[por Paloma García Picazo, Profª titular, UNED, Madrid, a invitación nuestra]
“Uno es vuestro Maestro, y todos vosotros sois hermanos” (Mt 23, 8).
Una de las experiencias de orden espiritual más profundas y hermosas que puede vivir cualquier visitante de Roma es el recorrido por la basílica de San Clemente, uno de los edificios más complejos, bellos, interesantes y evocadores de la ciudad. Y decir esto en tal lugar significa mucho. El conjunto del templo se eleva sobre planos constructivos superpuestos. Uno de sus aspectos más singulares radica en que, además de estar consagrada a San Clemente I, pontífice autor de la famosa Carta a los Corintios escrita en torno al año 96 de nuestra era, es también sede de la tumba de los santos Cirilo y Metodio, hermanos oriundos de Tesalónica, que, en el siglo IX, difundieron el Evangelio entre los pueblos eslavos. A este fin, Cirilo inventó el alfabeto llamado “glagolítico”, esencial para articular las lenguas de los pueblos que poblaban el Centro y Este de Europa en torno a estructuras semánticas, gramaticales y sintácticas que facilitaron su fijación, consolidación, transmisión, desarrollo y pervivencia histórica. Ambos hermanos, llevados por su piedad, buscaron el cuerpo del Papa mártir en las aguas del Mar Negro, llevando desde Crimea sus reliquias a Roma, para ser enterradas solemnemente en la basílica. Varios maravillosos frescos, tanto del nártex basilical del siglo IV como del edificio superior, ilustran la leyenda completa del martirio, así como los milagros posteriores, en un estilo que recuerda al bizantino. (Leonard Boyle, O.P., Pequeña Guía de San Clemente, Roma, Colegio San Clemente, 1991: en ella se ofrece una bibliografía más amplia y/o especializada)
En la actualidad, la visita al sepulcro de Cirilo y Metodio constituye una posibilidad única de meditación ecuménica sobre la fraternidad de los cristianos. Numerosas placas conmemorativas testifican el fervor religioso, la veneración, que ambos recaban entre las comunidades cristianas adscritas a las diversas Iglesias y Patriarcados ortodoxos del mundo.
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Un profundo núcleo de reflexión sobre este asunto aporta Joseph Ratzinger en su obra La fraternidad de los cristianos (Salamanca, Sígueme, 2004), conjunto de conferencias pronunciadas durante unas Jornadas teológicas en el Instituto General de Pastoral de Viena, durante la Pascua de 1958. Lo temprano de la fecha, en el conjunto de la vasta producción intelectual del actual pontífice, evidencia que éstas son cuestiones de muy hondo calado en su indagación espiritual. De forma especial, en un contexto extensible a la totalidad de los pueblos europeos, emerge la noción de “hermano”, cuyo concepto Ratzinger enuncia, analiza, elucida y proyecta de un modo definitivo. Fiel a su rigor intelectual, realiza un recorrido que, desde el mundo griego y el hebreo personificado en el Antiguo Testamento, avanza por el helenismo para desembocar en la Ilustración y el marxismo. Importancia especial reviste, como es lógico, el concepto de “hermano” en el cristianismo primitivo. En una segunda parte, Ratzinger desarrolla un esquema analítico y reflexivo articulado sobre una premisa -la fe como fundamento de la fraternidad cristiana-, seguida de dos desarrollos argumentales, expuestos en un orden que podría parecer inverso en su planteamiento, puesto que la superación de los límites dentro de la fraternidad cristiana antecede a la propia definición de los límites dentro de la comunidad fraternal cristiana, seguidos de un corolario consistente en proponer la noción de un verdadero universalismo.
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Desde este contexto, la visita de Benedicto XVI a Turquía (28 de noviembre al 1 de diciembre de 2006) reviste una dimensión primordial que es la de Viaje Apostólico, esto es, la de una visita fraternal en fechas tan significativas como la conmemoración de la festividad de San Andrés, Apóstol de Asia Menor, acompañada de otras dos proyecciones no menos importantes, aunque con un carácter muy distinto. Por un lado, se trata de una Visita de Estado, efectuada por un Jefe de Estado –el Vaticano- a otro –el Presidente del Gobierno de la República de Turquía, Recep Tayib Erdogan, que como tal, reviste unos compromisos de protocolo, formalidades diplomáticas y trascendencia política muy concretos.
