El blog de Carlos Blanco

Una mirada esperanzada al futuro

05.01.18 | 09:39. Archivado en Sobre Carlos Blanco

Cuando asimilamos el desarrollo del conocimiento científico, fácilmente advertimos que muchas de nuestras ideas preconcebidas carecen de fundamento. Una intensa angustia puede entonces invadirnos, por ejemplo si pensábamos que los ideales más elevados del espíritu humano gozaban de realidad, en vez de brotar de ese suelo tan fértil como intrigante que es la evolución biológica. Pensar que aspiraciones tan enaltecedoras como la búsqueda del amor auténtico, de la verdad plena o de la belleza pura quizás se expliquen por mecanismos neurobiológicos puede sin duda sumirnos en el desconcierto.

Algunos optarán por aferrarse a idealismos nostálgicos, a la melancolía que a veces sentimos por aquellas etapas de la vida en las que era posible creer en cosas para las que no tenemos evidencias sólidas. Se trata de una reacción perfectamente comprensible. El ser humano no sólo quiere verdades, sino consuelos, satisfacciones emocionales que le ayuden a proseguir.

Sin embargo, si examinamos la cuestión desde otro punto de vista, si nos atrevemos a romper las cadenas del miedo y analizamos con rigor las conclusiones de la ciencia, es también posible que se apodere de nosotros una actitud bien distinta. Pues, en efecto, basta con introducirse en cualquier parcela del conocimiento científico, incluso en aquellas que afectan de manera más directa a la especie humana, para percibir una belleza y una perfección lógica embriagadoras. Los grandes principios de la ciencia, las leyes universales del universo, la maravilla de la evolución, capaz de suscitar un número tan vasto de formas y propiedades, revelan también un ímpetu creador que sólo el hombre ha logrado tímidamente imitar en sus obras más perdurables. Más aún, al admirar lo que la naturaleza es capaz de producir de acuerdo con unas leyes, es inevitable que nos preguntemos por las posibilidades de la mente humana. La naturaleza nos ha brindado unas condiciones de posibilidad que, por supuesto, nos limitan, nos constriñen; pero también nos ha otorgado una flexibilidad extraordinaria, una capacidad de sentir y pensar que desborda muchas de nuestras rigideces estructurales.

Es, por tanto, al volcar la mirada hacia el futuro, al imaginar, al soñar y crear, cuando las determinaciones previas cobran su auténtico valor no como límites infranqueables, sino como condiciones de realización que pueden proyectarnos a escenarios inéditos. El tiempo siempre añade información a los sistemas que integran la naturaleza. Con cada nuevo instante amanece una nueva posibilidad, un nuevo espacio de configuración de posibilidades, altamente condicionadas por los antecedentes, pero no por ello determinadas de modo unívoco. Es quizás en esta percepción de la grandeza de nuestras posibilidades, del horizonte que se yergue ante nosotros, de una senda que puede conducirnos a la destrucción o al despliegue de la más portentosa y fecunda creatividad, donde resida ese consuelo que con tanto fervor anhela el ser humano en su faceta emocional. Lo que desde un planteamiento llanamente racional puede tantas veces antojársenos frío, ciego y oscuro, cede así el testigo a la captación de una radiante luminosidad. Se desvanece todo temor ante el carácter impersonal de la naturaleza, ante la misteriosa mezcla de contingencia y necesidad que define el proceso evolutivo, pues el mismo desarrollo de la materia nos catapulta hacia posibilidades novedosas, fruto de esta oportunidad inusitada de existir que nos ha concedido el universo.

Entre el temor y la esperanza, siempre conviene la esperanza, porque nos ayuda a crear, a confiar en el futuro y en nuestras propias capacidades. Una reflexión profunda sobre el cosmos y la historia nos permite relativizar muchas de nuestras ansias e inquietudes; nos abre a una mirada más pura, menos egoísta, más gozosa y enriquecedora hacia lo que nos rodea. Puede que el mundo no tenga un sentido, al menos tal y como lo habían concebido eminentes profetas y filósofos, pero sí puede tenerlo. Depende de cómo empleemos esas posibilidades que la naturaleza, la historia y nuestra subjetividad nos ofrecen.

Perdida en la infinitud del cosmos, la humanidad se olvida de que forma parte de una realidad mucho más trascendente y sublime que ella misma. Una de las líneas posibles de desarrollo de la materia ha conducido hasta nosotros, con nuestras glorias y miserias. Y la grandeza de la humanidad brilla con una luz imborrable en su genio creativo, en su capacidad para expandir el horizonte de su pensamiento y de expresión. Contemplemos, por tanto, el universo; con los ojos de la ciencia o del arte, lo importante es que logremos acariciar destellos de esa esperanza que tantos encuentran al entender la profunda e inmensa sabiduría que late en cada porción de la realidad, en cada enseñanza de la ciencia, en cada creación del arte, en cada búsqueda humana de verdad y mejora.


Domingo, 21 de enero

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