El blog de Carlos Blanco

El conocimiento como vocación humana

02.05.16 | 18:37. Archivado en Sobre Carlos Blanco

¿Para qué vivir? Todo anhelo es caduco. Nada nos satisface: dinero, poder, experiencia… Somos eternos Faustos, peregrinos insaciables hacia metas ignotas.

Fríamente analizado por la ciencia, el escenario en el que nos desenvolvemos es desconcertante, o incluso absurdo: miles de millones de galaxias, catorce mil seiscientos millones de años de existencia, una gigantesca lotería física, química y biológica que ha conducido uno de los senderos de la materia y de la vida hasta el amanecer de la conciencia, por encima de extinciones, silencios y sufrimientos. ¡Qué desperdicio de espacios, tiempos y energías, pero qué milagro inescrutable!

Fue Freud quien dijo que la humanidad había recibido tres grandes curas de humildad. La primera tuvo como protagonista a Copérnico, cuya teoría privaba a la Tierra de la posición central que había ocupado, desde albores recónditos, en el seno del universo y en las entrañas de la imaginación humana. La segunda la asestaron Darwin y Wallace al sugerir que no somos el centro del universo biológico, sino una rama más de las innumerables que han evolucionado a partir de las formas primordiales de vida. La tercera, adujo el psiquiatra vienés, dimanaría de sus investigaciones psicoanalíticas, que probarían que no somos los amos de nuestra propia casa, fustigados por las pugnaces e indómitas embestidas del inconsciente. Más allá de esta sedicente atribución, la tesis de Freud no es descabellada. Si, en vez de psicoanálisis, leemos “neurociencia”, podemos percatarnos de que el estudio de la mente pone de relieve cómo muchas de las nociones que nos parecían absolutas y trascendentales no hacen sino remitir a procesos neurobiológicos susceptibles de un esclarecimiento científico.

Me atrevo a añadir una cuarta cura de humildad: quizás ni siquiera seamos el centro de nuestras creaciones tecnológicas. Si lográramos construir una conciencia artificial, una inteligencia muy superior a la del hombre, ¿no nos habríamos despojado de la condición de dueños de nuestras propias producciones técnicas?

Sin embargo, este panorama, que a muchos se les antojará desazonador, no debe angustiarnos. Hemos de enorgullecernos vivamente ante las conquistas intelectuales de la especie humana. Probablemente no seamos definitivos, una cima infranqueable en la larga senda de la evolución, pero gracias al conocimiento nos entronizamos en el sitial del cosmos; elucidamos la racionalidad que permea el universo, y nos sentimos parte de una realidad que nos desborda y trasciende. Con el conocimiento, capturamos la vastedad del firmamento en la pequeñez de nuestras manos. Somos dioses en el conocimiento; no dioses a imagen y semejanza de las pasiones y volubilidades del hombre, sino dioses que evocan la belleza del saber y la profunda imbricación de todo con todo. Sin la física no existiría la química; sin la química no existiría la biología; sin la biología no existiría la psicología, y sin la psicología sería imposible comprender el auténtico alcance de la creatividad que despliega el espíritu humano en tiempos y espacios.

El conocimiento se alza como una interminable espiral de gozos y frustraciones. Siempre es posible conocer más. Cuanto más sabemos, más sabemos que ignoramos, y toda idealización a la que sometamos el acto de conocer languidecerá entonces como una mera manifestación de ingenuidad juvenil. Ciertamente, cada descubrimiento desencadena nuevos interrogantes, pero no hemos de entristecernos por yacer inmersos en esta concatenación infinita de problemas y respuestas. En lo finito encontramos una realización insondable, y al aprender, al interiorizar un espíritu de búsqueda, nos liberamos de aspiraciones egoístas y nos transformamos en siervos de algo que nos trasciende, en hombres para los demás. Entre el desasosiego frente a la grandeza del mundo y la fragilidad humana y la dócil postración ante un orden cósmico que nos abruma cabe un término medio: afanarse en conocer la verdad sobre el universo y sobre las posibilidades del hombre. Debemos así embarcarnos en esa búsqueda sin término a la que aludió Popper, y degustar cada detalle como una primicia insólita.

El conocimiento nos une a nuestros semejantes y a la naturaleza de cuyas fuentes brotamos. Relativiza nuestras pretensiones individuales y exorciza paulatinamente los demonios del fanatismo, el fundamentalismo y el egoísmo, para liberarnos de ofuscadores atavismos religiosos e ideológicos, de dogmas, modas y consensos que menoscaban la creatividad. Nadie posee el conocimiento, porque en cuanto el hombre desvela una nueva verdad, su hallazgo de inmediato se convierte en patrimonio de nuestra especie.

La búsqueda del conocimiento planta la semilla de una ética. Conforme el saber llegue a más personas, será legítimo soñar con una creciente armonía entre el progreso intelectual y el progreso moral de la raza humana. Mayores cotas de conocimiento nos enaltecen hacia un estadio de mayor trascendencia, en el que resplandece la luz brillante de la conciencia, del intelecto y del descubrimiento de la verdad, para aproximarnos a una perfección de la que ahora sólo captamos tímidos y confusos destellos, pero que una mente futura, mucho más desarrollada y profunda que la nuestra, aprehenderá con una claridad insólita. Será la divinización del hombre.

El conocimiento nos abre al mundo y a los demás. Ensancha la intuición, expande la imaginación y mitiga mezquindades. Nos revela la maravilla del universo, que obedece a precisas ecuaciones descifradas por apasionados del saber, por almas imbuidas de un hermoso entusiasmo estético. Nos muestra una efervescencia de culturas y sociedades; contribuye a derribar prejuicios y a engrandecer el espíritu. La incesante actitud de búsqueda que lo flanquea pone entre paréntesis lo ya adquirido, para sembrar una sana postura de duda y de imprescindible tolerancia, pero también infundir amor, humildad y compromiso por la verdad. Jamás nos cansaríamos de aprender, y cada nueva idea que despunta en nuestro cerebro constituye una epifanía, un renacer, una expresión de cuán bella puede ser la vida: “No hay cuestiones agotadas, sino hombres agotados de las cuestiones”, escribió Ramón y Cajal.

Desde el inicio de este universo inabarcable, todo es un mundo que espera la entrega y la inteligencia de los hombres: el firmamento, la vida, las creaciones simbólicas del espíritu, la historia de las civilizaciones…, y, por supuesto, el don de la mente, pináculo de esta ardua y dilatada evolución. En cada parcela de la realidad, ¿no habita un sinfín de conocimientos potenciales, en los que acariciamos esa plenitud que ha acercado al éxtasis a los mejores poetas y místicos?

El conocimiento científico y humanístico nos brinda la mejor herramienta para fomentar la solidaridad y la armonía creadora entre los miembros de la familia humana, guiados por el sueño de construir el templo de la fraternidad universal. El conocimiento, en suma, da sentido a la vida y representa la más hermosa y pujante vocación humana.


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