A raíz de la interpretación dada a una frase de la conferencia pronunciada por Benedicto XVI en Ratisbona, en septiembre último, como es sabido se suscitó una corriente de controversias y protestas entre determinados sectores del mundo islámico. Ante los efectos de esta reacción –que se inscribe en otras análogas suscitadas por asuntos semejantes, aunque concernientes a otras personas, instituciones y aspectos ideológicos particulares de las relaciones entre un “Occidente mundial” y un “Islam” asimismo mundializado- el Papa recibió en su residencia veraniega de Castel Gandolfo, a finales de ese mismo mes, a una delegación de embajadores de 21 Estados de la Liga Árabe, así como a representantes del credo islámico en Italia, en un encuentro en el que expresó inequívocamente la necesidad de un “diálogo sincero y respetuoso” entre cristianos y musulmanes, en el que todos se comprometan a rechazar todas las formas de violencia y a respetar la libertad religiosa, subrayando la oportunidad de establecer un diálogo inter-religioso e inter-cultural sobre la base de la necesaria reciprocidad ya enunciada por Juan Pablo II. (http://news.bbc.co.uk/go/pr/fr/-/1/hi/world/europe/5376556.stm).
Muchas instituciones, instancias y aun particulares –como el propio Ali Agca, preso en Turquía para cumplir otra pena añadida a la de ser convicto ejecutor del asesinato frustrado de Juan Pablo II en 1981, que le perdonó- advirtieron al Papa de la inoportunidad de este viaje, programado con mucha antelación. Varios miles de manifestantes expresaron su protesta en las calles turcas en vísperas del viaje; la edición de un libro en el que se planteaba la posibilidad de un atentado mortal contra el Papa y el despliegue de carteles alusivos a las cruzadas medievales contribuyeron a enrarecer un ambiente de por sí ya tenso. Se habló incluso de que el Jefe de Gobierno, Erdogan, convocado a la Cumbre de la OTAN en Riga en las mismas fechas, cometería la inexcusable descortesía de no recibir en persona, en el aeropuerto de Ankara, a Benedicto XVI, alegando su condición de musulmán fervoroso, miembro de un partido confesional que, por otro lado, es moderado. En este punto, es preciso subrayar que el buen sentido guió al Jefe de Gobierno turco, que, como gobernante de una República cuya moderna Constitución proclama su condición de laica y secular –desde la revolución emprendida por el “Padre de los Turcos” –Atatürk-, el general Mustafá Kemal- no debe en ningún momento soslayar sus compromisos de Estado como representante de su pueblo, elegido mediante un voto democrático, aspirante, además, a un ingreso como Estado miembro de pleno derecho en la Unión Europea.
El programa de viaje reflejaba de modo elocuente esta dimensión política-estatal, en tanto que comportaba una visita al Mausoleo de Ataturk, una ceremonia de recepción y visita de cortesía al Presidente de la República, una entrevista con el Vice-Primer Ministro, una entrevista con el Presidente para los Asuntos Religiosos, Alí Bardakoglu, y, por fin, un encuentro con el Cuerpo Diplomático (28 de noviembre). Estos dos últimos actos contaron con sendos Discursos del Santo Padre.
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Con ser estos actos muy importantes, el objetivo central del viaje del Papa ha sido su dimensión apostólica. Ella ha concentrado el mayor simbolismo, en tanto que encuentro entre el Sucesor de Pedro y el Patriarca Ecuménico de Estambul, Bartolomé I, ciudadano nacional turco y griego étnico, responsable de una grey estimada de unos 3.000 fieles en su demarcación, cifra que en la década de 1920 alcanzaba a los 200.000 censados, a lo que se añade el cierre de la Escuela Teológica Ortodoxa desde 1971, asunto que ha ocasionado numerosas protestas de la Unión Europea y que han quedado sin efecto. En cualquier caso, Bartolomé I está a la cabeza de unos 350 millones de fieles ortodoxos repartidos por todo el mundo. La particular idiosincrasia de las Iglesias Ortodoxas, unida a las tensas relaciones con la Iglesia Católica desde 1054, es un factor esencial a tener en cuenta en este viaje papal, precedido, como es sabido, del trascendental encuentro entre Pablo VI y el Patriarca Atenágoras (Declaración Común, 7 de diciembre de 1967), así como del viaje de Juan Pablo II en 1979, de altísimo valor apostólico. A ello se suma el hecho de que Su Santidad Juan XXIII, como Arzobispo Roncalli, fue el Delegado de la Santa Sede en Estambul durante nueve años. Por otro lado, la Iglesia Católica tiene en Turquía diversas expresiones rituales: latina, armenia católica, siria católica, caldea, viviendo estas comunidades su fe en Cristo con esperanza y en armonía. (Juan Nadal Cañellas, Las Iglesias Apostólicas de Oriente. Historia y características, Madrid, Ciudad Nueva, 2000).
