El blog de Carlos Blanco

Las maravillosas bibliotecas de Harvard

25.12.11 | 20:50. Archivado en Sobre Carlos Blanco
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Pocas creaciones humanas expresan tanto, y de modo tan magistral, sobre nuestras más hondas aspiraciones como las bibliotecas. El hecho de que a lo largo de los siglos hayamos construido edificios destinados a albergar los manantiales vivificadores del conocimiento, y a servir como templos de esa sabiduría que hemos adquirido con ingente esfuerzo, constituye un valioso testimonio de la vigencia de aquella lúcida intuición que inaugura la Metafísica de Aristóteles: “todos los hombres quieren por naturaleza conocer”. Haberles consagrado tantas energías y tanta belleza a las bibliotecas nos enaltece como humanidad.

El mundo antiguo erigió bibliotecas legendarias, como la del rey Asurbanipal en Nínive, situada junto a su majestuoso palacio, o la de Alejandría, levantada por Ptolomeo I Sóter en el siglo III a.C., la cual llegó a dar cabida a casi setecientos mil manuscritos. Se convirtió, así, en el más insigne depósito de sabiduría del orbe clásico. Esta biblioteca ha sido felizmente reconstruida, hace escasos años, bajo el patrocinio de la UNESCO.

La Universidad de Harvard posee un sistema de bibliotecas verdaderamente extraordinario, sólo superado, en Estados Unidos, por la Library of Congress en Washington D.C. Se calcula que Harvard brinda cobijo a unos dieciséis millones de volúmenes, distribuidos en decenas de archivos a lo largo y ancho de su inolvidable campus. La más venerable es, sin duda alguna, la Widener Library.

Harry Elkins Widener (1885-1912) era el vástago de una adinerada familia de Filadelfia, y le fascinó el coleccionismo de libros desde su juventud. Estudió en Harvard, institución de la que se graduó en 1907, pero falleció a una edad muy temprana, al encontrarse entre los pasajeros del más (y más tristemente) célebre de los transatlánticos, el Titanic, hundido en el Atlántico norte en una fatídica noche de abril de 1912, tras resquebrajarse el casco de este gigantesco buque a causa de la aciaga rozadura de un iceberg. A su muerte, la madre de Widener decidió realizar una cuantiosa donación al alma mater de su retoño, dinero con el que se financiaría una biblioteca en memoria de su hijo. La Harry Elkins Widener Memorial Library es, a día de hoy, la biblioteca universitaria más grande del mundo, y ha perpetuado el nombre de Widener para la posteridad. La Widener Library, emplazada frente a Memorial Church, domina solemnemente el hermoso paisaje de Harvard Yard.

He de confesar que me sentí cautivado por la Biblioteca Widener desde el primer instante. Me sedujeron arrebatadoramente sus interminables pasillos, repletos de ceremoniosas estanterías y de enmudecidos anaqueles que acogen millones de ejemplares. Me deslumbraron esas laberínticas galerías que, al recorrerlas, le sumergen a uno en el más profundo e inspirador de los silencios. Me hechizaron sus suntuosas escaleras de entrada y su impresionante sala de lectura, en la que el filósofo alemán Ernst Bloch (1885-1977) redactó importantes secciones de su obra más lograda, El Principio Esperanza. Todo en Widener es imponente. Pasear por sus corredores y estancias equivale a vagar por el “sanctasanctorum” de la erudición en Harvard, por el más vivo reflejo de lo que una universidad ampara tras sus muros: las cimas de conocimiento ya coronadas, su fértil cultivo por parte de los hombres y mujeres del presente y su diligente legado a las generaciones venideras, para que lo impulsen, con audacia, hacia un estado de mayor y más brillante desarrollo.

Otras bibliotecas harvardianas que me han impactado poderosamente son la Houghton Library, la cual atesora una exquisita colección de manuscritos antiguos, y la Andover Theological Library, estrechamente vinculada a la Harvard Divinity School, y cuyos fondos en materia de historia de las religiones y de teología son, sencillamente, formidables.

Es inevitable percibir un pálpito gratificante, un desbordamiento jubiloso, cuando se consulta el catálogo de las bibliotecas de Harvard, el denominado “Hollis Catalog”. Prácticamente todo se contiene en él; prácticamente todo y sobre cualquier rama, por recóndita, del saber humano, se recoge en el Hollis; prácticamente toda obra de vanguardia, todo artículo, toda monografía, toda edición original, toda acta de un simposio, todo libro de homenaje…. Muchas personas habrán experimentado cómo, con independencia de su campo específico de investigación, casi todo (por no decir todo) cuanto buscaban se hallaba en este meticuloso inventario que registra la inconmensurable riqueza bibliográfica de Harvard. Semejante caudal de fuentes científicas y humanísticas presta una inestimable ayuda en el trabajo académico, pero también puede desorientarnos peligrosamente. Evadir este potencial riesgo es nuestra responsabilidad intransferible: la biblioteca es sólo un medio, y el fin (cómo y para qué usarla) lo debemos determinar nosotros mismos.

Una sociedad que acopia tanto conocimiento se enfrenta a un reto insoslayable: aprender a organizar adecuadamente ese vasto y sustancioso cúmulo de información, de manera que contribuya a la mejora de nuestras vidas y al fomento de la reflexión, de la crítica y de la creatividad intelectual, para así garantizar que el día de mañana sepamos aún más que hoy. Y enclaves tan evocadores como la Widener Library de la Universidad de Harvard no sólo cooperan en esta imperiosa tarea, sino que también nos exhortan a soñar, proféticamente, con aquella biblioteca infinita que imaginara Jorge Luis Borges.


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