El blog de Carlos Blanco

Determinismo y omnisciencia

07.08.16 | 12:16. Archivado en Sobre Carlos Blanco

(A Javier Leach SI, matemático, teólogo y filósofo jesuita, in memoriam)

Interminables han sido los debates en torno a la posibilidad de conciliar la libertad humana y la omnisciencia divina. En clave contemporánea, sustituyamos “omnisciencia divina” por “determinismo” y toparemos con las mismas dificultades, prácticamente infranqueables, que parecen abocar el pensamiento humano a un punto de no-retorno, a una auténtica frontera intelectual.

Y, en efecto, al igual que los grandes teólogos cristianos se han visto obligados a enfrentarse al dilema de cómo un Dios omnisciente, un Dios cuyo infinito conocimiento del pasado, el presente y el futuro no puede negarse sin caer en la más estentórea de las contradicciones a la hora de interpretar la esencia del ser supremo, es capaz de tolerar a un agente que obre en libertad y autonomía, la encrucijada filosófica se mantiene intacta. Hoy resulta inevitable preguntarse si el individuo es realmente libre o si su constitución neurofisiológica antecede ontológicamente a su obrar, y por ello determina sus decisiones.
En el plano teológico, este interrogante alude al papel que desempeña la gracia divina en el obrar humano. ¿Soy responsable de mis actos?

Las potenciales bondades de mi obrar, ¿he de atribuírselas a la benevolencia divina, a su elección gratuita, a su suma liberalidad? ¿Atesoro algún mérito en el bien que logro poner en práctica o sólo me cubre la onerosa carga de la culpa por el pecado que cometo y por el bien que omito?

No es de extrañar que muchas conciencias profundas se hayan sentido angustiadas por este hondo y tortuoso dilema, pues, ciertamente, si todo lo bueno dimana de la gracia divina, ¿soy acaso libre? ¿También brota de la infinita sabiduría de Dios todo el mal del hombre? ¿Puede entonces imputarme el pecado, cuando él sabía perfectamente que yo había de sucumbir a sus tentadoras pulsiones? ¿Cuál es el rol, en definitiva, que ostenta el individuo, su libertad, su conciencia, su responsabilidad? Pero si, por el contrario, todo obedece al libre designio del hombre, y Dios semeja un mero espectador que contempla, impasible o impotente, el curso de los acontecimientos humanos en el gran teatro del mundo, ¿para qué rezarle? ¿Para qué invocar el nombre de un ser que nada puede influir en la biografía del individuo y en la historia de la humanidad?

Para la filosofía monoteísta no cabe una solución fácil al problema de cómo un individuo libre, esto es, investido de plena capacidad para determinar el rumbo de sus actos sin que el conocimiento de un ser superior interfiera en ellos y, por tanto, pueda anular la sustancia misma de su actuar autónomo, puede al mismo tiempo erigirse en criatura de Dios, en súbdito de su imperio cósmico. Análogamente, para la filosofía naturalista sigue abierta la cuestión de cómo delimitar el espacio de la libertad humana y el de la determinación neurobiológica. Probablemente hayamos de renunciar a la idea misma de libertad, como en su momento abogaron los predestinacionistas teológicos o, en nuestros días, defienden los deterministas neurales. Sin embargo, si optáramos por esta vía, eclosionarían nuevos dilemas, tanto o más dolorosos que el anterior, porque se nos antojaría enormemente complicado justificar la bondad de un Dios que selecciona a un numerus clausus de bienaventurados, a quienes reserva las dichas de la salvación celeste y los tormentos de la condenación eterna, así como asentar los pilares de una ética que, al menos hasta ahora, ha necesitado siempre de las ideas de responsabilidad y libertad para establecer un edifico filosóficamente sólido.

