El blog de Carlos Blanco

El Gran Arquitecto del Universo

14.03.16 | 13:28. Archivado en Sobre Carlos Blanco

(Artículo preparado para el recopilatorio de textos sobre Docencia Masónica elaborado por el Dr. Alfredo Corvalán, de la Gran Logia de la Masonería del Uruguay)

Es inocultable que la pregunta por Dios se ha desvanecido del horizonte espiritual de muchas personas. Los avances científicos, la percepción de la autosuficiencia del mundo para dar razón de sí mismo, la ausencia de ese hipotético ser divino en medio de tantos y de tan profundos dramas como los que la humanidad ha vivido en tiempos recientes..., no han hecho sino abonar el terreno para que cunda la desconfianza -e incluso la indiferencia- ante el ser supremo.

Mas ¿no hay belleza en la idea de Dios, en la categoría de un ser supremo que ha diseñado el universo con la misma y sabia combinación de mesura, armonía y solicitud con la que el más diestro de los arquitectos traza los planos de sublimes catedrales y templos imperecederos? Así lo han creído algunos de los espíritus más eminentes de la historia, quienes han profesado fe en el Gran Arquitecto del Universo y han trabajado para su gloria. Este Dios se asemeja a un matemático, a un fino geómetra que con excelsa precisión y maestría pitagórica plasma la perfección incólume del concepto en la fragilidad de la materia. Al igual que no existe en la naturaleza ninguna estructura que se amolde plenamente a la pureza de las ideas matemáticas, ninguna obra humana puede coronar la perfección a la que sin embargo aspira. La perfección es inexorablemente esquiva para el tesón del hombre. Constituye un límite asintótico, al que nunca dejaríamos de acercarnos aunque nunca cesáramos de alejarnos de su esencia. ¿Es así la creación divina? ¿Yace también teñida de una imperfección ineluctable?

La búsqueda de Dios, de un ser superior al hombre cuya sabiduría resplandece en la perfección de las leyes de la naturaleza y en el afán humano por alcanzar esa misma plenitud en el plano moral, no exige dar un rostro a ese gran arquitecto del universo. Respeta, por tanto, la legitimidad de las distintas confesiones religiosas, aunque combate el odioso dogmatismo, cárcel que empequeñece el espíritu. Impulsa a quienes en ella se inician a construir en la vida un templo tan maravilloso y creativo como el del cosmos, un orden presidido por la sabiduría, la belleza y la bondad que reproduzca metódicamente, en el existir cotidiano, la armonía y el equilibrio del universo, reflejo de la trascendencia de su Arquitecto. Tal y como figura en las venerables Constituciones de Anderson, de 1723, un documento de singular importancia en la historia de la tolerancia europea y del progreso moral de la especie humana, “hoy se ha creído más oportuno, no imponerle otra religión que aquella en que todos los hombres están de acuerdo, y dejarles completa libertad respecto a sus opiniones personales. Esta religión consiste en ser hombres buenos y leales, es decir, hombres de honor y de probidad, cualquiera que sea la diferencia de sus nombres o de sus convicciones”.

Debemos convencernos de que es inútil demostrar apodícticamente la existencia de Dios. Ninguno de los argumentos clásicos (ontológico, cosmológico, teleológico, moral...) prueba realmente nada. Dios guarda una estrecha relación con ese límite asintótico que recoge la entraña misma de la perfección, espectro siempre recóndito pero misteriosamente acuciante para el espíritu. Todo lo que el hombre labra, las más brillantes producciones de la creatividad de las culturas y de los individuos, en realidad trasluce la búsqueda de una realidad ignota, innombrable, trascendente a cualquier explicación. ¿Por qué no desistimos de trabajar? ¿Por qué no abdicamos de nuestro empeño por construir, por añadir a la naturaleza, por imprimir la huella de nuestro anhelo? ¿Qué nos impulsa a tallar una torre invisible que nos enaltece hasta cielos desconocidos? ¿La mera necesidad material? Sin duda, el deseo de vivir mejor ha alimentado algunas de las invenciones más ingeniosas de la humanidad, pero no creo que desde esta perspectiva agotemos las profundidades del objeto de esta denodada búsqueda de una meta inaprehensible. ¿Y no cristaliza en la idea de Dios la recapitulación de ese "más allá", de ese "siempre más", de esa inexhausta trascendencia que late en todo esmero del hombre? ¿No son el arte, la religión, la filosofía y la propia ciencia las expresiones más aquilatadas de una búsqueda de plenitud que nos fustiga irremisiblemente?

