[Por Julio Martínez Martínez, Prof. Universidad P. “Comillas” de Madrid, a invitación nuestra]
Los pronósticos que vaticinaban que las religiones no lograrían sobrevivir al siglo XX y se convertirían en un fenómeno puramente residual, sin relevancia social alguna, distan mucho de haberse cumplido. A comienzos del siglo XXI nos encontramos con la “sorpresa de lo divino”.
*En la vieja Europa prácticamente se daba por hecho y asumido que los tiempos de la relevancia social de la religión habían pasado. En esto concordaban tanto los que consideraban la tendencia una liberación del peso de la tradición como quienes se lamentaban ante su pérdida. Casi nadie tenía en cuenta algo que el sociólogo de la religión norteamericano Peter Berger [Una gloria lejana. La búsqueda de la fe en época de incredulidad, Barcelona 1994, 45-47] recordaba con insistencia: la secularización sobre la que se teorizaba no era en absoluto un fenómeno universal; como mucho se limitaba a Europa y a parte de sus gentes; el resto del mundo seguía mostrando el mismo fervor religioso, si no más. Así las cosas, no tendría que extrañar la facilidad con que la religión, que nunca se había ido, irrumpió de nuevo en escena y adquirió protagonismo en los análisis de política internacional.
Según aquellos análisis que auguraban la vuelta de la religión, venían malos tiempos para el cumplimiento de la “profecía” weberiana que anunciaba que “los valores últimos y más sublimes han desaparecido de la vida pública y se han retirado, o bien al reino ultraterreno de la vida mística, o bien a la fraternidad de las relaciones inmediatas de los individuos entre sí” [M. WEBER, “La ciencia como vocación” en: El político y el científico, Madrid 1991, 229.] Y soplaban vientos favorables para la gran “revancha de Dios” (como osó titular Gilles Kepel en un influyente libro [La revancha de Dios, Madrid, 2005], que finalmente parece haber regresado a la vida de las personas y comunidades, convirtiéndose en factor significativo en los principales conflictos políticos internacionales.
**Haciendo los honores a su adscripción neoconservadora, el politólogo de Harvard y asesor del Pentágono, Samuel Huntington, pronosticaba en El choque de civilizaciones que la religión pasaría a ser el factor decisivo en la geopolítica mundial en tanto que fuerza principal de motivación y movilización de las personas. Al tiempo que diagnosticaba el fracaso de la religiosidad institucional que había tratado de aggiornarse, reprochándole haber tomado el mal camino de mirar hacia la ilustración crítica. Y añadía que, frente a los empeños de aguar la religión, era el talante neotradicionalista y fundamentalista de religiosidad el más proclive a crecer con el cultivo de la modernidad globalizada del capitalismo neoliberal y la democracia representativa.
En realidad lo que auguraban tan controvertidos análisis sobre el nuevo orden mundial tras la caída del Muro de Berlín, sonaba a un gran desafío a todo el edificio de la modernidad ilustrada.
***La etapa de segunda modernidad que caracteriza a nuestro mundo desde el último cuarto del siglo XX ha traído a primera plana de las agendas de pensamiento público la cuestión de la religión. Acaso dé en la diana Vicente Verdú al decir que “Dios se ha labrado un hogar en medio de miles de millones de habitantes progresivamente deshabitados por una cultura que ha pretendido abolir el misterio de las cosas… Nada más antiguo que Dios pero, a la vez, nada más nuevo, transcultural o golosamente exquisito en un mercado que, día a día, sólo expende vulgarizaciones de lo real”.
****El hecho es que vivimos en sociedades cada vez más abiertas y receptivas a las diversas culturas, en las que resulta imprescindible articular mecanismos que permitan, entre otras cosas, la existencia del pluralismo religioso y eviten situaciones de enfrentamiento por esta causa.
Domingo, 19 de febrero
Francisco Margallo
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Asoc. Humanismo sin Credos
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