Llámese Dios o naturaleza, el atributo de omnisciencia es inherente al ser absoluto, a la causa incausada a la que todo remite. Si Dios existe, como ser absoluto e infinito no puede ignorar elemento alguno del universo, hechura de sus manos. Cuando escojo obrar de una manera y no de otra, Dios tiene que saber en qué consistirá mi elección. De no ser así, una parcela -por ínfima- del universo se mantendría ajena a su conocimiento, que ha de ser infinito. Un ser infinito dotado de un conocimiento finito evoca una contradicción. En términos similares, un universo indeterminado, donde yo puedo alzarme como nuevo primer motor inmóvil y decretar el itinerario de mis actos con absoluta prescindencia de los antecedentes (he aquí el significado más puro de la libertad), respondería al arbitrio y no a la necesidad impuesta por leyes inexorables como las que desentrañan las ciencias experimentales. No sería entonces un aquilatado mecanismo, donde cada estructura y cada función precedente marcan ineluctablemente el rumbo de la gigantesca maquinaria del universo, sino un conjunto amorfo, sometido a la contingencia e integrado por elementos inconexos que no se hallan vinculados mediante la irrevocable ley de la causalidad. El universo ha de “saber” cuál será mi elección, porque no puede existir una nueva causa que se desligue voluntariamente de las anteriores. Si todo constituye un vasto sistema hilvanado por leyes naturales, por intercambios energéticos que impulsan el universo en el tiempo, ¿qué nos legitima a suponer que una parte de ese todo goza de poder y autoridad como para entronizarse en el sitial de la libertad verdadera y decidir cuáles deben ser las directrices de la historia cósmica?

Algunos argüirán que si el debate adopta visos tan abstractos se encuentra condenado a una perpetua irresolución. Pero no podemos perder de vista que en cada decisión del hombre comparece toda la historia del universo. Cambiemos una sola nota de su inmensa e indescifrable melodía, y todo el conjunto se transmutará. No podemos saber el grado de influencia exacta que los más nimios acontecimientos del pasado han ejercido en el rumbo actual del universo, pero es razonable sospechar que cualquier modificación, por exigua, en cualquier parcela de la realidad habría conducido a escenarios diferentes; quizás no tan divergentes como a veces se conjetura, pero irrecusablemente distintos.

Planteémonos, en primer lugar, el problema de la libertad humana y la omnisciencia divina. Si existe Dios, su naturaleza es inconcebible sin el atributo de la omnisciencia. Ahora bien, ¿qué significa saberlo todo? Un ser omnisciente es aquél capaz de conocerlo y entenderlo todo, esto es, todo lo que teóricamente puede conformar el orden del ser. Y el pensamiento humano sólo conoce tres modos de ser: el de lo posible, el de lo real y el de lo necesario. Cabe, por supuesto, elaborar sutilísimas distinciones dentro de cada uno de estos subconjuntos, pero el conjunto “ser” ha de constar de lo posible, lo real y lo necesario como sus elementos irrenunciables. El ser supremo conoce, por tanto, todo lo posible (es decir, todo concepto que no incurre en contradicción; también lo falso pero no contradictorio), todo lo real (todo lo que fácticamente es, es decir, todo lo que se engloba dentro de la materialidad del universo) y todo lo necesario (id est, todo lo que no puede no ser, o no puede ser de otra manera).

Pensemos en una idea cualquiera, como la de unicornio. Nuestro conocimiento de la zoología nos impide sostener que un caballo embellecido por un prominente cuerno frontal sea contradictorio. La idea de unicornio es real en cuanto que pensada por un cerebro concreto en el espacio y en el tiempo. Podríamos descomponerla y rastrear las señales electrofisiológicas que subyacen a su alumbramiento, por lo que podríamos incardinarla en una región específica del córtex. Mas sólo tenemos constancia de que exista como pensada, no como materializada en algún elemento del cosmos cuyo ser subsista con independencia de la desbordante imaginación humana. Por tanto, y si bien es cierto que la idea es real, en aras de adoptar un sentido menos confuso conviene circunscribirla al plano de lo posible (desde luego, no se trata de una idea necesaria).

A colación de la idea de unicornio hemos empezado a percibir algunos problemas metafísicos de largo alcance. Por ejemplo, ¿el unicornio es real en un sentido pero no en otro? ¿Por qué el pensamiento humano, que con alta probabilidad es fruto de una determinada constitución neurobiológica y resulta perfectamente explicable con las herramientas neurocientíficas, debe enarbolar el privilegio de erigir él solo todo un ámbito del ser, el de lo posible, que, al fin y al cabo, se halla enraizado en estructuras físicas concretas, en una región del espacio-tiempo y no en otra? Y en lo que concierne a la necesidad, ¿cómo saber que algo es contingente? ¿Y si la idea de unicornio fuese necesaria y no pudiéramos abdicar de pensarla, por lo que jamás sería “no existente”? Se aducirá que puedo pensarla como no-existente, pero el hecho es que la pienso como existente, y ya no puedo desprenderme de ese pensamiento, de la misma forma que no puedo saber si era o no necesario que Cristóbal Colón zarpase para un nuevo mundo en agosto de 1492.

