Con la vista puesta en el futuro de Europa y la paz entre los pueblos es por lo que el actual Pontífice eligió su nombre, como él mismo explicó: “He querido llamarme Benedicto XVI para vincularme idealmente al venerado Pontífice Benedicto XV, que guió a la Iglesia en un período agitado a causa de la primera guerra mundial. Fue intrépido y auténtico profeta de paz, y trabajó con gran valentía primero para evitar el drama de la guerra y, después, para limitar sus consecuencias nefastas. Como él, deseo poner mi ministerio al servicio de la reconciliación y la armonía entre los hombres y los pueblos, profundamente convencido de que el gran bien de la paz es ante todo don de Dios, don —por desgracia— frágil y precioso que es preciso invocar, conservar y construir día a día con la aportación de todos” [Audiencia de 27.04.2005].
*Así lo hizo, casi 90 años atrás — un año antes del final de I Guerra mundial— Benedicto XV, al dirigirse a los beligerantes, el 1º de agosto de 1917, con la “Exhortación a los gobernantes de las naciones en guerra”, advirtiéndoles que Europa iba a correr a su propio suicidio. Fue en vano: los ejércitos no se detuvieron. ¡Lástima que resultaran baldíos tan sinceros deseos! En su seguimiento, actuaron e intervinieron los demás Pontífices (Pío XII, Pablo VI, Juan XXIII y Juan Pablo II) hasta llegar al actual.
Con los mismos sinceros deseos, Benedicto XV quiere ahora continuar esa saga de mensajes e intervenciones. Y lo hace naturalmente desde la perspectiva de un líder de iglesia, como cuando recibió en audiencia a los participantes en un congreso promovido por el Partido Popular Europeo (29.03.2006).
“En estos momentos —lo reconoce—Europa tiene que afrontar complejas cuestiones de gran importancia, como la ampliación y desarrollo del proceso de integración europea, la definición cada vez más exacta de política de vecindad dentro de la Unión y el debate sobre su modelo social”. Por ello añade, “Si valora sus raíces cristianas, Europa será capaz de dar un rumbo seguro a las opciones de sus ciudadanos y de sus pueblos, reforzará su conciencia de pertenecer a una civilización común y alimentará el compromiso de afrontar los retos del presente para lograr un futuro mejor”.
A pesar de que en la actual redacción de la Constitución de Europa no se recoja finalmente la mención de la herencia cristiana, “me complace —dice el Papa— el que el Tratado Constitucional de la Unión Europea prevea una relación estructurada y continua con las comunidades religiosas, reconociendo su identidad y su contribución específica”.
Con todo, se permite una oportuna advertencia: “No hay que olvidar que, cuando las Iglesias o las comunidades eclesiales intervienen en el debate público, expresando reservas o recordando principios, no están manifestando formas de intolerancia o interferencia, pues estas intervenciones buscan únicamente iluminar las conciencias, para que las personas puedan actuar libremente y con responsabilidad, según las auténticas exigencias de la justicia, aunque esto pueda entrar en conflicto con situaciones de poder y de interés personal”.
Ya, por lo que afecta a la Iglesia católica, “el interés principal de sus intervenciones en la vida pública —lo recuerda Benedicto XVI— se centra en la protección y la promoción de la dignidad de la persona y por ello presta particular atención a los principios que no son negociables. Entre estos, hoy emergen claramente los siguientes:
--protección de la vida en todas sus fases, desde el primer momento de su concepción hasta su muerte natural;
--reconocimiento y promoción de la estructura natural de la familia, como una unión entre un hombre y una mujer basada en el matrimonio, y su defensa ante los intentos de hacer que sea jurídicamente equivalente a formas radicalmente diferentes de unión que en realidad la dañan y contribuyen a su desestabilización, oscureciendo su carácter particular y su papel social insustituible;
--la protección del derecho de los padres a educar a sus hijos.
Estos principios no son verdades de fe, aunque queden iluminados y confirmados por fe; están inscritos en la naturaleza humana y, por ello, son comunes a toda la humanidad. La acción de la Iglesia en su promoción no es por lo tanto de carácter confesional, sino que se dirige a todas las personas, independientemente de su afiliación religiosa”.
Y los subraya el Pontífice “en la medida en que estos principios son negados o malentendidos, pues de este modo se comete una ofensa a la verdad de la persona humana, una grave herida provocada a la justicia misma.
**Dos de esos principios vuelven a reafirmarse en el V Encuentro internacional de la Familias en Valencia (julio 2006).
Así, en cuanto al segundo principio, dirá: “La familia, fundada en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, expresa esta dimensión relacional, filial y comunitaria, y es el ámbito donde el hombre puede nacer con dignidad, crecer y desarrollarse de un modo integral”. Por ello, “La familia es una institución intermedia entre el individuo y la sociedad, y nada la puede suplir totalmente. Ella misma se apoya sobre todo en una profunda relación interpersonal entre el esposo y la esposa, sostenida por el afecto y comprensión mutua”. Más aún, “La familia es un bien necesario para los pueblos, un fundamento indispensable para la sociedad y un gran tesoro de los esposos durante toda su vida”.
En cuanto al segundo principio, el derecho/deber de los padres, estos —continúa— “tienen el derecho y el deber inalienable de transmitirlo a los hijos: educarlos en el descubrimiento de su identidad, iniciarlos en la vida social, en el ejercicio responsable de su libertad moral y de su capacidad de amar a través de la experiencia de ser amados y, sobre todo, en el encuentro con Dios”.
Anteriormente, en cuanto al primer principio, se expresaba así con nitidez: «El amor de Dios no hace diferencia entre el recién concebido, aún en el seno de su madre, y el niño o el joven o el hombre maduro o el anciano. No hace diferencia, porque en cada uno de ellos ve la huella de su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26). No hace diferencia, porque en todos ve reflejado el rostro de su Hijo unigénito, en quien “nos ha elegido antes de la creación del mundo (...), eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos (...), según el beneplácito de su voluntad” (Ef 1, 4-6). [Discurso al Congreso internacional sobre «El embrión humano en la fase de la preimplantación», 27-02-06].
***Por cierto, ahora que Alemania va a asumir —al acabar el semestre— la presidencia de Europa, no está demás traer a la memoria que la actual canciller de Alemania, Angela Merkel, no dejó escapar la oportunidad de hacerse presente en el 96º Katholikentag (Día de los católicos) celebrado [24 a 29 mayo de 2006] en Saarbrücken, para recordar precisamente la importancia de la culturas y las raíces que le son propias a Europa.
Domingo, 19 de febrero
Francisco Margallo
Antonio Aradillas
Jose Gallardo Alberni
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Baena Calvo
Alejandro Córdoba
Juan Fernandez Krohn
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Salvador García Bardón