El blog de Carlos Blanco

¿Qué es una explicación científica?

24.05.17 | 13:05. Archivado en Sobre Carlos Blanco

¿Qué significa entender científicamente un fenómeno de la naturaleza?

De manera esquemática, cabe sostener que cualquier aplicación del método científico al estudio de un fenómeno físico conlleva encontrar una proposición que refleje, de la forma más fiel posible, una situación dada. Semejante proposición se amparará en factores explicativos fundamentales que, en la mayoría de los casos, simplemente tomará como presupuestos, sin necesidad de elucidar todo el itinerario demostrativo que, desde principios precursores, conduce hasta ellos.

Desde esta perspectiva, la elaboración de un enunciado científico puede interpretarse como el diseño de una función que satisfaga las condiciones impuestas por el dominio de la realidad que deseamos aprehender. Y en toda función es necesario distinguir al menos dos elementos: el objeto sobre el que se aplica y las reglas operativas que comporta. Por ejemplo, si aplico la segunda ley de Newton para entender cómo afecta la fuerza de rozamiento ejercida por el suelo al desplazamiento de un bloque de piedra a lo largo de un plano inclinado, lo que hago es construir una función cuyo argumento reside en las variables físicas relevantes de ese cuerpo en concreto, contextualizado en unas condiciones de contorno que delimitan el rango del problema. La función que aplique me proporcionará las reglas operativas que gobiernan el fenómeno. Por tanto, la función puede equipararse, en términos más fundamentales, con las leyes de la naturaleza (la forma del universo), mientras que el argumento converge con el objeto específico de la naturaleza que nos afanamos en estudiar (su materia).

Toda explicación científica nos brinda un mecanismo para comprender los fenómenos de la naturaleza. Por mecanismo entendemos el esclarecimiento de la secuencia espacio-temporal que, desde un punto de partida arbitrariamente fijado hasta un punto de llegada igualmente convenido, contiene la información necesaria y suficiente sobre los elementos de la realidad involucrados en esa situación particular. De nuevo, en toda tentativa por desentrañar un mecanismo tratamos de aplicar una función sobre un objeto en el contexto de unas condiciones de contorno. El resultado de semejante operación se traduce en un dato definido con respecto a un sistema de referencia (por ejemplo, un valor cuantitativo que se mide en un determinado sistema de unidades). Así, y si retomamos el ejemplo anterior, la ley de Newton sobre la relación entre fuerza, masa inercial y aceleración puede contemplarse como la función que aplico sobre un objeto –el bloque de piedra- situado en unas condiciones de contorno.

Si dilucido científicamente un fenómeno, lograré explicitar la información contenida implícitamente en el escenario analizado. Pues, en el fondo, no surge información nueva que se añada a los datos implícitos en el conocimiento ya atesorado sobre las reglas operativas y el objeto en cuestión. Por ello, es en el descubrimiento de nuevas leyes y de nuevos objetos donde radica el auténtico progreso de las ciencias naturales. Identificar una nueva ley –es decir, un nuevo principio operativo- o un nuevo objeto –esto es, un nuevo elemento de realidad- expande el radio de nuestro conocimiento científico. También lo hace, por supuesto, el hallazgo de nuevas constantes, pero en general estos números remiten a leyes -como la constante universal de gravitación- o a objetos –como la masa del electrón-. En muchos casos, la ciencia se limita a aplicar leyes conocidas sobre objetos conocidos en condiciones de contorno cambiantes, por lo que, en último término, no genera nueva información sustancial sobre el proceso, sino que simplemente extiende lo ya conocido para cubrir escenarios cuyas variables explicativas fundamentales no difieren significativamente de las sondeadas en otras situaciones.

Como consecuencia de este modelo, una explicación científica partirá de dos grandes tipos de presupuestos: los relativos a las leyes de la naturaleza (es decir, la subordinación de leyes particulares a leyes más fundamentales) y los asociados a los objetos que componen la naturaleza, sobre los que se aplican esas leyes. Sin embargo, existe un tercer presupuesto al que no siempre prestamos la atención requerida: los principios lógicos tácitamente asumidos en cualquier formulación de una ley de la naturaleza y en cualquier caracterización de un objeto físico. Por ejemplo, cuando decimos que si el reloj A es síncrono con el reloj B, y el reloj B lo es a su vez con el reloj C, entonces el reloj A es síncrono con el reloj C, esgrimimos un principio de transitividad que se basa en el funcionamiento de la mente humana, en las reglas lógicas que subyacen a todo ejercicio de racionalidad y de las que difícilmente puedo eximirme, pues aunque puedan verificarse empíricamente, su verdad se establece a priori.

La mente humana no podrá sentirse satisfecha con su investigación racional del mundo mientras no avance en la resolución de tres grandes problemas concomitantes a toda indagación científica: la raíz de los principios lógicos básicos, la génesis de las leyes fundamentales de la naturaleza y el origen de los objetos físicos elementales. Y, por encima de todo, resulta inevitable formular el interrogante sobre su hipotética unificación, es decir, sobre cómo se entrelazan exactamente las leyes lógicas, las leyes naturales y los constituyentes de la materia para conformar el universo tal y como lo conocemos. La respuesta a esta pregunta arrojaría la más ansiada de las luces y contribuiría a apuntalar la visión científica del mundo.


Viernes, 18 de agosto

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