El blog de Carlos Corral

CIENCIA Y FE: AZAR Y DISEÑO FINALÍSTICO.[BLOG.38]

13.02.07 | 02:22. Archivado en Derecho internacional eclesiástico
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- por MANUEL M. CARREIRA, Profesor de Física y Astronomía, Washington y Cleveland; de Filosofía de la Naturaleza, Universidad Pontificia “Comillas”, Madrid, a invitación nuestra ante las reformas educativas en curso -
En entornos educativos donde se estudian problemas de Biología y Teología, hay un debate amplio sobre la oposición entre el punto de vista Darwinista de la evolución –desde la primera célula hasta el Hombre- y la posición, generalmente atribuida a fundamentalistas bíblicos de Estados Unidos, que insiste en afirmar un “diseño Inteligente” para conseguir un fin libremente escogido por el Creador. Debemos subrayar el carácter no científico de las presuposiciones que afirman azar o finalidad al hablar de la evolución, con la consecuencia lógica de que no es necesario escoger científicamente entre ambas posiciones como si fuesen contradictorias en Biología o Antropología.
Primeramente recordemos los límites de la metodología científica. La “Ciencia”, en el sentido en que se usa la palabra para describir un conocimiento distinto del contenido en las “Humanidades”, trata sólo de las interacciones de la materia. Son éstas unas formas de actuar que pueden ser comprobadas en un experimento, obteniendo medidas que luego permiten predecir lo que ocurrirá en el futuro o inferir un estado previo. Esto es lo que se supone cuando atribuimos a la ciencia la objetividad y universalidad que permite que el mismo resultado sea obtenido por otro investigador en cualquier época y cultura. Resultados irreproducibles no se aceptan como evidencia, y ninguna teoría tiene carácter científico si es imposible –en principio, no por limitaciones tecnológicas- el realizar un experimento para comprobarla.

* “Finalidad”, “Casualidad”, “Motivación” no pueden ser detectadas por ningún experimento ni reducidas a un número en una ecuación. Aun en el caso de un producto tecnológico científicamente es imposible probar por qué razón existe. Pero nosotros inferimos constantemente una razón –su finalidad- a partir del estudio de sus propiedades y de la deducción lógica de su inutilidad si esas propiedades se alterasen en forma importante. Un automóvil no sería comprensible si tuviese triángulos en lugar de ruedas, si no tuviese volante o algo equivalente para controlarlo, si estuviese hecho de un material frágil, etc. Solamente tiene sentido como hecho para moverse sobre una superficie básicamente plana y dura, bajo el control humano.
El contenido de información del pensamiento (no la actividad de las neuronas cuando pensamos) no puede detectarse experimentalmente; lo mismo debe decirse de una idea cuando se escribe poesía. El valor literario de un libro, el nivel artístico de una pintura, nuestras relaciones familiares, nuestro sentido del deber, nuestras preocupaciones sociales: todo lo que constituye la vida y la cultura humana es imposible detectarlo y cuantificarlo siguiendo exclusivamente la metodología científica.

En la misma Ciencia, las preguntas más básicas no pueden responderse con ninguna ecuación. En palabras de John Archibald Wheeler1, la pregunta más importante es “por qué hay algo en lugar de nada”. Esto cae fuera del ámbito de la Física, y debe ser objeto de investigación en Metafísica. También admite Stephen Hawking que las ecuaciones describen un Universo, pero no dicen por qué hay un Universo que se ajusta a las ecuaciones2. El “por qué” y “para qué” de la misma materia se muestran como un misterio insoluble si sólo estudiamos lo que es comprobable experimentalmente.
Pero no nos bastan los datos limitados y los métodos restringidos de la ciencia. Durante la segunda mitad del siglo pasado, cosmólogos famosos han propuesto el “Principio Antrópico”3 que intenta inferir la finalidad del Universo a partir de un estudio de las consecuencias que se seguirían, de acuerdo con las leyes físicas, de cambiar cualquier parámetro de la materia ya en el momento inicial de su evolución. Debe decirse que buscar esa respuesta exige abandonar el modo puramente físico de proceder: es un principio metafísico el que se infiere de los datos acerca de la materia. Pero es lógico que nos interese encontrar una respuesta, también nos interesa la belleza de un poema y no sólo la composición química del papel y de la tinta del libro en que lo leemos.

