El blog de Carlos Corral

En la incineración practicada en España, ¿dónde queda la memoria de los antepasados? [Post.27]

13.11.06 | 09:08. Archivado en Derecho internacional eclesiástico
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¿No nos hallaremos hoy padeciendo una esquizofrenia ante nuestros difuntos? ¿No es eso precisamente lo que refleja “la Tercera de ABC (13-19-2006) ‘Huesos, cenizas, personas’ del PROF. OLEGARIO GONZÁLEZ DE CARDENAL? “En la realización de nuestra existencia personal —escribe—estamos asistiendo hoy en España a dos hechos aparentemente contradictorios: por un lado, está el aferramiento a una memoria de aquel decenio, en el que a nuestros familiares o amigos la vida les fue arrebatada violentamente, queriendo recuperar a toda costa sus restos. Por otro, simultáneamente se procede respecto de los familiares que ahora fallecen con actitudes que relegan al olvido, haciendo desaparecer lo que es el signo real que nos queda de ellos, una vez que la muerte lo ha arrebatado de entre nosotros”.
* Y me fijo exclusivamente en la segunda actitud: “el desapego, distanciamiento y casi desaparición de los muertos del horizonte de los vivos”. Y esto no tanto por el hecho tan rutinario de que los vivos desparramen por montes, mares y estadios los restos incinerados de sus familiares; cuanto por la práctica, sobre todo, no tan rara de disposiciones de los vivos, hoy ya difuntos, que dejaron expresamente dispuesto en sus Testamentos que sus cenizas fueran esparcidas en el Mediterráneo, en el río del lugar de su nacimiento, en el estadio del equipo de su afición, en el jardín de la propia casa. Así, por cierto, es como lo dispusieron familiares y amigos míos — siendo esto lo que más me duele, como tuve ocasión de manifestar en las “Jornadas sobre la libertad religiosa en España” (25/29-9-2006, celebradas en la Universidad Complutense de Madrid, Centro de Estudios Jurídicos), al desarrollarse la ponencia sobre ‘Lugares de culto’—.
Y conste que desde la concepción cristiana o de la Iglesia no hay prohibición alguna de incinerar. La que hubo y tardía ocurrió, cuando comenzó a introducirse la cremación e incineración como un desprecio a la fe en la resurrección de la carne. La verdad fue que los primeros cristianos adoptaron las costumbres entonces existentes en el inmenso imperio romano: lo mismo la sepultura o entierro, que la cremación, la incineración o el embalsamamiento egipcio…Basta recorrer las catacumbas de Roma. Hoy de nuevo se ha rehabilitado la incineración, tal como después del Concilio Vaticano II recoge el nuevo Derecho Canónico (art. 1176 § 3): “La Iglesia aconseja vivamente que se conserve la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos; sin embargo, no prohíbe la cremación…”.
Lo grave es que, con el esparcimiento de las cenizas, “allí donde desaparecen el nombre, la fecha y el lugar de una persona para los demás […]—como puntualiza O. GONZÁLEZ DE CARDEDAL— ¿no desaparece el apoyo del recuerdo y de esa afirmación más allá de la muerte que es el amor a los demás? Cuando se desprecian los signos personales de los muertos estamos en peligro de trivializar los signos, palabras y personas”.
** De ahí la pregunta que rotula nuestro escrito: ¿y la memoria de los antepasados? A la memoria mía me vienen las palabras que el año 2000 pronunció el arzobispo vietnamita, F. van X. Nguyen Thuan, dirigió al Pontífice y a los miembros de la Curia Romana dirigía. “Alguno considera la lectura de este texto [Genealogía de Cristo] como un ejercicio sin significado, como una repetición aburrida. Para los asiáticos, y en particular para mí, que soy vietnamita —añadía a continuación— el recuerdo de nuestros antepasados tiene un gran valor. Según nuestra cultura, guardamos con piedad y devoción en el altar doméstico el libro de nuestra genealogía familiar. Cuando mi familia recibió el santo bautismo. A través de la genealogía nos damos cuenta de que pertenecemos a una historia que es más grande nosotros. Y captamos con mayor verdad el sentido de nuestra propia historia”.
*** Ahora, una reflexión por somera que sea. jáis la urna cineraria a la cuneta o al lago [del Retiro o casa de campo], ¿caéis en la cuenta de que no sólo condenáis al olvido a vuestros antepasados, sino que, sin pretenderlo, acabáis de-preciando a vuestros progenitores de quienes ni siquiera se quiere conservar un recuerdo mínimo? ¿Habéis pensado en el ejemplo que dejáis a vuestros hijos de que os paguen con la misma moneda del olvido?
A los que por testamento mandáis esparcir las cenizas en el jardín, en el mar…¿Os dais cuenta de que omitís transmitir unos restos vuestros que recordar y honrar? Con ello habéis dejado sin sentido la memoria del Día de los Difuntos (2 de noviembre): ya no habrá cementerio que visitar, ni tumba que honrar, ni flores que depositar. “Cuando un ser humano mantiene nombre, lugar y tiempo —advierte O. GONZÁLEZ DE CARDENAL— recibiendo memoria de amor y esperanza de su prójimo, sigue siendo persona”.
Parafraseando la frase del Arzobispo vietnamita, a través de los nombres inscritos en la lápida de tus padres tienes de hecho esculpida tu “genealogía por la que nos damos cuenta de que pertenecemos a una historia que es más grande nosotros”.


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