El blog de Carlos Blanco

El Buda y el Crucificado

10.02.16 | 19:02. Archivado en Sobre Carlos Blanco

En cielos inalcanzables y misteriosos, mistificados por sonidos angelicales y aureolados por el resplandor de una sabiduría infinita, allí donde se reúnen los espíritus más nobles de todas las edades y donde el pasado se funde cálidamente con el futuro, el Buda encontró a su alma gemela. Aunque no se habían conocido en vida, en ese paraíso que supera las fronteras de la muerte y de la existencia no tardó Siddharta Gautama en percibir el aura de quien como él había despertado a un mundo saciado de luz, de inspiradora luz. Al igual que la corriente de los ríos más caudalosos no puede resistir la llamada de mares y océanos, un espíritu luminoso y sabio como el de Buda se sintió atraído por la estela de quien, nacido no príncipe, sino pobre entre los pobres del mundo, también había llegado a la más honda y reveladora de las verdades.

Al percibir en la magia de un instante efímero el curso de toda una vida, suaves lágrimas brotaron de los ojos del Buda, pues vio cuánto había sufrido este hombre, a quien la injusticia y la desidia habían condenado a morir en la ignominia de una cruz romana. Pero gozó al palpar el hálito inefable de un amor que bendecía el rostro del Crucificado, y supo cuánta bondad habían derramado sus manos y sus labios sobre la Tierra. La más hermosa de las sonrisas consagró entonces su faz.

-Paz a ti, bienaventurado. Puras sean tus palabras como profunda es tu mirada. Sublime es el hilo de la fortuna que propicia este encuentro.

-La paz sea contigo, hijo del hombre. Dichoso sea el Padre celestial que guía a la humanidad por sus inescrutables senderos, pues incontables fueron las generaciones que aguardaron este día sin aurora ni ocaso. Mas las largas noches de desvelo dan hoy su mejor fruto. Gozosa habrá sido entonces la espera de los profetas.

-Como yo has llamado a leales discípulos para que lo dejen todo, te sigan y propaguen la luz de tu mensaje.

-Yo no he venido a traer luz, sino fuego al mundo. Sólo así irrumpirá el reino de mi Padre.

-Sabiamente hablas, ¡oh bienaventurado!, porque el fuego purifica el corazón y permite que renazca a un mundo nuevo. Muchas generaciones han vivido sin un Iluminado, pero felices son cuantos han compartido el existir terrenal con quienes han desentrañado la más noble de las verdades, la más perfecta de las doctrinas, la luz que rescata el corazón.

-¿Y cuál es esa noble verdad que tan ansiosamente has buscado, hijo del hombre?

-Es la noble verdad de un dolor que no nos aflige desde sombras exteriores. Es la noble verdad que nos enseña cómo el dolor hunde sus raíces en lo profundo del corazón humano.

-Has hablado con rectitud, hijo del hombre. Porque la verdadera impureza reside en el corazón, del que surgen las peores palabras y las mayores abominaciones.

-No es la esclavitud a la que nos someten los poderosos la fuente última del dolor, sino nuestro propio egoísmo, nuestra avidez de ser, nuestras ansias de perduración, nuestro apego al deseo y a la existencia. No hay nada permanente en la esfera del existir, transida de caducidad inexorable, abocada a disolverse en sigilosos vacíos. Incluso en el amor habita un dolor profundo, aunque sea el amor la luz más eximia que concita el hombre.

-Sólo en el reino que ha de llegar, allí donde gozan los benditos de mi Padre, alcanzará el corazón la vida verdadera y se extinguirá la llama del sufrimiento. Sólo allí, en el seno de Abraham, que es la eterna morada de los justos, el paraíso de la misericordia, será real la comunión con mi Padre, que ha prometido la dicha plena a quienes cumplan sus mandamientos.