Cuando contemplamos la maravilla del universo, preñado de formas exuberantes, de inefables vastedades, de leyes tan prolijas y sutiles que sólo los mayores genios han sido capaces de desentrañarlas...; cuando admiramos la perfección geométrica de las estructuras que conforman el cosmos, cuando dirigimos la vista a una inmensidad que carece de nombre pero cuyo silencio ha absorbido la fascinación del hombre desde remotos albores, ¿cómo no intuir una realidad trascendente, desbordante, arcana y seductora?
Los hombres nos sentimos tentados de imaginar esa perfección matemática, esa manifestación de una inteligencia infinita que siempre humillaría la débil luz de la mente, como dotada una faz antropomórfica. Proyectamos sobre esa fuerza innominada los atributos del espíritu humano. Pero los mejores filósofos y místicos han vislumbrado la infinita trascendencia de Dios sobre todo concepto, toda representación y toda intuición. En Dios se aposenta una ulterioridad, un “siempre más allá”, un resquicio infinito para expandir el poder de la inteligencia y de la imaginación. La acrisolada pulcritud de las leyes del universo, el compás de ese orden inalterable en el universo, capaz de resistir el flujo temporal, la finura de cada uno de sus detalles, la profunda imbricación de todo con todo..., ¿no elevan la mente a Dios?

Ni siquiera ciertos desarrollos científicos que parecen excluir la posibilidad de un Dios significativo para el hombre, como la teoría de la evolución, prohíben atisbar rúbricas de lo divino. En verdad, la evolución es el descubrimiento científico que más dificulta pensar lo divino. Todo era más sencillo y evocador cuando la ciencia se limitaba a elucidar las leyes del movimiento planetario, cuando Kepler apelaba a un ser divino como único artífice de tan sublime armonía matemática: “El principal propósito de toda las investigaciones sobre el mundo exterior debe ser descubrir el orden y la armonía racionales que han sido impuestos por Dios y que Él nos ha revelado en el lenguaje de las matemáticas” (Astronomis nova de motibus). De manera análoga se expresa Newton, incansable buscador de Dios, en el escolio general de sus Principia (y no ha surgido en la historia de la ciencia otra obra que contenga tantas verdades y de tal calibre, semejante densidad de sabiduría física y matemática): “Tan elegante combinación de Sol, planetas y cometas sólo pudo tener origen en la inteligencia y poder de un ente inteligente y poderoso (…). Él lo rige todo, no como alma del mundo, sino como dueño de todos (…). Dios sumo es un ente eterno, infinito, absolutamente perfecto: pero un ente cualquiera perfecto sin dominio no es señor (…). La dominación de un ente espiritual constituye un dios, la verdadera al verdadero, la suma al sumo, la ficticia al ficticio. Y de la verdadera dominación se sigue que un dios verdadero es vivo, inteligente y poderoso; de las demás perfecciones que es sumo o sumamente perfecto. Es eterno e infinito, omnipotente y omnisciente, es decir, dura desde la eternidad hasta la eternidad y está presente desde el principio hasta el infinito: lo rige todo, lo conoce todo, lo que sucede y lo que puede suceder”. Extensísima sería la lista de insignes matemáticos, filósofos y científicos poseídos por una convicción similar. Baste una elocuente cita de ese genio vasto y prolífico que fue Leonhard Euler: “las obras del Creador sobrepasan infinitamente las producciones de la habilidad humana” (carta del 2 de diciembre de 1760).

