El blog de Carlos Blanco

El horizonte infinito del cuestionamiento

08.11.17 | 17:09. Archivado en Sobre Carlos Blanco

La historia ha sido testigo de importantes progresos en la capacidad del pensamiento humano para concebir lo que parecía inconcebible: el descubrimiento del número cero, la invención de nuevas familias de números más allá de los naturales, el hallazgo de la fuerza de gravitación universal, el desarrollo de la idea de derechos humanos inalienables, la formulación de nuevas clases de geometría, la relativización de nuestras nociones tradicionales sobre el infinito…

Éstas y otras manifestaciones sobresalientes de la creatividad humana ponen de relieve la capacidad de la mente para trascender fronteras que muchas veces consideramos infranqueables. A la luz de muestras tan excepcionales de ingenio intelectual, la tentación de juzgar como definitivas ciertas categorías conceptuales se desvanece con asombrosa rapidez. Pues, en efecto, ¿quién se atreve a garantizar que muchos de los esquemas conceptuales predominantes en la física, en la química, en la biología, en la filosofía o en las ciencias sociales deban contemplarse como adquisiciones definitivas e irreformables? Lógicamente, la duda justificada en torno a la inmutabilidad de determinadas categorías no es óbice para sostener que muchas de nuestras más valiosas conquistas sapienciales quizás gocen de un carácter casi permanente; probablemente sean ampliadas y perfeccionadas, pero no impugnadas en algunas de sus afirmaciones más señeras.

Dentro de las grandes revoluciones en las categorías que emplea la mente para racionalizar el universo, uno de los saltos intelectuales más relevantes de los últimos siglos destella en el desarrollo de la teoría de la evolución. Sus consecuencias afectan tanto a las ciencias naturales como la metafísica, al proporcionar, por primera vez en la historia, una herramienta conceptual unificadora para comprender el surgimiento de la complejidad a partir de la simplicidad. Gracias a la idea de evolución de las formas orgánicas ha sido posible integrar una cantidad vasta y heterogénea de conocimientos previos, además de propiciar avances ulteriores en numerosos campos de la ciencia y de la reflexión. Parecía inconcebible que una entidad tan compleja como el ser humano brotase, en realidad, de una larga acumulación de variaciones genéticas filtradas por la selección natural a través de millones de años de cambios graduales. Durante milenios, la humanidad tomó por descontado que lo complejo sólo podía explicarse desde lo complejo. Se creía que una realidad inferior no podía gestar una realidad superior; lo más elevado sólo podía emerger si algo aún más elevado lo generaba. Este pensamiento es perfectamente lógico, al menos según los cánones tradicionales con que ha operado la mente humana de manera casi inconsciente. Lo complejo exige de una realidad aún más compleja que lo diseñe, y en la naturaleza existen tránsitos tan abruptos que es imposible imaginar cómo se habría llegado hasta el estadio actual de desarrollo del universo si únicamente partiéramos de entidades simples. Es precisamente aquí donde reside el mayor mérito de la teoría de la evolución por selección natural: en su capacidad de mostrar, de modo elegante y armonioso, cómo con unos conceptos relativamente sencillos es factible explicar transiciones tan desconcertantes desde realidades simples a realidades mucho más complejas, hipotéticamente esquivas a la elucidación racional.

No basta con enunciar una idea para convertirla en una nueva categoría fecunda, apta para ensanchar el pensamiento humano y revelar inusitados escenarios para el intelecto. Siempre es preciso insertar toda nueva creación en el seno de un modelo que la armonice con categorías existentes y que nos ayude a extraer todas sus consecuencias. Por tanto, el diseño de un marco consistente (es decir, libre de contradicciones), desde el que derivar conclusiones contrastables, constituye también una etapa esencial en la elaboración de nuevas ideas. Las mentes más revolucionarias no habrían pasado a la historia si, en lugar de analizar con profundidad, rigor e imaginación las implicaciones de sus ideas, se hubieran limitado a exponerlas de manera lacónica y fragmentaria. Trabajaron con industriosa tenacidad para explorar sus consecuencias, sus incongruencias potenciales y su relación con las ideas vigentes. Muchas veces se esmeraron en resaltar la continuidad que existía entre sus propuestas, los conocimientos firmemente asentados y las evidencias indisputables. El proceso creativo abarca tanto la génesis de la semilla, el don luminoso de gestar una idea nueva, como su laborioso desarrollo, el fervor y la perseverancia que auspician su crecimiento hasta desembocar en una formulación adecuada y convincente.

