El blog de Carlos Corral

“PERSONA HUMANA, CORAZÓN DE LA PAZ”, mensaje de Benedicto XVI para la jornada mundial de la paz, de 1-I-2007. []Blog.31]

26.12.06 | 06:48. Archivado en Derecho internacional eclesiástico
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[en colaboración con A. ALONSO MARCOS, doctorando, UCM]

Con una metáfora —la del corazón— se reafirma ahora, en el Mensaje para la Jornada mundial de la paz, la centralidad de la persona humana que desde la época romano-cristiana se venia afirmando con relación a toda comunidad humana “civitas propter cives”. En el anterior Mensaje —el primero de Benedicto XVI para el 1 de enero de 2006, titulado “En la verdad, la paz” [C.CORRAL y AL. PRIEGO: Rev.digital UNISCI (enero 2006)]— la centralidad se ponía en la verdad; ahora, en cambio, en la persona humana. Centralidad que puede verse reafirmada en los tres apartados que distinguimos en el Mensaje: I. La persona humana y la paz; II. La ecología de la paz y de la ecología social; y III. Derechos humanos y organizaciones internacionales
I.- En “La persona humana y la paz”, se resalta el sentido y el valor de la conexión entre persona humana y paz, entendida y propuesta a través de las categorías teológico-espirituales del don y la tarea. En este sentido, pone de manifiesto cómo la paz es, en primer término, un don de Dios, un regalo que ya se nos ha dado,
“que se manifiesta tanto en la creación de un universo ordenado y armonioso como en la redención de la humanidad, que necesita ser rescatada del desorden del pecado. Creación y Redención muestran, pues, la clave de lectura que introduce a la comprensión del sentido de nuestra existencia sobre la tierra […] La “gramática” trascendente, es decir, el conjunto de reglas de actuación individual y de relación entre las personas en justicia y solidaridad, está inscrita en las conciencias, en las que se refleja el sabio proyecto de Dios. Como he querido reafirmar recientemente, “creemos que en el origen está el Verbo eterno, la Razón y no la Irracionalidad” [n.3]
Así pues, ante la “gramática” ya impresa en el ser humano, sólo cabe una respuesta racional: seguir en nuestra conducta los criterios de orden y paz. De ahí que sea también una tarea, un trabajo que el ser humano tiene por delante. Recalca, además, el santo Padre, que dicha respuesta es la más natural:
“las normas del derecho natural no han de considerarse como directrices que se imponen desde fuera, como si coartaran la libertad del hombre. Por el contrario, deben ser acogidas como una llamada a llevar a cabo fielmente el proyecto divino universal inscrito en la naturaleza del ser humano”.
Será, precisamente sobre ese derecho natural, sobre el que se podrá establecer el diálogo franco y sincero entre las diversas personas, independientemente de su credo, fijándolo como “gran punto de encuentro y, por tanto, un presupuesto fundamental para una paz auténtica” (n.3).
Y precisamente en el respeto de los derechos fundamentales, en especial, del derecho a la vida en cada una de sus fases y la libertad religiosa de todos, es donde el Papa hace hincapié como fundamento de la paz [n.4] Por ello, en la defensa de la vida, denuncia también, como atentados a la paz, los conflictos armados, el terrorismo, diversas formas de violencia y otras muertes silenciosas como son el hambre, el aborto, la experimentación con embriones y la eutanasia. En la del derecho a la libertad religiosa denuncia la situación de opresión y de persecución que sufren los creyentes, sean cristianos o no, por profesar pública y libremente sus propias convicciones religiosas.
Más aún, las desigualdades injustas son, a juicio de Benedicto XVI, origen de las amenazas a la paz [nn.6-9]
“Entre ellas son particularmente insidiosas, por un lado, las desigualdades en el acceso a bienes esenciales como la comida, el agua, la casa o la salud; por otro, las persistentes desigualdades entre hombre y mujer en el ejercicio de los derechos humanos fundamentales”.
II.- En “La ecología de la paz y de la ecología social” [nn.8-11] (II), la verdad de la persona humana se pone en relación con el nuevo concepto de “ecología de la paz”, que comporta un respeto a las normas intrínsecas de la paz, a la lógica de la paz, basada en el respeto a la naturaleza y a la moral del ser humano. Aquí el Papa pone de relieve el problema del abastecimiento energético y la competitividad por los recursos disponibles, causa de posibles futuros enfrentamientos entre personas y pueblos. De esa preocupación pone encima de la mesa algunas cuestiones: “¿Qué injusticias y antagonismos provocará la carrera a por las fuentes de energía? Y ¿cómo reaccionarán los excluidos de esta competición?” [n.9].