Cuando hablamos de posibilidades, cabe distinguir entre proposiciones posibles y objetos posibles. Una proposición entraña un modelo de un objeto, una atribución a un ente específico, por lo que involucra el uso de la cópula (es) o de su negación (no es). Una proposición posible sobre un objeto posible sería, por ejemplo, “el unicornio galopa grácilmente”. En lo que respecta al orden de lo real, topamos, ciertamente, con objetos reales (cualquier ente que exista de modo fáctico, en el espacio y en el tiempo, con independencia de nuestra mente), pero toda proposición, en cuanto que modelo de la realidad, implica una representación, una posibilidad susceptible de ser verdadera o falsa (con grados intermedios de plausibilidad). Por tanto, toda proposición es ideal, es posible, aunque se refiera a objetos reales, pues un sentido acrisola siempre una idealización referida a algo (al objeto, sea real o posible). En cambio, cuando examinamos el orden de lo necesario, nos tropezamos con una dificultad de enorme relevancia, porque no podemos estar seguros de que existan objetos necesarios. Hay, por supuesto, proposiciones necesarias (como A∨¬A), pero ¿existen objetos necesarios?

Mucho se ha discutido sobre Dios como ente necesario, pero, con la excepción de un ser supremo que, de existir, debería ser necesario (aunque probarlo sea más difícil que afirmarlo), es imposible pensar en algo necesario que no pueda categorizarse como una proposición. Sin embargo, y si lo analizamos desde la perspectiva del determinismo, del entrelazamiento inexorable de todo con todo, cualquier objeto real es necesario, pues no podría no ser (en el contexto de un universo necesario) y no podría ser de otra manera (en el contexto de un universo que cumple pudorosamente una inflexible necesidad funcional).
Así, y sucintamente, tenemos proposiciones posibles y necesarias (que son reales en cuanto que proferidas) y objetos posibles y reales.

Si Dios existiera, debería conocer todas las proposiciones posibles y todos los referentes posibles de esas proposiciones. Una proposición falsa es una proposición posible siempre y cuando no incurra en contradicción, por lo que ese ser supremo también debería conocer las infinitas proposiciones falsas que puede elaborar el pensamiento. Las conocería, claro está, como falsas, al igual que conocería las infinitas proposiciones verdaderas como verdaderas, pero Dios debería saber que 2+2=5 es una proposición posible, aunque falsa si nos ceñimos a un conjunto axiomático como el de Zermelo-Fraenkel. Dios podría formular proposiciones contradictorias, pero no pensarlas, no comprenderlas, no captar su sentido y su alcance, al igual que nosotros podemos proferir la frase “A es simultáneamente no-A”, pero no por ello jalonar el estadio de lo inteligible. También debería conocer proposiciones matemáticas verdaderas deducidas en otros sistemas axiomáticos, como, por ejemplo, sucede con las proposiciones de la geometría hiperbólica o de la geometría elíptica. Huelga sostener que Dios conocería también todas las proposiciones necesarias; necesarias según nuestro conocimiento actual de los entresijos del pensamiento puro, pues toda verdad lógica y matemática demostrable es necesaria en el seno de un sistema axiomático específico. El teorema de Fermat, como enunciado demostrado de la forma más rigurosa y exhaustiva que yace hoy al alcance de la inteligencia humana, constituye una proposición necesariamente verdadera (no podría ser falsa), y su negación es una proposición necesariamente falsa (no podría ser verdadera). Sabemos que existen proposiciones matemáticas indecidibles, por lo que nunca seremos capaces de elucidar su valor de verdad y su carácter necesario. Cabe suponer que Dios las conocería como proposiciones indecidibles, y que ni siquiera su inteligencia conseguiría escrutarlas plenamente; aunque también es legítimo conjeturar que, dadas las limitaciones del pensamiento humano, un intelecto infinito confeccionaría un sistema axiomático tan puro, tan perfecto, tan completo, que ninguna proposición quedaría al margen de su poder decisorio. ¿Cómo descubrirlo?

