[por JULIO MARTÍNEZ, Profesor, Universidad P. Comillas de Madrid, a invitación nuestra]
Pensando en la sociedad española, en la medida en que sectores significativos de la ciudadanía apoyan credos religiosos no cristianos, es inevitable que esos credos busquen también un reconocimiento público. Plantear los retos actuales como retos nuevos es justificar un tratamiento de "concesiones" a las minorías. Este planteamiento es radicalmente inadecuado. No se trata de concesiones sino de seguir gestionando la diversidad, de adecuar esa gestión a la una sociedad que está permanentemente en proceso de cambio [1].
* Un caso concreto: la ciudad de Madrid Las ciudades, a causa de la mayor complejidad de las relaciones que vinculan a sus habitantes, de su más alto nivel de absorción cultural y de la más amplia variedad de su población, han sido siempre y siguen siendo hoy espacios ideales, laboratorios perfectos, en cuyo seno puede experimentarse, tal vez mejor que en otros, la posibilidad de la convivencia religiosa entre sistemas de creencia, no sólo variados, sino también, a veces, contradictorios y opuestos.
En los últimos años, incluso algunas ciudades europeas como Brandeburgo, Bremen y Hamburgo, reconociéndose a sí mismas como ciudades pluralistas y democráticas, han celebrado acuerdos con distintas confesiones religiosas, por supuesto, dentro del sistema político-religioso de la República Federal de Alemania [2]. Sin llegar a este tipo de acuerdos político-religiosos de esas ciudades alemanas, Madrid se ha convertido en un buen ejemplo de ciudad pluricultural y plurirreligiosa que también hace sus apuestas de futuro. La afluencia masiva de ciudadanos de países iberoamericanos, de Europa del Este, norteafricanos y subsaharianos, que está cambiando el paisaje urbano de sus calles y barrios.
La sociedad madrileña se ha caracterizado tradicionalmente por su carácter abierto, su gran capacidad de acogida y su horizonte de universalidad, actuando precisamente la diversidad de contexto constante para la apertura, la acogida y la transformación. En el conjunto de España esas notas se puede decir que definen la identidad de la capital; una identidad, por tanto, muy lejos de las definiciones excluyentes o etnicistas que en otros lugares existen. Para hacer este tipo de afirmaciones es importante apoyarse en los análisis sociales y en el conocimiento de la historia de la ciudad, pero también en la experiencia de muchos que nos hemos incorporado a la urbe madrileña y nos hemos sentido bienvenidos.
No cabe duda de que la acogida tiene mucho que ver con las condiciones de vida en que uno se encuentra, pero las dificultades reales y a veces penosas de muchos cuando llegan a nuestra ciudad como inmigrantes, décadas atrás de otras tierras de España y hoy de otros países, no desmienten el carácter acogedor, cosmopolita y hospitalario de una ciudad, sino que piden activarlo teniendo en cuenta los factores específicos de la integración social.
El desarrollo de Madrid no se puede entender sin la inmigración como fenómeno vivo, en continuo proceso de cambio y evolución. A mitad del siglo pasado la diversidad la trajeron gentes llegadas del resto de España que buscaban en la capital oportunidades vitales para trabajar y desarrollarse; a partir de la década de los 80 y, especialmente en el último lustro, la diversidad tiene el sabor de los cientos de miles de inmigrantes (más de medio millón), que han elegido Madrid para vivir y trabajar; inmigrantes, con diversidad de situaciones, necesidades y orígenes nacionales [En números redondos, a los 140.000 ecuatorianos se unen unos 50.000 de Colombia, casi 40.000 de Rumania, 33.500 de Perú, 28.000 de Marruecos, 27.000 de Bolivia, 20.000 de la República Dominicana, 13.500 da Argentina, 11.200 de Bulgaria o 10.000 de Brasil, por citar las nacionalidades que superan las diez mil personas].
