El blog de Carlos Corral

BERLÍN 9 noviembre: recordando la mayor tramoya de Alemania hasta 1989.

06.11.06 | 07:50. Archivado en Derecho internacional eclesiástico
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Cada año se conmemora la caída del Muro de Berlín (berliner Mauer), denominado "barrera protectora antifascista" (antifaschistischer Schutzwall) por la propaganda de la entonces República Democrática Alemana (DDR = Deutsche Demokratische Republik). Y no es para menos. Durante 28 años estuvo formando parte de las fronteras intraalemanas desde el 13 de agosto de 1961 hasta el 9 de noviembre de 1989 y sus 144 km. separaban el Berlín Occidental del Berlín Oriental y de la RDA. El intentar traspasarlo llegó a costar entre 86 y 238 víctimas.
En cambio, no se trae a la memoria el desmontaje de la mayor tramoya levantada en Berlín Oriental —y conste que no exagero— que yo vi y recorrí en agosto de 1966. Ocurrió así. Un amigo mío me acercó desde Bamberga (Baviera) a Berlín en su Volkswagen por la autopista que, contigua a Leipzig, cruzaba Alemania Oriental. Conforme nos íbamos acercando a Berlín, se iban multiplicando gigantescas pancartas colgadas a lo ancho de parte a parte de la calzada con los rótulos —nunca mejor dicho, pues venían grabados en rojo— de “Berlín capital de la DDR” (“Berlin Haupstadt der D.D.R.”). Era el 16. Al día siguiente, hacíamos la obligada visita de contemplación de “la Puerta de Brandenburgo” –verdadero Arco de Triunfo— desde el Berlín Occidental. La contemplamos subidos al tosco púlpito de rudos troncos construidos sobre una cerca de maderos y teniendo a nuestra izquierda el Reichstag. Estábamos separados de la “Puerta” por el muro y las alambradas y éramos vigilados desde la otra orilla por “los soldados del pueblo” —vulgarmente llamados “vopos” (= Volkspolizei)— que, fuertemente armados, nos iban observando con sus anteojos. Más allá de la “Puerta” se divisaban los palacios, museos y nobles edificios, la inmensa plaza y la larga calle de Karl Marx (la anteriormente y hoy de nuevo denominada Unter der Linden (Bajo los Tilos), recubierta con, al parecer, nuevas fachadas. “Grandioso, impresionante” exclamamos— pero, eso sí, con escuálido tráfico y escasos y sencillos coches—.
Poco después, a medio día, cruzábamos el Checkpoint Charlie, previo registro del coche y examen de papeles, periódicos (yo llevaba la edición española del ABC que me fue secuestrada). Nada se podía introducir. Tuvimos que pagar la aduana de ingreso por coche. Aparcamos en una calle transversal a la avenida de Karl Marx cerca de Preusisches Staatsmuseum. Al salir del coche y acercarnos a pie a las fachadas de los antiguos edificios de la grandiosa avenida, me llevé la gran sorpresa. Esas fachadas aparecían completamente leprosas: sus pinturas y reboques, despellejados; los agujeros causados por balas, morteros y bombas de cuando la guerra, parcheados con cemento blanco. Y eso después de 21 años de haber terminado la II Guerra mundial. Ni siquiera se nos hubiera pasado por la mente que el país más adelantando del Este de Europa pudiera seguir mostrando los muñones de la guerra. No acabó ahí la sorpresa. La sorpresa verdaderamente impactante era que, al asomarnos a la gran calle de Karl Marx, nos encontramos con que todas esas tan afeadas fachadas estaban enmascaradas, cuan larga era la calle, por una gigantesca fachada, construida en cartón piedra. Más de un kilómetro por cada acera. ¡Un colosal teatro montado al aire libre en el centro cultural de Berlín! Entre la fachada natural y la de cartón piedra, un espacio vacío de unos dos metros.
Era retroceder, como me recordaba una profesora de la Universidad a Distancia, a los tiempos de la emperatriz Catalina de Rusia y del valido Potenkin, quien con artificiales fachadas europeas de estilo germánico ocultaba a los ojos de la emperatriz las calles de las aldeas rusas por donde ella iba a pasar. ¡Increíble!
Cuando años después, del 15 al 30 de septiembre de 1992, volví a Berlín —ya el único unido Gran Berlín— quise dar un repaso a lo entonces visitado. Lo hice acompañado por un profesor del Líbano. Las murallas del muro habían desaparecido (menos las reliquias conservadas para el recuerdo); la Puerta de Brandenburgo había sido restaurada. Desde ella hasta la Plaza de la República de Weimar, en especial, se estaban construyendo, en lugar de las murallas, zonas ajardinadas. La arquitectura comunista se iba desmoronando a pedazos: los bloques de apartamentos y de oficinas ni podían mantenerse en pié [E. BONETE, ABC-21-XI-1999]
Como recuerdo de la época soviética, quisimos adquirir postales de entonces que reprodujeran la calle de Karl Marx en una librería próxima al Checkpoint Charlie esquina con Alexanderplatz. Preguntamos a la dueña recalcando: “Mire que se trata de postales reproduciendo las falsas fachadas”. Contestó ella inmediatamente: “Ya, las recuerdo. No las tengo. Miren, aquí todo era una falsedad”. (Todavía las recuerdo gravadas en mi memoria: “Hier! Alles war eine Falschheit!”). [Cuando ya en España, le conté a un amigo el intento frustrado de conseguir las postales, me contestó: “Si quieres, te regalo un recuerdo mejor: un trozo de la alambrada metálica que encarcelaba la libertad de 18 millones de alemanes del Este. Con unos amigos la cortamos en la frontera, a nueve Km. al norte de Nordhalben, en la frontera entre Baviera y Turingia, unos meses después de la caída del muro”].
Eso era la representación de la mentira política oficializada del comunismo real en la antigua Alemania Oriental; y esa es la que el muro de Berlín arrastró con su caída junto con el resplandor artificial de su calle central. Cuando poco después se conmemoró tan grandioso acontecimiento con la interpretación de la Novena Sinfonía de BEETHOVEN, el Coro, al cantar la Oda a la Alegría de SCHILLER, ya no exclamó “Freude, Freude [Schöner Götter Funken, ¡Alegría hermosa chispa celestial], sino “Freiheit, Freiheit” (“Libertad, Libertad”).

1 comentario


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Comentarios
  • Comentario por Rodolfo Morales 24.10.07 | 09:39

    Excelentes pinceladas sobre la verdadera cara del comunismo. Habría que contar cuántas personas dieron su vida por pasar de la zona occidental a la oriental (¿ninguna tal vez?).
    El año pasado, con motivo de la fiesta anual de mi empresa que tuvo lugar en Friedewald, Hessen, tuve la ocasión de cenar al lado de un compañero que 25 años antes había podido escapar de esa gran mentira. Solamente me comentó que desde el momento en que pisó tierra libre tuvo la sensación de estar viviendo otra vida, la real.

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