Concluimos entonces que la infinita inteligencia de Dios habría de conocer, evidentemente, todo lo posible en cuanto que posible. Esta afirmación implica que cualquier acto posible emanado de la voluntad humana caería bajo el conocimiento hipotético de la divinidad. De hecho, podríamos decir que Dios ya conoce, en su presente eterno, todo producto potencial del actuar humano. En el caso más sencillo, un individuo ha de decidir si escoge A o B. Dios ya debe saber todos los posibles escenarios derivados de cualquiera de las dos elecciones. Se trata, claro está, de un horizonte potencialmente infinito, y por tanto digno de una inteligencia igualmente infinita. Ahora bien, Dios también debe conocer todo lo real, esto es, todas las decisiones específicas y los efectos que han desencadenado en la historia, que para su inteligencia brillarían como un irrestricto presente, constantemente idéntico a sí mismo. Pero como lo real ha sido previsto por la mente de Dios ab aeterno, no hace sino evocar lo necesario, el inexorable entretejimiento de todos los acontecimientos concurrentes. Dios sabe que necesariamente escogeré A o B, y que esta elección necesariamente conducirá a un nuevo estado del sistema del universo, precursor del estado ulterior. Mi aparente libertad ejecuta lo que en ese conocimiento infinito y eterno se alza como una verdad diáfana, como un cuadro absolutamente nítido permeado de incontables acciones, voluntarias o involuntarias.

Para una inteligencia divina, todo ha de resplandecer como una límpida y profunda necesidad. Incluso lo que nosotros consideramos contingente, para Dios ha de obedecer a los más escrupulosos cánones de necesidad. No podría ser de otro modo. Un ser que ha creado el universo y que todo lo conoce, ¿no puede acaso saber cuál será el rumbo de cada porción de su obra?

Si el hombre gozara de auténtica libertad, de una indiferencia absoluta ante A o B, de manera que pudiera decidirse por una u otra sin que ninguna causa antecedente le inclinara en una u otra dirección, la fabulosa maquinaria del universo se detendría con cada conjeturado acto de libertad humana. Semejante grado de emancipación con respecto a las circunstancias sólo podría aceptarse en el caso del propio Dios, dotado de omnipotencia y omnisciencia. Un ser absoluto no rinde cuentas ante ninguna potencia ajena a su naturaleza eterna e infinita. En su seno caben todas las posibilidades y pueden realizarse todos los actos, subordinados siempre a la necesidad global del sistema ontológico constituido por el ser mismo de Dios, por la ley que él mismo encarna.

Podría esgrimirse que Dios conoce todos los escenarios hipotéticos eventualmente inferidos de la voluntad humana, pero no la elección en sí. Sin embargo, esta opción privaría a su infinita inteligencia del conocimiento efectivo de todas las realidades. Si se acepta que el tiempo añade nuevas realidades cuyo contenido no puede caer bajo el dominio del conocimiento deífico, despojamos igualmente al ser supremo de un ámbito de la realidad que, legítimamente, debería formar parte de su omnisciencia. La suma de todas las posibilidades y realidades emerge ante una mente divina como una genuina necesidad; su ser mismo evoca esa necesidad.

Al elegir entre A o B, y al decidirse por una de las dos opciones, lo que el hombre hace es ejecutar lo inevitable. Pero como ninguna inteligencia finita puede conocer de antemano el cauce de lo inexorable, es legítimo que nos consideremos libres, y que profesemos la fe más firme en la autonomía del individuo para determinar el rumbo de la historia. Es precisamente a través de nuestra creencia profética en la libertad como se desarrolla el mundo por itinerarios que sólo una mente infinita escrutaría íntegramente. Dios sabe que yo elegiré A o B, y por ello no puede ni castigarme ni premiarme a causa de mi elección.

Elevar el espíritu humano al orden de lo divino no puede traslucir entonces la pretensión de que Dios vigile cada una de mis acciones, sino el anhelo de que todas las potencialidades del hombre crezcan, para que se expandan los radios de su pensamiento y de su sensibilidad en esta interminable lucha contra todo aquello que desdice sus ideales más puros y armonizadores. En último término, esta senda nos llevaría hasta el propio ser supremo, para fundirnos con su esencia y revestirnos de sus atributos entitativos, como han buscado tantas religiones y filosofías a lo largo de los siglos. Apreciado desde este ángulo, el esfuerzo humano no transcurre en vano ante los ojos de Dios, pues Dios no puede contemplarse ya como un ser impertérrito y ajeno al mundo, sino como las posibilidades mismas del mundo en su realización, como la capacidad que posee el universo para gestar en su seno lo más sublime: como la posibilidad de perfeccionamiento, cuyo límite asintótico convergería con ese hipotético ser supremo, libre de contradicciones, falsedades y parcialidades. Que el deseo humano, la fuerza incontenible de la utopía y de la imaginación, batalle prometeicamente contra el silencio del universo y se desvele por sobreponerse constantemente a la cruda realidad, al contraste de un mundo ciego e inhóspito, regido por leyes inexorables que nada parecen saber del hombre y de sus ideales, no es sino la prueba más vívida de que el rotundo hiato existente entre posibilidad y realidad clama por ser franqueado.

