RELIGIÓN EN LA ESFERA PÚBLICA DE LA SOCIEDAD CIVIL [BLOG.27]
27.11.06 @ 23:00:41. Archivado en Derecho internacional eclesiástico
[por Julio Martínez Martínez, Prof. Universidad P. Comillas de Madrid, a invitación nuestra]
El reconocimiento de derechos culturales y comunitarios no es especialmente problemático en el ámbito de la intimidad, de lo estrictamente privado, o en el de los espacios confesionales que acabamos de describir. Pero se torna mucho más complejo cuando nos adentramos en el terreno de lo societario (sociedad civil) al considerar sus repercusiones públicas, sus efectos reales o simbólicos en la vida de la comunidad plural y, por qué no, la legitimidad de sus pretensiones directa o indirectamente políticas. Estas cuestiones resultan particularmente difíciles cuando analizamos identidades con incidencia social fuerte, como es el caso de las creencias religiosas. Aunque en un grado menor que las identidades con pretensiones explícitamente políticas, también las identidades religiosas por su misma naturaleza desbordan el ámbito estrictamente privado al implicar de un modo u otro una concepción de lo que constituye el bien común. Por último la cuestión de participación de los diferentes plantea cuestiones problemáticas también en el tercer ámbito, el de lo estrictamente político.
1.- Participación de las comunidades de creyentes en la esfera pública de la sociedad civil.
Precisamente donde creo que hay una gran potencial para construir convivencia es en convocar a las comunidades de creyentes para que pongan sus mejores galas identitarias a favor del bien común. Lo fácil sería diseccionar las convicciones éticas de las motivaciones religiosas de los ciudadanos creyentes, cuando éstas nos parecen aprovechables y positivas; y desechar las opiniones morales por su carácter religioso, cuando nos parecen perjudiciales o desacertadas para el contexto social. Pero a poca honradez intelectual que uno busque enseguida se percata de que este modo de proceder no es honesto con la realidad.
Obvio es decir que desprivatizar no puede significar ni mezclar religión con el Estado ni dejar que las comunidades confesionales se metan en política como actor partidista, sino abrir el campo a la participación de las voces religiosas y de las asociaciones religiosas en la esfera pública de la sociedad civil.
JOSÉ CASANOVA [Public Religions in the Modern World, Chicago 1994, p. 57-58]señala tres condiciones según las cuales la religión puede ser legítimamente religión pública: 1) que entre en la esfera pública no sólo para proteger su propia libertad sino todas las libertades y derechos; 2) que entre en la esfera pública para cuestionar y contestar la autonomía absoluta de las esferas seculares y sus exigencias a organizarse de acuerdo a principios de la diferenciación funcional, sin tener en cuenta consideraciones éticas extrínsecas a ellos; 3) que entre en la esfera pública para proteger el mundo de la vida tradicional de la invasión tecno-administrativa abriendo a la autocrítica pública y colectiva.
La religión ciertamente es un asunto privado, pues es opción personal la elección de uno u otro credo o la ausencia del mismo. Hay un sentido del carácter privado de la fe que es esencial a la experiencia religiosa, por cuanto ésta no sólo tiene que ver con meros actos externos, sino con actos donde entran de manera insustituible la conciencia, la libertad en su sentido más inviolable e intransferible, y la relación personal de intimidad.
“El ejercicio de la religión, por su propia índole, consiste, sobre todo, en los actos internos voluntarios y libres, por los que el hombre se ordena directamente a Dios: actos de este género no pueden ser mandados ni prohibidos por una potestad meramente humana. Y la misma naturaleza social del hombre exige que éste manifieste externamente los actos internos de religión, que se comunique con otros en materia religiosa, que profese su religión de forma comunitaria [Declaración sobre la Libertad religiosa (n.3) del Concilio Vaticano II].
Por tanto, este sentido de la índole privada, personal e íntima de la religión, no debería causar problemas ni al creyente, porque lo considerará esencial, ni tampoco al que no lo es, porque pertenece a un ámbito íntimo del otro, garantizado por la comprensión del respeto personal y los derechos del individuo. La controversia empieza, empero, cuando la “privatización” se justifica por una visión negativa del hecho religioso.
Pero las creencias religiosas se comparten, se comunican, y no se esconden. En cuanto hecho abrazado por una amplia cantidad de ciudadanos, con indudables efectos en la vida cotidiana, en las referencias éticas, incluso en el comportamiento político, es preciso tomar la religión como un asunto público. Sin duda, aquí está reclamándose una comprensión diferente de la de aquéllos que temen a la religión en la plaza pública y la circunscriben (tal vez con las mejores intenciones) dentro de la conciencia del individuo.