Más allá de consideraciones históricas, la actual Turquía ocupa, en su parte asiática, la península de Anatolia, que en griego designa desde hace más de 25 siglos al punto cardinal que corresponde a Oriente. Superpuestos en muchos casos, y, en otros, en mutua simbiosis espiritual, con diversos estratos prehistóricos y antiguos de un máximo valor para la cultura europea y universal, perviven algunos de los lugares testimoniales más importantes del cristianismo originario: Antioquia, Capadocia, son sólo algunos de sus nombres, de trascendente evocación, unidos a las figuras de San Lucas, San Pablo, los Padres de Capadocia, los de Antioquia y Siria .... Un enclave primordial es Éfeso, donde el pontífice celebró la santa misa en el Meryen Aria Evi –la Casa de la Madre María- el día 29 de noviembre, en evocación de la Virgen –cuya Sagrada Maternidad se proclamó en el Concilio de 431- y también del Evangelista Juan, como es obvio. El santuario es un lugar venerado tanto por cristianos como por musulmanes de todo el mundo; la publicación de textos divulgativos de las visiones de la mística alemana Anna Katherina Emmerich ha contribuido a que muchos curiosos, no necesariamente religiosos, sientan un interés especial por el lugar. Ese día concluyó con una visita de oración a la Iglesia Patriarcal de San Jorge, acompañada del encuentro privado con Su Santidad Bartolomé I. Junto a la oración ambos compartieron la veneración común de las reliquias de San Juan Crisóstomo y de San Gregorio el Teólogo.
Al Apóstol Andrés se consagró la jornada del día 30, con una Divina Liturgia en la Iglesia Patriarcal de San Jorge, acompañada de un importantísimo Discurso papal en el que se exhortó a la unión de los cristianos; se concluyó con una Declaración conjunta de Bartolomé I y Benedicto XVI. Ese mismo día, el Papa visitó a los representantes de la Iglesias Hermanas, en particular, la Armenia, con el Patriarca Apostólico Mesrob II, el Arzobispo Metropolita Sirio-Ortodoxo, un encuentro con los miembros de la Conferencia Episcopal católica de Turquía, así como con los representantes de las Comunidades Protestantes y, por fin, con el Gran Rabino de Turquía, que cuenta con una significativa comunidad judía en excelentes relaciones con el Estado.
La segunda celebración eucarística tuvo lugar el 1 de diciembre en Estambul, en la Iglesia Catedral del Espíritu Santo, tomando parte concelebrantes de las comunidades católicas de rito oriental. Si bien bajo el rito latino, también tuvieron cabida otras expresiones rituales particulares en lo que se entendió como un acto de comunión fraternal.
Al ser llamada Turquía “tierra sagrada de la Iglesia”, desde las raíces comunes establecidas en Antioquia y Éfeso, la preocupación ecuménica de Benedicto XVI se expresó ya como prioridad eminente de su pontificado (20 de abril de 2005, Homilía en la Capilla Sixtina).
En términos de una política europea, el ecumenismo reviste una enorme trascendencia en tanto que vehículo de diálogo, conocimiento mutuo, respeto, reconciliación, fraternidad verdadera, entre los pueblos de Europa. En especial, concierne a varios de los Estados que accedieron a la Unión Europea en mayo de 2004 como miembros de pleno derecho, próximos por su vecindad, cuando no inscritos en pleno debate ecuménico, con el cristianismo ortodoxo, tanto como a dos de los candidatos a hacerlo en 2007 –Rumania y Bulgaria-, así como a otros potenciales demandantes de negociaciones futuras con variable alcance y compromiso: Croacia, Serbia, Bosnia-Herzegovina, Montenegro, Macedonia, Albania, [Kosovo], Ucrania, Georgia, Bielorrusia, Moldavia, la propia Rusia ... Un entendimiento entre cristianos es esencial para una adecuada cimentación de las respectivas sociedades civiles europeas que puedan verse comprometidas en procesos de unión política, institucional, económica y cultural. Ello implica –y no mencionarlo sería un acto de cobardía intelectual- recordar que la alusión a Europa como “club cristiano” corresponde a Jacques Delors, Presidente de la Comisión Europea, socialista y cristiano declarado. Con esta apelación, que es genérica, no se invoca ni pretende ninguna exclusividad, ajena por completo a un espíritu cristiano auténtico, sino a la necesidad de definición que, como indefinición, aqueja al discurso europeo corriente en las instituciones y centros de decisión de mayor entidad. En este preciso sentido, la voz de Joseph Ratzinger es, de nuevo, clara y serena: “Reflexiones sobre las culturas que hoy se contraponen” en su El cristiano en la crisis de Europa (Madrid, Cristiandad, 2005).
No se trata tan sólo de invocar a una “razón suficiente” para describir a Europa sobre las raíces cristianas de su devenir histórico, sino de expresar los argumentos de una “razón necesaria”, moralmente benéfica, dialogante y constructiva, para, desde el cristianismo –ecuménico, en este caso- apelar a una humanidad que no prescinde de Dios para constituirse en sujeto consciente de la historia, libre y como tal, responsable. Al menos, estas son algunas de las reflexiones personales suscitadas en mí por la lectura y la posterior meditación sobre este estupendo librito.