Wheeler nos presenta el Principio Antrópico -el Universo apuntando a la vida inteligente- como la única razón satisfactoria para la selección de parámetros en la Gran Explosión inicial. Para ello se dirige a la naturaleza más íntima de la materia como la estudia la ciencia: es “ajustable”, puede existir en modos diversos, puesto que está en continuo cambio. Y lo que puede existir de distintos modos necesita ser determinado extrínsecamente para que exista en una forma concreta en lugar de otra. La afirmación más universal acerca de la materia es la de su dependencia del tiempo, pues cualquier cambio implica tiempos sucesivos. Esto nos lleva a la necesidad de aceptar o una causalidad hacia el pasado –la solución que Wheeler propone, cayendo en el ejemplo más obvio de círculo vicioso- o la creación de la materia por un agente no-material, no restringido al espacio y el tiempo. Pero una creación en sentido estricto necesariamente implica una potencia infinita4 junto con el conocimiento de todas las posibilidades ilimitadas de hacer un Universo, y una elección de parámetros para el que de hecho se crea. Tal elección implica finalidad.

Según la Física podemos también determinar los límites de toda la actividad material. La ciencia acepta sólo cuatro interacciones –gravitatoria, electromagnética, nuclear fuerte y nuclear débil- que definen lo que la materia es con la definición operativa típica de la metodología científica. Ninguna de estas interacciones explica consciencia, pensamiento abstracto o voluntad libre, dejando así fuera del ámbito de la materia la actividad más propia y obvia del Hombre. Si el Creador –personal, inteligente y libre - es inmaterial, es lógico aceptar la posibilidad de que cree otras entidades inmateriales dotadas de capacidades similares, aunque de un nivel infinitamente inferior: sólo lo que supera a la materia puede actuar en una forma que rebasa las cuatro interacciones que definen a la materia.

** Evolución Cósmica

Cuando el Universo comienza a existir, sin un estado previo del cual pueda derivar sus propiedades (antes de la Gran Explosión no había antes), cualquier conjunto de propiedades iniciales puede considerarse “arbitrario” en el sentido obvio de que no hay una razón previa de que tal Universo exista en lugar de otro posible. Pero un Creador que quiere crear por un fin –y que no está limitado por condicionamientos temporales (propios solamente de la materia)- puede y debe escoger las condiciones iniciales con un conocimiento exhaustivo de las consecuencias, en toda la historia futura, de hacer el Universo de una manera concreta. Y esto hasta el nivel más íntimo de cada partícula y unidad de energía, y de su actividad en cada momento de la evolución cósmica. No se implica que el Creador esté imponiendo con un “fiat” lo que cada átomo hace en cada momento: una vez creada la materia con propiedades adecuadas para obtener el fin buscado, la materia actúa según sus leyes propias, consecuencia de su naturaleza.

De esta afirmación tampoco se deduce la negación de verdadera libertad en el Hombre. Si una “máquina del tiempo” me permitiese observar el futuro en una pantalla podría conocer qué va a ocurrir (por leyes físicas o por actividad humana libre), pero mi conocimiento no determinaría que ocurra lo que yo observo. Lo mismo puede decirse del conocimiento total que Dios tiene del futuro como si fuese presente: para Dios no hay períodos de espera ni hechos imprevistos. Y nada –ni siquiera conocimiento nuevo- puede añadirse, como resultado de la evolución cósmica, al Ser estrictamente infinito, en el que no hay posibilidad de cambio, según exige necesariamente la lógica al describir su naturaleza no limitada por coordenadas de espacio ni tiempo. Esto es algo que se olvida cuando algunos teólogos proponen una “Teología de Proceso” en la que la Divinidad evoluciona y se perfecciona por algún tipo de retroalimentación de lo que ha creado.

***Evolución Biológica

La vida más primitiva, según sus huellas en las rocas de hace miles de millones de años, estaba limitada a organismos microscópicos unicelulares y luego se desarrolló en formas más variadas y complejas. Es ilógico el negar la evolución como un hecho. Solamente una obsesión de interpretar la Biblia como un tratado de geología y biología (que debía ser compatible con muchos datos en contra) podría implicar que la evolución no ha ocurrido.