-Bien dices, pues buscamos en el mundo de las apariencias lo que habita en nuestro ser más íntimo. Ésta es la más noble de las verdades que he acariciado a la sombra de una higuera, inmerso en los impenetrables abismos de mi alma para descubrirme solo, desasido, ensimismado. Sólo entonces he visto el fulgor de la verdad, el vehículo que conduce a los albores de lo eterno y permanente. Sólo entonces ha inhalado mi corazón la fragancia más auténtica. Sólo entonces he contemplado todos los reinos de las criaturas en una armonía celestial, reminiscente de la verdadera esencia del todo, que es su carencia de esencia, su nihilidad y su silencio. Sólo cuando el hombre logra ese nirvana bienaventurado siente por fin la ausencia del anhelo y el amanecer del paraíso. Sólo entonces despierta a un sol cuya luz eclipsa todos los soles nacientes y ponientes que han divisado los ojos de la humanidad. Sólo entonces es pura la mirada y es honesto el lenguaje. Sólo entonces triunfa el bien sobre el mal y se apaga la llama del sufrimiento, que antes ardía, pujante, en los espacios visibles e invisibles de la creación. Sólo entonces se funden dioses y hombres, hermanados en su inesencialidad.

-Hijo del hombre, yo aprecio la agudeza de tu doctrina, pero te has despojado de todo temor de Dios.

-Es en el vacío donde el hombre discierne la salvación por la que suspira. Y es en la pureza de su unidad, de ecos sublimes, donde se desvanece la vastedad de mundos que hoy nos sobrecoge. La paz insondable que desprende es el aroma más puro que cabe concebir. Maravillaría incluso al Dios supremo, preso de su vacuidad, astro que no refleja la más perfecta de las luces, pues en el reino de la verdad han de fenecer todo amor y todo pensamiento para que surja la claridad de lo inexplorado, del gozo no sentido, del nuevo mundo donde todo permanece y nada expira. Los dioses deben apiadarse de sí mismos, pues han engendrado un mundo fugitivo, una ilusión ofuscadora del espíritu. El refugio del hombre no es otro hombre o el regazo de un dios, sino la excelencia de la verdad y de la doctrina que predican mis labios. No hay consuelo fuera de la verdad. Sólo quien corona el nirvana y se libera de apegos, temores e imágenes terrenales saboreará un mundo nuevo y una vida nueva en la sede de lo inmutable, en el silencio de lo eterno.

-Tú proclamas que podemos acceder a un mundo inundado de luz donde no hay divisiones, ni enfrentamientos, ni aspiraciones agónicas. Mas yo anuncio la venida de un reino que el hombre no conoce aún, un reino donde desaparecerán las tinieblas del pecado. Este reino pertenece al Padre, al Dios bueno que vela por todas las criaturas y que cuida con solicitud al último de los seres de este mundo. Porque mi Padre es el buen pastor, y el verdadero pastor sacrificaría la vida por cada una de sus ovejas. Así es la predilección de mi padre por Israel y su pueblo santo, así es el amor que presidirá su reino, donde ya no se escucharán llantos ni rechinar de dientes. La eterna ley de Dios alcanzará entonces su auténtico cumplimiento, y todo será consumado. Los pecados serán perdonados en ese reino de salvación, donde la oscuridad dejará paso a la claridad deslumbrante de quienes contemplan a Dios cara a cara.

-El pecado es el apego al ser, el amor a uno mismo. Es preciso descorrer el velo de las ilusiones para percibir lo eterno, lo que fluye y no fluye, lo que es y no es, pues no conoce resistencias, sino ímpetu infinito imbuido de silencio. Es el brillo puro de un amor inconmensurable que quiebra las fronteras del ser y del no-ser, allende la distinción entre luz y oscuridad, entre lo pensado y lo no pensado, entre lo posible y lo imposible. Allí, pasados y futuros se reúnen en la morada de la verdad pura, que es el eterno mediodía del asceta, el hogar de la pureza y de la santidad.

-Pero ¿cómo amar sin amarse? Yo exhorto a amar al prójimo como a uno mismo.

-Yo busco el amor fuera de mi ser caduco y de mi conciencia oscurecida. Yo proclamo la salvación fuera del ser, del mundo y de las olas tempestuosas del deseo, que nos hunden en la oscuridad de lo mutable y evanescente. Yo anuncio el nirvana que detiene la cadena de la vida y libera a todas las criaturas de su sujeción a la rueda angustiosa del existir, al tormentoso y abrumador samsara. Tú prometes vida, yo aniquilación de la vida que aman los hombres, pues lo que ha de nacer ha de perecer. Sólo así expirará el ciclo de las reencarnaciones y se evaporará la sucesión que hilvanan las causas y los efectos. Yo busco la vida más allá del ser. El aniquilamiento de lo creado es necesario para que florezca lo inescrutable. Sólo si fenece la música antigua escuchará el hombre las melodías que no presagia. Ya no tejerá su manto el confuso mundo de los sentidos, sino el recio universo de lo imperecedero. Es la verdad que no puede marchitarse, la suspensión del ciclo del existir, para auxilio y regocijo de todas las criaturas.