En una tensión creadora entre discontinuidad y continuidad, las grandes revoluciones conceptuales nos proyectan a espacios nuevos, a territorios vírgenes del espíritu, pero no rompen por completo los lazos que inevitablemente vinculan entre sí todas las ideas alumbradas por la mente humana. Se adelantan valerosamente en la trama infinita del descubrimiento, pero lanzan cuerdas que permiten a los más rezagados asirse a ellas para saltar sin peligro sobre el abismo de lo desconocido. Ruptura y conservación parecen así dos señas inconfundibles de los progresos más profundos que realiza el espíritu humano. Para comprender lo nuevo es inexorable descansar sobre las ideas ya entendidas, sobre los hallazgos previos, sobre las concepciones aceptadas. Sin embargo, con la mirada puesta en el pasado o en el presente, desde la aceptación resignada de lo ya establecido, es imposible adentrarse en nuevos escenarios intelectuales. No obstante, y para que el salto se produzca, fructifique y pueda comunicarse, es necesario mostrar los nexos de continuidad que conducen de lo antiguo a lo nuevo. Sólo así una idea original y fecunda logra hundir sus raíces en el terreno sólido de lo conocido, con el objetivo de crecer audazmente hacia lo desconocido.

Por su propia naturaleza, la predicción de una gran transformación intelectual venidera es imposible. Si fuera tan sencillo prever qué concepto inédito alboreará en el futuro, o qué nuevas concepciones despuntarán en la historia intelectual humana, semejantes formas de creatividad se despojarían de su valor como elementos verdaderamente revolucionarios. En cualquier caso, no es descabellado creer que en ocasiones puede resultar viable anticiparse tímidamente a algunas de esas brillantes eclosiones, destinadas a modificar significativamente nuestras categorías intelectuales fundamentales. De hecho, suelen ser las ideas más simples, o por lo menos aquéllas que muchas veces asumimos pacíficamente y sin cuestionamientos sustanciales, por estimarlas obvias e inatacables, las más susceptibles de protagonizar una auténtica revolución intelectual.

¿Qué ideas aparentemente indiscutibles se verán sujetas a profundas alteraciones? ¿Qué principios inofensivos, que tentadoramente nos inclinamos a juzgar como evidentes e incontestables, experimentarán una crítica honda y fértil para el desarrollo del pensamiento humano? ¿Sobre qué esquemas y categorías de la mente se cernirá ese espectro tan fascinante como inescrutable que preludia las grandes transformaciones científicas y filosóficas?

En último término, estas preguntas no hacen sino evocar el interrogante más profundo sobre la esencia y las posibilidades de la creatividad humana. Cada conquista en el reino del pensamiento abstracto sella el triunfo de la mente para sondear un ámbito potencialmente infinito, el de las posibilidades, el de lo imaginable, el de lo universal, el de lo que puede revestirse de sentido, el de lo expresable en símbolos que, correctamente armonizados, pueden incluso anticiparse al funcionamiento real de la naturaleza. A menudo nos preguntamos por el papel del hombre en el universo, pero la propia idea de “papel” sugiere intencionalidad, como si nuestra presencia respondiera a un plan premeditado. ¿Y si estuviéramos aquí no tanto para desempeñar un rol como para realizar una de las infinitas posibilidades que quizás depare la naturaleza? “Nuestras mentes son finitas, peor incluso en estas circunstancias de infinitud estamos rodeados por posibilidades que son infinitas, y la meta de la vida consiste en captar todo lo que podamos de esa infinitud”, sentenció sabiamente Alfred North Whitehead. Es el misterio de lo posible, casi tan intrigante como el enigma de lo real. Un misterio no es un problema insoluble, sino una incógnita tan amplia y profunda que, incluso si consiguiéramos despejarla, no cesaría de sorprendernos. Nos abruma la desaforada complejidad del universo, pero aún más subyugante resulta contemplar cómo ante nosotros, en el ardoroso silencio de la reflexión pura, se alza un horizonte potencialmente infinito de ideas, formas y modelos: el mundo de lo concebible. Y muchas de las ideas que hoy se nos antojarían inconcebibles probablemente habiten en ese cosmos de resonancias infinitas que contiene todo lo concebible.