La raíz del problema a resolver se encuentra en las presuposiciones filosóficas que se añaden con respecto a dos puntos cruciales: el impulso que pone en marcha la evolución en general (y su modo de realizarla) y el paso de vida no-inteligente (primates) al Hombre. En el primer caso se definen términos de exclusión mutua: o la evolución ocurrió solamente por azar (y la supervivencia de los individuos mejor dotados y la adaptación al entorno) o por una tendencia intrínseca dada por el Creador según un plan –un “Diseño Inteligente”- en el que nada ocurre por azar. En el segundo, la razón suficiente de la Inteligencia se debe buscar o en la materia según sus leyes y fuerzas, o en una realidad no-material. Necesitamos matizar las palabras y definir conceptos con mayor exactitud para evitar extremos que serían la negación o de la evolución como hecho o de la existencia del Creador.

El “AZAR” no es un parámetro medible de la materia, como lo son la masa y la carga eléctrica. No puede introducirse en una ecuación como un factor (aunque se usa la “probabilidad” para calcular un resultado esperado). En una forma más directa de hablar, podría decirse que “azar” es la forma culta de decir “porque sí”. Si un rayo cósmico, con una energía determinada, impacta en un cromosoma concreto en una célula sexual de un animal y causa una mutación, es imposible atribuir esa coincidencia a ninguna ley física, y desde el punto de vista de la ciencia, es el azar solamente el que aparece como razón. En este sentido, el azar es un elemento constantemente presente en nuestra vida y en la mayor parte de los hechos que ocurren independientemente en el Universo.

Pero toda interacción de la materia es una consecuencia necesaria de las propiedades y fuerzas presentes en cada momento: no hay lugar en la ciencia para ningún tipo de “espontaneidad” que lógicamente supondría un grado de libre albedrío aun en las partículas más básicas del átomo. Afirmar lo contrario no sólo sería totalmente gratuito, sino que haría imposible predecir resultados con certeza y la ciencia sería imposible.

Pero para la Inteligencia Infinita que ve en todo detalle la evolución del Universo, desde la Gran Explosión hasta el último cambio de mínima energía en un lejanísimo futuro, nunca hay un suceso inesperado. El azar no puede ser aplicable al conocimiento atemporal y perfecto que el Creador tiene siempre, y que hace que la selección de condiciones iniciales y de las leyes de desarrollo sea el modo infalible de obtener el fin para el cual se crea el Cosmos. La supuesta contraposición entre azar y diseño no es real, pues ambas respuestas se dan a niveles distintos, y ni la una ni la otra son objeto de una posible comprobación experimental. La metodología científica no puede demostrar la presencia ni la ausencia de finalidad: en ambos casos se introducen consideraciones filosóficas para encontrar una razón de hechos indudables, pero que no explican las leyes de la naturaleza –de ahí el recurrir al “azar”- mientras que la Filosofía y la Teología sí proporcionan una respuesta coherente.

La cuestión del azar o diseño no toca para nada lo que la Biología debe explicar. Se trata, en realidad, de un tema que debe discutirse con toda propiedad en una clase de Filosofía, tal vez dentro del contexto de la Cosmología, y de buscar la razón de que “haya algo en lugar de nada”. Es ahí solamente donde debe estudiarse si el Universo tiene sentido, ya sea como única entidad física compleja, con niveles múltiples de estructura y actividad, o en los hechos concretos que la Ciencia puede y debe atribuir tan sólo a la necesidad de las leyes de la materia y a la coincidencia casual de hechos no relacionados entre sí.

**** El Origen de la Inteligencia

Una vez más, el modo común de presentar el problema del origen del Hombre consiste en plantear una alternativa sin matices: o existimos por simple evolución biológica a partir de un primate, antecesor común de monos y hombres, o por creación directa a partir de barro inerte del cual se formaría el cuerpo (sin relación con el resto del mundo viviente) en el cual se introduce luego el espíritu. Y esto supone la negación del alma en la primera respuesta (que solamente admitiría una estructuración mayor de la materia) mientras en la segunda el alma se afirma como el elemento específico de la naturaleza humana, por el cual el Hombre es “Animal Racional” y también “Imagen y Semejanza” del Creador.