-Lo que el Espíritu de Dios me ha revelado no es el cese del existir, sino el anuncio de un amor infinito e inescrutable, el nacimiento de una vida nueva y de un hombre nuevo. Es la buena noticia que yo otorgo a la humanidad, para liberar a los pobres y a los oprimidos. Es el manantial que nunca se seca. Es el agua viva que puede saciar la sed del hombre, porque es el agua de la vida, es el don de Dios, es el camino al Padre que nos permitirá derrotar a la muerte e instaurar un reino sin fin, un reino que humillará todas las potestades terrenas, un reino reservado a los humildes y limpios de corazón, predilectos de mi Padre, orgullo de lo creado.

-¡Oh bienaventurado!, sabias son tus palabras, pero ese reino no descenderá desde cielos recónditos henchidos de clemencia. Sólo crecerá en el espíritu de quien renuncia al mundo para alcanzar el nirvana increado, el fundamento sólido sobre cuya paz descanse por fin el corazón. Será la más sublime de las cúspides en la escala de la felicidad.

-No necesita el hombre sumergirse en su soledad, sino abandonar sus abismos más oscuros y mitigar el dolor de sus hermanos mediante la fe, la palabra y la obra. He aquí el auténtico despertar a la verdad y al espíritu que dan vida, vida que es amor, porque mi reino nunca será de este mundo mientras el amor no domine el mundo. Las palabras de los hombres pasan, pero no un reino que es la morada de Dios, el hogar de la paz, la casa edificada sobre la roca, la resurrección y la vida.

-¡Dichoso seas tú, alma luminosa, porque también has encontrado el sendero de la verdad en tu peregrinaje terreno! Y en verdad es la compasión por todas las criaturas el más bello de los sentimientos que alberga el hombre. En verdad es el amor la más alta de las conquistas humanas. En verdad es la bondad la expresión suprema de la sabiduría, el mensaje que dioses y universos anhelan brindarnos. Pero en verdad es el dolor el mayor obstáculo en nuestra búsqueda de amor y sabiduría.

-Todo dolor cesará cuando triunfe el reino de mi Padre. Es Él quien hace que amanezcan los días y se extingan las noches. Es Él quien sustenta a las aves del cielo y quien siembra los campos de fervorosos lirios y amapolas. Es Él quien desata las fuerzas ocultas de ríos y océanos y llena de sal la Tierra. Es Él quien vela por el hombre desde los inicios. Es Él quien nos da el pan nuestro de cada día. Es Él quien eligió a Israel como faro para todo hombre. Es Él quien orientó a los profetas en tiempos oscuros. Y es a Él a quien yo he entonado las súplicas más piadosas, pues santificado sea Él, que ve en lo escondido y escuchará a quien tenga fe. Y Mi Padre juzgará el mundo con misericordia y justicia.

-Sea también mío tu Padre, ¡oh dichoso!, pues tus palabras son sabias, y mi alma aprecia todo destello en el que brille la luz de la sabiduría verdadera. Si tu Padre ama la misericordia, entonces yo soy hijo suyo, porque sólo la misericordia nos aleja de nosotros mismos. Pero liberemos a ese dios que proclamas de todo rostro personal, de toda dependencia de la angosta conciencia humana, porque su espíritu ha de desbordar inconmensurablemente las fronteras que escinden los reinos del ser e infligen un dolor profundo en nuestro propio corazón.

-Mi Padre es el Dios de la misericordia, que ungió a Israel y envió a los profetas para que anunciasen su venida en espíritu y verdad. Yo doy gloria al Dios que creó el mundo, hechura de sus manos. Ese Dios es mi Padre, es el Señor de la gracia. Y mi Padre perdona los pecados de Israel y de la humanidad entera, porque es lento a la ira y rico en piedad. Él derramará su clemencia infinita sobre el mundo, para reconciliarlo todo. El que crea en el testimonio que doy de mi Padre se salvará. El que tenga oídos para escuchar esta buena nueva no albergará temor hacia la muerte.