Cualquier sociedad está llamada a ordenar la diversidad existente en cada momento, para no perder una imprescindible cohesión social. Consciente de esto el Plan Madrid, puesto en marcha por el Ayuntamiento, propone como objetivo axial “trabajar por la convivencia social e intercultural en una sociedad dinámica que se caracteriza por su diversidad”. Es una apasionante tarea de gran complejidad, cargada de promesas y posibilidades y atravesada de no pocas dificultades; una tarea del conjunto de la sociedad y todos sus actores, donde no sobra el esfuerzo de nadie.
Desde luego el momento presente es excepcionalmente importante para que la ciudad de Madrid, siendo fiel a su historia, aproveche la coyuntura y avance creativamente para transformarse en ciudad-icono del diálogo intercultural e interreligioso, un icono de la ciudadanía cosmopolita, donde se pueda sintonizar con lo mejor de la aldea global.
** Manifestaciones urbanas de diversidad
Los lugares de culto de las comunidades inmigrantes en Madrid son espacios urbanos cada vez con más presencia en la ciudad. En ellos, “las comunidades inmigrantes realizan procesos de resignificacón y reapropiación del espacio urbano” [En este epígrafe sigo, evidentemente sin agotar toda la riqueza que aporta, el cap. 5º de la investigación de: NUEVA SOCIOLOGÍA(I+D) de la Fundación Pablo VI (UPSM), Espacios urbanos e inmigración en el Madrid del siglo XXI, La Casa Encendida, Madrid 2005, 214-263, aquí p. 214] y se produce la presencia y la interacción de inmigrantes de distintos orígenes que comparten la misma religión. En este sentido, compartir religión abre la posibilidad de encuentro y diálogo interétnico-cultural. Esta interacción entre comunidades inmigrantes en el interior de los espacios religiosos es una tendencia general, pero no absolutamente generalizable. Por ejemplo, en el caso de los espacios religiosos de la comunidad china (fundamentalmente evangélicos y budistas) se observa un predominio de las relaciones intracomunitarias, lo cual coincide con lo que el conjunto de los estudios sociológicos dicen de la comunidad china.
En Madrid coexisten distintas relaciones entre la comunidad confesional y el lugar físico en el que se lleva a cabo el culto (sea templo, iglesia, mezquita, oratorio, etc.). Unos se utilizan durante los fines de semana espacios cedidos por otras comunidades confesionales, como les sucede a las comunidades evangélicas chinas [Los espacios religiosos evangélicos de las comunidades inmigrantes chinas y coreanas se albergan en bajos de edificios de viviendas y generalmente son importantes nodos de redes de inmigrantes donde se ofrece enseñanza de la lengua española o información sobre empleos] o de países este-europeos [La comunidad rumana es una de las poblaciones con mayor crecimiento en nuestra ciudad. Encontramos rumanos ortodoxos y rumanos adventistas (muchos menos católicos). En Madrid, las comunidades confesionales adventistas rumanas no cuentan normalmente con espacios propios de culto; los comparten con otras comunidades adventistas o de otra denominación, cf. Ib. 233-235.], así como a ortodoxos que realizan sus celebraciones cúlticas en una Iglesia ortodoxa-griega algún templo católico [Espacios religiosos cristianos ortodoxos: los dos colectivos ortodoxos más significativos numéricamente son rumano y el búlgaro y, en menor número, rusos y ucranianos. Una parte de los ortodoxos rumanos se reúne para sus celebraciones religiosas en un templo católico, en concreto en la Parroquia Nuestra Señora de la Consolación, mientras que la comunidad ortodoxa búlgara utiliza la Iglesia Ortodoxa Griega de la calle Nicaragua en celebraciones que se ofician en tres idiomas: griego, búlgaro y español, cf. Ib. 235-239]. Evidentemente, en estos casos de espacios ajenos cedidos las restricciones de uso se hacen presentes, por ejemplo, en lo que respecta a los símbolos religiosos de los locales.