La Química, la Física y la Biología pueden dar una descripción detallada de todos los cambios energéticos que tienen lugar cuando doblo mi brazo, pero no pueden decir por qué el brazo se dobla cuando yo quiero, ni por qué soy consciente de que lo doblo por una decisión libre. Esta consciencia, si se debiese a la actividad material de las neuronas del cerebro, lógicamente debería contener -antes que nada- el darnos cuenta de esa actividad como tal. En la visión, tengo conocimiento del objeto que veo, pero no de los cambios que ocurren en la retina o del procesado de las señales en el cerebro. La consciencia no puede atribuirse a la materia si nos ceñimos a su definición operativa: ninguna de las cuatro fuerzas aceptadas por la Física dan indicación alguna de tener la capacidad de producirla.

La inteligencia no es un modo de actuar, sea por instinto, por reflejos condicionados o por impulsos electrónicos: es una manera de conocer, aun conceptos abstractos que no pueden entrar en la mente a través de los sentidos. Estudiamos aspectos de la realidad que no pueden identificarse con nada de nuestra experiencia diaria, y apreciamos su belleza lógica, su ilación necesaria en pruebas abstractas, su pura racionalidad. Sería totalmente arbitrario e ilógico el atribuir nuestros avances culturales en cualquier campo a la actividad ciega de partículas y energías. Y ningún científico aceptará que alguien pueda controlar un experimento con su pensamiento o la fuerza de su voluntad libre: prueba de que hay una profunda convicción de que nuestros pensamientos y deseos no añaden nada al entorno material que describe la Física

Estamos, en consecuencia, ante un innegable doble nivel en la actividad humana, que requiere dos fuentes distintas, materia y espíritu, íntimamente unidas en una única realidad personal que es el sujeto de ambas, con influencias mutuas profundas y misteriosas, pero con funciones claramente distintas. Si la materia, aun en el grado sumo de orden y estructuración en el cerebro, no puede producir pensamiento, será imposible atribuir la inteligencia humana al desarrollo, durante épocas geológicas, de primates con creciente volumen cerebral. El Hombre no puede explicarse por simples cambios materiales en la programación genética de un primate anterior: la teoría de la evolución se presenta falsamente como una respuesta suficiente para nuestra existencia.

* La Ciencia y la Fe cristiana

Hemos alcanzado un punto en el que tenemos que aceptar que ni la Ciencia (Cosmología, Química, Biología) ni la Teología nos dan una respuesta total al “por qué” y el “cómo” de la existencia y evolución del Universo y de nuestro lugar en él. Ambas son maneras limitadas de conocer una realidad maravillosa que sobrepasa nuestro entender casi a cada paso, aunque siempre tenemos que respetar los datos, por difícil que sea encajarlos todos en una descripción coherente. Necesitamos puntos de vista complementarios y metodologías diversas, y tenemos que cuidarnos de no introducir presupuestos filosóficos o prejuicios de cualquier tipo como base para una afirmación científica o teológica.

[REFERENCIAS: 1. WHELLER, J.A., The Universe as Home for Man, The American Scientist, Jan-Feb 1977; 2. Hawking, STEPHEN, A Brief History of Time, Bantam Books, New York 1988, p. 174; 3. BARROW, J. Y TIPLER, F. The Anthropic Cosmological Principle, Clarendon Press, Oxford 1986; 4. Usando la simbología matemática, solamente es posible obtener un número (cualquiera) actuando sobre el cero al multiplicarlo por el infinito. Ni el cero ni el infinito se pueden utilizar para numerar nada real: en ese sentido no son números propiamente dichos. De un modo semejante: sólo una realidad no material de infinito poder puede producir materia a partir de la nada; 5. Véase en The Anthropic Cosmological Principle, p. 565: la probabilidad de ensamblar un gen por azar es del orden de 1 en 10109 a 1 en 10217 . El número de partículas atómicas en el Universo se calcula en 1090 , alrededor de un cuatrillón de veces menos. Para el genoma humano completo, la probabilidad no puede ni siquiera imaginarse : 1 en 1012 millones ; 6. EHE, M.J., DEMBREMBSKI, W.A., MEYER , S.C., Science and Evidence for Design in the Universe, Ignatius Press, San Francisco 2002, p. 113-123; para el documento completo de Carreira, abrir www.upcomillas.es/catedras/ctr e ir a Seminario General 2006.2007]


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