2.- El contenido del derecho a la libertad religiosa
Cuando hablamos de libertad religiosa no se trata de la libertad ni en sentido psicológico (presupuesto esencial de cualquier tipo de libertad y de todo acto auténticamente responsable y humano), ni tampoco se refería a la libertad en sentido moral, en tanto que deber moral de buscar la verdad religiosa, sino que se trata de una libertad política-jurídica. Según declara el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”.
El objeto de esta libertad, en cuanto derecho de la persona tiene una doble dirección: a) no ser forzados a actuar, en materia religiosa, en contra del dictamen de la propia conciencia; b) no ser impedidos, cuando actúan en el plano religioso, a hacerlo según el dictamen de la propia conciencia.
En esta línea hay que anotar que la libertad religiosa no se hace depender de los contenidos de las varias y posibles opciones religiosas que se puedan profesar, sino que el contenido es el derecho a esas posibles opciones, es decir, es la persona el sujeto de este derecho. Ahora bien, desde esta comprensión de la libertad religiosa, que combina la libertad como “no interferencia” (libertad de) y la libertad como “empoderamiento” (libertad para), las concepciones y prácticas que eventualmente pudieran quedan fuera de juego, no quedan por ser religiosas, sino por ser perturbadoras de la vida social en un grado intolerable.
3.- Liberar a la religión de su asociación con la incivilidad y la irracionalidad
A los partidarios de dar espacio público a las convicciones religiosas una de las cosas que más preocupa es una intencionada asociación de la religión con la incivilidad y el prejuicio.
La religión se piensa como algo útil para determinados momentos donde hace falta un especial aporte de apoyo y de sentido, por ejemplo, para bodas, bautizos y funerales, pero por lo demás es prescindible. De esta suerte, no disuena que haya una mentalidad escéptica e iconoclasta que va desde la indiferencia hasta la hostilidad activa, ni que sea francamente sencillo crear toda una caricatura de las religiones identificándolas con el fundamentalismo religioso como un movimiento que aspira a revocar todas las libertades y las medidas de progreso social. Y, una vez caricaturizada, lanzar toda una sombra de sospecha sobre la incivilidad de la religión.
Tampoco es nada infrecuente que se aproveche la mínima oportunidad para manifestar irritación contra la religión como el factor principal que amenaza la cohesión social y que la divide en grupos antagónicos e irreconciliables. Desde luego se puede decir que “precisamente por causa y en nombre de Dios es por lo que está permitido y justificado todo, principalmente lo peor, principalmente lo más horrendo y cruel” [J. SARAMAGO, “El ´factor Dios´”, El País (18-9-2001) p. 26]. Pero la honestidad intelectual exige –lo digo con humildad y respeto— no pararse ahí, porque esa no es toda la verdad [No se olvide que junto a los fundamentalismos religiosos están los fundamentalismos laicos como el comunismo con 100 millones de asesinados (AA., El libro negro del comunismo, Crímenes, terror y represión, Planeta 1998,p.23ss, versión de Le livre noir du communisme, 1997) y el nazismo con 25 millones; cf. C. CORRAL Y S. PETSCHEN, “Fundamentalismo y religión”, en AA.VV., 44(Madrid, Ministerio de Defensa 2003, 19-49].
Francamente, creo que en muchas ocasiones detrás de lo que se da por irracionalidad y o incivilidad de las voces religiosas esconde intereses o ideas partidistas de grupos políticos o sociales, que no aceptan fácilmente que nadie les quite la razón o les contradiga. Tratar de poner remedio a la incivilidad, de aliviar el resentimiento y construir el respeto mutuo mediante la constricción y la reclusión de las voces de los creyentes sólo conseguirá exacerbar los problemas que quiere solventar. El antídoto a la incivilidad es permitir que la religión sea escuchada.
4.- La responsabilidad cívica de los creyentes
Desde luego a lo anterior hay que añadir que la religión tiene que poner los medios para hacerse escuchar, dentro de un marco plural en el que hay diferentes voces con sus propias visiones de lo bueno y sus respuestas de las preguntas cruciales sobre el sentido del ser humano.
Una consideración más matizada de la dimensión religiosa y de sus posibilidades, por supuesto, no es solo responsabilidad de los poderes públicos. También los líderes religiosos y las diversas confesiones asumen aquí una gran responsabilidad. Porque si la religión es y va a ser importante, también es importante que las religiones demuestren su capacidad de contribuir al consenso público, al diálogo, a la convivencia de la diversidad, y ello en varios ámbitos.
Y esto se hace demostrando en el diálogo interconfesional e interreligioso una auténtica disposición para colaboración y la búsqueda de terreno común; ejercitando su potencialidad de promover entre los creyentes equilibrio, arraigo y voluntad de cohesión social; dando cauce a preocupaciones y reivindicaciones legítimas de los colectivos inmigrantes y, en particular promoviendo la resistencia contra dos enemigos de la experiencia intercultural: el racismo y el fundamentalismo; siendo canales de comunidades transnacionales, ya que, por su propia naturaleza y por su implantación multinacional, las religiones más extendidas se sienten cómodas en un mundo global en el que las fronteras y los espacios territoriales definidos por los estados nacionales han entrado en crisis y se ven superadas por los acontecimientos.
