El blog de Carlos Blanco

La escisión entre el desarrollo intelectual y el progreso ético de la humanidad

07.07.17 | 21:49. Archivado en Sobre Carlos Blanco

Con frecuencia nos sorprendemos por el profundo hiato que parece existir entre el desarrollo científico de la humanidad y su progreso moral. El número verdaderamente asombroso de nuestras conquistas cognitivas, que han permitido al ser humano resolver misterios inveterados gracias al uso de la razón, no siempre viene acompañado de un crecimiento ético que discurra en consonancia con tan importantes logros intelectuales.

Hemos conseguido responder a preguntas que habían despertado la fascinación de nuestros ancestros desde tiempos inmemoriales. Hoy sabemos por qué brillan las estrellas, cómo surgieron las especies, qué leyes rigen las órbitas de los planetas o cómo se originó nuestra galaxia. Con el poder del intelecto nos hemos remontado incluso a la génesis de la génesis, al recóndito principio del que brotó todo el universo conocido tras una explosión primordial hace casi quince mil millones de años.

Sin embargo, un acervo tan prodigioso de explicaciones científicas no nos ha impedido perpetrar las mayores atrocidades, o continuar enquistados en enfrentamientos y beligerancias cuya oscuridad contrasta clamorosamente con la luz del pensamiento racional. No faltaba razón a ese gran filántropo que fue Albert Schweitzer cuando denunció que nos habíamos convertido, sí, en superhombres, “pero el superhombre padece una imperfección funesta para su espíritu. No se ha elevado al nivel de la razón sobrehumana que debiera corresponder a la posesión de una fuerza sobrehumana ”.

Nuevas y dolorosas divisiones surgen. Los enfrentamientos ideológicos, religiosos y culturales impiden construir un mundo en paz, y emplear el extraordinario caudal de conocimientos científicos y humanísticos para unir a los seres humanos. La disparidad entre los avances racionales y la fragilidad que tantas veces exhibe nuestra conciencia ética no puede dejar de asombrarnos. Razón y compasión no caminan de la mano. El enorme potencial analítico del pensamiento humano no siempre se traduce en una capacidad análoga para entender el sufrimiento ajeno y contribuir a mitigarlo.

Semejante escisión, en cualquier caso, no se refiere únicamente a la esfera moral. La separación no afecta exclusivamente a los dominios de la razón pura y de la razón práctica. Si analizamos el problema con mayor detenimiento, nos percataremos de que la evolución biológica, que tantas posibilidades ha conferido a nuestra especie en forma de habilidades físicas y cognitivas, no ha reconciliado, sin embargo, dimensiones tan trascendentales para nuestro bienestar y nuestro futuro como lo son el ámbito emocional y el reino de la razón. Emociones, razones, acciones… no resultan fácilmente armonizables. El Homo sapiens posee, como tantos otros mamíferos, un sistema límbico, asociado a la regulación de conductas emocionales, pero en el caso de nuestra especie, la expansión de las cortezas prefrontales nos ha proporcionado una serie de habilidades cognitivas excepcionales, sin las cuales sería imposible comprender el desarrollo intelectual y social de la humanidad.

De manera simplificada, podríamos decir que la compasión y la lógica no han sido integradas plenamente en el seno del espíritu humano. Emociones positivas conviven con emociones negativas, generadoras de agresividad, violencia y egoísmo, difícilmente contrarrestables por el uso de la razón. Uno de los retos de nuestra época reside, precisamente, en auspiciar una mayor armonía entre las esferas fundamentales de la condición humana.
Para ello, el diálogo interdisciplinar se presenta como una de las mejores herramientas que posee la mente humana. Ciertos descubrimientos de las ciencias naturales han inaugurado valiosos puentes para franquear paulatinamente la muralla que escinde la naturaleza y la cultura. Poco a poco vislumbramos el horizonte de una visión unificada de la realidad, desde los estratos elementales de la materia hasta las cimas más sublimes del espíritu. Uno de los grandes desafíos de nuestra época apunta entonces a la necesidad de aplicar los conocimientos científicos y humanísticos para construir un mundo más pacífico y armonioso.


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