El blog de Carlos Blanco

La educación y la esperanza de la humanidad

19.02.18 | 15:54. Archivado en Sobre Carlos Blanco

(Artículo escrito en 2008 para la revista editada con motivo del aniversario del colegio público Pablo Neruda)


Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: “La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”.
El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Estos hermosos versos integran una de las obras más tempranas y célebres del poeta chileno Pablo Neruda. Haber estudiado en un colegio que lleva el nombre de un premio Nobel tan insigne, recordado por la hondura y por el compromiso de sus grandes creaciones, ha sido todo un honor para mí.

Pero no son versos, y menos aún tristes, lo que quiero escribir ahora. Son precisamente palabras de esperanza en la educación como piedra angular de la construcción de un futuro más humano las que quiero transmitir.

Poniendo la vista en el horizonte del pasado, y en particular en los años de educación primaria que pasé en el colegio público Pablo Neruda de Coslada, me doy cuenta de lo afortunado que he sido por haber tenido la oportunidad de recibir una educación que no habría sido posible sin el esmero de tantos profesores. Esa oportunidad no existe para muchos niños y niñas de los países menos desarrollados del mundo que están privados de un derecho humano básico, privación que desposee del que quizás sea el tesoro más extraordinario que hemos acumulado los seres humanos a lo largo de los siglos: el conocimiento.

Recuerdo perfectamente la emoción que supuso para mí aprender tantas cosas en el colegio, y cómo preguntaba con avidez a los profesores por aquello que no sabía pero que quería saber. Recuerdo perfectamente cómo, en los cursos más elementales, me fijaba en los estudiantes de cursos superiores y albergaba ansias de lograr algún día aprender todo lo que ellos ya estaban asimilando. El colegio siempre significó para mí una ilusión, y más aún, una esperanza: la ilusión por aprender, la esperanza por conocer. Aunque poco a poco iba siendo consciente de que nada ni nadie, sino yo mismo, podría siquiera pretender saciar el deseo de conocimiento, veía en las clases, en las asignaturas, en los libros y sobre todo en los profesores un auténtico océano que debía explorar para así abrir mi mente.

La escuela, y especialmente en el nivel primario, tiene que ser justamente un espacio que abra las mentes de los niños y de las niñas. En la biografía de una persona nunca se llega a disponer de la misma receptividad y, sobre todo, del mismo entusiasmo ante lo nuevo como durante la niñez. En ningún momento de su vida es el ser humano tan propiamente humano como durante la niñez. Cuando volvemos los ojos a la historia a veces podemos sentir la tentación de pensar que los antiguos fueron ingenuos al creer determinadas cosas, o utópicos al pensar que conseguirían ciertos objetivos. Algo similar ocurre en la niñez. Para el niño todo es nuevo, y el niño nada teme. Absorbe todo cuanto está a su alrededor, asimilando un sinfín de palabras, expresiones, modos y conductas sociales. Nunca se vuelve a aprender tanto en tan poco tiempo. Y si la historia de la humanidad es en gran medida la historia del ansia infinita por conocer, creo que nunca somos tan humanos como en nuestra infancia. Y si la historia de la humanidad es también la historia de una progresiva liberación de miedos, supersticiones y cadenas que nos esclavizaban, creo que nunca somos tan humanos como en nuestra infancia.

Un colegio como el Pablo Neruda, que abarca las etapas de educación infantil y primaria, tiene una enorme responsabilidad, un reto gigantesco pero también una posibilidad única. Se enfrenta al desafío de abrir al máximo la mente de los niños y niñas y de sacar lo mejor de ello mismos, siguiendo la estela de los mayores pedagogos de la humanidad, como Sócrates, Rousseau o Paolo Freire. No se trata únicamente de introducir contenidos en las despiertas mentes de niños y niñas que, conforme avanzan las generaciones, se van haciendo más inteligentes y más aptos para una sociedad cada vez más compleja. Se trata de crear en ellos las disposiciones que en un futuro les permitan valerse por sí mismos y constituirse en verdaderos agentes de su propio destino.

Y en el caso del colegio Pablo Neruda, de naturaleza pública, la responsabilidad es aún mayor: su deber es mostrar que todo niño y niña tiene el derecho a recibir la mejor educación posible, independientemente de su origen social y cultural. Sólo así llegaremos a edificar una sociedad auténticamente fraterna, donde hombres y mujeres se sientan partícipes de un mismo futuro y cooperen en el progreso del conocimiento y del bienestar humano.

El conocimiento es el camino más genuino hacia la paz. El conocimiento contribuye a liberar a la mente humana de prejuicios multiseculares, de odios y de temores; nos da las claves para descubrir las leyes de la naturaleza y para erigir una sociedad en la que todos podamos convivir. Nos ayuda a admirar lo que nos es extraño, a abrirnos a otras culturas, pueblos y religiones, porque todas esconden algo bello, verdadero y bueno. El conocimiento, en definitiva, nos hace más dueños de nosotros mismos al tiempo que nos exhorta a cooperar sin límites en la fascinante tarea del progreso. La historia es la esperanza de avanzar siempre hacia un mundo mejor. Todos los fallos de la humanidad han sido también lecciones que nos han permitido volver a empezar e ir hacia delante. La II Guerra Mundial sembró en Europa la destrucción sin límites, pero al terminar, los europeos fuimos capaces de construir la Unión Europea, uno de los ejemplos más notables de lo que la solidaridad y la cooperación entre los pueblos y las naciones pueden reportar. Decía el filósofo Ernst Bloch que la esperanza puede aprenderse, y la pensadora Hanna Arendt estaba convencida de que cada nacimiento es una innovación. Con cada niño y niña que se educa en un colegio como el Pablo Neruda surge una esperanza: la esperanza de que ese niño o niña pueda crear y vivir un futuro más humano.


Sábado, 21 de julio

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