El blog de Carlos Blanco

Sir Michael Atiyah

14.01.19 | 19:42. Archivado en Sobre Carlos Blanco

El pasado 11 de enero nos llegaba la triste noticia del fallecimiento de Sir Michael Atiyah, una de las grandes mentes matemáticas y científicas de nuestro tiempo. Quienes tuvimos el inmenso honor de conocerle y de conversar con él sobre una pléyade de temas (filosofía, matemáticas, lógica, física, activismo, historia, poesía...) jamás olvidaremos que Sir Michael, además de una gran mente, era una gran alma; Mahatma, como dicen en la India. Irradiaba luz, alegría y generosidad. Reveladoramente humilde, jamás de envanecía de ninguno de sus asombrosos logros intelectuales, que le hicieron ganar los más prestigiosos premios matemáticos (como la medalla Fields en 1966 y el premio Abel en 2004), pertenecer a la Orden del Mérito, presidir la Royal Society de Londres, ser Master de Trinity College en Cambridge y presidente de las conferencias Pugwash (galardonadas con el premio Nobel de la Paz en 1995) entre 1997 y 2002.

Un hombre único, un torrente de vida que sólo sabía transmitir optimismo, sabiduría y vitalidad. Recuerdo su brillante ponencia en la conferencia Altius de 2017, en la Oxford Union, sobre "La belleza, la verdad y el espíritu humano", y sus siempre lúcidas intervenciones durante todo el evento, que suscitaron admiración unánime, o más bien deslumbraron por la mezcla de profundidad y audacia que desplegaban. Llenaba la sala con su presencia y su palabra. Tampoco olvidaré una de las noches, cuando tras la cena en New College comenzó a conversar animadamente en la recepción del hotel Mercure con el Nobel de física Sheldon Glashow, su mujer y un servidor sobre el futuro de la ciencia, las grandes figuras del siglo XX a las que había conocido, sus proyectos actuales..., en lo que era un inagotable caudal de ideas, memorias y sugerencias.

Perdurarán sus aportaciones a la geometría y a la topología, en especial su desarrollo, junto a Friedrich Hirzebruch, de la teoría K topológica, y su prueba, junto a Isadore Singer, del célebre teorema del índice, que establece una equivalencia entre el índice analítico y el índice topológico para operadores diferenciales elípticos. Este importante resultado inauguró nuevos y valiosos puentes entre la topología y el análisis, y entre las matemáticas y la física teórica, útiles en teoría cuántica de campos, relatividad general y teoría de cuerdas.

Viajero infatigable, había recorrido multitud de países desde la infancia, y en él convergían diversas herencias culturales. De origen libanés, nació en 1929 en Hampstead, Londres, pero pronto se trasladó con su familia a Sudán y Egipto. Aún existía el Imperio británico, y en ciudades como Jartum y El Cairo, a orillas del Nilo, recibió una esmerada educación, que más tarde le permitió ingresar en Trinity College, Cambridge. Cuando en una ocasión me disculpé por no poder quedar a comer o cenar con él en una de sus visitas a Madrid, dado que me encontraba de viaje en Japón, me dijo "Japón. Te encantará. Yo he estado varias veces". Y otras tantas había estado en la India, Líbano, Estados Unidos, Canadá, Rusia...

Su carrera académica sólo puede calificarse de extraordinaria. Enseñó en las mejores universidades del mundo, recibió los doctorados ‘honoris causa’ más ilustres y -quizás su mayor gozo-, contó con discípulos igualmente brillantes, algunos de ellos también distinguidos con la medalla Fields.

Tuvo, en suma, una vida fascinante, digna de ser celebrada, que le llevó a los lugares más exóticos del pensamiento y de la vida.

Sir Michael poseía esa capacidad única que exhiben los genios: la de convertir lo complejo en sencillo, la de ofrecer claridad en las cuestiones más difíciles, la de encontrar relaciones inusitadas entre ideas, teorías y marcos de pensamiento, la de hacernos creer que todo es posible si aplicamos razón, entusiasmo e imaginación; la de arrojar, en definitiva, luz, como sólo podía hacer un alma tan luminosa como la suya. Sabía escuchar, y por ello sabía enseñar y orientar en las cuestiones más difíciles. Su magia intelectual, su apertura mental infinita, le permitía tender puentes entre numerosas ramas del conocimiento. Era también un poeta, un hombre dotado de una exuberante sensibilidad estética, sobre cuyas bases neurocientíficas publicó algún que otro artículo con Semir Zeki.

Atiyah ha sido una fuerza de la naturaleza, ungida con el que quizás sea el mayor privilegio al que puede aspirar un ser humano: descubrir una verdad permanente, que ni los avatares históricos ni los cambios de mentalidad lograrán nunca alterar; mejorarla sí, pero no refutarla. Es la fortuna que bendice a los grandes matemáticos, cuyas aportaciones penetran en el misterioso y fascinante cielo de las verdades inmutables. Él mismo me dijo una vez que Dios, si existiera, debería cumplir las leyes de la lógica. Además, Atiyah nos deja un legado de optimismo y esperanza en las posibilidades de la mente humana para elevarnos a las cimas más altas y radiantes. Ha sido una voz incansable a favor de la ciencia, la razón y la imaginación como herramientas para avanzar en las sendas del conocimiento y de la paz.

Qué lección más profunda e inspiradora la de haber sido testigo de cómo fluía su curiosidad insaciable, de cómo estaba continuamente planteando preguntas y mostrando interés por casi todo. Porque Michael Atiyah era incomparable. Hay grandes mentes en el mundo, pero creo que será difícil volver a encontrar una como la suya, que encarne tan magistralmente inteligencia, creatividad y energía.

Descansa en paz, Michael, ya en el cielo de los matemáticos.


Sábado, 23 de febrero

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