Lo necesario hunde sus raíces tanto en lo posible como en lo real. La proposición 2+2=4, en un sistema axiomático rígidamente definido, es necesaria, tan apodíctica como el principio de identidad (A=A). Análogamente, cada acontecimiento cósmico podría evocar una necesidad tanto o más intensa, pues una inteligencia finísimas detectaría los sutiles entramados que todo lo concatenan y que todo lo impregnan de una necesidad absoluta. Desde el origen de la vida, un conjunto de seres ha ostentado la suficiente capacidad de autodeterminación como para disponer de un mayor número de posibilidades a la hora de realizar los designios promulgados por la naturaleza o por un ser supremo. Dichos seres han podido construir un mundo interno, escindido del mundo externo, y a lo largo de millones de años han desarrollado mayores cotas de voluntad e indeterminación. Con el advenimiento de la autoconciencia, después de un lento y gradual proceso que ha propiciado la expansión de las cortezas prefrontales y ha bendecido al hombre con la luz de un tesoro único, nos sentimos tentados de concebirnos como nuevos dioses, que en cada una de sus decisiones ponen en juego el rumbo de todo el universo. Pero el mayor don del hombre no estriba en su libre arbitrio, que siempre ha de subordinarse al itinerario cósmico, sino en su capacidad de concebir lo posible en todos sus grados, e incluso de aventurarse a sondear el esquivo ámbito de lo imposible. El obrar humano continúa preso del determinismo; como mucho, es legítimo establecer que, ante escenarios equipotenciales, donde para el universo sería indiferente que yo escogiera A o B, mi experiencia, mi aprendizaje, mi esfuerzo, mi capital biológico y espiritual acumulado, me permite inclinarme hacia una u otra opción en virtud de mis propios medios, ya no presionado por el influjo de A o de B, mientras que en otras especies menos sofisticadas, A o B absorben todos los resquicios de autodeterminación latentes en ese individuo. Sin embargo, el yo que se superpone a las circunstancias y decide escoger A o B no puede poseer una libertad auténtica, plena, determinante, sino que ha de manifestarse como el brazo ejecutor de un hecho ya presente en el diseño global del cosmos.

Sea Dios o el universo la causa última de todo cuanto conocemos y de todo cuanto es, si existe el tiempo, cada nuevo instante añade novedad al ser. Lo nuevo resulta siempre insondable para cualquier pensamiento, porque si fuera susceptible de una cuidadosa elucidación racional, se desnaturalizaría, se convertiría en el resultado inevitable de lo anterior, en un mero desenvolvimiento de lo que ya estaba dado inicialmente. Es entonces lógico suponer que en cada instante se decide la historia del universo, esto es, del agregado temporal previo de estructuras espaciales cuya funcionalidad sólo se comprende a la luz del tiempo (pues una función es una posibilidad en el tiempo; no existiría ninguna funcionalidad física sin tiempo: no habría emisiones de fotones, ni intercambios de electrones, ni reacciones químicas…). Pero como cada estado presente se encuentra inextricablemente ligado a un estado antecedente, es razonable conjeturar que la historia del universo evoca el despliegue en el tiempo de una totalidad de posibilidad, realidad y necesidad que ya se hallaba contenida in nuce en ese recóndito e inasible núcleo primordial del que ha nacido todo desarrollo ulterior.

Lo que a escalas microscópicas quizás nos parezca indeterminista, en una perspectiva global responde al más raso determinismo, aunque la mente humana no sea capaz de esclarecerlo. A pesar de que no pueda saber si el electrón subsiste en una u otra posición, y simule flotar en un mar de intrigantes probabilidades, todos los sistemas físicos del universo yacen conectados de un modo tan inexorable que, en el cómputo global, en el systema mundi, prima un rígido determinismo, aunque en los subsistemas locales se establezcan estados degenerados y grados variables de probabilidad. Tomado en su totalidad, el sistema del mundo se perfila como irremisiblemente determinado desde su más remoto origen, y por mucho que podamos identificar trazas de indeterminismo en los subsistemas que lo arman, la sombra de lo impredecible se desvanece cuando observamos el universo a escala global.