Así mismo, esa verdad de la persona humana se pone en relación con la ecología humana (n.10) y se resalta de nuevo la importancia de tener en cuenta la concepción religiosa del hombre, el ser humano visto desde la perspectiva de la religión (léase, de la Revelación), como fundamento sólido de la defensa de los derechos humanos y de la paz:
“Lo que no es admisible es que se promuevan concepciones antropológicas que conlleven el germen de la contraposición y la violencia. Son igualmente inaceptables las concepciones de Dios que impulsen a la intolerancia ante nuestros semejantes y el recurso a la violencia contra ellos. Éste es un punto que se ha de reafirmar con claridad: nunca es aceptable una guerra en nombre de Dios. Cuando una cierta concepción de Dios da origen a hechos criminales, es señal de que dicha concepción se ha convertido ya en ideología […] una consideración “débil” de la persona, que dé pie a cualquier concepción, incluso excéntrica, sólo en apariencia favorece la paz. En realidad, impide el diálogo auténtico y abre las puertas a la intervención de imposiciones autoritarias, terminando así por dejar indefensa a la persona misma y, en consecuencia, presa fácil de la opresión y la violencia”.
III.- En el fondo, en “Derechos humanos y organizaciones internacionales”, continúa denunciando la dictadura del relativismo y poniendo en evidencia a quienes lo defienden, promoviendo él, a su vez, sin rubor alguno, que existe una verdad universal, válida para todas las personas en todo tiempo y en todo lugar.
“Una paz estable y verdadera presupone el respeto de los derechos del hombre. Pero si éstos se basan en una concepción débil de la persona, ¿cómo evitar que se debiliten también ellos mismos? Se pone así de manifiesto la profunda insuficiencia de una concepción relativista de la persona cuando se trata de justificar y defender sus derechos. La aporía es patente en este caso: los derechos se proponen como absolutos, pero el fundamento que se aduce para ello es sólo relativo […] Sólo si están arraigados en bases objetivas de la naturaleza que el Creador ha dado al hombre, los derechos que se le han atribuido pueden ser afirmados sin temor de ser desmentidos”.
La pervivencia de las Naciones Unidas como organización internacional —recalca el Papa—depende de esta legitimidad que proviene no de una concepción positivista del derecho o de la vida, sino de una concepción natural”.
Con todo, no deja de hacer referencia a episodios concretos del año 2006: la situación en el continente africano, el terrorismo y el conflicto del sur del Líbano. En este punto, reclama la vigencia del Derecho Internacional Humanitario como forma de poner un mínimum de normas que regulen el comportamiento de los beligerantes en la guerra, haciendo, de paso [en el n. 14 del Mensaje], una condena total y absoluta de la misma:
“La guerra es siempre un fracaso para la comunidad internacional y una gran pérdida para la humanidad. Y cuando, a pesar de todo, se llega a ella, hay que salvaguardar al menos los principios esenciales de humanidad y los valores que fundamentan toda convivencia civil, estableciendo normas de comportamiento que limiten lo más posible sus daños y ayuden a aliviar el sufrimiento de los civiles y de todas las víctimas de los conflictos”.
Una grave inquietud, según el Pontífice, suscita “la voluntad, manifestada recientemente por algunos Estados, de poseer armas nucleares”, en clara referencia a Irán y Corea del Norte. Recuerda, a este respecto, lo ya enseñado por el Concilio Vaticano II en su Constitución pastoral Gaudium et Spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, n. 80: “Toda acción bélica que tiende indiscriminadamente a la destrucción de ciudades enteras o de amplias regiones con sus habitantes es un crimen contra Dios y contra el hombre mismo que hay que condenar con firmeza y sin vacilaciones”.
E invita a los cristianos, al concluir el Mensaje, “a hacernos firmes defensores de la dignidad humana y audaces constructores de la paz”. En esta conclusión, se pueden encontrar resumidas, en dos frases, algunas de las constantes en el pensamiento de Benedicto XVI: la centralidad de la persona de Jesús y la revelación máxima de Dios (que nos muestra su propia esencia: ser Amor) con la consiguiente llamada universal de Cristo a cada persona a realizarse plenamente en el amor.


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