La comunidad religiosa transnacional puede hacer sentir al inmigrante su apoyo en las diferentes etapas de la aventura migratoria, comenzando por el tiempo anterior a la decisión de emigrar y llegando a la integración en el lugar de destino [Como muestra el estudio de Helen Rose Ebaugh, ex presidente de la sección de Sociología de la Religión de la American Sociological Asociation (ASA), y Jacqueline Hagan, codirectora del Centro de Estudios de Migración de la Universidad de Houston, sobre las distintas etapas del proceso migratorio por parte de una comunidad de origen maya en el altiplano de Guatemala]; y siendo matrices de ética mundial. El nuevo marco de intercambios globales hace necesaria una ética mundial a la que las religiones pueden hacer una contribución fundamental. Los credos religiosos defienden y alimentan planeamientos éticos universales que abogan a favor de una ciudadanía humana cosmopolita.
5.- No a las “identidades asesinas”
Ello nos obliga a cualificar la defensa de las identidades y su contribución a los intercambios sociales. Y lo hacemos con independencia del posible carácter reactivo y antisocial de ciertos fundamentalismos que, indudablemente, se alimentan de situaciones objetivas y circunstancias concretas que lógicamente, deberían ser abordadas con atención.
Algo está claro: determinados modos de vivir la identidad se excluyan a si mismos del proceso intercultural. No todos los programas identitarios son igualmente viables en una sociedad que respeta la diversidad. Hay identidades que enriquecen la comunidad plural y hay “identidades asesinas”. Algunas son permeables mientras otras se afirman en la negación de lo diferente. Hay identidades fuertes que no tienen miedo a diluirse en nuevas influencias y otras que, para seguir siendo fuertes, se definen en guerra contra el resto. En definitiva, hay modos idolátricos, fetichistas y agresivos de vivir la propia identidad, incompatibles con la experiencia intercultural.
Dicho lo anterior también conviene recordar de los peligros de una creciente etnificación, culturización o religiosización de los conflictos sociales. Se puede estigmatizar la diferencia cultural o religiosa como amenaza del orden democrático, acaso para no tener que atender a los mecanismos de estratificación socioeconómica y en la perpetuación de la injusticia social.
Creo que hoy más que nunca se debe explorar la disposición y capacidad de las distintas religiones para realizar una contribución real y significativa a la convivencia en diversidad. Es de la máxima importancia defender esta virtud conviviente de todas las religiones, pero de modo especial del Islam, desde dentro atacado y manipulado por el islamismo y, desde fuera, puesto bajo sospecha integral.
Superando las señales que parecen llevar hacia la confrontación y el conflicto, es el momento de apostar decididamente (una auténtica opción moral) a favor del empeño constructivo de la mayor parte de los musulmanes, expresado en las siguientes palabras de Riay Tatari, imán de la Mezquita Abú Bakú, en un encuentro con el Alcalde poco después del 11-M: “Los musulmanes no tienen miedo al resto de la sociedad, porque forman parte de la misma, porque son madrileños igual que el resto de las personas que habitan esta ciudad, pero sí temen que se les asocie con el terrorismo. Islam quiere decir paz y esta palabra es incompatible con el terror”.
Desde luego, es en el seno de un estado laico donde creyentes y no creyentes pueden encontrarse y consensuar las reglas de juego que les permitan vivir en armonía fundamental sin renunciar a elementos fundamentales de su identidad. Ello significa, de entrada, aceptar un derecho común que nos obliga a todos.
Una laicidad inteligente y crítica, que tenga cuidado en producir valores comunes y en no crear discriminaciones. La laicidad requiere respeto por las ideas y las libertades de los demás, es la aptitud de no sentirse nunca titulares de verdades definitivas para imponer a los demás, es la capacidad de desmitificar esa pretensión para abrirse a la verdad de los demás. Cabe evitar que la laicidad de la esfera pública se transforme en su negación, el laicismo, sinónimo de indiferencia moral, ausencia de crítica y a menudo sinónimo de intolerancia [G. MUCCI, “Laicità e laicismo”, La Civiltà Cattolica 3706 (2004) p. 325-333].
Los casos más evidentes y de mayor impacto mediático como la ley que prohíbe el uso de los símbolos religiosos en las escuelas públicas de Francia o la petición, después impugnada, de remover los crucifijos de las escuelas públicas en Italia, muestran el fracaso de un universalismo abstracto y relativista que no puede despolitizar las instancias culturales y tampoco puede igualar las opciones de valor diferentes.
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Carlos Corral
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