidad de conceptos como identidad, ciudadanía o alianza de civilizaciones o la informacionalización de las organizaciones públicas. Sin raíces no hay progreso y muchas veces el progreso neutralista no es más que un modo políticamente correcto de esconder los verdaderos intereses y raíces de sentido.
IV.- La refundación del Estado democrático en nuestro país fue alianza de las tradiciones religiosas e ideológicas: la Transición española fue un gran ejemplo de alianza de comunidades morales (que nunca son comunidades estancas sino que sus miembros cruzan pertenencias y compatibilizan diferentes afiliaciones: condición crucial para la salud de la sociedad civil) y el progreso sólo será sostenido tanto cuanto se logre avivar dicha alianza.
La alianza de tradiciones no consiste en la enclaustración de las tradiciones en sus circuitos institucionales –de lo suyo a los suyos- después de apoyada una narración pública en un momento constituyente, sino que necesariamente requiere que se cultive la deliberación permanente, la continua convivencia, lugares de diálogo, misiones conjuntas. El sostenimiento de la laicidad necesita una convivencia deliberadora y responsable de las religiones en la vida pública.
En muchos ámbitos de la vida cotidiana amplios sectores de la ciudadanía ha logrado con sencillez la convivencia de las singularidades, avivando las sinergias, intensificando la cohesión, ahondando la deliberación, enriqueciendo la expresión. ¿Por qué a algunos sectores políticos les es tan difícil hacer lo que para amplias capas de la población es sencillo? Creo que porque esos sectores de laicidad inclusiva todavía sienten que el imaginario público está dominado por los viejos conflictos y su posición es contracultural; sin embargo, es necesario que la generación de Portoalegre tome la política enviando desalojando esas polémicas a la sociedad civil.
Iniciábamos este texto bajo el título de los fantasmas del laicismo. El laicismo es funcionalmente muy cercano al confesionalismo, porque ambos desempoderan y restan libertad a las comunidades e identidades de sentido para que hagan su contribución pública al bien común. En España nos encontramos ambos fenómenos aunque creo que el laicismo está más protegido por la corrección política dominante y por tanto es una amenaza mayor frente a un confesionalismo afortunadamente muy desprestigiado por parte del sentido común. Son sendas respuestas del pasado a problemas del pasado. Sin embargo, como en la película el sexto sentido, no saben que están muertos. Siguen dominando el imaginario público y hay quien gusta de su presencia, quien aviva la superstición del laicismo y el confesionalismo porque es funcional a sus intereses neoliberales o corporativos. Tenemos que abrir un sexto sentido político y reconciliarles con la realidad, olvidar las identidades fantasmas; dejar que la misión nos estructure la vida pública.
El mundo ya no funciona desde las exclusiones del fundamentalismo confesionalista o laicista, sino que obliga a la democratización participativa de la vida pública: los riesgos derivados del laicismo son mayores que los de la aventura de la participación. En esto la mecánica vigente en la cultura política tiene que evolucionar a un paradigma cuántico: el informacionalismo podremos comprobar que reclama a la religión como participante y como paradigma de conocimiento.
[Nota bibliográfica: Esta problemática está tratada en su libro “La prueba del ángel: religión e integración social de los inmigrantes” (Valencia, 2007) escrito con JULIO MARTÍNEZ]
Domingo, 19 de febrero
Juan Fernandez Krohn
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Salvador García Bardón
Alejandro Córdoba
Movimiento Rural Cristiano
Vicente Haya
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Jose Gallardo Alberni