Otros son centros de culto propios de las comunidades confesionales. Estos espacios hacen posible una gran variedad de usos y actividades en su interior para las poblaciones inmigrantes bajo la forma de la comunidad confesional. Entre éstos están los espacios religiosos de inmigrantes musulmanes de la ciudad de Madrid (inmigrantes del Magreb y de otras procedencias como África subsahariana y Asia), de los cuales podemos destacar dos espacios extensos y polifuncionales como son el Centro Cultural Islámico de Madrid en Ciudad Lineal (Mezquita de la M30) y la Mezquita Abu Bakr de la Unión de Comunidades Islámicas de España en el barrio de Tetuán. Estos lugares se configuran como verdaderos centros comunitarios, donde lo religioso se erige como elemento definidor de identidad de los espacios en torno al cual se llevan a cabo otras acciones [Ib. 222].
Entre las comunidades inmigrantes católicas destacan las comunidades polacas, las comunidades filipinas [Hay comunidades católicas de Filipinos (unos 8000 en Madrid) que se reúnen para sus celebraciones dominicales y en otros tiempo fuertes dentro de alguna de las parroquias madrileñas.] y, por supuesto, las comunidades latinoamericanas [Ib. 243-246]. [No hay que olvidar que hay latinoamericanos de lengua portuguesa, aunque es cierto que no tienen grandes dificultades de participar en misas en castellano]. Cuando la comunidad polaca en Madrid comenzó a crecer, la necesidad de un espacio de culto se hizo patente. En un primer momento, siguiendo pautas generales de pastoral migratoria de la diócesis madrileña, se intentó que los polacos se integraran en las parroquias de la ciudad, pero se fue viendo la conveniencia de crear plataformas de celebración católica en lengua polaca con capellanes polacos. Esos espacios religiosos se convierten así en espacios recreadores de "la identidad comunitaria y, derivado de ello, en nodo primario de red social" [Ib. 241].
Los inmigrantes provenientes de los países latinoamericanos gozan de la gran ventaja de poder participar en una grandísima cantidad de espacios confesionales católicos en su lengua materna . Con todo, también es cierto que la lengua no lo es todo, hay diferencias a la hora de expresarse en las distintas acciones de la liturgia, en los cantos, en la duración o en las relaciones con los sacerdotes, por poner algunos ejemplos, que no hemos de minusvalorar. Los inmigrantes católicos latinoamericanos con frecuencia expresan el deseo de tener celebraciones más “cálidas” y “afectivas” que las que tenemos en la Iglesia española.
Un ecuatoriano relataba su experiencia así sobre este punto: “Entre la misa en Ecuador y la misa de acá hay mucha diferencia. La misa allá en el país de nosotros es más larga, dura más tiempo, los padres le aconsejan a uno más, aquí no es así, aquí es media hora y se terminó la misa y ya… En cambio allá es distinto, hasta lo que ellos rezan es distinto…unas canciones son muy parecidas, otras no, son muy distintas, pero hay pocas que son muy parecidas”.
Muchas parroquias católicas de Madrid han creado espacios donde participan los inmigrantes. En bastantes casos cuentan con centros específicos que ofrecen distintos servicios de formación, asesoría legal, ocio, etc. para los inmigrantes (por supuesto, abiertos a todos y no sólo católicos). Poco a poco las distintas comunidades inmigrantes van organizando sus fiestas religiosas propias. En este sentido, merece destacarse por el movimiento popular que concita la fiesta de la Virgen del Quinche, que en los últimos años ha reunido a varios miles de ecuatorianos en la Parroquia San Francisco Javier del Barrio de la Ventilla .
(Notas [1] J. Martínez, “Inmigración, convivencia y pluralismo religioso”: Razón y fe (2006); [2] J. L. Santos y C. Corral, Acuerdos entre la Santa Sede y los Estados (Madrid 2006) nn. 14 y 15).
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He leido con interés el artículo. Muestra una faceta de la integración de los inmigrantes en Madrid que pocas veces es tenida en cuenta. Después de esta lectura, tengo que decir que creo que la aportación desde lo religioso es de enorme trascendencia y que podría aportar a dicha integración mucho más que otras acciones que, sin embargo, son más divulgadas y apoyadas desde la administración.
Domingo, 19 de febrero
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