Por ello, y si se nos permitiera aventurarnos en un arriesgado ejercicio de futurología intelectual, o de imaginación descontrolada pero gratificadora, a nuestro juicio sería interesante detenerse en una serie de ideas que quizás estén llamadas a producir profundas revoluciones en el pensamiento humano. Es en la posibilidad de cuestionar nociones fundamentales donde resplandece el vigor de un campo del saber, el grado de elasticidad que ostentan sus nociones básicas. Cualquier disciplina del conocimiento se ampara en sistemas conceptuales sustentados sobre unas premisas y unas reglas de inferencia. Toda creación intelectual no hace sino construir categorías para subsumir multiplicidades en unidades dotadas de coherencia. Sin embargo, ¿por qué estas categorías y no otras? ¿Qué sistemas conceptuales alternativos, además de preservar el irrenunciable requisito de la consistencia lógica, nos permitirían también explorar ámbitos de pensamiento excluidos por estos modelos?

De nuevo, no se trata de abogar por rupturas radicales con los esquemas conceptuales de los que tan provechosamente nos hemos servido hasta ahora, sino de diseñar sistemas más abarcadores; más que de revoluciones, hablamos de evoluciones conceptuales, porque nunca –o casi nunca- presenciamos una escisión absoluta entre categorías. Si, como han intuido tantos sabios, la naturaleza aborrece los saltos, más aún lo hace el pensamiento: intellectus non facit saltus. Extasiados ante la gloria de la intuición creadora, que con frecuencia simula sobreponerse mágicamente a la severa linealidad del pensamiento lógico, quizás olvidemos que, en realidad, ese quebrantamiento prodigioso y radical de la secuencia lógica nunca acontece. La mente humana no puede concebir un salto absoluto entre ideas, un verdadero vacío lógico, un novum auténtico que infrinja la continuidad causal entre contenidos intelectuales. Semejante posibilidad, reminiscente de la acepción más profunda y maximalista de “creatividad”, sólo centellea como una meta asintótica a la que tiende infatigablemente el pensamiento. Podemos identificar formas insólitas e improbables de moldear la materia prima con la que opera nuestra mente en forma de imágenes y categorías, pero en el fondo no hacemos sino reorganizar habilidosamente unos contenidos ya dados.

La intuición reordena, recombina, relaciona y condensa, pero no anula; asciende, mas no elimina el prolijo itinerario de razonamientos que subyace a la génesis de una nueva idea. Es la brújula que nos guía hacia la meta, pero sin eximirnos de recorrer la senda. La intuición descubre un nuevo itinerario que luego puede esclarecerse racionalmente. Satisface, por tanto, una función eminentemente orientadora. No cabe duda de que la intuición es una luz impenetrable y enigmática, como si en ella una mano invisible hubiese rasgado el velo que nos separa de una visión flamante e insospechada. Refractaria a los cánones de una dilucidación consciente, suele yacer escondida, arrebujada en los dominios más recónditos de lo inconsciente. Pero la intuición nunca nace de la nada; no es una creación ex nihilo que irrumpa sobrenaturalmente en los senderos del pensamiento. En ella cristalizan innumerables reflexiones previas, cuantiosos antecedentes, una confluencia de perspectivas filtrada por el vigor acumulado y sostenido del análisis racional. La intuición emerge así como la vanguardia de la lógica, capaz de establecer conexiones inusitadas entre ideas y fenómenos, seguramente aferrada a lo que la razón ya vislumbró y ponderó de forma precaria y nebulosa. La intuición es la fuerza que nos permite transitar, impávidos, aun cuando carecemos de evidencias conclusivas que justifiquen ese avance; allana el camino a la razón, pero nunca la sustituye. De hecho, es en la síntesis de razón e intuición, de lógica e imaginación, donde brilla con mayor fulgor el poder de la creatividad humana.

Las ideas mismas de que nuestras mentes son finitas, o de que la subjetividad no es susceptible de objetivación, o de que el universo es insumisamente complejo, o de que el tiempo existe como una dimensión unida a las tres dimensiones espaciales y no puede deducirse naturalmente de estas últimas, o de que el nacimiento de la conciencia es un fenómeno demasiado improbable a escala cósmica, ¿no adolecen de cierta arbitrariedad? ¿No podrían ser incompletas, preconizadoras de conceptos más profundos y universales?

Comprometerse con este ejercicio especulativo, con esta gimnasia de la imaginación, contribuye en realidad a expandir los horizontes del pensamiento abstracto, la herramienta más valiosa que atesoramos para explorar el universo y para entendernos a nosotros mismos.


Jueves, 23 de noviembre

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