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En tal sentido es como cabe entender desde una posición de compromiso el diálogo inter-cultural e inter-religioso que ha formado parte del viaje de Benedicto XVI a Turquía, vista como la tierra desde la que el patriarca Abraham emprendió el camino que le llevó hasta Dios (Nostra Aetate, 1,3). El lugar incluso tiene un nombre concreto, preservado hasta hoy, Harrán, en territorio turco en la actualidad. “Puente” entre Oriente y Occidente, entre Europa y Asia, la secularizada República de Turquía busca un lugar destacado en la política mundial. Su papel protagonista en la “Alianza de Civilizaciones”, junto con España, ha encontrado un progresivo respaldo de muchas organizaciones de muy diversa entidad y proyección; su larga travesía –desde 1959- en pos de un anhelado ingreso en la Unión Europea es señal inequívoca de una voluntad de modernización política y social, de un desarrollo económico, de una extensión del bienestar social y la justicia a la totalidad de su población, de una tutela plena y efectiva de los Derechos Humanos. Desde esta perspectiva, más allá de cualquier relativismo moral, hermenéutico o epistemológico, es preciso reconocer que un Derecho Humano fundamental, y, como tal, inalienable, es la Libertad Religiosa, y, en ella, el reconocimiento de la libertad de conciencia y la libertad de culto, entendiendo, con positivistas jurídicos de la talla de Norberto Bobbio o Luigi Ferrajoli –por no hablar de Hans Kelsen-, que toda determinación de una libertad, como facultad, comporta el cumplimiento de una obligación de no obrar en contrario, siendo sancionable –o moralmente condenable o reprochable- esta contravención. Sobre esta base es como modestamente interpreto, desde mi posición de laica, esto es, de miembro del láos o “pueblo”, el postulado papal –tanto de Juan Pablo II como de Benedicto XVI- de una imprescindible reciprocidad que garantice el normal desenvolvimiento de una vida religiosa plena a las personas de distinta fe que la musulmana –incluidos los que no profesen ninguna- en ámbitos políticos circunscritos a su dominio.
La proverbial “tolerancia” predicada por los regímenes históricos musulmanes a lo largo de siglos de convivencia pluri-étnica, pluri-cultural, pluri-racial, pluri-religiosa, pluri-lingüística, pluri-nacional ... en amplísimas zonas del mundo, europeas, africanas y asiáticas en particular, a través de la fórmula Dar-al Sulh, o “Casa de la Conciliación”, intermedia entre la “Casa de la Guerra” (Dar-al Harb) y la “Casa de la Paz” (Dar-al Islam), es una muestra efectiva de cómo los espíritus, reunidos bajo la mirada del Dios Único, pueden lograr lo que la materialidad de unos intereses demasiado apegados a lo humano desdivinizado, consigue enfrentar. El paso siguiente a la “tolerancia”, fundada en el respeto, es la “aceptación”, y ésta se construye sobre el amor a Dios, la justicia y la hospitalidad, tres principios comunes a la fe musulmana y a la fe cristiana.
Juan Pablo II habló de “paz, libertad, justicia social y valores morales” (Discurso a la Comunidad Católica, Ankara, 28 de noviembre de 1979). Benedicto XVI ha expuesto que “cristianos y musulmanes pertenecen a la familia de aquéllos que creen en el Dios único y que, de acuerdo con sus respectivas tradiciones, remontan sus ancestros hasta Abraham. La unidad humana y espiritual en nuestros orígenes y en nuestro destino nos impulsa a buscar una senda común en tanto que desempeñemos nuestro papel en la búsqueda de valores fundamentales, tan característica de nuestro tiempo” (Discurso del Santo Padre. Encuentro con el Presidente de la Dirección de Asuntos Religiosos, Ankara, 28 de noviembre de 2006 [traducción del original en inglés propia]).
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Una Europa unida no es plenamente concebible sin una unión de los cristianos. Desde Oriente, desde Anatolia, Benedicto XVI ha hablado para ellos y para todas las personas de buena voluntad. Quizá la historia quiera, a través de misteriosos designios, que Turquía aporte a esa Europa aún no integrada del todo mayores y mejores razones para unirse en una comunidad que no prescinda de Dios. Y ello implica atender a Pascal, cuando decía: “El respeto significa “incomodaos”” (Pensamientos). Y ese “incomodaos” concierne a todos, creyentes y ateos, agnósticos e indiferentes, fanáticos e irredentos, de cualquier condición.
Domingo, 19 de febrero
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya
Peio Sánchez Rodríguez
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Antonio Aradillas
Jose Gallardo Alberni
Francisco Baena Calvo
Alejandro Córdoba
Juan Fernandez Krohn