Tanto el determinismo global como el indeterminismo global aluden al mundo como un todo, al universo considerado en sí mismo, a aquello que no goza de alteridad, sino que se erige en unidad absoluta y plena. En consecuencia, no tiene sentido aplicar aquí un criterio falsacionista, pues no existe alternativa descartable. El indeterminismo absoluto es tan infalsable como el determinismo absoluto. Si todo está determinado, ¿cómo refutar esta idea, este modelo, esta representación de la realidad? Es tan imposible como impugnar la idea de que todo se halla indeterminado. Los cánones para delimitar el alcance de las afirmaciones científicas languidecen ostensiblemente cuando nos enfrentamos a la totalidad del cosmos, donde no existe referente externo. El universo es como es, y si fuera determinista a escala global, no tendríamos más remedio que aceptarlo devota y sumisamente, o al menos reconocer que la inteligencia humana no puede rebasar ciertas barreras lógicas.

El misterio de que el tiempo no cese de fluir, de que nuevos instantes se yuxtapongan a los anteriores y el presente se convierta en una evanescente entelequia, en un sueño incapturable, en un ámbito exclusivo de la necesidad que impregna las verdades lógicas y matemáticas, inermes a su influjo (pues siempre permanecen idénticas a sí mismas y no se ven afectadas por el cambio espacio-temporal), se suma así al misterio de por qué el universo es como es, de por qué cumple ciertas leyes y por qué lo integran determinados elementos desde una génesis hoy por hoy enigmática y fascinante.

Pero nada mitiga nuestra desazón, porque si todo ha sido determinado inapelablemente, ¿entonces no hay mérito ni culpa en el obrar del hombre? ¿No existen, por tanto, ni la bondad ni la maldad, y lo que parece desprender la más hermosa y honesta de las intenciones, la rúbrica inefable de los más bellos sentimientos que llega a abrigar el espíritu humano, sólo dimana de un diseño inflexible, de una naturaleza implacable, obstinada en desconcertarnos?

No debemos desasosegarnos por comprender cuán honda y acuciante es la presencia del determinismo. Aunque todo se encuentre determinado, y aunque los crípticos senderos del universo (o de Dios) nos resulten inescrutables, tampoco sabremos nunca si nuestros más nobles y hermosos esfuerzos, bañados de lágrimas y sufrimiento, la infatigable aspiración a que el ideal triunfe sobre la realidad, el esmero heroico por construir un mundo verdaderamente humano, donde la utopía del arte, y de la ciencia, y del amor, y de la justicia, y del progreso refulgieran plenamente y eclipsaran la cruda certeza de una naturaleza ciega a nuestros anhelos más puros, quizás respondan también a esa voluntad originaria del universo, que se confunde inevitablemente con su sorda necesidad. Por tanto, al trabajar por un mundo más humano, al empeñarnos en vivir según el ideal tantas veces contradicho, probablemente hayamos actuado como partícipes inverosímiles de esa gran trama que se despliega ahora a través de nosotros.

Quizás era necesario que surgieran los más altos ideales albergados por el espíritu del hombre, de manera que todo lo posible se realizara paulatinamente en el espacio y en el tiempo, aun en una minúscula e insignificante porción del cosmos como es el planeta Tierra. Para muchos reflejará una delirante muestra de vanidad antropocéntrica el pensar que todo el universo ha conspirado, desde lejanos albores, por el nacimiento del pensamiento humano. Qué soberbia, es cierto, la creencia de que una ingente cantidad de acontecimientos se ha conjurado para propiciar ese hermoso pero frágil destello que es el hombre. Y, sin embargo, si con la débil fuerza del pensamiento hemos sido capaces de descubrir las leyes universales de la naturaleza, no resulta descabellado esperar que una facultad tan eximia, cuyo brío nos encumbra a la verdad misma sobre el cosmos, nos depare también un papel singular en este ciclópeo encadenamiento de sucesos que ha desembocado en nosotros. Mientras en una minúscula parcela del universo se realice el ideal, el universo será fiel a sí mismo, a la síntesis de posibilidad, realidad y necesidad que lo constituye. El universo requiere entonces de nuestra lucha para coronar la más alta de sus posibilidades concebibles.


Lunes, 11 de diciembre

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