Pero después de Darwin y de los hallazgos sobre el funcionamiento de la mente humana, ¿queda aún lugar para Dios, Gran Arquitecto del Universo?

Hay espacio para Dios. No para un Dios que supla las lagunas de nuestro entendimiento, sino para un Dios que selle el perenne horizonte de búsqueda con el que debe comprometerse el hombre. Incluso detrás del gigantesco y doloroso telar de la evolución, que forja formas eximias y al unísono siembra el mundo de sangre, olvido y tragedia, persiste el misterio, el porqué de todo lo que nos rodea y, sobre todo, la pregunta por el futuro. Millones de años nos anteceden, pero no importa lo humildes que sean nuestros orígenes, fraguados en el barro de la Tierra, a imagen y semejanza del resto de las criaturas que pueblan este mundo inasible, sino el poder que atesora el espíritu para gestar las obras más sublimes, la música más embriagadora, los versos más gloriosos, las verdades más profundas.

No sabemos si Dios existe, y probablemente se trate de una incógnita que jamás despejemos. Es la fuente de la libertad humana ante lo divino. Pero debemos buscar a Dios, fons et origo totius realitatis, porque hacerlo es sinónimo de afanarse en comprender el universo, la vida, la conciencia, el futuro. Buscar a Dios implica maravillarse ante lo conocido y lo desconocido, ahondar en el ser del cosmos y en el alcance de la existencia. Y, sobre todo, buscar a Dios es pugnar por divinizar al hombre, por aproximarlo a ese límite asintótico que sintetiza una realidad suprema, infinitamente libre, pues ni siquiera el más perfecto de los conceptos lograría nunca agotarla. Buscar a Dios es entonces soñar, vivir, anhelar, comprender y, más aún, amar, porque al sentirse partícipe de lo infinito, el amor, la más hermosa de las experiencias a la que podemos acceder, interioriza una claridad infinita, pura y enriquecedora. Y la mayor bendición de la humanidad destella en quienes difunden bondad y luz por los senderos de la vida.

Sólo en la fusión entre el cosmos en cuyo reducido seno habita el individuo y el cosmos universal hallaría el hombre la verdad sobre su ser y su existir. Porque encarnamos a ese ser a medio camino entre la tierra y el cielo, entre la naturaleza y el espíritu, entre lo racional y lo imaginable, que es el hombre. No una criatura estática, encerrada sobre sí misma y constreñida por límites inexorables, sino la viveza de una exhortación a trasladarse al espacio no presagiado. Entre estas tres dimensiones, entre lo material, lo simbólico y la aspiración a la trascendencia, habita el hombre. Y las tres luces que pueden iluminar su camino y sus trabajos son la sabiduría, la belleza y el amor. Una hermosa cita de Leibniz da cuenta de esta idea: “las almas en general son espejos vivientes o imágenes del universo de las criaturas, pero que los espíritus son, además, imágenes de la divinidad misma, o del propio autor de la naturaleza; capaces de conocer el sistema del universo y de imitar algo de él mediante nuestras arquitectónicas, siendo cada espíritu como una pequeña divinidad [un pétit dieu] en su departamento" (Monadología 83; Teodicea, parágrafo 147). Forman así parte de una ciudad de Dios que es “un mundo moral dentro del mundo natural” (Monadología 86). Es el Deus sive harmonia leibniciano, punto sublime hacia el que ascienden los esfuerzos del hombre por crear y perfeccionar el mundo, fuente de toda luz y perpetua plasmación de la victoria del sentido sobre el sinsentido, del orden sobre el caos, del ser sobre el no-ser.

No nos avergoncemos por tanto de buscar a Dios, porque nunca dejará lo divino de alzarse como el íntimo horizonte del hombre.


Lunes, 27 de marzo

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