-Grande es mi alegría al escuchar que tú también profesas fe en la fuerza imponderable del perdón, ¡oh bienaventurado! Yo exhorto a perdonar y a aprender a desterrar el odio, que deshoja el corazón, porque rechazamos en los demás lo que en realidad aguijonea y ruboriza nuestro propio espíritu. Sólo nos encontraremos a nosotros mismos si expulsamos del alma los sentimientos que destruyen el amor y reprimen la serenidad, como los vientos huracanados de la cólera, el egoísmo y la codicia, o las voces temblorosas de la mentira y el engaño. Sólo el perdón y la compasión pueden conducirnos al verdadero nirvana, a un reino de equilibrio, mesura y paz insondable.

-Mi Padre bendice a los mansos, a los pobres, a los atribulados, a los que lloran, a los perseguidos e injuriados, a los hambrientos de justicia en medio de los atroces silencios de un mundo sordo a sus deprecaciones, a quienes luchan por el bien y el amor, a quienes no responden con otra ofensa a una ofensa, a quienes buscan la verdad y el bien, a quienes no sienten odio, sino amor, hacia sus enemigos, a quienes ofrecen bebida y alimento a los desterrados de este mundo…

-Sean también mías esas bendiciones, oh tú también despierto, oh tú también Buda, oh tú también profundo y perfecto en tus doctrinas, oh tú que nos incitas a amar incluso a nuestros enemigos. Sea también mío el único de los anhelos que apruebo y admiro: el deseo de extirpar el sufrimiento de la faz de la Tierra. Sea también mía tu búsqueda de ese reino infinito donde se disipen todos los afanes perecederos y sólo resplandezca la más pura y exuberante de las luces, la aurora que jamás ceda el testigo a la noche, la sede del eterno sosiego y de la limpidez suprema. Bien comprendo el inefable sentido de tu lucha, bien sé cuánto enalteces a la humanidad, bien sé cuánta alegría se concita en el corazón del universo al escuchar la belleza de tus enseñanzas, pero sean también tuyas mis exhortaciones a huir del deseo como quien escapa de su enemigo mortal. Porque el deseo trae muerte; no aniquila la fuente del mal, sino que desencadena un nuevo torrente de pugnaces inquietudes. Esta angustia enceguece nuestros ojos ante el fulgor de la verdad. Sólo el desasimiento nos perfecciona. Sólo el silencio inescrutable del nirvana nos eleva al cielo verdadero, al hogar incorpóreo de la paz pura.

-Has hablado sabiamente, hijo del hombre, pero el corazón no puede anular la fuerza del deseo. Sin deseo no asciende el espíritu. Sin deseo no puede instaurase el reino de mi Padre en la Tierra, heredad de quienes aman a Dios. Su simiente sólo crecerá si cae en corazones anhelosos, luz y salvación del mundo. Sólo así un humilde grano de mostaza se convertirá en el árbol que cobije a quienes ansían el reino de mi Padre.

-Quizás llegue un día de bienaventuranza donde el deseo desemboque en la ausencia de deseo. Todos los ríos de la Tierra convergerán en un mar de pureza infinita, libre ya de anhelos, aspiraciones y afanes, receptáculo de la verdad inagotable e irrevocable, fusión de todos los mundos que subsisten en el universo, unidad suprema de todos los seres en el crisol que desborda la copa del ser y de la nada. Será el reino de la vida más gozosa. Sólo entonces brotará la más hermosa de las flores, la rosa del desapego, enigmática como los rayos del arco iris, amena como el cántico de un ruiseñor, ligera como las melodías siderales. Allí abrazará tu Padre a todos los dichosos que saboreen las delicias de ese cielo auténtico. Allí se desvanecerá la sombra del deseo y sólo brillará la luz de una verdad fundida con el amor. Será el nirvana universal, que acoja a todas las criaturas.

Con el Sermón de Benarés y con el Sermón de la Montaña, con las cuatro nobles verdades y con las ocho bienaventuranzas, el hombre ha sondeado la morada de los dioses. ¿Cuándo llegará a la Tierra el nuevo espíritu que, despierto al mundo de la infinita luz, proclame una verdad aún más profunda y vigorizadora que las esclarecidas por el Buda y el Crucificado? ¿Cuándo despuntará esa chispa divina que halle la encrucijada entre los caminos del Buda y los senderos del Crucificado? ¿Cuándo amanecerá la aurora de la verdad plena?


Lunes, 27 de marzo

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